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Ciencia

Versalles impulsa un estándar mundial para medir la hora en la Luna

Expertos de más de 90 países buscan en Versalles una referencia horaria lunar común para misiones, navegación, comunicaciones y futuras bases.

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un estándar mundial para la hora lunar

Resumen

  • Versalles busca una referencia horaria común para la Luna
  • La relatividad hace que los relojes lunares avancen a otro ritmo
  • El sistema será clave para navegación, comunicaciones y futuras bases

La Luna está a punto de necesitar algo que durante siglos parecía exclusivamente terrestre: una hora común y reconocida internacionalmente. Los representantes de los países reunidos esta semana en Versalles debaten la creación de una referencia temporal lunar capaz de coordinar futuras bases, naves, satélites, comunicaciones y sistemas de navegación alrededor de nuestro satélite.

No se trata de decidir si en la Luna serán las tres de la tarde o las cuatro de la madrugada. El problema es bastante más serio. Los relojes no avanzan exactamente al mismo ritmo en la Tierra y en la Luna por los efectos previstos por la relatividad, una diferencia diminuta para una persona, pero suficientemente grande como para alterar sistemas de posicionamiento que necesitan trabajar con una precisión extrema.

La cuestión forma parte de la Conferencia General de Pesas y Medidas que se celebra en Versalles en octubre de 2026. Sobre la mesa está una resolución destinada a avanzar hacia una única referencia temporal lunar internacional y evitar que distintas agencias espaciales terminen utilizando relojes incompatibles entre sí.

La Luna necesita su propio tiempo por culpa de Einstein

Aquí aparece la parte que parece ciencia ficción, aunque lleva más de un siglo escrita en los libros de física. Según la relatividad de Einstein, el tiempo depende de la gravedad y del movimiento. Dos relojes atómicos idénticos situados en lugares diferentes no tienen por qué marcar exactamente el mismo ritmo.

La gravedad lunar es mucho más débil que la terrestre. Los cálculos realizados para comparar referencias temporales en ambos cuerpos sitúan el desfase en torno a unas decenas de microsegundos diarios, con valores que rondan aproximadamente entre 56 y 59 microsegundos según el sistema de referencia utilizado.

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Un microsegundo es una millonésima de segundo. Parece poca cosa. Lo es para llegar tarde a una cena; no lo es para navegar por el espacio.

Los sistemas de posicionamiento calculan distancias midiendo con enorme precisión cuánto tarda una señal en viajar entre distintos puntos. En la Tierra ya sucede algo parecido: los relojes de los satélites GPS necesitan correcciones relativistas porque no funcionan al mismo ritmo que los situados en la superficie. Sin esas correcciones, el pequeño error temporal acabaría convertido en errores importantes de posición.

Un GPS lunar exige que todos hablen el mismo idioma

La futura infraestructura alrededor de la Luna pretende aplicar una lógica comparable. Si varias naves, módulos de aterrizaje, vehículos y estaciones intercambian señales para determinar dónde están, todos necesitan compartir una referencia temporal extremadamente estable.

Aquí el asunto deja de ser una curiosidad científica. Una base lunar podría depender de esa sincronización para guiar vehículos, coordinar aterrizajes, comunicarse con orbitadores o establecer una red de navegación lunar parecida, salvando las distancias, al GPS terrestre.

La NASA ya planteó en 2024 el desarrollo de un Coordinated Lunar Time, conocido por las siglas LTC, vinculado al UTC terrestre pero adaptado al entorno gravitatorio de la Luna. Una futura realización práctica podría apoyarse en varios relojes atómicos instalados en el entorno lunar, igual que múltiples relojes contribuyen a construir las escalas temporales utilizadas en la Tierra.

Y hay otro problema nada menor: cada potencia espacial podría inventarse su propia solución. Técnicamente sería posible. Operativamente, sería un pequeño infierno.

Versalles intenta evitar una Luna con varios relojes incompatibles

La propuesta que se discute en la conferencia parte precisamente de esa preocupación. Una proliferación de escalas temporales diferentes complicaría el intercambio de datos, las comunicaciones y la interoperabilidad entre misiones de distintas agencias y países.

La intención es avanzar hacia una referencia temporal lunar internacional única, relacionada de forma precisa con el Tiempo Universal Coordinado, el UTC que sirve de referencia mundial en la Tierra. El proceso exige la cooperación de institutos nacionales de metrología, agencias espaciales y organismos científicos internacionales.

No se parte de cero. La comunidad astronómica lleva años desarrollando marcos de referencia capaces de describir con precisión posiciones, movimientos y tiempo alrededor de la Luna. Una cosa, sin embargo, es la definición matemática y otra convertirla en una escala operativa utilizada por naves, satélites y bases.

Esa distinción resulta importante. Una coordenada temporal es una herramienta matemática; un astronauta no la lleva escrita sin más en la muñeca. El reto consiste en traducir ese marco físico a un sistema práctico, reproducible y conectado con los relojes terrestres.

NASA, Europa, Japón y China comparten el mismo problema

El interés tampoco pertenece exclusivamente a Estados Unidos. La necesidad de una referencia común afecta a programas lunares estadounidenses, europeos, japoneses, chinos y de otros países que prevén aumentar su presencia robótica o humana en el entorno lunar.

Davide Calonico, director científico del Instituto Nacional de Investigación Metrológica italiano y uno de los especialistas presentes en Versalles, ha explicado que el acuerdo que se persigue supone un primer paso, no el nacimiento inmediato de un reloj oficial de la Luna. Después habrá que concretar cómo se realiza físicamente la escala, qué modelos relativistas se emplean y cómo se mantiene su relación con el UTC.

Ese matiz importa. La conferencia no está repartiendo relojes lunares ni fijando una extravagante zona horaria extraterrestre. Está construyendo las reglas invisibles de la futura exploración lunar, las que permitirán que una nave japonesa interprete correctamente una referencia temporal emitida por una infraestructura europea, estadounidense o de cualquier otro país.

En la Tierra damos esa compatibilidad por hecha. En la Luna habrá que fabricarla.

Los relojes atómicos también pueden cambiar nuestro segundo

La discusión lunar llega dentro de una reforma mucho mayor de la forma en que la humanidad mide el tiempo. Los especialistas estudian también el camino hacia una nueva definición del segundo, con 2030 como uno de los horizontes manejados para tomar una decisión internacional.

Desde 1967, el segundo está ligado a una transición específica del átomo de cesio 133: exactamente 9.192.631.770 periodos de una determinada radiación asociada al átomo. Fue una definición extraordinariamente precisa para su época. La tecnología, sin embargo, ha seguido corriendo.

Los actuales relojes ópticos experimentales pueden alcanzar precisiones muy superiores a las de los estándares tradicionales basados en cesio. En determinadas comparaciones, la mejora llega a acercarse a dos órdenes de magnitud. El problema empieza a ser paradójico: la tecnología disponible resulta tan precisa que la propia definición oficial del segundo comienza a quedarse corta para aprovechar todo su potencial.

La redefinición no sería un capricho académico. Una medición más precisa del tiempo repercute sobre telecomunicaciones, navegación, tecnologías cuánticas, astronomía y geodesia, incluida la capacidad de detectar variaciones extremadamente pequeñas del campo gravitatorio terrestre.

El segundo intercalar también está en la puerta de salida

Hay una tercera pieza en este curioso puzle temporal: el segundo intercalar. Desde 1972, el UTC ha recibido ocasionalmente un segundo adicional para impedir que el tiempo marcado por los relojes atómicos se aleje demasiado del tiempo astronómico determinado por la rotación de la Tierra.

No ocurre cada tres años ni responde a un calendario fijo. Se han añadido 27 segundos intercalares desde 1972 y el último llegó el 31 de diciembre de 2016. La rotación terrestre es irregular: unas veces acelera ligeramente y otras se frena.

Para una persona, que el reloj marque durante un instante las 23:59:60 tiene incluso un punto simpático. Para redes informáticas, telecomunicaciones, mercados, sistemas de navegación o grandes infraestructuras digitales, introducir repentinamente un segundo adicional resulta bastante menos pintoresco.

La comunidad internacional lleva tiempo trabajando para reducir esa dependencia y avanzar hacia un UTC más continuo, evitando correcciones frecuentes vinculadas a pequeñas irregularidades en la rotación terrestre. La transición afecta a sistemas críticos de todo el planeta y, precisamente por eso, se plantea a largo plazo.

Una infraestructura invisible antes de volver a pisar la Luna

Durante las misiones Apolo bastaba con mantener una coordinación temporal estrechamente vinculada a la Tierra. La Luna que se prepara para las próximas décadas será distinta: más vehículos, más satélites, misiones simultáneas, actores comerciales y, eventualmente, instalaciones capaces de funcionar durante periodos prolongados.

Antes de construir carreteras lunares —si algún día llegan— hará falta algo bastante menos espectacular y probablemente más importante: acordar dónde está cada cosa y cuándo ocurre cada cosa.

La geografía necesita coordenadas; la navegación necesita relojes. Es una vieja historia humana trasladada a otro mundo. La diferencia es que esta vez el reloj no puede enviarse simplemente desde la Tierra y darse cuerda.

Einstein se interpone, discretamente, unas pocas millonésimas de segundo cada día. Y esas millonésimas bastan para que las potencias que aspiran a trabajar de forma permanente alrededor de la Luna tengan que ponerse de acuerdo, primero, sobre algo tan aparentemente sencillo como qué hora es allí arriba.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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