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EEUU registra 81 aeronaves perdidas o dañadas en la guerra con Irán

Estados Unidos registra al menos 81 aeronaves perdidas o dañadas en su campaña contra Irán, entre ellas 45 drones MQ-9 y varios cazas F-15E.

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Ejemplar en vuelo de los cazas F-15E

Foto: USAF, dominio público.

Resumen

  • EEUU suma al menos 81 aeronaves perdidas o dañadas en la guerra con Irán
  • Los MQ-9 Reaper concentran el golpe, con 45 drones perdidos
  • Los 3.300 millones no corresponden solo a esas 81 aeronaves

Estados Unidos acumula al menos 81 aeronaves perdidas o dañadas desde que comenzó su campaña militar contra Irán el 28 de febrero de 2026. El balance incluye cazas, aviones cisterna y de vigilancia, aparatos de operaciones especiales, helicópteros y, sobre todo, drones. Es la fotografía más amplia publicada hasta el momento del desgaste sufrido por la aviación estadounidense durante el conflicto.

La cifra procede de la actualización del 5 de octubre del Congressional Research Service (CRS), el servicio de investigación del Congreso estadounidense. Hay un matiz decisivo: 81 no significa 81 aparatos destruidos. El recuento mezcla aeronaves derribadas o perdidas definitivamente con otras que sufrieron daños y, en determinados casos, fueron reparadas y regresaron al servicio.

Tampoco puede atribuirse sin más a esos 81 aparatos la cifra de 3.300 millones de dólares que ha circulado en algunos titulares. La Oficina Presupuestaria del Congreso calculó entre 1.900 y 3.300 millones el coste de reemplazar el conjunto del material perdido en combate hasta el 1 de agosto, no exclusivamente aeronaves.

Un balance que ha pasado de 42 a 81 aeronaves

El salto impresiona. En mayo, el mismo CRS había identificado 42 aeronaves estadounidenses perdidas o dañadas durante la denominada Operación Furia Épica. La revisión de octubre eleva el total a 81 después de incorporar nuevos datos públicos, informes del inspector general del Departamento de Defensa, comunicaciones militares e incidentes ocurridos o conocidos posteriormente.

Eso no significa necesariamente que Estados Unidos haya perdido otras 39 aeronaves desde mayo. Parte del aumento procede de información que no estaba disponible cuando se elaboró el primer balance. El propio CRS advierte de que la cifra permanece abierta a nuevas revisiones por el carácter clasificado de algunas operaciones, las dificultades para atribuir determinadas pérdidas y la continuación de las hostilidades.

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Aun con esas cautelas, el retrato es incómodo para el Pentágono. Ya no se trata de una colección de accidentes aislados en una campaña aérea gigantesca. Aparecen sistemas de primera línea, aeronaves escasas y máquinas especializadas cuya sustitución no consiste simplemente en sacar otra del almacén.

Los MQ-9 Reaper concentran el mayor desgaste

El dato que más engorda la estadística está en los drones. El nuevo balance recoge 45 MQ-9 Reaper perdidos, frente a los 24 que figuraban en la revisión de mayo. A ellos se añaden un MQ-4C Triton y tres aparatos de la familia MQ-1.

El Reaper se ha convertido en uno de los caballos de batalla de las operaciones estadounidenses sobre Oriente Próximo. Puede permanecer muchas horas en vuelo, realizar vigilancia persistente y atacar objetivos con armamento guiado sin exponer a una tripulación dentro del aparato. Esa versatilidad también lo coloca, literalmente, donde vuelan los misiles y funcionan las defensas aéreas enemigas.

La magnitud del desgaste preocupa por algo más que el precio de cada unidad. La Fuerza Aérea llevaba años reduciendo su inventario de MQ-9 y durante la propia campaña altos mandos estadounidenses reconocieron ante el Congreso su inquietud por el ritmo de pérdidas. Perder decenas de Reaper en unos meses obliga a pensar no solo en cuánto cuesta reponerlos, sino en cuántas misiones simultáneas puede sostener Washington si el conflicto se prolonga o aparece otra crisis en paralelo.

F-15 derribados por Irán y por fuego estadounidense

Entre los aparatos tripulados destacan 12 F-15E Strike Eagle incluidos en el recuento. La historia de esos cazas resume bastante bien la variedad de problemas que esconde el número 81.

Tres F-15E fueron destruidos por fuego amigo sobre Kuwait el 2 de marzo. Sus seis tripulantes lograron eyectarse y fueron recuperados. Días después, otro Strike Eagle cayó durante operaciones sobre territorio iraní; sus dos aviadores también sobrevivieron y fueron rescatados.

Ese segundo derribo desencadenó una complicada operación de búsqueda y salvamento. Dos MC-130J Commando II utilizados en ella terminaron siendo destruidos deliberadamente por las propias fuerzas estadounidenses después de quedar inmovilizados en una pista improvisada dentro de Irán. No los derribó un misil iraní, pero tampoco regresaron a casa.

La cuenta de los F-15E volvió a crecer en septiembre. Un ataque iraní contra la base aérea Muwaffaq Salti, en Jordania, causó daños leves a unos ocho F-15, que pudieron reincorporarse posteriormente al servicio. En ese mismo ataque resultó mucho más castigado un A-10 Thunderbolt II, al que el impacto dejó con un ala gravemente dañada.

El F-35 tampoco salió intacto

En el inventario aparece igualmente un F-35A Lightning II, el caza furtivo que representa una de las piezas tecnológicamente más avanzadas de la aviación estadounidense. El aparato fue alcanzado por fuego iraní durante una misión en marzo y consiguió regresar a su base.

No es una pérdida comparable a un avión destruido, claro. Pero su inclusión ayuda a entender cómo trabaja el informe: contabiliza tanto bajas definitivas como daños de combate relevantes. Meter todo en el mismo saco y afirmar simplemente que Estados Unidos perdió 81 aviones resulta más espectacular, aunque bastante menos exacto.

Cisternas, vigilancia y helicópteros también entran en la factura

El desgaste no termina en los cazas. El balance incluye siete KC-135 Stratotanker, aeronaves esenciales para repostar a otros aviones en pleno vuelo y multiplicar así su radio de acción. Varias fueron alcanzadas durante ataques iraníes contra instalaciones estadounidenses en la región.

También figura un E-3 Sentry, el reconocible avión de alerta temprana con un enorme radar circular sobre el fuselaje. Resultó alcanzado mientras estaba en tierra en la base Príncipe Sultán, en Arabia Saudí. La cuestión no es únicamente lo que cuesta un E-3. Estados Unidos dispone de una flota reducida de estas aeronaves, veteranas pero todavía esenciales para vigilar enormes espacios aéreos y coordinar operaciones de combate.

El inventario completado por el CRS incorpora asimismo dos A-10 Thunderbolt II, los dos MC-130J, un helicóptero HH-60W Jolly Green II, un AH-64 Apache, cuatro AH-6 Little Bird y un MH-60 Sea Hawk, además de los sistemas no tripulados. Aviones de combate, repostaje, vigilancia, rescate y operaciones especiales: la variedad revela que el desgaste ha alcanzado prácticamente todas las capas de la campaña aérea.

Los 3.300 millones necesitan una explicación

La cifra económica merece especial cuidado. La Oficina Presupuestaria del Congreso estimó que el material perdido en combate hasta el 1 de agosto suponía 1.900 millones de dólares a coste histórico, con una factura que podría alcanzar unos 3.300 millones si el Pentágono reemplaza determinadas pérdidas con sistemas nuevos o más caros.

Es decir, los 3.300 millones no representan una tasación exacta de las 81 aeronaves. El cálculo engloba pérdidas de equipamiento militar y depende, además, de qué decida comprar el Departamento de Defensa para sustituirlo. Confundir ambos datos produce un titular redondo, casi demasiado redondo.

La factura general es bastante mayor. El Mando Central estadounidense elevó posteriormente a 43.600 millones de dólares su estimación del coste de la guerra hasta el 3 de septiembre. De esa cantidad, alrededor de 28.100 millones correspondían a reponer municiones utilizadas y unos 4.300 millones a sustituir equipos perdidos o dañados, según el desglose comunicado al Congreso.

La Oficina Presupuestaria había calculado previamente unos 38.000 millones hasta el 1 de agosto y estimaba que mantener las operaciones podría añadir otros 2.000 o 3.000 millones mensuales, dependiendo de la intensidad de los combates. El contador, pues, sigue funcionando mientras despegan los aviones.

El problema no es únicamente cuánto cuesta cada aparato

Una guerra moderna consume equipos de una forma que las grandes cifras presupuestarias suelen esconder. Un F-15 se reemplaza con dinero, contratos y años de fabricación. Un piloto experimentado necesita mucho más que una transferencia bancaria. Un avión cisterna perdido reduce las horas de vuelo disponibles para decenas de cazas. Un aparato de alerta temprana menos puede obligar a reorganizar toda una arquitectura de vigilancia aérea.

Algo parecido sucede con los drones. Sobre el papel, perder un MQ-9 duele menos que perder un caza tripulado de última generación. Si desaparecen 45 unidades, la matemática cambia. Aparece la palabra que preocupa a cualquier Estado Mayor: disponibilidad.

El conflicto con Irán también se está comiendo reservas de munición. La Oficina Presupuestaria del Congreso calculó en septiembre que la campaña había absorbido una parte muy importante de determinados interceptores de defensa antimisiles y advirtió de que reconstruir algunos inventarios podría llevar años incluso aumentando la producción. Estados Unidos mantiene una industria militar gigantesca, sí; gigantesca no significa infinita.

Una guerra que también se mide en hangares vacíos

El balance de 81 aeronaves perdidas o dañadas no prueba por sí solo que Estados Unidos esté perdiendo la guerra aérea ni permite medir el resultado militar del conflicto. Sí muestra, con bastante crudeza, cuánto desgaste puede imponer una campaña prolongada incluso a la fuerza aérea mejor financiada del planeta.

Los 45 MQ-9, los F-15 alcanzados por el enemigo o por fuego propio, los cisternas, el F-35 dañado, el E-3 golpeado en tierra y los aparatos sacrificados durante operaciones de rescate dibujan algo más interesante que una simple suma. Enseñan el coste material de sostener durante meses una guerra de alta intensidad a miles de kilómetros de casa.

Y ahí está quizá el dato verdaderamente incómodo para Washington. El dinero puede reponerse en el próximo presupuesto; la capacidad militar tarda bastante más.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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