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Netanyahu responde a Obama: Judea es la patria ancestral de los judíos
Netanyahu responde a Obama con una defensa de Judea como patria ancestral judía y rechaza que la historia de Israel sea una empresa colonial.
Por Pete Souza / The White House - Flickr, Dominio público, Wikimedia Commons
Resumen
- Netanyahu rechaza que Israel sea una empresa colonial
- El primer ministro reivindica Judea como patria ancestral del pueblo judío
- Obama había criticado la desposesión palestina y la pérdida de autoridad moral
Benjamin Netanyahu ha respondido con dureza a Barack Obama después de que el expresidente de Estados Unidos afirmara que los israelíes tomaron tierras de otras personas y fueron excesivos respecto a los palestinos. El primer ministro israelí rechazó esa interpretación histórica y sostuvo que el pueblo judío no es un ocupante extranjero en la tierra de sus antepasados.
La réplica llegó este viernes, 16 de octubre, mediante un vídeo difundido en inglés. Netanyahu convirtió la discusión en una defensa frontal de la legitimidad histórica de Israel: «Nuestra tierra no fue robada», afirmó, antes de reivindicar Judea como patria ancestral del pueblo judío y recordar que su vínculo con esa región se remonta a miles de años.
Netanyahu rechaza que Israel sea una empresa colonial
El mensaje del primer ministro israelí va bastante más allá de una contestación personal a Obama. Netanyahu impugna una de las interpretaciones más polémicas del conflicto israelí-palestino: la que presenta la creación y posterior expansión territorial de Israel fundamentalmente como un proceso colonial.
Según Netanyahu, la historia judía en la región precede ampliamente al nacimiento del Estado de Israel en 1948 y, por tanto, no puede equipararse a la llegada de una potencia extranjera a un territorio sin vínculos previos. «El pueblo judío no es un ocupante extranjero», defendió.
El primer ministro remató el argumento con una expresión deliberadamente cargada de historia: «Esta es nuestra patria. Se llama Judea». En el lenguaje político israelí, los términos Judea y Samaria se utilizan habitualmente para referirse a Cisjordania, aunque esa denominación convive con una realidad jurídica y territorial mucho más compleja.
Netanyahu añadió que el derecho del pueblo judío a disponer de un Estado en lo que considera su tierra ancestral no es negociable. Y llevó inmediatamente la discusión al terreno de la seguridad: Israel, vino a decir, no sacrificará su supervivencia para acomodarse a planteamientos que considera alejados de la realidad de Oriente Próximo.
Qué había dicho Obama en Belfast
La respuesta tiene un destinatario muy concreto. Obama estuvo esta semana en Irlanda del Norte, donde recibió un doctorado honoris causa de la Queen’s University Belfast y participó en una conversación pública sobre paz, democracia y conflictos internacionales.
Fue allí donde abordó la cuestión palestina. El expresidente estadounidense sostuvo que los israelíes se hicieron con tierras de otras personas y fueron excesivos, al tiempo que señaló que para los palestinos esa experiencia se tradujo comprensiblemente en una sensación de injusticia y en la reclamación de recuperar su territorio.
Obama introdujo también una advertencia política. Consideró que Israel puede disponer de una enorme superioridad militar, tecnológica y económica en la región, pero que apoyarse únicamente en esa fuerza y actuar sin concesiones puede funcionar durante un tiempo y, a la vez, erosionar su autoridad moral.
Millones de palestinos que no desaparecerán del mapa
El antiguo presidente estadounidense insistió en una realidad demográfica que suele quedar enterrada bajo las grandes declaraciones históricas: alrededor de siete millones de palestinos no van a desaparecer. No hay una solución realista que consista simplemente en esperar que esa población deje de existir como factor político.
Ahí está precisamente el choque entre ambos discursos. Obama coloca el foco en la experiencia palestina, la pérdida de tierras, la convivencia y la necesidad de concesiones; Netanyahu parte del derecho histórico judío, la legitimidad del Estado israelí y una seguridad nacional que considera permanentemente amenazada.
No hablan exactamente de lo mismo, aunque utilicen el mismo mapa. Y esa diferencia explica por qué una discusión aparentemente histórica aterriza inmediatamente en las fronteras, los asentamientos, la soberanía y las posibilidades de una paz futura.
Judea, Cisjordania y una palabra que también es política
El empleo de «Judea» no es casual. Judea es una región histórica vinculada al antiguo reino de Judá y ocupa un lugar central en la historia y la tradición judías. Para buena parte de la sociedad israelí, esa conexión forma parte de la identidad nacional; para el nacionalismo religioso y sectores de la derecha tiene, además, una dimensión territorial contemporánea.
En el vocabulario institucional y político israelí aparece con frecuencia la expresión «Judea y Samaria» para designar Cisjordania. No es simplemente una diferencia de traducción. El nombre escogido introduce una lectura histórica y política determinada sobre el territorio.
Fuera de Israel, sin embargo, el marco jurídico es distinto. Cisjordania y Jerusalén Este son considerados territorios palestinos ocupados desde 1967, y los asentamientos israelíes establecidos allí son considerados contrarios al derecho internacional por los principales organismos internacionales.
Una cosa no borra necesariamente la otra: puede existir un vínculo histórico milenario y, simultáneamente, una disputa contemporánea sometida al derecho internacional y a los derechos de la población palestina. Precisamente por eso el conflicto se vuelve tan áspero. En esta parte del mundo, hasta el nombre que se utiliza para señalar una colina puede implicar una posición política.
El viejo desencuentro entre Obama y Netanyahu reaparece
La discusión tampoco nace de la nada. Obama y Netanyahu mantuvieron una relación difícil durante los ocho años de presidencia del dirigente demócrata, entre 2009 y 2017. Sus desacuerdos fueron especialmente visibles alrededor de los asentamientos israelíes, la creación de un Estado palestino y el acuerdo nuclear con Irán.
Uno de los episodios más simbólicos llegó al final de la presidencia de Obama, cuando Estados Unidos permitió con su abstención que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobara en diciembre de 2016 una resolución contra los asentamientos israelíes en los territorios ocupados. El Gobierno de Netanyahu reaccionó entonces con enorme irritación.
Una década después, el vocabulario ha cambiado poco. Territorio, seguridad, reconocimiento y legitimidad histórica siguen formando el esqueleto de la disputa, aunque la región haya pasado entretanto por el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, la guerra de Gaza y una sucesión de crisis que alteraron profundamente el escenario político.
La réplica llega a once días de las elecciones en Israel
Hay, además, calendario. Israel celebra elecciones generales el 27 de octubre, apenas once días después de este intercambio. Netanyahu afronta la recta final de la campaña y cualquier discusión sobre la seguridad del país, el reconocimiento del Estado judío o los derechos territoriales toca directamente algunos de los asuntos que más movilizan a su electorado.
Eso no convierte automáticamente la respuesta a Obama en una maniobra electoral, pero el momento importa. El mensaje permite a Netanyahu volver a un terreno político que conoce bien: presentarse como defensor de los derechos históricos de Israel frente a quienes, a su juicio, interpretan el conflicto desde parámetros incapaces de comprender los riesgos de la región.
Su argumento fue inequívoco. El problema para alcanzar la paz, sostuvo, no es la existencia de Israel ni su defensa del derecho a existir, sino la negativa de sus enemigos a reconocer un Estado judío. Una paz construida sobre premisas falsas, advirtió, acabaría chocando con la realidad de Oriente Próximo.
Dos relatos históricos frente al mismo territorio
El cruce entre Netanyahu y Obama condensa buena parte del conflicto israelí-palestino en apenas unas frases. Netanyahu habla de pertenencia; Obama, de desposesión. Uno mira hacia una historia judía que se cuenta en milenios. El otro recuerda que la legitimidad histórica no elimina los derechos de los palestinos que viven sobre ese mismo territorio.
Y ahí permanece el problema, enorme y bastante menos limpio que cualquier eslogan. La presencia judía tiene raíces históricas profundas; la población palestina posee también derechos nacionales, civiles y políticos que no desaparecen por esa historia. El derecho internacional añade otra capa al delimitar qué puede hacer un Estado contemporáneo sobre un territorio ocupado.
La réplica de Netanyahu no resuelve esa contradicción. Tampoco pretendía hacerlo. Sí deja clara la línea que defenderá: Israel rechaza ser descrito como una empresa colonial y Netanyahu no está dispuesto a separar la discusión territorial de la memoria histórica judía. Obama, desde el otro extremo del debate, recuerda que ninguna memoria puede convertir en invisible a la población que comparte esa tierra.
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