Ciencia
La generación Z ya rinde peor que sus padres en pruebas cognitivas
La generación Z pierde terreno en lectura y matemáticas, mientras los expertos discuten el peso de la educación, las pantallas y el entorno.
Resumen
- La generación Z retrocede en lectura, matemáticas y otras pruebas cognitivas
- PISA 2025 confirma nuevas caídas tras el fuerte golpe de la pandemia
- Los expertos descartan equiparar peor rendimiento con menor inteligencia
La idea resulta incómoda porque rompe una de esas certezas que parecían acompañar al progreso moderno: que los hijos, con más educación, mejor alimentación y más acceso al conocimiento, acabarían desarrollando mayores capacidades que sus padres. Ese avance generacional se ha frenado. Los jóvenes de la generación Z muestran retrocesos en varias pruebas de lectura, matemáticas y otras habilidades cognitivas, y los últimos datos internacionales confirman que el problema no terminó con la pandemia.
Pero hay una precisión importante antes de convertir el asunto en una competición familiar de sobremesa. Los datos no permiten afirmar que toda la generación Z sea menos inteligente que sus padres. Sí permiten sostener algo bastante serio: en numerosos países, las cohortes jóvenes han dejado de mejorar al ritmo de las anteriores y, en varias competencias esenciales, están retrocediendo. PISA 2025 ha añadido una pieza difícil de ignorar al registrar resultados especialmente débiles en lectura y matemáticas dentro de la OCDE.
La cuestión va, por tanto, bastante más allá del tópico sobre jóvenes distraídos mirando una pantalla. Estamos ante un debate sobre aprendizaje, atención, razonamiento y capacidad para procesar información en una generación que ha crecido rodeada de más conocimiento disponible que ninguna otra. Nunca fue tan fácil acceder a una enciclopedia, una calculadora o una explicación de física. Tampoco fue tan sencillo evitar el esfuerzo de recordar, calcular o leer diez páginas seguidas.
El avance intelectual que parecía una ley se ha frenado
Durante buena parte del siglo XX ocurrió algo extraordinariamente constante. Cuando las nuevas generaciones realizaban pruebas de inteligencia comparables a las de sus mayores obtenían mejores resultados. Es el denominado efecto Flynn, bautizado por el investigador James Flynn y observado durante décadas en numerosos países.
Un amplio metaanálisis de cientos de estudios calculó mejoras medias de varios puntos de cociente intelectual por década. No significaba necesariamente que cada generación produjera pequeños genios en serie, sino que factores como una mejor nutrición, educación, sanidad y estimulación cognitiva parecían elevar determinadas capacidades medidas por los test.
Ese ascensor empezó a perder velocidad. En distintos países desarrollados aparecieron primero estancamientos y después descensos. La literatura científica lleva años estudiando un posible efecto Flynn inverso, aunque el fenómeno no ocurre de manera uniforme ni afecta por igual a todos los territorios, edades o tipos de habilidad.
El debate ha cobrado fuerza por los trabajos que señalan un deterioro o estancamiento reciente en ámbitos como la lectura, el cálculo, la atención y el razonamiento complejo. Uno de los nombres que ha impulsado esta discusión es el del neurocientífico y educador Jared Cooney Horvath, que sostiene que los jóvenes actuales constituyen uno de los primeros grandes grupos modernos que dejan de superar sistemáticamente a las cohortes anteriores en varias medidas cognitivas.
El matiz importa. Mucho. Rendir peor en determinadas pruebas no equivale automáticamente a ser menos inteligente. Los test capturan determinadas habilidades bajo unas condiciones concretas; la inteligencia humana es bastante más escurridiza que una puntuación colocada al final de una tabla.
PISA 2025 confirma que el problema no acabó con la pandemia
Durante unos años hubo una explicación bastante cómoda: la COVID-19. Colegios cerrados, educación improvisada a través de una pantalla, aislamiento y meses de aprendizaje irregular. PISA 2022 mostró una caída histórica: la puntuación media de la OCDE descendió con fuerza en matemáticas y lectura respecto a 2018.
El problema es que los estudiantes volvieron a las aulas y el termómetro no recuperó su nivel anterior. Los resultados de PISA 2025, basados en cientos de miles de estudiantes de 15 años de decenas de países y economías, volvieron a mostrar dificultades considerables. Lectura y matemáticas siguen siendo dos de los puntos más delicados del sistema educativo internacional.
Mirando una década completa, la fotografía resulta aún más llamativa. Las puntuaciones medias han perdido terreno y ha aumentado la proporción de adolescentes que no alcanza los niveles básicos de competencia. Ya no se trata simplemente de que haya menos alumnos brillantes: crece también el grupo que tiene dificultades para comprender textos, resolver problemas matemáticos o aplicar conocimientos elementales.
Y hay otro detalle difícil de apartar. Las dificultades educativas habían comenzado en distintos países antes de la COVID-19. La pandemia aceleró la caída, sin duda, pero no explica por sí sola una tendencia que venía dibujándose desde años atrás y que no se ha corregido completamente después.
España también pierde terreno
Los resultados españoles de PISA 2025 resultan particularmente relevantes porque corresponden a adolescentes situados en el tramo más joven que suele incluirse dentro de la generación Z. España obtuvo resultados por debajo de la media de la OCDE en varias áreas y confirmó un escenario de debilidad en lectura y matemáticas.
La comparación a largo plazo es más reveladora que una fotografía aislada. Desde mediados de la pasada década ha aumentado la proporción de alumnos españoles que no alcanza los niveles básicos, especialmente en lectura y matemáticas. Hay aspectos menos sombríos, como una brecha socioeconómica educativa más contenida que en otros países y determinados indicadores positivos de pertenencia al centro y perseverancia.
No estamos, pues, ante un derrumbe uniforme. Tampoco ante una pequeña fluctuación estadística que pueda despacharse con un encogimiento de hombros. Cuando varios ciclos educativos consecutivos apuntan en una dirección parecida, el ruido empieza a parecerse bastante a una tendencia estructural.
Los veinteañeros ofrecen otra señal preocupante
El fenómeno no aparece únicamente entre escolares. La Encuesta de Competencias de la Población Adulta de la OCDE ha detectado que, en buena parte de los países comparables, la competencia lectora de los jóvenes de entre 16 y 24 años ha descendido o se ha mantenido estancada frente a mediciones anteriores.
España presenta aquí una fotografía curiosa. Los jóvenes españoles obtienen resultados por debajo de la media internacional en lectura, matemáticas y resolución de problemas, pero en algunas comparaciones internas continúan superando a grupos de adultos de mayor edad. Esto ayuda a entender por qué la frase «los jóvenes son menos inteligentes que sus padres» necesita bisturí y no martillo.
La comparación científica relevante no consiste en sentar a un joven de 20 años junto a su padre de 55 y entregarles el mismo examen. Se intenta observar cómo rendían diferentes cohortes cuando tenían edades similares, corrigiendo en lo posible factores como la educación, el envejecimiento, el contexto social y los cambios metodológicos de las propias pruebas.
Ahí el dibujo empieza a resultar inquietante, aunque todavía conserve zonas borrosas. Determinadas capacidades que durante décadas parecían avanzar de generación en generación se han estancado y, en algunos casos, retroceden. Eso sí puede afirmarse con bastante más seguridad.
Pantallas, móviles y un cerebro entrenado para saltar
Una parte importante del debate se concentra inevitablemente en la digitalización. El aprendizaje profundo necesita atención sostenida, memoria, repetición y esfuerzo. Buena parte del ecosistema digital cotidiano, en cambio, está diseñado alrededor del desplazamiento rápido, las notificaciones y el salto constante entre estímulos.
Los estudiantes actuales han crecido dentro de ese entorno. Utilizan móviles, tabletas, ordenadores, redes sociales y, cada vez con mayor frecuencia, herramientas de inteligencia artificial para estudiar, escribir, buscar información o resolver ejercicios. La tecnología puede enriquecer extraordinariamente el aprendizaje, pero también puede sustituir procesos mentales que antes eran inevitables.
No es lo mismo emplear una tableta para simular un experimento de física que pasar una hora saltando entre vídeos de quince segundos. Ni utilizar un buscador para contrastar fuentes que pedir a una aplicación que piense, resuma y redacte en lugar del estudiante. Meterlo todo dentro del cajón de «tiempo de pantalla» tiene aproximadamente la misma precisión que clasificar una biblioteca y una máquina tragaperras como simples objetos rectangulares.
La evidencia disponible encuentra asociaciones entre algunos usos digitales intensivos y peores resultados en ámbitos como la concentración, la comprensión lectora o el rendimiento académico. Otra cosa es demostrar que las pantallas sean la causa directa del retroceso generacional. Correlación y causalidad siguen siendo parientes, no gemelos.
También intervienen otros factores: cambios educativos, hábitos familiares, reducción del tiempo dedicado a la lectura, sueño, desigualdad, efectos posteriores de la pandemia e incluso la forma en que han evolucionado las propias pruebas. Buscar un único culpable resultaría cómodo. Probablemente demasiado.
Menos inteligencia es una conclusión que la ciencia no avala
Aquí aparece la parte menos vistosa de la historia y quizá la más importante. Diversos investigadores han cuestionado que pueda hablarse de una generación globalmente menos inteligente. La afirmación sobregeneraliza resultados muy heterogéneos: algunas capacidades empeoran, otras permanecen estables y las diferencias entre países son enormes.
En investigaciones realizadas en España, por ejemplo, se han observado deterioros apreciables en determinadas habilidades numéricas sin que aparezca necesariamente una caída equivalente en la capacidad general de razonamiento. Un alumno puede calcular peor, leer menos o tener dificultades para mantener la atención y, sin embargo, no haber perdido inteligencia en un sentido global.
Existe otra objeción relevante. Parte de los estudios empleados para demostrar un efecto Flynn inverso analizan cohortes nacidas antes de que comenzara propiamente la generación Z. Algunos descensos atribuidos actualmente a los jóvenes ya habían comenzado entre miembros de la generación X y los millennials.
Otros grandes análisis internacionales, además, continúan encontrando mejoras generacionales en determinadas pruebas de razonamiento no verbal. La imagen cambia según el país, la edad, el periodo analizado y la capacidad medida. La realidad, por desgracia para los amantes de los eslóganes, tiene esa mala costumbre: no cabe bien en una camiseta.
Una generación con toda la información y menos práctica para procesarla
Lo verdaderamente novedoso no es que pueda existir una generación «más tonta», expresión tan contundente como científicamente torpe. Lo relevante es que varios indicadores básicos de aprendizaje han dejado de mejorar y algunos retroceden justo cuando nunca había sido tan sencillo acceder a información, cursos, vídeos, bibliotecas, calculadoras, traductores y respuestas instantáneas.
Ahí está la paradoja. Saber dónde encontrar un dato no equivale a comprenderlo. Tener una calculadora no desarrolla por sí sola intuición matemática. Poder resumir un libro en segundos tampoco sustituye las horas en las que el lector pelea con un argumento, se distrae, vuelve atrás y finalmente entiende. El cerebro sigue necesitando esfuerzo, aunque la tecnología consiga que ese esfuerzo parezca cada vez más prescindible.
Los resultados educativos internacionales endurecen el diagnóstico: la caída posterior a la pandemia no se ha corregido por completo, afecta especialmente a lectura y matemáticas y alcanza también a España. Las evaluaciones de adultos añaden señales de estancamiento entre los más jóvenes. Ese retroceso existe y puede medirse.
Que la generación Z sea la primera generación intelectualmente inferior a sus padres, en cambio, sigue siendo una afirmación demasiado grande para las pruebas disponibles. Hay peor rendimiento en capacidades esenciales y motivos suficientes para tomárselo en serio. Pero entre puntuar peor en determinadas pruebas y declarar una decadencia de la inteligencia humana queda todavía bastante cerebro por estudiar.
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