Ciencia
Las capacidades cognitivas retroceden y los científicos miran al móvil
Distintos estudios detectan descensos en lectura, razonamiento y matemáticas, mientras crece el debate sobre el impacto de los hábitos digitales.
Resumen
- Varios estudios detectan retrocesos en capacidades cognitivas
- Lectura, matemáticas y razonamiento muestran señales de deterioro
- Educación, atención y hábitos digitales están entre las causas estudiadas
Hay señales cada vez más consistentes de que algunas capacidades cognitivas están empeorando en amplios grupos de población. No significa que la humanidad se esté volviendo literalmente menos inteligente ni que nuestro cerebro haya iniciado una misteriosa involución biológica. Lo que muestran distintas investigaciones es algo más concreto —y quizá más inquietante—: después de décadas de mejora, el rendimiento en pruebas de razonamiento, comprensión lectora, matemáticas y otras habilidades mentales se ha estancado o ha retrocedido en numerosos países.
El fenómeno aparece en estudios diferentes, con edades, muestras y metodologías distintas. Estados Unidos ofrece uno de los ejemplos más claros, pero Europa tampoco queda fuera. Las evaluaciones internacionales han detectado deterioros o estancamientos en las competencias de los adultos durante la última década y los resultados educativos dibujan una tendencia semejante entre los adolescentes. Entre las explicaciones que ganan terreno aparece una transformación bastante cotidiana: menos lectura profunda, más consumo fragmentado de información y una vida digital dominada por el móvil, las redes sociales y el desplazamiento infinito de contenidos. Una coincidencia temporal sugerente, aunque todavía no demuestra por sí sola una relación de causa y efecto.
El viejo efecto Flynn parece haberse dado la vuelta
Durante buena parte del siglo XX ocurrió exactamente lo contrario. Las puntuaciones obtenidas en los test de inteligencia fueron aumentando generación tras generación. Es el llamado efecto Flynn, bautizado en honor al investigador James Flynn.
La magnitud histórica no fue pequeña. Los trabajos que analizaron décadas de pruebas llegaron a calcular mejoras cercanas a tres puntos de cociente intelectual por década en determinados test. Una población mejor alimentada, con más años de escolarización, entornos intelectualmente más complejos y mejores condiciones sanitarias parecía rendir progresivamente mejor en las pruebas cognitivas.
Luego la curva comenzó a aplanarse. Investigaciones realizadas en países europeos detectaron primero una estabilización y posteriormente descensos. Un trabajo publicado en 2026 analizó los resultados de 579.379 hombres noruegos pertenecientes a 25 cohortes de nacimiento, entre 1967 y 1991, utilizando pruebas cognitivas del servicio militar vinculadas a registros administrativos.
Los autores encontraron que la mejora histórica había alcanzado un techo y posteriormente había comenzado a revertirse. No es un detalle menor. Al tratarse de registros prácticamente completos de varias generaciones, el resultado resulta difícil de despachar como una simple rareza estadística.
En Estados Unidos aparece un patrón parecido. Una investigación examinó 394.378 adultos estadounidenses evaluados entre 2006 y 2018 y encontró caídas en la puntuación cognitiva global y en tareas relacionadas con el razonamiento mediante matrices y las series de letras y números.
El panorama, eso sí, no era uniforme. Algunas capacidades espaciales mejoraron. Y ahí está una de las precauciones fundamentales: hablar simplemente de una humanidad que se vuelve «más tonta» resulta demasiado grueso. La inteligencia no es una bombilla que sube o baja de intensidad de manera uniforme. Hay habilidades que retroceden, otras que permanecen estables y otras que incluso pueden avanzar.
La caída va más allá de los test de inteligencia
El asunto adquiere otra dimensión cuando se observan pruebas que no pretenden medir directamente el cociente intelectual. Las grandes evaluaciones internacionales de competencias de adultos examinan lectura, cálculo y resolución de problemas, destrezas mucho más cercanas a las que utilizamos en la vida cotidiana.
Las últimas comparaciones internacionales indican que, durante aproximadamente una década, las habilidades de los adultos disminuyeron o permanecieron estancadas en buena parte de los países estudiados. La competencia lectora retrocedió de manera significativa en varios de ellos y las matemáticas ofrecieron un comportamiento algo mejor, aunque tampoco quedaron inmunes.
Otro detalle merece atención: en numerosos países, el deterioro se concentra entre quienes ya partían de niveles más bajos. La distancia respecto a las personas con mejores resultados se ensancha. La cuestión deja entonces de ser una curiosidad sobre test de inteligencia para convertirse en un problema educativo y social.
Una persona no necesita resolver matrices abstractas todos los días; sí necesita comprender un contrato, interpretar un porcentaje o distinguir una afirmación engañosa. Ahí es donde pequeñas pérdidas de competencia cognitiva pueden acabar teniendo consecuencias bastante concretas.
España no se hunde, pero tampoco sale bien en la foto
España obliga a introducir un matiz importante. Los datos de adultos no muestran aquí un desplome equivalente al registrado en otros países. Entre las dos últimas grandes rondas comparables, las puntuaciones españolas de lectura y matemáticas se mantuvieron aproximadamente estables.
El problema es el punto desde el que se parte. Los adultos españoles de 16 a 65 años obtuvieron en la última evaluación 247 puntos en lectura, 250 en matemáticas y 241 en resolución adaptativa de problemas, en los tres casos por debajo del promedio de la OCDE. Alrededor del 31% quedó en el nivel más bajo de competencia lectora o por debajo de él.
La fotografía de los adolescentes resulta más delicada. Los últimos resultados educativos internacionales muestran retrocesos importantes en comprensión lectora y matemáticas respecto a anteriores evaluaciones y sitúan varias puntuaciones españolas entre las más bajas de su serie histórica.
Así que no, los datos no permiten afirmar que España haya sufrido una súbita pérdida colectiva de inteligencia. Pero el deterioro de algunas competencias básicas tampoco invita precisamente al champán.
El año 2012 aparece una y otra vez
Hay un detalle especialmente llamativo en varias series internacionales: el deterioro comenzó antes de la pandemia. La covid alteró durante meses la enseñanza presencial y dejó cicatrices académicas claras, pero algunas tendencias negativas eran visibles varios años antes.
Determinados indicadores empiezan a torcerse aproximadamente durante la primera mitad de la década de 2010. Y ahí aparece inevitablemente el teléfono inteligente. Su expansión masiva coincide con la consolidación de las redes sociales, las notificaciones permanentes, los vídeos breves y una arquitectura digital construida para que el usuario no cierre nunca la aplicación.
Coincidencia no significa culpabilidad. Conviene repetirlo. Pero la superposición temporal ha empujado a numerosos investigadores a mirar hacia la economía de la atención: plataformas y servicios cuyo negocio depende, precisamente, de conseguir que pasemos el mayor tiempo posible mirando la pantalla.
No se trata simplemente de pasar muchas horas delante de una pantalla. Leer un ensayo en una tableta, programar, estudiar matemáticas o escribir pueden ser actividades cognitivamente exigentes. El problema estaría en otro tipo de uso: saltar constantemente de un estímulo a otro, alternar aplicaciones, consultar notificaciones y consumir piezas extremadamente breves que rara vez exigen mantener una idea durante varios minutos.
La mente recibe muchísimo. Retiene menos. Y, sobre todo, practica menos tiempo seguido una misma tarea.
Leer un libro y deslizar una pantalla no ejercitan lo mismo
La lectura prolongada obliga al cerebro a sostener personajes, argumentos, conceptos y relaciones que aparecieron páginas atrás. Hay que reconstruir significados, anticipar, recordar. El vídeo breve funciona de otra forma: cada pocos segundos ofrece un estímulo nuevo y reduce la necesidad de mantener una línea mental durante mucho tiempo.
Nada convierte automáticamente un formato en bueno y otro en malo. Pero el tipo de esfuerzo cognitivo es diferente. Las evaluaciones educativas llevan años encontrando asociaciones entre determinadas formas de distracción digital y un peor rendimiento académico.
Al mismo tiempo, las últimas pruebas internacionales muestran una caída prolongada en lectura y matemáticas en numerosos países. La tecnología puede mejorar el aprendizaje cuando se utiliza con intención; otra cosa es cuando sustituye atención, esfuerzo y comprensión.
Aquí está probablemente una parte de la historia. No toda.
Educación, desigualdad y hábitos también cuentan
Sería cómodo culpar al smartphone. Demasiado cómodo. Los cambios en las capacidades cognitivas dependen también de la calidad educativa, el entorno familiar, el nivel socioeconómico, la nutrición, la salud y los hábitos culturales, junto con la frecuencia con la que determinadas habilidades se utilizan en la vida cotidiana.
La investigación noruega resulta especialmente interesante porque muestra que la expansión educativa ayudó durante décadas a elevar el rendimiento cognitivo y a reducir diferencias sociales. Cuando ese avance educativo comenzó a agotarse, el descenso subyacente quedó más expuesto.
Eso abre una explicación menos cinematográfica que la de un móvil friendo cerebros: quizá durante décadas las sociedades fueron acumulando factores que impulsaban el rendimiento —más escolarización, mejor salud, trabajos intelectualmente más complejos— y algunos de esos motores han llegado a un techo. Mientras tanto, han aparecido otros hábitos que trabajan en sentido contrario.
El resultado podría ser una suma de pequeños empujones en la misma dirección. Ninguno explica todo. Juntos, sí empiezan a dibujar una pendiente.
No nos estamos volviendo idiotas, pero entrenamos otra mente
La investigación disponible no justifica proclamar que la especie humana esté perdiendo inteligencia a una velocidad vertiginosa. Sí permite hablar de un deterioro real de determinadas competencias cognitivas en distintos países y generaciones, acompañado por una preocupante caída de lectura y matemáticas entre los más jóvenes.
La diferencia importa. El potencial intelectual humano no tiene por qué estar disminuyendo; puede estar cambiando la forma en que lo ejercitamos. Un cerebro acostumbrado a cien estímulos breves por hora quizá desarrolla destrezas distintas de otro entrenado durante horas en una sola tarea. La tecnología amplía capacidades y, al mismo tiempo, puede atrofiar las que dejamos de practicar. No hay demasiada magia en eso.
Durante generaciones dimos por sentado que más educación, más información y más tecnología producirían automáticamente sociedades cognitivamente más capaces. Los últimos datos complican aquella confianza. Tenemos más información en el bolsillo de la que habría cabido en una biblioteca de hace un siglo y, paradójicamente, mantener la atención sobre una página empieza a parecer una habilidad escasa.
Ese es, de momento, el dato verdaderamente incómodo.
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