Historia
Loving contra Virginia: la pareja que tumbó las leyes raciales de EEUU
Richard y Mildred Loving fueron condenados en Virginia por su matrimonio interracial. Su caso llevó al Supremo de EEUU a anular esas leyes en 1967.
Foto: United Press International, dominio público.
Resumen
- Los Loving fueron condenados en Virginia por casarse siendo de distinta raza
- El Supremo anuló en 1967 las leyes que prohibían el matrimonio interracial
- Una boda interracial ya estaba documentada en la Florida española de 1565
Durante buena parte del siglo XX, en varios estados de Estados Unidos una pareja podía quererse, formar una familia y casarse legalmente en una ciudad para convertirse en delincuente al cruzar una frontera estatal. Eso les ocurrió a Richard y Mildred Loving. Se casaron en Washington D. C. en 1958, regresaron a su casa de Virginia y terminaron detenidos por una razón que hoy parece salida de una distopía burocrática: él era blanco y ella tenía ascendencia afroamericana y nativa americana.
El caso Loving contra Virginia llegó al Tribunal Supremo de Estados Unidos, que el 12 de junio de 1967 declaró inconstitucionales las prohibiciones estatales del matrimonio interracial. La decisión fue unánime. No se limitó a salvar el matrimonio de los Loving: derribó las leyes que todavía permitían a varios estados decidir con quién podía casarse una persona en función de su raza.
La historia tiene, además, un prólogo español bastante menos conocido. El primer matrimonio cristiano documentado en el territorio continental que actualmente forma Estados Unidos se celebró cuatro siglos antes, en 1565, en la Florida española. Los protagonistas fueron Luisa de Ábrego y Miguel Rodríguez, una mujer negra libre procedente de Andalucía y un español de Segovia. Mucho antes de Loving, de las leyes segregacionistas y hasta del nacimiento de Estados Unidos, una boda interracial ya había dejado huella en aquellas tierras.
Una boda legal en Washington y un delito al volver a casa
Richard Perry Loving y Mildred Jeter eran naturales de Virginia. En aquel estado no podían casarse debido a las leyes contra los matrimonios interraciales, de modo que viajaron a Washington D. C. y contrajeron matrimonio en junio de 1958, donde la unión sí era legal.
Después volvieron a Virginia. Y ahí empezó el absurdo.
La policía entró de madrugada en la habitación donde dormía la pareja. El certificado matrimonial colgado en la pared no sirvió para protegerlos; más bien certificaba ante los agentes aquello que Virginia consideraba ilegal. Los Loving fueron acusados de violar las normas estatales que prohibían los matrimonios entre personas clasificadas legalmente como pertenecientes a razas distintas.
En enero de 1959 se declararon culpables. El juez los condenó a un año de prisión, aunque suspendió la pena con una condición extraordinaria: abandonar Virginia y no regresar juntos durante 25 años.
No era una metáfora. El Estado estaba expulsando de hecho a un matrimonio de su propio hogar.
Los Loving se instalaron en Washington D. C., lejos de familiares, amigos y de la vida rural que conocían. Con el tiempo tuvieron tres hijos. Podían visitar Virginia, pero hacerlo juntos significaba exponerse de nuevo a problemas con la justicia. La frontera entre la legalidad y el delito estaba, literalmente, a unas horas de coche.
La Ley de Integridad Racial y la obsesión por clasificar personas
Detrás de aquella condena estaba la Ley de Integridad Racial de Virginia de 1924, una de las expresiones legales más descarnadas de la segregación estadounidense. La norma reforzaba la prohibición del matrimonio interracial e intentaba encajar a la población dentro de categorías raciales rígidas.
La legislación establecía quién podía ser considerado legalmente blanco y quién quedaba fuera de esa categoría. El Estado llegó así a convertir la genealogía en instrumento administrativo: certificados de nacimiento, licencias matrimoniales, registros públicos. La pseudociencia racial, con sello y formulario.
Había incluso una peculiar excepción vinculada a Pocahontas. Numerosas familias blancas de la élite de Virginia afirmaban descender de ella y de su marido inglés, John Rolfe. La legislación permitió por ello que una persona con hasta una determinada proporción de ascendencia indígena pudiera seguir siendo considerada blanca. Una pirueta legal reveladora: la pretendida pureza racial resultaba muy estricta hasta que afectaba a apellidos influyentes.
Pocahontas y John Rolfe tampoco fueron el primer caso
El matrimonio entre Pocahontas —Matoaka era uno de sus nombres originales— y el plantador inglés John Rolfe se celebró en Virginia en 1614 y suele aparecer citado como uno de los primeros matrimonios interraciales de la historia colonial británica de Norteamérica.
Pero tampoco fue el primero celebrado en tierras que acabarían integrándose en Estados Unidos.
Ese episodio se remonta a San Agustín, Florida, en 1565. La ciudad acababa de ser fundada por los españoles cuando Luisa de Ábrego y Miguel Rodríguez contrajeron matrimonio.
Ábrego era una mujer negra libre procedente de Andalucía. Rodríguez, un español originario de Segovia. Ambos habían cruzado el Atlántico con la expedición que llegó a la Florida española aquel año. Su unión figura como el primer matrimonio cristiano documentado en lo que actualmente es el territorio continental estadounidense.
El dato desmonta de paso una imagen demasiado simplificada de la historia norteamericana, muchas veces contada como si empezara exclusivamente en las colonias inglesas. Antes de Jamestown, antes de los peregrinos del Mayflower y mucho antes de las Trece Colonias, España llevaba décadas dejando huella en Norteamérica: lengua, leyes, ciudades y vidas mezcladas al otro lado del Atlántico.
Mildred Loving escribió una carta que acabaría cambiando la ley
Los Loving no comenzaron su batalla como activistas profesionales. Querían algo bastante menos grandilocuente: volver a vivir en Virginia con su familia.
En 1963, Mildred Loving pidió ayuda al entonces fiscal general de Estados Unidos, Robert F. Kennedy. El asunto terminó en manos de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, la ACLU, y los abogados Bernard Cohen y Philip Hirschkop asumieron la defensa de la pareja.
El litigio fue avanzando por los tribunales hasta llegar al Tribunal Supremo.
La cuestión jurídica era enorme pese a la sencillez del conflicto cotidiano: Virginia pretendía conservar el poder de convertir un matrimonio en delito únicamente por la clasificación racial de sus integrantes.
Virginia defendía que podía hacerlo. Entre otras cosas, alegaba que la legislación castigaba por igual a los dos miembros del matrimonio, con independencia de su raza, y que por ello no existía una discriminación incompatible con la Constitución.
El Supremo desmontó ese argumento.
El Tribunal Supremo convirtió el matrimonio en una cuestión de igualdad
El 12 de junio de 1967, los nueve magistrados fallaron por unanimidad a favor de Richard y Mildred Loving.
La sentencia consideró que las prohibiciones raciales de Virginia vulneraban la Decimocuarta Enmienda, tanto por afectar a la igualdad ante la ley como por interferir en una libertad personal fundamental.
El presidente del tribunal, Earl Warren, sostuvo que la libertad de elegir con quién casarse no podía restringirse mediante discriminaciones raciales. El apellido de los demandantes aportaba una ironía casi demasiado perfecta para un caso semejante: Loving, amar.
Cuando llegó la decisión, 16 estados conservaban prohibiciones contra los matrimonios interraciales. El fallo dejó esas normas sin efecto constitucional. Desde entonces ningún estado podía impedir una boda únicamente porque los contrayentes pertenecieran a categorías raciales diferentes.
La trascendencia jurídica iba más allá del matrimonio. La sentencia atacaba una idea central del sistema segregacionista: que el Estado podía preservar unas supuestas fronteras raciales regulando las relaciones privadas de sus ciudadanos.
Las leyes desaparecieron, aunque algunas palabras tardaron décadas
La sentencia de 1967 convirtió las prohibiciones en inaplicables, pero la limpieza de los textos legales fue bastante más lenta.
Carolina del Sur no eliminó de su Constitución la disposición contra los matrimonios interraciales hasta finales de los años noventa. Alabama mantuvo lenguaje semejante en su Constitución hasta que sus votantes aprobaron retirarlo en 2000, más de tres décadas después de que el Tribunal Supremo hubiera dejado aquella prohibición sin validez jurídica.
Era legislación muerta, sí, pero seguía impresa. Una especie de fósil legal del viejo orden racial estadounidense.
La protección recibió otra capa federal en 2022 con la Respect for Marriage Act, que obliga al reconocimiento de matrimonios válidos con independencia, entre otros factores, de la raza, la etnia o el origen nacional de los cónyuges. No sustituyó a Loving: el precedente constitucional de 1967 sigue siendo la pieza fundamental que acabó con las prohibiciones raciales del matrimonio.
Richard Loving murió en 1975, en un accidente de tráfico. Mildred sobrevivió hasta 2008. Durante décadas evitó convertirse en una figura política profesional, aunque comprendía perfectamente lo que había conseguido aquella batalla judicial que empezó, en esencia, porque quería regresar a casa.
De una boda española de 1565 a una sentencia de 1967
Entre la boda de Luisa de Ábrego y Miguel Rodríguez en San Agustín y la sentencia de Loving contra Virginia transcurrieron algo más de cuatro siglos. En medio caben colonización, esclavitud, independencia, guerra civil, segregación y una obsesión legal por convertir diferencias humanas en fronteras administrativas.
Ahí reside una de las paradojas más llamativas de esta historia. En 1565, cuando Estados Unidos ni siquiera existía, una mujer negra libre andaluza y un hombre de Segovia pudieron casarse en la Florida española. En 1958, casi cuatrocientos años después, Richard y Mildred Loving tuvieron que abandonar Virginia porque su matrimonio era considerado un delito.
La sentencia de 1967 no inventó el matrimonio interracial ni inauguró las parejas mixtas en Estados Unidos. Retiró al Estado el poder de prohibirlas por motivos raciales. Parece una diferencia pequeña al escribirla. Jurídicamente —y en la vida de millones de personas— fue inmensa.
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