España
El 84% de jóvenes que ejerció violencia sexual también fue víctima
Un estudio nacional con 4.024 jóvenes revela que el 84,4% de adolescentes que ejercieron violencia sexual también habían sufrido victimización
Resumen
- El 84,4% de quienes ejercieron violencia sexual también sufrió alguna violencia
- El estudio analizó a 4.024 adolescentes españoles de entre 14 y 17 años
- La investigación no demuestra que ser víctima cause una agresión sexual
La violencia sexual entre adolescentes tiene una zona incómoda que rara vez cabe en una etiqueta. Un estudio con una muestra representativa de 4.024 jóvenes españoles de entre 14 y 17 años revela que el 84,4% de quienes reconocieron haber ejercido alguna forma de violencia sexual durante el último año también había sufrido al menos una experiencia de victimización en ese mismo periodo. El dato no convierte al responsable en inocente ni diluye el daño causado. Pero obliga a mirar una realidad bastante más enrevesada que la sencilla división entre víctimas y agresores.
Hay una precisión esencial. El estudio no afirma que ese 84,4% hubiera sido previamente víctima de violencia sexual, ni demuestra que una experiencia provocara la otra. Habla de victimización en sentido amplio: violencia entre iguales, maltrato familiar, delitos comunes, violencia en la pareja, explotación sexual, agresiones sexuales o acoso y abuso en internet. Tampoco establece qué ocurrió primero. Es una fotografía del mismo periodo de doce meses, no una película completa de cada biografía.
Un 4% reconoció haber ejercido alguna forma de violencia sexual
La investigación, desarrollada por Laura Pascual-Velázquez y Noemí Pereda, del Grupo de Investigación en Victimización Infantil y Adolescente de la Universidad de Barcelona, parte de una muestra nacional de adolescentes escolarizados. Los participantes procedían de 70 centros educativos distribuidos por España y respondieron mediante cuestionarios sobre distintas experiencias de violencia.
Dentro de esa muestra, un 4% declaró haber realizado durante el año anterior al menos una conducta considerada violencia sexual, lo que dejó un grupo de 160 adolescentes para el análisis específico. El 53,8% eran chicos y el 39,4%, chicas; una pequeña proporción se identificó con otro género o prefirió no responder. Las conductas estudiadas comprendían violencia sexual con contacto físico, formas de explotación y violencia sexual electrónica.
Eso también importa al interpretar las cifras. No estamos ante 160 menores condenados ni ante un registro policial. Son conductas autorreportadas de forma anónima, identificadas mediante preguntas concretas sobre comportamientos. El método permite aproximarse a situaciones que quizá nunca llegan a una denuncia, aunque tiene el reverso habitual de estas investigaciones: depende de que los participantes comprendan las preguntas y respondan con sinceridad sobre asuntos cargados de miedo, culpa o estigma.
La victimización aparecía en casi todos los ámbitos
Lo más llamativo surge al observar lo que esos mismos adolescentes habían vivido. Entre quienes reconocieron conductas sexualmente violentas, el 84,4% había sufrido alguna forma de violencia durante el último año. Entre las chicas el porcentaje alcanzaba el 90,5%; entre los chicos, el 79,1%. La superposición resultaba todavía mayor en las edades más tempranas: un 90,3% entre los 14 y 15 años, frente al 76,1% entre los 16 y 17.
Internet ocupa un lugar especialmente visible en esa geografía del daño. El 55% había sufrido victimización electrónica, la modalidad más extendida en el grupo. Un 41,9% había sido víctima de delitos convencionales y un 41,3% declaró alguna forma de victimización ejercida por cuidadores. La violencia entre iguales afectaba al 37,5%; la violencia dentro de relaciones sentimentales, también al 37,5%; la victimización sexual propiamente dicha aparecía en un 36,9%, y la explotación sexual, en un 20,6%.
El móvil, dicho sin demasiada ceremonia, no es únicamente el aparato que un adolescente deja boca abajo cuando entra un adulto en la habitación. Es también un espacio social permanente. Entre las chicas del grupo estudiado, el 71,4% había sufrido alguna victimización electrónica, frente al 44,2% de los chicos. Las solicitudes sexuales no deseadas por internet alcanzaban al 58,7% de ellas y al 19,8% de ellos; el grooming, entendido como la aproximación de un adulto o tercero con fines sexuales mediante engaño o manipulación, también mostraba una mayor presencia entre las adolescentes.
Más de un tercio acumulaba siete o más formas de violencia
La cifra del 84,4% cuenta solo una parte. Entre quienes habían sufrido victimización y también habían reconocido ejercer violencia sexual, la media fue de 6,4 experiencias diferentes de victimización durante doce meses. Hubo casos que reportaron hasta 21. Un 36,3% acumulaba siete o más modalidades y fue clasificado por las investigadoras como población polivictimizada.
La polivictimización describe precisamente eso: no un episodio aislado, sino distintas violencias que se superponen. Acoso escolar, conflicto violento en casa, control de pareja, agresiones, hostigamiento digital… capas que pueden terminar formando un ambiente en el que la coerción deja de resultar excepcional y empieza a parecer parte del paisaje. No significa que una víctima vaya a reproducir necesariamente la violencia; la inmensa mayoría no lo hace. Significa que, dentro del pequeño grupo que sí declaró ejercerla, la exposición acumulada al daño era extraordinariamente frecuente.
Ser víctima no explica ni justifica convertirse en victimario
Aquí conviene frenar cualquier interpretación automática. El estudio es transversal: analiza victimización y conductas violentas dentro del mismo periodo. Por esa razón no puede demostrar una relación causal ni establecer la secuencia temporal. No sabemos, a partir de estos datos, si una determinada agresión ocurrió antes o después de la conducta ejercida por el adolescente, ni es posible concluir que haber sufrido violencia conduzca inevitablemente a ejercerla.
Las propias autoras descartan una explicación de carril único. La investigación encaja con lo que la criminología denomina solapamiento entre víctima y autor: durante la adolescencia, ambas categorías pueden coexistir en una misma persona. Detrás pueden intervenir entornos violentos, aprendizaje de determinadas conductas, grupos de iguales, dificultades para regular emociones, exposición acumulada al daño y oportunidades de agresión en espacios físicos y digitales. Un cóctel, no una llave maestra.
Ese enfoque tampoco rebaja la responsabilidad por una agresión sexual. Comprender un factor de riesgo no equivale a justificar una conducta. Sirve para intervenir antes, detectar problemas que permanecen ocultos y evitar que un adolescente tratado exclusivamente como infractor continúe viviendo situaciones de violencia que nadie ha identificado.
El problema va bastante más allá de ese 4%
La misma muestra nacional ha servido para estudiar la violencia sexual sufrida por el conjunto de adolescentes, no solo por quienes reconocieron ejercerla. Otro trabajo situó en el 17,8% la proporción de jóvenes españoles de 14 a 17 años que había sufrido alguna forma de victimización sexual durante el año anterior. Entre las chicas alcanzaba el 24% y entre los chicos el 11,2%, con las formas electrónicas entre las más frecuentes.
Los registros judiciales dibujan otra cara del problema, distinta porque solo recogen hechos que han llegado al sistema penal. En 2025 fueron condenados en España 584 menores de entre 14 y 17 años por delitos contra la libertad sexual, un 6,2% más que el año anterior. El 97,1% eran varones. Esos menores acumularon 841 delitos sexuales inscritos en el registro, entre ellos 491 agresiones sexuales contra menores de 16 años.
No conviene mezclar ambas estadísticas como si midieran exactamente lo mismo. Una procede de declaraciones anónimas de adolescentes y captura comportamientos que quizá jamás llegaron a conocimiento de un juez; la otra contabiliza condenas firmes. Pero observadas juntas dejan una imagen difícil de ignorar: la violencia sexual adolescente no pertenece únicamente al expediente judicial. También circula por aulas, parejas, familias, chats y grupos de amigos, muchas veces lejos de cualquier denuncia.
Prevenir exige mirar también lo que ocurre alrededor del agresor
El estudio plantea una consecuencia menos vistosa que el titular, pero probablemente más importante. Los programas dirigidos a adolescentes que han ejercido violencia sexual no deberían limitarse a corregir la conducta concreta. También necesitan explorar si ese menor está viviendo abuso, violencia familiar, acoso, explotación o victimización digital. Castigar un comportamiento y dejar intacto el ecosistema que lo rodea puede ser parecido a secar el suelo sin cerrar el grifo.
Las investigadoras defienden intervenciones tempranas, adaptadas a la edad y sensibles a las diferencias de género. Los resultados apuntan especialmente hacia los 14 y 15 años, donde la victimización fue más frecuente, y hacia el espacio digital, convertido en escenario simultáneo de socialización, exposición, presión sexual y agresión. La prevención, sostienen, debería comenzar incluso antes de la adolescencia media.
El trabajo fue publicado en mayo de 2026 en European Journal on Criminal Policy and Research. En octubre la revista incorporó una corrección formal sobre información del apartado ético que había quedado anonimizada por error. La modificación identificó correctamente a la Universidad de Barcelona y a su comité de bioética, pero no alteró los resultados estadísticos ni las conclusiones principales de la investigación.
Una frontera menos nítida de lo que parecía
La gran aportación del estudio quizá no sea descubrir que algunos adolescentes violentos han sufrido violencia. Eso lleva tiempo documentándose en criminología. Lo que cambia la escala es comprobarlo en una muestra representativa de adolescentes españoles y encontrar una coincidencia superior al 84% entre quienes reconocieron ejercer violencia sexual.
La sociedad necesita distinguir responsabilidades con claridad, especialmente cuando hay violencia sexual. Pero esa claridad jurídica no obliga a fingir que las biografías también son sencillas. Un adolescente puede haber causado un daño grave y, al mismo tiempo, estar sufriéndolo en otro lugar. Reconocer ambas realidades no borra a la víctima ni concede una coartada al responsable. Hace algo bastante menos cómodo: obliga a entender de dónde sale parte de la violencia para intentar que no vuelva a aparecer.
-
HistoriaMarie Curie y Einstein: las cartas de una amistad de más de 20 años
-
EspañaVillamalea: muere un hombre de 46 años tras un corte con motosierra
-
DeportesChampions 21 de octubre: horarios, TV y partidos de Madrid y Betis
-
EspañaFiscalía investiga un chat de 300 agentes por compartir datos privados
-
TecnologíaEl fraude de Eliska roba cuentas de WhatsApp con un concurso de baile
-
EspañaMuere un hombre de 48 años mientras jugaba al pádel en Porceyo, Gijón
-
DeportesKvaratskhelia se rompe el cruzado ante el Barça: cuándo podría volver
-
NaturalezaEl Niño puede alcanzar una intensidad sin precedentes, alerta la ONU
-
EspañaEl Senado del 29N se juega el TC, el artículo 155 y el veto de leyes
-
MundoEgipto detiene y libera a la influencer Malévola por vídeos «obscenos»
-
EspañaVázquez Jarava, culpable por cohecho: veredicto unánime en Cuarteles
-
TecnologíaUnitree presenta H2-X, el humanoide que hace kung-fu y levanta coches