Ciencia
Reconstruyen dos tsunamis en el lago Iseo: uno superó los 50 metros
Un estudio reconstruye dos tsunamis que afectaron al lago Iseo en 1117 y 1222. La erosión acumulada elevó el riesgo y sigue siendo una amenaza.
Resumen
- Dos terremotos provocaron tsunamis en el lago Iseo en 1117 y 1222
- El mayor alcanzó más de 50 metros en puntos de la orilla
- La deforestación agravó el riesgo y aún puede favorecer nuevos colapsos
Un equipo internacional de científicos ha reconstruido dos tsunamis que sacudieron el lago Iseo, en el norte de Italia, durante la Edad Media, tras los terremotos registrados en 1117 y 1222. El primero pudo elevar el agua más de 50 metros sobre el nivel del lago en determinados puntos de la orilla, mientras que el segundo alcanzó unos 13 metros. Ambos episodios figuran entre los mayores tsunamis lacustres reconstruidos mediante modelos científicos.
La investigación, publicada el 15 de octubre de 2026 en la revista Nature Communications, revela que los terremotos no fueron los únicos responsables de aquellas catástrofes. La actividad humana contribuyó a crear las condiciones que hicieron posibles los deslizamientos submarinos. Durante siglos, la agricultura, la ganadería y la deforestación favorecieron la erosión del terreno y la acumulación de enormes cantidades de sedimentos en el fondo del lago.
El hallazgo cambia la interpretación de dos desastres medievales y plantea un problema actual: los investigadores advierten de que el mismo proceso geológico podría repetirse en grandes lagos habitados. No significa que exista un tsunami inminente, pero sí que algunos riesgos naturales pueden aumentar lentamente debido a la transformación humana del territorio.
El lago Iseo se encuentra en Lombardía, entre las provincias de Bérgamo y Brescia, al pie de los Alpes. Con una superficie aproximada de 61 kilómetros cuadrados, recibe por el norte las aguas del río Oglio, que durante miles de años ha transportado materiales procedentes del valle de Camonica.
Precisamente en ese delta, aparentemente estable desde la superficie, se encontraba el origen de las dos catástrofes.
Dos terremotos medievales y olas que alcanzaron tierra en un minuto
El primer desastre ocurrió el 3 de enero de 1117, cuando un terremoto de magnitud estimada en 6,5 sacudió el norte de Italia. El movimiento sísmico desestabilizó una enorme acumulación de sedimentos situada bajo las aguas del lago Iseo.
Según la reconstrucción, aproximadamente 62 millones de metros cúbicos de materiales se desplazaron hacia las zonas profundas. El deslizamiento alteró bruscamente el fondo del lago y desplazó una gran masa de agua, generando un tsunami que alcanzó las orillas septentrionales en menos de un minuto.
Los modelos indican que el agua pudo ascender más de 50 metros en determinados sectores próximos al delta y penetrar hasta 2,7 kilómetros tierra adentro por las zonas bajas del valle del Oglio. Estas cifras corresponden a los máximos locales de la simulación, no a una ola de esa altura recorriendo todo el lago.
El segundo episodio se produjo en 1222, durante otro terremoto de magnitud aproximada de 6. Esta vez, el colapso movilizó unos diez millones de metros cúbicos de sedimentos y generó olas que alcanzaron alrededor de 13 metros en las áreas más afectadas. La inundación pudo extenderse hasta un kilómetro desde la orilla.
Lo llamativo es que entre ambos desastres transcurrieron apenas 105 años. En ese tiempo, el río había transportado suficientes materiales para reconstruir parcialmente la estructura submarina que había cedido durante el primer terremoto.
Cómo la agricultura y la deforestación multiplicaron el peligro
Uno de los resultados más relevantes de la investigación es la relación entre la utilización histórica del suelo y el riesgo de tsunami.
Desde la época romana, las comunidades asentadas en el valle de Camonica transformaron progresivamente el paisaje. La tala de bosques, los cultivos y el pastoreo dejaron amplias superficies más expuestas a la erosión. Cuando llovía, el agua arrastraba tierra y otros materiales hacia los cauces fluviales.
El río Oglio transportaba esos sedimentos hasta su desembocadura en el lago Iseo, donde se acumulaban formando un delta cada vez más voluminoso.
Los científicos calculan que la actividad humana llegó a triplicar el aporte de sedimentos respecto a los niveles naturales anteriores a esa transformación del territorio. El peso del material acumulado aumentó la pendiente y la inestabilidad de las laderas sumergidas.
El terremoto actuó como desencadenante, pero el terreno llevaba siglos preparándose para el colapso.
Los registros geológicos indican que ya se había producido un gran deslizamiento en el siglo VI. Después, durante aproximadamente seis siglos, los sedimentos volvieron a acumularse hasta el desastre de 1117.
El proceso se repitió antes de 1222. Los investigadores estiman que, entre ambos terremotos, se depositaron al menos 5,7 millones de metros cúbicos de sedimentos en las zonas profundas estudiadas. Esta cantidad no incluye todos los materiales gruesos acumulados junto al delta.
Un manuscrito del Vaticano confirma la dimensión del desastre
La reconstrucción científica no depende únicamente de cálculos informáticos. El equipo ha combinado sondeos del fondo del lago, perfiles sísmicos, registros arqueológicos y documentos históricos para estudiar ambos acontecimientos.
Entre las pruebas destaca un manuscrito del siglo XII conservado en la Biblioteca Apostólica Vaticana. El texto describe cómo las aguas de los lagos aumentaron de manera extraordinaria durante el terremoto de 1117 y cómo numerosos habitantes de las poblaciones cercanas no consiguieron escapar del peligro.
La crónica también menciona la destrucción de castillos y fortificaciones, con víctimas entre sus ocupantes. Aunque el documento no permite reconstruir por sí solo la altura de las olas, su descripción resulta compatible con las inundaciones calculadas por los científicos.
Otro indicio procede de la iglesia de Sant’Andrea, en la localidad de Iseo, que fue objeto de importantes reconstrucciones poco después del terremoto.
Los investigadores reconocen que no puede determinarse qué parte de los daños fue causada por el movimiento sísmico y cuál por el agua. Sin embargo, sus simulaciones indican que la inundación pudo alcanzar el entorno del edificio, con una elevación del agua de unos 3,5 metros en la orilla próxima.
También se han documentado daños arqueológicos alrededor del lago correspondientes al terremoto de 1222.
Por qué las olas de 50 metros no afectaron a todo el lago
La geografía del lago Iseo desempeñó un papel decisivo en la propagación de los tsunamis. Monte Isola, la gran isla situada en su parte central, actuó como barrera natural y dividió las ondas, reduciendo su impacto en determinadas zonas meridionales.
Por eso las alturas reconstruidas presentan diferencias importantes entre localidades.
En la población de Iseo, situada al sur, las simulaciones calculan una elevación máxima del agua de unos 5,5 metros en 1117 y de aproximadamente dos metros en 1222. Las ondas habrían llegado a esta zona unos siete minutos después de los respectivos deslizamientos.
Conviene distinguir también entre la altura de una ola y su altura de ascenso o run-up, el nivel máximo que alcanza el agua al subir por un terreno costero o lacustre. Los más de 50 metros representan un valor extremo localizado, condicionado por el relieve y por las características del deslizamiento.
Existe, además, un margen de incertidumbre. Los investigadores comprobaron que modificar la profundidad a la que comenzaba el colapso de 1117 reducía los máximos simulados a unos 22 o incluso 11 metros en determinados escenarios. La cifra más espectacular, por tanto, es una estimación científica, no una medición histórica directa.
El riesgo de nuevos tsunamis sigue presente en Italia
La investigación no se limita a explicar lo ocurrido hace nueve siglos. Sus autores sostienen que el delta del Oglio ha vuelto a acumular grandes cantidades de sedimentos durante los aproximadamente 800 años transcurridos desde el último gran colapso.
Eso significa que algunas laderas submarinas podrían volver a resultar vulnerables ante un terremoto suficientemente intenso.
El problema es especialmente relevante porque las orillas de los grandes lagos alpinos están actualmente mucho más urbanizadas que durante la Edad Media. Según los datos recogidos por los investigadores, más de 370.000 personas residen permanentemente en el entorno de los lagos Iseo, Como y Garda, a las que se suma una importante población turística.
Los modelos muestran que, en un escenario comparable al de 1117, las poblaciones más próximas al delta tendrían un margen de reacción extremadamente reducido. Algunas zonas recibirían el impacto en cuestión de segundos y la orilla septentrional, en menos de un minuto.
En localidades más alejadas habría varios minutos de margen, aunque la capacidad real de evacuación dependería de numerosos factores.
El estudio también identifica grandes depósitos de materiales deslizados en los fondos de los lagos de Como y Garda, compatibles con episodios antiguos de inestabilidad submarina.
Los investigadores insisten en que estos resultados no permiten predecir cuándo ocurrirá otro terremoto ni asegurar que vaya a producirse un nuevo tsunami. Lo que demuestran es la necesidad de incorporar la erosión, la acumulación de sedimentos y la estabilidad de los deltas a las evaluaciones del riesgo geológico.
La amenaza que se acumula durante siglos bajo el agua
Los dos tsunamis medievales del lago Iseo revelan un mecanismo poco conocido de las catástrofes naturales. No siempre hace falta que un terremoto desplace directamente el fondo de un océano para generar olas destructivas. En un lago, el derrumbe de una gran masa de sedimentos puede desplazar suficiente agua para provocar una inundación devastadora.
La investigación aporta también una dimensión histórica al problema. Las actividades humanas desarrolladas durante generaciones pueden modificar la estabilidad del terreno mucho después de que hayan desaparecido quienes iniciaron esas transformaciones.
Y el fenómeno no es exclusivo de Italia. Existen antecedentes de tsunamis provocados por deslizamientos en lagos de Suiza, Alaska y Nueva Zelanda.
El nuevo trabajo plantea una prioridad concreta para las regiones con grandes lagos habitados: vigilar los deltas submarinos y estudiar cómo cambia su estabilidad con el paso del tiempo. La amenaza puede tardar siglos en formarse, pero, si finalmente se produce un colapso, sus consecuencias pueden llegar a la orilla en apenas unos segundos.
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