Historia
Una cueva turística de Tarragona conserva 280 grabados paleolíticos
Un estudio documenta 280 grabados en la Cova de la Font Major, en Tarragona. Las figuras, halladas en 2019, incluyen 55 animales y signos geométricos.
Resumen
- Una cueva de Tarragona conserva 280 grabados paleolíticos
- El conjunto incluye 55 animales y fue identificado en 2019
- El nuevo estudio lo sitúa entre los grandes yacimientos del Mediterráneo
Una investigación arqueológica ha documentado 280 grabados paleolíticos en la Cova de la Font Major, situada en L’Espluga de Francolí, Tarragona. El conjunto incluye 55 representaciones de animales y numerosas figuras geométricas, y constituye uno de los mayores testimonios de arte rupestre del Paleolítico conocidos en la fachada mediterránea de la península ibérica. El estudio, publicado el 5 de noviembre de 2026 en la revista científica Antiquity, cambia la percepción sobre la importancia artística de esta región durante la prehistoria.
Lo extraordinario no es únicamente la cantidad de figuras identificadas, sino el lugar donde aparecieron. La cueva llevaba décadas recibiendo visitantes y algunos habían pasado junto a los grabados sin reconocer su antigüedad. Las primeras representaciones fueron identificadas el 30 de octubre de 2019, pero la investigación publicada siete años después permite conocer con mucho más detalle su variedad, sus características y su relevancia científica.
Un santuario paleolítico a 250 metros de la entrada
Los grabados se concentran en un sector denominado Gatoneres de Cal Palletes, una sucesión de pequeñas galerías situadas aproximadamente a 250 metros de la entrada actual de la cueva, junto a un río subterráneo. Las representaciones aparecen tanto en las paredes como en los techos, sobre superficies que durante miles de años conservaron las marcas realizadas por sus antiguos ocupantes.
La investigación, desarrollada por el Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES-CERCA) y la Universitat Rovira i Virgili, ha permitido clasificar las figuras y examinar las técnicas empleadas para realizarlas. Los investigadores han utilizado modelos tridimensionales de alta resolución para estudiar los surcos, que generalmente tienen entre tres y siete milímetros de anchura.
Existe una particularidad geológica que ayuda a entender el hallazgo. Buena parte de la cavidad está formada por conglomerados calcáreos, materiales de superficie irregular que tradicionalmente se consideraban poco adecuados para el arte rupestre. Sin embargo, entre sus capas aparecen otras de marga, una roca más blanda y homogénea que permitía realizar incisiones con relativa facilidad.
Los artistas prehistóricos también pudieron aprovechar las características naturales de la pared. En algunas figuras, los límites entre distintas capas de roca parecen representar el suelo sobre el que descansan los animales. En otras, las grietas horizontales se integran aparentemente en la composición. Son interpretaciones respaldadas por el análisis de los investigadores, aunque no todas pueden demostrarse de manera definitiva.
Caballos, ciervos y un oso excepcional entre los grabados
De los 280 motivos documentados, 55 corresponden a representaciones de animales. Entre ellos aparecen caballos, ciervos, cabras monteses y bóvidos, incluidos uros, los grandes antepasados salvajes y extinguidos del ganado vacuno.
Una de las figuras más singulares representa un oso, un animal relativamente poco frecuente en el repertorio artístico del Paleolítico. Su cabeza muestra las orejas vistas de frente y la boca ligeramente abierta, detalles que permiten distinguirlo de otras representaciones del conjunto.
No todos los animales pueden identificarse con la misma precisión. Aproximadamente el 30 % de las figuras zoomorfas carece de suficientes rasgos para determinar la especie, mientras que otro 15 % presenta características compatibles con dos grupos diferentes. Algunas muestran vientres abultados que podrían representar hembras preñadas.
Las dimensiones también resultan llamativas. Cerca del 80 % de las figuras animales tienen entre 15 y 45 centímetros de longitud. Muchas están construidas mediante contornos sencillos, con escasos detalles anatómicos. Esa discreción, unida a las irregularidades de la piedra, contribuye a explicar por qué pudieron pasar inadvertidas.
Los símbolos geométricos que todavía no se han podido interpretar
La mayor parte del conjunto no está formada por animales, sino por trazos y signos abstractos. Los investigadores han identificado líneas paralelas, agrupaciones de incisiones, formas circulares, semicírculos y composiciones geométricas difíciles de clasificar.
Uno de los paneles contiene centenares de marcas con forma de bucle, algunas aisladas y otras conectadas entre sí. Su cronología sigue siendo incierta y no existen paralelismos suficientemente claros para atribuirlas todas al Paleolítico.
De hecho, el estudio reconoce que determinadas incisiones podrían corresponder a períodos posteriores. La presencia de una inscripción fechada en 1199 y los análisis de materiales encontrados en algunos surcos muestran que la historia gráfica de la cueva abarca distintas épocas.
Esto obliga a diferenciar entre el conjunto de 280 motivos catalogados y la datación individual de cada representación. El carácter paleolítico de una parte sustancial del yacimiento está respaldado por la investigación, pero no significa que todos sus trazos se realizaran al mismo tiempo.
Una cueva turística que llevaba décadas ocultando su historia
La historia reciente de la Font Major tiene una circunstancia especialmente sorprendente. Su entrada actual se abrió al público en 1957 y, desde 1993, las Gatoneres de Cal Palletes formaban parte de una ruta turística de aventura.
Miles de personas pasaron cerca de las paredes grabadas durante más de seis décadas. Algunas incluso dejaron sus nombres y fechas sobre superficies que ya contenían manifestaciones artísticas prehistóricas.
El 30 de octubre de 2019, durante una campaña arqueológica, Josep Maria Vergès identificó accidentalmente varias figuras que presentaban características propias del arte paleolítico. El descubrimiento se produjo poco después de las graves inundaciones que afectaron a L’Espluga de Francolí y a otras localidades de la comarca.
Aquella identificación abrió una investigación que ha permitido reconocer la importancia del conjunto. También puso de manifiesto su vulnerabilidad: las capas blandas que facilitaron la realización de los grabados son igualmente sensibles al roce de las manos, los golpes accidentales y las inscripciones modernas.
Los arqueólogos consideran probable que el repertorio original fuera más amplio que el conservado. La erosión y las alteraciones provocadas por la presencia humana han dificultado la identificación de determinadas marcas y pueden haber destruido otras.
Cuántos años tienen realmente los grabados de Tarragona
La antigüedad exacta de los grabados sigue siendo una de las principales cuestiones pendientes. Los análisis arqueológicos han documentado presencia humana hace entre aproximadamente 40.800 y 25.800 años en las galerías interiores, durante el Paleolítico superior.
Entre los materiales encontrados figura una pequeña lámina de sílex procedente de un nivel fechado hace unos 26.000 años. También se han recuperado carbones que permiten reconstruir diferentes episodios de frecuentación de la cavidad.
Estas evidencias demuestran que hubo seres humanos en el interior de la cueva durante aquel período, pero no permiten fechar directamente las representaciones artísticas.
Para aproximarse a su cronología, los especialistas han comparado las características de las figuras con las de otros yacimientos. Algunas presentan extremidades dibujadas mediante convenciones de doble Y y cabezas definidas por tres líneas, rasgos vinculados a fases anteriores al Magdaleniense.
La hipótesis principal es que numerosas representaciones podrían tener más de 19.000 años, aunque el equipo no descarta que existan otras realizadas durante el Magdaleniense o en épocas posteriores.
Los investigadores han identificado al menos una figura animal cubierta por depósitos de calcita que podría permitir una datación mediante series de uranio. El procedimiento ayudaría a establecer límites cronológicos más precisos, aunque una fecha aislada tampoco resolvería necesariamente la antigüedad de todo el conjunto.
El descubrimiento cambia el mapa del arte rupestre español
Hasta la identificación de la Font Major, Cataluña contaba con un registro muy reducido de representaciones rupestres atribuidas al Paleolítico. Apenas se habían reconocido dos figuras aisladas, una de ellas de atribución incierta.
Esta escasez contrastaba con la abundancia de grandes conjuntos de arte prehistórico conocidos en la región cantábrica y determinados territorios del sur peninsular.
El nuevo estudio modifica esa interpretación. Con sus 55 figuras animales, la cueva tarraconense se sitúa como el tercer mayor conjunto de arte parietal paleolítico de la fachada mediterránea ibérica, por detrás de Ardales y La Pileta, ambos en Andalucía.
La comparación permite entender su importancia. Aproximadamente tres cuartas partes de los conjuntos conocidos en esa extensa región mediterránea contienen como máximo cinco representaciones animales. Más del 90 % no supera las veinte.
La Font Major reúne más del doble de esa última cifra. No se trata simplemente de incorporar otra cueva al catálogo arqueológico español, sino de reconocer una concentración artística excepcional que hasta hace pocos años no figuraba entre los grandes yacimientos prehistóricos del país.
Sus características también refuerzan la posibilidad de que durante el Paleolítico existieran tradiciones gráficas mediterráneas con rasgos propios, diferentes de las manifestaciones más conocidas del ámbito francocantábrico.
Un patrimonio prehistórico que obliga a revisar otras cuevas
La investigación de la Font Major tiene consecuencias que van más allá de Tarragona. Su descubrimiento demuestra que la ausencia aparente de arte rupestre en una región no siempre significa que sus antiguos habitantes carecieran de esas expresiones culturales.
En ocasiones, los problemas están relacionados con las condiciones de conservación, las características de la roca o las dificultades para reconocer figuras entre marcas naturales y alteraciones posteriores.
El hallazgo ha impulsado nuevas investigaciones en otras cavidades, incluida la Cova Simanya, donde también se han identificado evidencias de manifestaciones gráficas paleolíticas.
Para la Font Major, el desafío consiste en avanzar en las dataciones, completar el estudio de las figuras y garantizar la conservación de unas superficies especialmente delicadas. Su valor científico no elimina los riesgos derivados de décadas de frecuentación humana.
La cueva de L’Espluga de Francolí aporta una nueva pieza al conocimiento de las comunidades que habitaron el nordeste peninsular durante la última glaciación. Y deja un dato difícil de pasar por alto: uno de los conjuntos más importantes de arte paleolítico del Mediterráneo español permaneció durante décadas a la vista de miles de visitantes, sin que se hubiera reconocido su verdadero significado.
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