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Cultura

Miguel Ríos, 82 años: drogas, cárcel y decepción con Felipe González

A los 82 años, Miguel Ríos recuerda Carabanchel, las drogas, el éxito internacional y su profunda decepción con Felipe González y Alfonso Guerra.

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Miguel Ríos dando un abrazo

Por Junta Informa - 28.02.14 Miguel Ríos 3, CC BY-SA 2.0, Wikimedia Commons

Resumen

  • Miguel Ríos recuerda los 27 días que pasó en la cárcel de Carabanchel
  • Habla sin filtros de drogas, rock y una juventud vigilada por el franquismo
  • A los 82 años, admite su decepción con Felipe González y Alfonso Guerra

Miguel Ríos ha llegado a los 82 años sin demasiadas ganas de convertir su biografía en una pieza de museo. Sigue cantando, sigue opinando y, cuando mira atrás, no barniza demasiado los recuerdos. En una extensa conversación con Gonzo en Salvados, el músico granadino ha repasado algunos de los episodios más ásperos de su vida: las drogas en los primeros años del rock español, sus 27 días en prisión durante el franquismo y el profundo desencanto que siente con Felipe González y Alfonso Guerra, dos dirigentes en los que asegura que llegó a creer plenamente.

La entrevista dibuja algo más que el álbum de recuerdos de una estrella veterana. Ríos habla desde una posición peculiar: fue uno de los jóvenes que descubrieron el rock cuando todavía parecía una extravagancia importada, alcanzó un éxito internacional difícil de imaginar en la España de entonces y terminó viendo cómo aquella música, considerada sospechosa durante la dictadura, se instalaba en el centro de la cultura popular. Seis décadas después, no reniega de casi nada. Tampoco disimula las cicatrices. A sus 82 años continúa actuando y ofreciendo conciertos de alrededor de dos horas, mientras rechaza presentar cada nueva gira como una despedida definitiva.

Drogas y rock cuando fumar un porro podía acabar en prisión

Ríos recuerda los años sesenta y setenta como un tiempo en el que rock, cultura hippie y cannabis caminaban bastante juntos. Él mismo se define con sorna como un antiguo “fumeque” y admite que la marihuana y el hachís estuvieron presentes en aquella etapa. El retrato, eso sí, queda lejos de la caricatura del músico permanentemente colocado que tantas veces ha acompañado a la mitología del rock.

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Su frontera era el escenario. Según relata, fumaba después de actuar y procuraba que las drogas no afectaran a su trabajo. También consumió cocaína en algún momento de su vida, algo que ya había contado anteriormente, pero sostiene que nunca la tomaba antes de cantar porque perjudicaba la garganta. La voz era el oficio y el oficio mandaba. Una disciplina bastante menos cinematográfica que la famosa fórmula de sexo, drogas y rock and roll, aunque probablemente mucho más útil para aguantar seis décadas sobre las tablas.

Aquella relación con el cannabis tuvo, sin embargo, consecuencias muy reales. En 1972, cuando Ríos ya era un personaje enormemente conocido gracias al éxito internacional de Himno a la alegría, fue detenido. El propio cantante interpreta aquel episodio como una operación de escarmiento contra una juventud que empezaba a ensanchar los límites de lo permitido por la dictadura. Su notoriedad multiplicaba el efecto ejemplarizante: detener a un desconocido producía poco ruido; encerrar a uno de los cantantes españoles más famosos del momento era otra cosa.

Los 27 días de Miguel Ríos en la cárcel de Carabanchel

La detención terminó llevando a Miguel Ríos a la antigua Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol de Madrid, y después al hospital penitenciario de la cárcel de Carabanchel, donde sitúa su estancia en 27 días. El cantante ha contado que durante su paso por dependencias policiales escuchaba los golpes y los gritos de otros detenidos. Su recuerdo nunca ha tenido demasiado de aventura rockera; al contrario, durante años lo describió como una de las experiencias más duras de su vida.

El encarcelamiento se produjo bajo el marco represivo de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, una norma franquista utilizada para perseguir conductas y colectivos considerados peligrosos desde la moral oficial de la dictadura. Ríos pasó por el hospital penitenciario reservado, entre otros, para personas clasificadas entonces como toxicómanas. En testimonios antiguos llegó a hablar de 26 días; en sus recuerdos más recientes ha situado el periodo en 27.

El episodio que siguió pesando décadas después

Hay una parte menos vistosa y bastante más incómoda. Ríos ha explicado en otras ocasiones que durante los interrogatorios, asustado y sometido a presión, acabó dando los nombres de otras personas que consumían marihuana con él. Consiguió avisarlas y no sufrieron consecuencias, pero aquello le dejó un fuerte sentimiento de culpa. Es uno de esos detalles que convierten la anécdota de la cárcel en otra cosa: no en una medalla de rebeldía, sino en un recuerdo que le acompañó durante años.

Ahora lo cuenta con una ironía que solo permite el tiempo. Le habría gustado poder decir que había sido encarcelado por razones políticas, ha bromeado, pero fue por fumar. La frase rebaja cualquier tentación de fabricarse una biografía heroica. El contexto, en cambio, sigue siendo serio: España estaba todavía bajo una dictadura y la policía observaba con particular recelo a una cultura juvenil que rompía moldes, con pelo largo, guitarras eléctricas, nuevas costumbres y maneras menos obedientes de vivir.

De Himno a la alegría a una carrera de más de 60 años

Para entonces Miguel Ríos ya había recorrido muchísimo camino en muy poco tiempo. Nacido en Granada el 7 de junio de 1944, empezó a trabajar siendo adolescente y entró en contacto con el rock desde la sección de discos de los Almacenes Olmedo. En 1962 publicó su primer EP como Mike Ríos, el Rey del Twist. A finales de aquella década llegaría el salto gigantesco: Himno a la alegría, adaptación de Beethoven con arreglos de Waldo de los Ríos, convirtió al granadino en un artista conocido fuera de España.

Después vendrían etapas muy diferentes hasta desembocar en Rock & Ríos, grabado en directo en 1982 y convertido en uno de los discos esenciales de su trayectoria. La paradoja temporal resulta difícil de pasar por alto. Diez años después de Carabanchel, aquel músico al que el aparato franquista había presentado como una mala influencia llenaba grandes recintos mientras España atravesaba otra transformación cultural y política.

Y precisamente 1982 enlaza con otra de las confesiones más llamativas de su relato: la relación emocional de Miguel Ríos con el socialismo que llevó a Felipe González a La Moncloa. Para una parte importante de su generación, aquellas elecciones representaron mucho más que un cambio de Gobierno. Era también la sensación de que un país gris, rígido y vigilado estaba dejando sitio a otro distinto.

La decepción de Miguel Ríos con Felipe González y Alfonso Guerra

Ríos recuerda la victoria del PSOE de 1982 como una liberación para buena parte de su generación. La relación entre determinados ambientes culturales y el socialismo era entonces estrecha. Según cuenta, Alfonso Guerra le pidió permiso para utilizar Año 2000 como referencia para una campaña de las Juventudes Socialistas, mientras el músico veía con simpatía aquel proyecto político y el cambio social que prometía.

Décadas después, el juicio es muy distinto. Al hablar con Gonzo, Maruja Torres y David Trueba, Miguel Ríos reconoce sentirse profundamente decepcionado con González y Guerra. Dice estar “superofendido” porque creyó en ellos “a pies juntillas”. No presenta el desencanto como una ruptura repentina, sino como la distancia entre las expectativas que depositó en aquel socialismo y las posiciones que observa actualmente en dos de sus figuras históricas.

La crítica tiene un matiz importante. Ríos nunca llegó a militar en un partido, según ha explicado. Ha participado en actos vinculados a la izquierda y su posición política es pública desde hace décadas, pero distingue esa identidad ideológica de una militancia orgánica. Su recuerdo de 1982 está ligado tanto a las urnas como a un cambio cultural: el paso de la dictadura a una democracia consolidándose, con sus avances, tensiones y contradicciones.

Impuestos, dinero y una vieja conversación con González

La relación con Felipe González aparece también en una anécdota económica. Miguel Ríos recuerda que llegó a pagar tipos muy elevados cuando obtuvo grandes ingresos y que comentó la cuestión con el entonces presidente. Según su relato, González le aconsejó asumir mentalmente que había ganado solo la mitad. Una manera bastante expeditiva de resolver una discusión sobre dinero e impuestos.

Ríos continúa defendiendo esa filosofía. Considera razonable que quien gana mucho pague más impuestos porque las carreteras, hospitales y demás servicios públicos necesitan financiación. También sostiene que nunca se sintió especialmente cómodo entre los ricos y relaciona esa percepción con su procedencia obrera: su padre trabajaba en un aserradero y él comenzó a ganarse la vida siendo muy joven.

No es una conversión tardía provocada por la edad. La política aparece desde hace décadas mezclada con su obra, sus entrevistas y sus actuaciones, aunque Ríos insiste en que su conciencia política se desarrolló realmente después de marcharse de Granada y establecerse en Madrid. La música llegó antes; la ideología se fue formando después.

Un viejo rockero que todavía habla en presente

Quizá lo más revelador de Miguel Ríos a los 82 años sea precisamente eso: no habla como alguien que considere terminada su historia. Puede recordar Carabanchel, el cannabis, las noches del primer rock, el triunfo mundial de Himno a la alegría, el entusiasmo socialista de 1982 o su posterior decepción con Felipe González, pero sigue midiendo buena parte de su vida en conciertos.

Ha anunciado despedidas, regresado después, vuelto a insinuar el adiós y terminado otra vez delante de un micrófono. En 2026 sigue diciendo que se encuentra bien cantando y evita convertir la edad en una ceremonia de retirada. Más de 60 años después de aparecer como Mike Ríos, conserva algo del muchacho que descubrió que una canción podía abrir una grieta en una España mucho más gris.

Las drogas quedaron atrás. Carabanchel permanece en la memoria, las fidelidades políticas se han vuelto más incómodas y el rock perdió hace tiempo aquel aire clandestino que tuvo bajo el franquismo. Miguel Ríos, en cambio, sigue haciendo lo que probablemente explique mejor toda su biografía: subirse a un escenario, mirar hacia delante y cantar antes de que alguien consiga convencerle de que ya era hora de irse.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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