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Historia

La Casa de Oldemburgo une a todos los monarcas hereditarios europeos

Los Oldemburgo están detrás del parentesco que une a las diez monarquías hereditarias europeas, aunque sus casas reales tengan nombres distintos.

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monarcas europeos Casa de Oldemburgo

Por Hombre (Wikivoyage Shared), CC BY-SA 3.0, Wikimedia Commons

Resumen

  • Los diez soberanos hereditarios de Europa tienen antepasados Oldemburgo
  • Compartir ascendencia no significa pertenecer a la misma casa real
  • Juan Guillermo Friso conecta esa rama familiar con las coronas actuales

La afirmación parece una de esas curiosidades genealógicas demasiado redondas para ser ciertas, pero tiene una base histórica sólida: los soberanos de las diez monarquías hereditarias de Europa pueden encontrar entre sus antepasados a miembros de la Casa de Oldemburgo. Desde Felipe VI hasta Carlos III, pasando por los reyes de Suecia, Dinamarca o Países Bajos, las líneas familiares terminan cruzándose muchos siglos atrás.

Eso no significa que todos pertenezcan a la misma dinastía. Felipe VI es Borbón, Carlos III reina bajo la Casa de Windsor, Carl XVI Gustaf pertenece a los Bernadotte y Albert II de Mónaco es Grimaldi. La conexión está en la ascendencia, a veces escondida tras muchas generaciones y transmitida también por ramas femeninas. Europa tuvo fronteras muy marcadas; sus familias reales, bastante menos.

El continente cuenta además con dos monarquías que funcionan de otra manera. Andorra es un coprincipado cuyos jefes de Estado son el presidente de Francia y el obispo de Urgel, mientras que el Vaticano mantiene una monarquía electiva. La singular coincidencia genealógica se refiere, por tanto, a las diez coronas hereditarias: España, Reino Unido, Bélgica, Países Bajos, Dinamarca, Noruega, Suecia, Luxemburgo, Mónaco y Liechtenstein.

La Casa de Oldemburgo terminó extendiéndose por media Europa

La Casa de Oldemburgo surgió en el norte de Alemania y dio el salto definitivo a la primera división de la política europea durante el siglo XV. Christian de Oldemburgo fue elegido rey de Dinamarca en 1448 como Christian I y terminaría ocupando también los tronos de Noruega y Suecia. Desde entonces, su descendencia comenzó a extenderse por las cortes del continente mediante matrimonios, herencias y nuevas ramas dinásticas.

La línea principal reinó en Dinamarca hasta 1863. Después llegó al trono la rama de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg, más conocida simplemente como Glücksburg, que procede de la gran familia Oldemburgo. Es una de esas denominaciones nobiliarias capaces de llenar media línea de texto, pero la idea es sencilla: cambió el nombre de la rama, no desapareció el parentesco.

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La conexión directa resulta especialmente visible en Dinamarca y Noruega. También aparece en la familia británica: el príncipe Felipe, padre de Carlos III, nació príncipe de Grecia y Dinamarca y pertenecía por línea masculina a los Glücksburg. El rey británico es oficialmente Windsor, pero su árbol genealógico vuelve a desembocar en Oldemburgo por diferentes caminos.

Juan Guillermo Friso es la pieza que conecta las coronas

El personaje decisivo para entender por qué todas estas monarquías terminan enlazadas no es, curiosamente, uno de los grandes emperadores de los manuales escolares. Se llama Juan Guillermo Friso de Orange-Nassau, nació en 1687 y murió en 1711, con apenas 23 años, después de ahogarse cuando intentaba atravesar el Hollands Diep.

Friso dejó solo dos hijos, pero su descendencia acabó extendiéndose por prácticamente todas las familias soberanas europeas. Con el paso de las generaciones, aquella rama se mezcló con los Orange-Nassau, Baden, Prusia y numerosas casas principescas. Sus descendientes ocupan las diez monarquías hereditarias que continúan existiendo en Europa.

El vínculo de Friso con la Casa de Oldemburgo

Juan Guillermo Friso, sin embargo, no llevaba el apellido Oldemburgo. La conexión aparece varias generaciones antes. Uno de sus antepasados fue Isabel de Dinamarca, nacida en 1573 e hija del rey Federico II de Dinamarca, miembro de la Casa de Oldemburgo. Isabel se casó con Enrique Julio de Brunswick-Lüneburg y su descendencia enlazó posteriormente con los Nassau-Dietz.

De esa sucesión familiar surgieron Guillermo Federico de Nassau-Dietz, Enrique Casimiro II y finalmente Juan Guillermo Friso. Dicho de otra manera: si los soberanos hereditarios actuales descienden de Friso y Friso descendía de los Oldemburgo, todos ellos poseen también ascendencia Oldemburgo.

La genealogía real tiene mucho de eso. Los apellidos cambian, aparecen nuevas casas y algunas ramas desaparecen por línea masculina, pero los antepasados permanecen. Visto desde lejos parece un bosque de dinastías independientes; al acercarse, las raíces están enredadas por todas partes.

Las diez coronas actuales terminan dentro de la misma red

En esa red genealógica aparecen los actuales soberanos hereditarios: Felipe VI de España, Carlos III del Reino Unido, Philippe de Bélgica, Willem-Alexander de Países Bajos, Frederik X de Dinamarca, Haakon VIII de Noruega, Carl XVI Gustaf de Suecia, Guillaume de Luxemburgo, Albert II de Mónaco y Hans-Adam II de Liechtenstein.

La nómina permite apreciar hasta qué punto es importante distinguir entre casa dinástica y ascendencia. Un Bernadotte sueco y un Grimaldi monegasco no pertenecen a la Casa de Oldemburgo por el mero hecho de compartir antepasados con ella. Tampoco un Borbón español se convierte por ello en Glücksburg. Son dinastías distintas que, sencillamente, terminan encontrándose al retroceder suficientes generaciones.

España ofrece un ejemplo especialmente fácil de seguir. Felipe VI desciende por varias vías de las grandes familias soberanas europeas y, a través de la reina Sofía, nacida princesa de Grecia y Dinamarca, aparece de manera muy visible la rama Glücksburg. La familia real griega procedía precisamente de esa rama de la Casa de Oldemburgo.

En otros países el recorrido es menos evidente. Suecia pertenece a la Casa de Bernadotte, Países Bajos a Orange-Nassau y Mónaco a los Grimaldi, pero sus árboles familiares vuelven a cruzarse con las mismas líneas principescas. Ahí está la peculiaridad: la conexión no depende de compartir apellido, sino de compartir ancestros.

Christian IX fue el gran multiplicador de la familia

Si hay un Oldemburgo cuya descendencia convirtió este fenómeno en algo casi visible a simple vista, ese fue Christian IX de Dinamarca, que reinó entre 1863 y 1906. Pertenecía a la rama Glücksburg y acabó recibiendo un apodo tan gráfico como merecido: el «suegro de Europa».

Su hija Alexandra se casó con el futuro Eduardo VII del Reino Unido; Dagmar contrajo matrimonio con Alejandro III de Rusia; su hijo Guillermo fue elegido rey de Grecia con el nombre de Jorge I, y una generación después otro descendiente de la familia llegaría al recién independizado trono noruego. Bodas, coronas y política exterior iban entonces casi de la mano.

Entre sus nietos estuvieron personajes centrales de la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial, incluidos Jorge V del Reino Unido y Nicolás II de Rusia. Las fotografías de aquellos encuentros familiares explican mejor que muchos mapas el carácter casi doméstico que llegaron a tener las relaciones entre algunas casas reinantes.

Pero Christian IX, pese a su espectacular descendencia, no explica por sí solo el parentesco entre todos los soberanos actuales. Algunos monarcas europeos no descienden de él. Para encontrar la conexión verdaderamente común hay que viajar más atrás, hasta Juan Guillermo Friso y las ramas que conducen hacia los Oldemburgo de los siglos XVI y XVII.

Compartir antepasados no equivale a compartir una dinastía

Aquí está el matiz que suele desaparecer cuando esta historia circula reducida a una frase. Decir que todos los monarcas hereditarios europeos descienden de la Casa de Oldemburgo puede ser correcto desde el punto de vista genealógico. Afirmar que todos «son Oldemburgo», en cambio, sería falso.

Las casas reales funcionan como identidades dinásticas sujetas a tradiciones, decisiones políticas, matrimonios y reglas sucesorias. Carlos III sigue siendo Windsor aunque su padre perteneciera a la rama Glücksburg. Felipe VI continúa siendo Borbón aunque entre sus antepasados haya Oldemburgo, Habsburgo, Saboya y un catálogo de familias suficiente para ocupar una pared entera.

Algo parecido sucede con la expresión «sangre Oldemburgo». Es una manera coloquial de hablar de ascendencia, no una descripción genética precisa. Tras muchas generaciones, la recombinación del ADN hace que una persona pueda estar documentalmente emparentada con un antepasado remoto sin conservar necesariamente fragmentos genéticos identificables procedentes de él.

Un parentesco aún más próximo une a los soberanos actuales

La red tiene otra curiosidad. Juan Guillermo Friso fue durante mucho tiempo la figura utilizada para explicar el parentesco común de las casas reinantes europeas, pero los soberanos actuales pueden encontrarse también en antepasados posteriores. Entre ellos aparecen Luis IX de Hesse-Darmstadt, fallecido en 1790, y su esposa Carolina de Zweibrücken.

La existencia de ancestros comunes más recientes no elimina el vínculo con Oldemburgo; lo refuerza como ejemplo de la extraordinaria densidad genealógica de la aristocracia continental. Muchos monarcas descienden unos de otros por varios caminos simultáneos. El árbol deja entonces de parecer un árbol. Se convierte casi en una red de metro, con líneas que se cruzan, se separan y vuelven a encontrarse unas cuantas estaciones después.

Esto ocurrió porque durante siglos el abanico matrimonial de las casas soberanas fue relativamente pequeño. Las bodas entre príncipes de diferentes Estados ayudaban a consolidar alianzas, legitimidades y equilibrios políticos. El resultado acumulado es una Europa monárquica profundamente emparentada, incluso cuando sus dinastías oficiales parecen no guardar relación alguna.

Diez coronas distintas sobre un árbol familiar compartido

La historia de los Oldemburgo permite mirar las monarquías europeas desde un ángulo poco habitual. Bajo nombres tan diferentes como Borbón, Windsor, Bernadotte, Orange-Nassau o Grimaldi sobreviven cientos de años de matrimonios dinásticos que terminaron conectando prácticamente todas las cortes del continente.

La afirmación necesita, eso sí, conservar su precisión. Ni Andorra ni el Vaticano forman parte de este patrón sucesorio y los diez soberanos hereditarios europeos no pertenecen todos a la Casa de Oldemburgo. Lo que comparten es ascendencia: caminos familiares diferentes que, al retroceder unas cuantas generaciones, terminan entrando en aquella vieja dinastía nacida en el norte de Alemania.

Los nombres cambiaron, desaparecieron coronas, surgieron Estados y la mayoría de aquellas bodas dejaron hace mucho de decidir fronteras. Pero el árbol familiar sobrevivió a todo aquello. Y detrás de las diez monarquías hereditarias de la Europa actual, discreta entre siglos de apellidos y enlaces reales, sigue apareciendo la Casa de Oldemburgo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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