España
Rufián admite el fracaso de la unidad de la izquierda ante el 29N
Rufián reconoce que la unidad de la izquierda no ha cuajado antes del 29N, mientras Podemos y Frente Amplio mantienen sus diferencias electorales.
Resumen
- Rufián admite que la gran candidatura unitaria de la izquierda ha fracasado
- Podemos y Frente Amplio siguen separados a las puertas de las elecciones
- La división puede costar escaños en las circunscripciones más pequeñas
Gabriel Rufián ha terminado por poner palabras a lo que desde hace días se veía en las negociaciones: la gran candidatura unitaria de la izquierda alternativa no despega. El portavoz de ERC en el Congreso ha reconocido el fracaso de su intento por reunir a las distintas fuerzas antes de las elecciones generales del 29 de noviembre. «Hemos fracasado», ha admitido, dando por muy improbable que salga adelante el frente común que había defendido durante meses.
La confesión llega en un momento especialmente delicado. Este 16 de octubre vence el plazo legal para comunicar las coaliciones electorales y las dos grandes ramas de la izquierda situada al margen del PSOE continúan sin resolver sus diferencias: por un lado, Podemos; por otro, el Frente Amplio impulsado por Comuns, Izquierda Unida, Más Madrid y Movimiento Sumar. Las elecciones generales están convocadas para el domingo 29 de noviembre.
Rufián no ha intentado maquillar demasiado el resultado. Ha pedido disculpas a los votantes, ha descrito como nefasto el espectáculo ofrecido durante estos días y ha reconocido incluso que llegó a plantearse abandonar ante un proceso que le provocaba hastío. La imagen resulta incómoda para todo el espacio: semanas hablando de unidad y, cuando llega el momento de firmarla, reaparecen las siglas, los vetos, las primarias, las posiciones de salida y esa vieja especialidad política consistente en defender el interés colectivo sin renunciar a medio centímetro de terreno propio.
Rufián pasa de mediador a reconocer la derrota
El diputado republicano llevaba meses defendiendo una reorganización de las fuerzas a la izquierda del PSOE, una fórmula capaz de reunir sensibilidades estatales, soberanistas y territoriales. Su planteamiento partía de una evidencia electoral bastante menos romántica que los discursos sobre la unidad: dividir el voto puede costar escaños, sobre todo allí donde se reparten pocos diputados.
La convocatoria anticipada terminó convirtiendo aquella conversación más o menos teórica en una negociación contra reloj. Y ahí aparecieron las costuras. Rufián quería un entendimiento amplio que alcanzara también a ERC y los Comuns en Cataluña; ahora reconoce que ese escenario es muy difícil. A su juicio, el problema no está tanto en las diferencias ideológicas como en los personalismos, las direcciones partidarias y los cálculos electorales que arrastran unas organizaciones acostumbradas desde hace años a competir entre ellas.
Su diagnóstico tiene una dosis de autocrítica, aunque no reparte las responsabilidades por igual. Rufián ha cargado contra buena parte de los actores implicados y ha sido mucho más indulgente con Podemos, formación con la que ERC acaba de cerrar un acuerdo. También ha elogiado a Ada Colau, candidata del Frente Amplio, pero considera que la exalcaldesa de Barcelona no dispone de capacidad suficiente para arrastrar a todas las direcciones hacia una candidatura común.
Podemos y Frente Amplio siguen sin encontrarse
El principal choque está entre Podemos y Frente Amplio. La nueva plataforma reúne a Comuns, Izquierda Unida, Más Madrid y Movimiento Sumar y ha situado a Ada Colau como figura de referencia para el 29N. Podemos, por su parte, mantiene a Irene Montero como su principal candidata y ha defendido un sistema de primarias para decidir el liderazgo del espacio.
Las posiciones han cambiado varias veces durante la negociación. Colau llegó a ofrecer la posibilidad de apartarse e incluso modificar la denominación de la coalición para facilitar un acuerdo, aunque después reivindicó el mayor peso electoral conjunto de las organizaciones que sostienen Frente Amplio. Podemos, mientras tanto, ha buscado acuerdos territoriales con Izquierda Unida en distintas comunidades y ha insistido en que la construcción electoral no puede reducirse a Madrid y Barcelona.
IU ha rechazado precisamente esa vía fragmentada. Antonio Maíllo defiende una candidatura estatal con capacidad para incorporar las particularidades territoriales, pero no una colección de acuerdos diferentes según la provincia o la comunidad. Una misma izquierda, varias arquitecturas electorales. Parece un matiz técnico; en realidad, ahí está buena parte de la pelea.
Madrid y Cataluña concentran las mayores tensiones
Madrid se ha convertido en uno de los grandes nudos. Más Madrid considera difícil justificar ante su electorado una cesión sustancial de posiciones a Podemos, mientras la formación morada quiere que Irene Montero tenga un papel acorde con su peso político y mediático. Con las posiciones todavía alejadas, la posibilidad de dos papeletas distintas en la comunidad sigue sobre la mesa.
Cataluña tiene otro tablero. ERC concurrirá con sus propias siglas y ha pactado una colaboración con Podemos: la formación morada no competirá allí y tendrá presencia en las listas republicanas, mientras Rufián participará en actos de apoyo a Irene Montero fuera de Cataluña. Los Comuns rechazaron reproducir ese modelo bajo la marca de ERC y acusaron al republicano de contribuir a dividir el espacio que decía querer unir.
Es una de las paradojas de esta historia. Rufián intenta presentarse como puente mientras uno de sus movimientos más importantes, el acuerdo ERC-Podemos, ha provocado un fuerte malestar entre quienes debían cruzarlo.
El pacto entre ERC y Podemos dejó otra grieta
Rufián rechaza que su acuerdo con Podemos sea responsable del bloqueo. Defiende justo lo contrario: considera necesario que las fuerzas territoriales alcancen entendimientos capaces de maximizar su representación. Desde su perspectiva, ERC tiene además la obligación elemental de proteger sus propios intereses electorales en Cataluña.
Los Comuns lo ven de manera muy distinta. La colaboración entre ERC y Podemos fue recibida con profunda decepción y terminó de enturbiar una relación que ya venía cargada de antecedentes. Durante meses, Rufián había hablado de una alianza amplia; finalmente permanecerá como cabeza de lista de ERC mientras Podemos se integra en la candidatura republicana en Cataluña y compite con el Frente Amplio en otros territorios.
Aquí aparece una cuestión difícil de ignorar. La unidad nunca fue realmente una negociación entre dos bloques compactos. Hay intereses estatales, partidos autonómicos, organizaciones con implantaciones muy diferentes y dirigentes que arrastran conflictos anteriores. ERC compite con los Comuns en Cataluña; Más Madrid protege su espacio en la capital; Podemos intenta recuperar centralidad después de su ruptura con Sumar; IU quiere conservar una estructura común. Todos hablan de sumar. Cada cual lleva su propia calculadora.
No todo ha terminado en ruptura. Frente Amplio ha cerrado acuerdos territoriales en distintos puntos mientras otras fuerzas mantienen negociaciones propias. El mapa no es simplemente unidad contra división: es un puzle diferente en cada territorio, precisamente lo que IU pretendía evitar con una candidatura de alcance estatal.
La división puede traducirse en escaños perdidos
La discusión tendría bastante menos trascendencia si se limitara a una batalla de nombres. No es así. En las elecciones al Congreso, España utiliza circunscripciones provinciales y el reparto de escaños mediante la fórmula D’Hondt. En provincias que eligen pocos diputados, el umbral efectivo para conseguir representación puede ser considerablemente alto.
Eso significa que dos candidaturas ideológicamente próximas pueden sumar una cantidad apreciable de votos y, aun así, obtener menos escaños que una candidatura conjunta. No ocurre de forma automática ni igual en todo el país: Madrid o Barcelona reparten muchos diputados y admiten una mayor fragmentación; en circunscripciones pequeñas, unos miles de votos separados pueden quedarse sin traducción parlamentaria.
De ahí la insistencia de distintas organizaciones en evitar una dispersión excesiva. No se trata únicamente de quién ocupa el número uno de una lista. El resultado del 29N puede depender de márgenes estrechos en provincias donde el último escaño baile entre bloques. En ese contexto, una negociación fallida antes de las urnas puede acabar teniendo consecuencias después de ellas.
La campaña oficial comenzará el 13 de noviembre y terminará el día 27. Hasta entonces habrá espacio para actos conjuntos, apoyos cruzados y acuerdos políticos, pero la ventana jurídica para registrar determinadas coaliciones llega mucho antes. El calendario electoral tiene esa desagradable costumbre: mientras los partidos pueden discutir indefinidamente, las fechas no negocian.
La izquierda llega al 29N con la fractura a la vista
La admisión de Rufián tiene importancia porque procede precisamente de uno de los dirigentes que más había defendido una reordenación profunda del espacio. No es simplemente otra crítica cruzada entre partidos. Es el reconocimiento de que, llegado el momento decisivo, la izquierda alternativa sigue sin resolver sus fracturas.
Podemos y Frente Amplio comparten buena parte del diagnóstico político, pero continúan separados por liderazgo, estrategia, implantación territorial y viejas heridas. ERC ha elegido su propia fórmula con Podemos. Los Comuns permanecen en Frente Amplio. IU intenta mantener una arquitectura estatal. Más Madrid protege su posición en la capital. Y Rufián, que aspiraba a coser buena parte de esas piezas, reconoce que la costura se ha roto antes de llegar a las urnas.
Queda algo más de un mes para el 29 de noviembre, pero el dibujo electoral empieza a adquirir forma. Rufián seguirá encabezando ERC y colaborará con Podemos; Frente Amplio avanzará con Ada Colau y sus socios; y allí donde todavía sobrevivan conversaciones territoriales habrá margen para acuerdos parciales. La gran fotografía de unidad, sin embargo, parece cada vez más improbable.
La izquierda llega así a unas generales decisivas reproduciendo una escena que conoce demasiado bien: organizaciones que coinciden en advertir sobre las consecuencias de dividirse y, al mismo tiempo, encuentran razones suficientes para hacerlo. Esta vez Rufián no ha buscado un eufemismo. Ha escogido una palabra bastante más sencilla: fracaso.
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