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Historia

Marie Curie y Einstein: las cartas de una amistad de más de 20 años

Durante más de 20 años, Marie Curie y Albert Einstein intercambiaron cartas sobre ciencia, amistad, política, prensa y una Europa cada vez más tensa.

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Las cartas de Curie y Einstein

Resumen

  • Curie y Einstein intercambiaron cartas durante más de dos décadas
  • En 1922, Curie reprochó a Einstein que quisiera dejar la Sociedad de Naciones
  • Las cartas hablan de amistad, política, prensa, antisemitismo y ciencia

Marie Curie y Albert Einstein mantuvieron durante más de dos décadas una correspondencia mucho más humana de lo que cabría imaginar entre dos nombres grabados en mármol en la historia de la ciencia. Se escribieron entre 1911 y 1932, hablaron de investigación, sí, pero también de amistad, ataques de la prensa, antisemitismo, política, pacifismo y de una Europa que empezaba a enseñar los dientes. Esa correspondencia, dispersa durante décadas por archivos de varios países, ha sido reunida en una edición publicada en 2026.

Entre esos documentos aparece una carta especialmente reveladora. El 7 de julio de 1922, Curie escribió a Einstein para decirle, con la cortesía seca de otra época, que le había causado una “gran decepción”. Einstein quería abandonar el recién creado Comité Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones. Curie no compartía sus razones y se lo hizo saber. No era una disputa científica sobre átomos o radiación. Era una discusión sobre algo quizá más complicado: qué responsabilidad tiene una persona prestigiosa cuando alrededor prosperan el fanatismo y la intolerancia.

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La bronca de Marie Curie a Einstein en 1922

Tres días antes, el 4 de julio de 1922, Einstein había comunicado su intención de retirar la aceptación de su puesto en el Comité de Cooperación Intelectual. Berlín vivía un clima político envenenado. Apenas diez días antes, el 24 de junio, había sido asesinado Walther Rathenau, ministro de Exteriores de la República de Weimar, judío y conocido de Einstein. El científico percibía de forma cada vez más cercana la amenaza del antisemitismo y dudaba de que él fuese la persona adecuada para asumir aquel papel público.

Curie le respondió que precisamente la existencia de aquellas corrientes peligrosas hacía necesaria su presencia. Su prestigio, venía a decirle, podía servir para defender la tolerancia y la cooperación internacional. Incluso invocó a Rathenau: creía que él mismo habría animado a Einstein a intentarlo. Era una llamada a no abandonar la plaza cuando el ambiente se volvía desagradable. Una idea bastante menos antigua que el papel sobre el que fue escrita.

Einstein terminó reconsiderando aquella retirada inicial, aunque su relación con la Sociedad de Naciones seguiría siendo tormentosa. En 1923 volvió a dimitir, esta vez desencantado con la organización y con la situación política europea, y regresó al comité en 1924. Su pacifismo convivía mal con los despachos y todavía peor con las instituciones que prometían mucho y frenaban poco.

Una amistad que nació en el peor momento para Curie

La correspondencia había comenzado once años antes, después del primer Congreso Solvay de 1911 en Bruselas, una de aquellas reuniones que hoy parecen una fotografía imposible: varias de las mentes que estaban cambiando la física moderna sentadas en la misma habitación. Allí coincidieron Curie y Einstein y surgió una relación de admiración intelectual que terminaría convirtiéndose en amistad.

Para Curie, aquel otoño fue brutal. La científica acababa de recibir su segundo Nobel, el de Química, después de haber compartido el de Física de 1903, pero la prensa francesa estaba más interesada en su vida privada que en el radio, el polonio o cualquier detalle menor como haber transformado nuestra comprensión de la materia. Su relación con el físico Paul Langevin, casado aunque separado de hecho de su esposa, alimentó una campaña periodística feroz mezclada con misoginia, xenofobia y prejuicios.

Einstein contra la prensa que perseguía a Curie

El 23 de noviembre de 1911, Einstein le escribió desde Praga. Estaba indignado por el tratamiento que recibía. Le recomendó que no leyera aquello que publicaba la “chusma” y expresó abiertamente su admiración por su inteligencia, su energía y su honestidad. El siglo XX, por lo visto, también tenía comentarios tóxicos; solo que llegaban impresos, con tipografía solemne y tinta de periódico.

La carta resulta llamativa porque ambos apenas acababan de conocerse. No hay una larga amistad previa que explique el gesto. Einstein sencillamente vio a una colega sometida a un linchamiento público y decidió ponerse de su lado. Curie, lejos de esconderse, viajó a Estocolmo y recogió en diciembre de 1911 su Nobel de Química, concedido por sus investigaciones sobre el radio y el polonio. Sigue siendo una figura excepcional en la historia del premio: obtuvo Nobel en dos disciplinas científicas diferentes.

Hablaron de física, pero sobre todo hablaron de la vida

Sería tentador imaginar las cartas como una interminable conversación entre fórmulas, partículas y ecuaciones. No fue exactamente así. Hubo cuestiones científicas —Einstein incluso añadía comentarios técnicos en algunas misivas—, pero buena parte de la correspondencia gira alrededor de decisiones personales, política y problemas profesionales.

También aparece una relación bastante cotidiana. Se escribían sobre visitas y encuentros, planeaban excursiones y compartían inquietudes. En 1913, por ejemplo, viajaron juntos por la Engadina suiza acompañados por los hijos de ambos. No fueron colaboradores científicos en sentido estricto; sus campos de investigación apenas coincidieron de manera directa. Eran otra cosa, quizá menos espectacular y más rara: colegas capaces de confiar el uno en el otro.

Y mantenían las formas. Curie escribía normalmente en francés y Einstein en alemán, pese a la cercanía que alcanzaron. Las cartas proceden de lugares como Praga, Zúrich, Berlín o Río de Janeiro. Ese ir y venir de sobres permite seguir también el mapa de dos vidas científicas extraordinariamente móviles, atravesadas por guerras, congresos y fronteras que Europa no dejaba de mover.

La Sociedad de Naciones convirtió su amistad en política

La discusión de 1922 no fue un detalle menor. Curie y Einstein formaban parte de un intento pionero por utilizar la cultura y la ciencia como herramientas de entendimiento internacional después de la Primera Guerra Mundial. La Sociedad de Naciones creó el Comité Internacional de Cooperación Intelectual para promover relaciones entre universidades, investigadores y comunidades culturales de distintos países.

Aquello acabaría siendo uno de los antecedentes de la cooperación cultural internacional que décadas después encarnaría la UNESCO. Sobre el papel había una idea casi ingenua, aunque no por ello despreciable: si científicos, escritores y profesores mantenían abiertos los puentes, quizá los gobiernos tendrían un poco más difícil incendiar Europa otra vez. Sabemos cómo terminó la historia. Pero ellos todavía no.

Einstein desconfiaba de la capacidad real de aquellas instituciones y entraba y salía del comité según aumentaba su frustración. Curie era más persistente. Su carta de julio de 1922 retrata bien esa diferencia de temperamento: él veía una institución débil frente a fuerzas políticas cada vez más violentas; ella consideraba que esa debilidad era precisamente una razón para permanecer y combatir desde dentro.

Un siglo de cartas dispersas por archivos

La correspondencia no estaba guardada ordenadamente en una única caja esperando a que alguien levantara la tapa. Los documentos acabaron repartidos entre instituciones de París, Jerusalén, Zúrich, Princeton y otros archivos. La edición impulsada por Ewa Łabno-Falęcka, junto con la Fundación para el Desarrollo de la Educación para la Industria y el Museo Maria Skłodowska-Curie de Varsovia, ha permitido reunir ese intercambio y publicarlo de forma conjunta.

La búsqueda tuvo incluso una peculiaridad muy Curie: algunos documentos conservados en París presentaban contaminación de polvo radiactivo relacionada con el trabajo de la científica y tuvieron que ser tratados antes de su consulta. Un siglo después, hasta sus cartas mantenían cierta capacidad para recordar a qué se dedicaba su propietaria.

Los recuentos difundidos en torno a la edición no siempre coinciden exactamente —la fundación responsable de la publicación informa de 26 cartas localizadas y una postal inédita, mientras otras presentaciones de la obra han utilizado cifras distintas—, pero el valor del proyecto está menos en la aritmética que en haber reconstruido una conversación prolongada entre 1911 y 1932 que permanecía desperdigada entre fondos documentales.

Las cartas cambian poco lo que sabemos de la física y mucho la manera de mirar a quienes la hicieron. Curie aparece obstinada, reservada pero firme, capaz de enfrentarse tanto a una campaña pública contra su vida privada como a Einstein cuando creía que se equivocaba. Él aparece sarcástico, afectuoso, políticamente inquieto y cada vez más consciente del antisemitismo que iba ganando terreno en Alemania.

Sobre todo, desaparece por un momento la iconografía. No están la melena de Einstein ni el laboratorio de Curie convertido en estampita escolar. Hay dos personas escribiendo cartas, preocupándose por amigos, enfadándose con los periódicos, dudando de instituciones y discutiendo acerca de cuánto debe implicarse un científico en la sociedad que le rodea.

Eso quizá explica por qué esta correspondencia resulta tan contemporánea. Más de cien años después, la discusión de fondo sigue intacta: qué hacer cuando el prestigio público se convierte en blanco, cuándo retirarse de una institución que decepciona, cuándo permanecer en ella y hasta dónde llega la responsabilidad de quienes poseen una voz que otros escuchan.

La amistad que sobrevivió a una Europa en crisis

Marie Curie murió en 1934. Einstein, obligado por el ascenso del nazismo a abandonar Alemania, terminó instalándose en Estados Unidos. Las cartas que intercambiaron pertenecen a un mundo que desapareció entre dos guerras, pero conservan algo reconocible: la defensa de la razón cuando alrededor aumentaba el ruido.

En 1911 Einstein sostuvo a Curie cuando buena parte de la opinión pública parecía interesada en derribarla. En 1922 fue Curie quien apretó a Einstein para que no se retirara ante la intolerancia. La amistad funcionó en ambas direcciones. No siempre estaban de acuerdo; precisamente por eso resulta interesante.

Dos premios Nobel, dos gigantes de la ciencia y ninguna necesidad de tratarse como monumentos. A veces bastaba un sobre, unas páginas y la confianza suficiente para decirle al otro algo tan sencillo —y tan incómodo— como que estaba equivocado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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