España
La calidad de vida mejora en España en 2025 y los hombres puntúan más
El índice del INE sube a 101,74 puntos en 2025: los hombres obtienen mejor resultado global, mientras Navarra mantiene el liderazgo territorial.
Resumen
- El índice de calidad de vida sube a 101,74 puntos en España en 2025
- Los hombres alcanzan 102,48 puntos y las mujeres se quedan en 100,59
- Navarra lidera el mapa autonómico y Ceuta registra la puntuación más baja
La calidad de vida en España volvió a mejorar en 2025, aunque lo hizo sin grandes saltos. El Indicador Multidimensional de Calidad de Vida se situó en 101,74 puntos, frente a los 101,43 del año anterior. La subida es pequeña, apenas 0,31 puntos, pero mantiene la evolución positiva del bienestar medido por el Instituto Nacional de Estadística.
La fotografía cambia cuando se mira por sexo. Los hombres alcanzaron 102,48 puntos, mientras las mujeres quedaron en 100,59. Una diferencia próxima a dos puntos que no significa que ellos salgan mejor parados en todos los aspectos de la vida cotidiana; de hecho, ocurre justo lo contrario en algunas dimensiones importantes. El índice mezcla empleo, salud, educación, seguridad, relaciones personales, entorno y satisfacción vital, entre otros factores.
Hay una precisión importante antes de convertir esos 101,74 puntos en una especie de sobresaliente nacional. No es una nota sobre 100. El indicador utiliza como referencia el nivel de España en 2008, al que se asigna el valor 100. Es decir, el dato de 2025 señala que, en términos agregados, la calidad de vida se encuentra modestamente por encima de aquel punto de partida. La estadística, por fortuna, todavía no reparte medallas por felicidad.
España mejora en seis dimensiones, pero empeora en otras dos
La subida de 2025 procede de avances en condiciones materiales de vida, trabajo, salud, educación, entorno y medioambiente y experiencia general de la vida. No todo avanza en la misma dirección: empeoran el ocio y las relaciones sociales, así como la seguridad física y personal.
La dimensión de gobernanza y derechos básicos no se actualizó en esta edición porque el módulo correspondiente no fue incluido en la Encuesta de Condiciones de Vida de 2025. Es un matiz técnico, pero relevante: el índice no debe interpretarse como una fotografía tomada exactamente en el mismo instante para todas sus piezas. El IMCV funciona como un mosaico estadístico construido a partir de numerosos indicadores y distintas operaciones del INE.
Eso explica también por qué una variación de unas décimas puede esconder movimientos más pronunciados en determinadas áreas. España puede mejorar en el agregado mientras empeora en relaciones sociales, por ejemplo. Una nómina algo más estable no compensa automáticamente una tarde que nunca llega, una red de amigos más débil o una sensación creciente de inseguridad. La vida cotidiana tiene esa mala costumbre de no caber limpiamente en una sola cifra.
La brecha entre hombres y mujeres cambia según lo que se mida
El resultado global favorece a los hombres, pero las mujeres obtienen mejores registros en educación y experiencia general de la vida. La diferencia en educación alcanza los 10,95 puntos a favor de ellas y en experiencia general de la vida llega a 9,36.
Los hombres, por el contrario, aventajan ampliamente a las mujeres en seguridad física y personal, con una diferencia de 16,09 puntos, y en entorno y medioambiente, con 9,19 puntos. Son distancias mucho mayores que la brecha observada en el índice general.
Ahí está probablemente una de las lecturas más interesantes del estudio. Hablar simplemente de que los hombres tienen más calidad de vida puede ser correcto matemáticamente y, al mismo tiempo, insuficiente para entender qué ocurre. Las mujeres aparecen mejor posicionadas en algunos componentes asociados a formación y valoración de la vida, mientras la seguridad introduce una distancia considerable en sentido contrario.
El índice agregado termina haciendo lo que hacen todos los promedios: comprime diferencias. Sirve para comparar, detectar tendencias y observar desigualdades, pero no convierte las vidas de millones de personas en una experiencia uniforme. El promedio nacional es útil; la letra pequeña, bastante más reveladora.
Navarra vuelve a encabezar el mapa de la calidad de vida
La geografía sigue pesando. Navarra alcanza 105,43 puntos y conserva el primer puesto entre las comunidades autónomas. Le siguen La Rioja, con 104,30; País Vasco, con 104,12; y Aragón, con 103,62.
También están por encima de la media española Baleares, con 103,54 puntos; Cantabria, con 103,32; Asturias, con 102,94; Madrid, con 102,81; Comunidad Valenciana, con 102,74, y Extremadura, con 101,79. El mapa deja así una franja amplia de territorios por encima del resultado nacional.
Al otro lado aparecen Castilla y León, con 101,53; Cataluña, con 101,45; Castilla-La Mancha, con 101,16; Murcia, con 100,64; Galicia, con 99,88; Andalucía, con 99,85, y Canarias, con 99,40. Las ciudades autónomas ocupan las últimas posiciones: Melilla registra 98,39 puntos y Ceuta 98,33.
Las diferencias territoriales tampoco responden a una única causa. Navarra destaca especialmente en ocio y relaciones sociales, entorno y medioambiente y experiencia general de la vida. País Vasco sobresale en condiciones materiales y educación; Baleares, en trabajo y salud; Cantabria, en seguridad física y personal.
Madrid y Comunidad Valenciana son las que más avanzan
El mapa no solo permite saber dónde se obtiene una puntuación mayor, sino quién está mejorando más deprisa. Entre 2024 y 2025, Madrid registra el mayor avance, con 0,59 puntos adicionales. Comunidad Valenciana gana 0,50.
La comparación resulta interesante porque una clasificación estática cuenta solo media historia. Una comunidad puede partir desde una posición elevada y avanzar lentamente, mientras otra situada más abajo reduce distancias con rapidez. En los indicadores sociales, mirar únicamente la tabla de posiciones es un poco como juzgar una carrera viendo una fotografía: sabemos dónde está cada uno, pero no a qué velocidad se mueve.
Navarra, en cualquier caso, vuelve a aparecer en cabeza. No se trata de una anomalía de un solo ejercicio. En la edición anterior del índice también lideraba España, seguida igualmente por La Rioja y País Vasco, una señal de cierta estabilidad en la parte alta del mapa.
La nacionalidad también abre una brecha considerable
El INE aporta otra comparación especialmente reveladora. La población española obtiene 102,76 puntos de calidad de vida, frente a los 101,48 de los extranjeros procedentes de otros países de la Unión Europea y los 97,28 de quienes tienen nacionalidad de países de fuera de la UE.
Parte de esa distancia aparece con especial claridad en las condiciones materiales. Los españoles alcanzan 101,03 puntos en esta dimensión; los extranjeros comunitarios, 94,59, y los procedentes del resto del mundo, apenas 86,43. En educación ocurre algo parecido: 115,25 puntos entre españoles, 103,72 entre ciudadanos de otros países de la UE y 95,31 entre extranjeros extracomunitarios.
Pero, otra vez, el promedio esconde alguna vuelta de guion. La población extranjera procedente de la Unión Europea consigue la puntuación más elevada en experiencia general de la vida, con 110,17 puntos, por encima de los 106,88 de los españoles. Los extranjeros de fuera de la UE, pese a su peor resultado global, sobresalen en seguridad física y personal, con 111,64 puntos.
No hay, por tanto, una escalera sencilla en la que cada grupo esté sistemáticamente mejor o peor en todo. Renta, empleo, formación, redes sociales, edad, situación familiar, nacionalidad y territorio se cruzan. De ese cruce sale un índice que resume realidades muy distintas.
Qué mide realmente el índice de calidad de vida del INE
El IMCV intenta responder a un problema antiguo: el bienestar de un país no puede medirse únicamente con dinero. El producto interior bruto puede crecer mientras se deterioran otros aspectos esenciales de la vida, desde el tiempo disponible hasta la salud, la seguridad o las relaciones personales.
Por eso el INE construye su indicador alrededor de nueve grandes dimensiones: condiciones materiales, trabajo, salud, educación, ocio y relaciones sociales, seguridad física y personal, gobernanza y derechos básicos, entorno y medioambiente y experiencia general de la vida. La información puede desagregarse, además, por sexo, edad, renta, nacionalidad y territorio.
Esa arquitectura obliga a leer los resultados con cierta calma. Una subida de 101,43 a 101,74 no significa que la vida haya mejorado un 0,31%, ni que cada español disfrute exactamente de ese progreso. Son puntos de un índice sintético construido para comparar el bienestar respecto a una referencia común y observar su evolución.
La utilidad está precisamente ahí. El dato permite detectar que España mejora suavemente en el conjunto mientras pierde terreno en ocio, relaciones sociales y seguridad; que la brecha entre hombres y mujeres cambia radicalmente según la dimensión observada; o que vivir en una comunidad u otra continúa asociado a diferencias apreciables en las condiciones que rodean la vida cotidiana.
Una mejora pequeña que deja diferencias bastante grandes
España vive algo mejor en términos estadísticos que un año antes, pero la mejora es modesta y desigual. El IMCV alcanza 101,74 puntos y prolonga la recuperación reciente, aunque la cifra nacional esconde brechas por sexo, territorio y nacionalidad bastante más llamativas que esas tres décimas de avance.
Los hombres presentan una puntuación global superior, pero las mujeres dominan claramente algunas dimensiones; Navarra continúa encabezando el mapa, mientras Ceuta y Melilla permanecen en la parte baja; y los ciudadanos españoles muestran mejores resultados generales que la población extranjera, aunque tampoco aquí todas las piezas siguen el mismo patrón.
Quizá esa sea la lectura más fiel de los datos. La calidad de vida española mejora, pero no lo hace de forma homogénea. Una décima arriba puede convivir con menos ocio, diferencias de seguridad muy amplias entre hombres y mujeres o brechas materiales considerables según el origen. Los promedios tranquilizan. La letra pequeña, bastante menos.
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