Ciencia
Un fósil olvidado en Londres revela un dinosaurio de largas garras
El Invictibellatrix amberina vivió hace 120 millones de años en Inglaterra. Su cráneo, guardado desde 1924, prueba que hubo megarraptores en Europa.
Resumen
- Un fósil guardado desde 1924 revela una nueva especie de dinosaurio
- Vivió hace 120 millones de años y tenía grandes garras curvadas
- Es el primer megarraptor identificado en Europa
Un fósil que llevaba más de un siglo en las colecciones del Museo de Historia Natural de Londres ha permitido identificar una nueva especie de dinosaurio carnívoro que vivió hace aproximadamente 120 millones de años. Bautizado como Invictibellatrix amberina, este depredador de largas garras habitó la actual isla de Wight, en el sur de Inglaterra, y constituye el primer megarraptor identificado en Europa.
El descubrimiento, publicado el 14 de octubre de 2026 en la revista científica Royal Society Open Science, procede del análisis de un fragmento de cráneo adquirido por el museo en 1924. Los investigadores calculan que el animal podía alcanzar entre tres y cuatro metros de longitud, tenía brazos fuertes y garras curvadas de hasta 20 centímetros. Sus características lo sitúan entre los primeros representantes conocidos de un grupo de dinosaurios depredadores cuya evolución todavía plantea numerosos interrogantes.
La noticia resulta especialmente llamativa por una circunstancia poco habitual: el fósil no acaba de ser excavado. Permanecía en los fondos de una de las instituciones científicas más importantes del mundo, sin que nadie hubiera reconocido su verdadero valor. Fue una revisión de las colecciones la que permitió advertir que aquella pieza pertenecía a un dinosaurio desconocido.
Pero el hallazgo tiene una importancia que va más allá de la anécdota del museo. Hasta ahora no se habían identificado restos concluyentes de megarraptores en Europa. La nueva especie aporta una prueba para reconstruir cómo estos grandes carnívoros se extendieron por diferentes continentes durante el Cretácico.
Un fósil descubierto hace más de 100 años en la isla de Wight
La historia comienza en la costa suroccidental de la isla de Wight, una zona británica conocida por la abundancia de fósiles de dinosaurios. Allí, cerca de Sudmoor Point, el paleontólogo aficionado Reginald Walter Hooley encontró un fragmento óseo al pie de un acantilado.
La pieza pasó a formar parte de las colecciones del Museo de Historia Natural de Londres en 1924, junto con otros materiales recuperados por Hooley. Durante décadas permaneció sin una descripción científica que permitiera establecer su verdadera identidad.
En 2020, el paleontólogo Paul Barrett examinó el fósil y reconoció que correspondía a una parte importante de la caja craneal de un dinosaurio, la estructura ósea que protegía el cerebro. Su procedencia y sus características justificaban una investigación más detallada.
Barrett incorporó al estudio a Cassius Morrison, investigador especializado en la anatomía craneal de dinosaurios de University College London (UCL). El análisis posterior confirmó que el ejemplar presentaba una combinación de rasgos que no correspondía a ninguna de las especies conocidas de aquella región.
Así, un fragmento que había ingresado en el museo 102 años antes de la publicación científica terminó convirtiéndose en la prueba de la existencia de un animal desconocido.
Cómo era el Invictibellatrix amberina: tamaño, garras y alimentación
El nuevo dinosaurio pertenecía a los megarraptores, un grupo de terópodos carnívoros que caminaban sobre dos patas y se caracterizaban por sus cuerpos relativamente ligeros, cabezas alargadas y grandes extremidades anteriores.
Las estimaciones difundidas por UCL sitúan al Invictibellatrix amberina entre los tres y cuatro metros de longitud y alrededor de un metro y medio de altura. Su masa corporal habría sido comparable a la de un tigre grande, aunque estas cifras son aproximadas porque únicamente se conserva una parte de su cráneo.
Sus principales armas habrían sido unas garras curvas de entre 10 y 20 centímetros, utilizadas probablemente para sujetar y atacar a sus presas. Los investigadores también consideran posible que tuviera plumas, una característica presente en distintos linajes de dinosaurios terópodos.
Conviene distinguir entre lo que demuestra el fósil y lo que se reconstruye a partir de especies emparentadas. No se han encontrado los brazos, las garras ni las plumas de este ejemplar. Su apariencia se ha deducido mediante comparaciones anatómicas y evolutivas.
En cuanto a su alimentación, probablemente cazaba pequeños dinosaurios, lagartos y mamíferos. Cassius Morrison ha comparado su función ecológica con la de las hienas actuales: un carnívoro capaz de capturar diferentes presas, aunque no necesariamente el depredador dominante de su entorno.
Un cazador muy distinto del Tyrannosaurus rex
Los megarraptores están relacionados evolutivamente con los grandes dinosaurios carnívoros, aunque su posición exacta respecto a los tiranosaurios sigue siendo objeto de discusión científica.
A diferencia del célebre Tyrannosaurus rex, conocido por su enorme cabeza, poderosa mandíbula y brazos pequeños, los megarraptores tenían extremidades anteriores proporcionalmente desarrolladas. Sus garras desempeñaban un papel fundamental en la captura de presas.
Morrison ha llegado a plantear que un animal de estas características podría haber resultado especialmente peligroso para un ser humano, por su tamaño y sus hábitos depredadores. Se trata, naturalmente, de una comparación hipotética: nuestra especie nunca convivió con estos dinosaurios, ya que apareció muchísimo después.
El Invictibellatrix tampoco estaba entre los gigantes de su grupo. Algunos megarraptores posteriores alcanzaron dimensiones considerablemente mayores, con especies de hasta nueve o diez metros de longitud y garras que podían superar los 30 centímetros.
Por qué el hallazgo cambia la historia de los megarraptores en Europa
El aspecto más importante del descubrimiento es su ubicación geográfica. Hasta ahora, los fósiles de megarraptores se habían encontrado principalmente en regiones como Sudamérica, Asia y Australia, pero faltaban pruebas claras de su presencia en territorio europeo.
El nuevo ejemplar aporta esa evidencia y refuerza una hipótesis sobre la expansión de estos animales: los megarraptores podrían haberse originado en Asia y haberse dispersado posteriormente por Europa, antes de alcanzar África y otras regiones del antiguo supercontinente de Gondwana.
Durante el Cretácico Inferior, hace unos 120 millones de años, la disposición de los continentes era muy diferente de la actual. Existían conexiones terrestres y condiciones geográficas que facilitaron el desplazamiento de numerosas especies animales.
La investigación incorpora modelos evolutivos, geográficos y climáticos para analizar esas posibles rutas migratorias. Sus resultados apuntan a que los megarraptores estuvieron mucho más extendidos durante las primeras etapas de su historia de lo que sugería el registro fósil disponible.
Con el paso de millones de años, el grupo habría desaparecido de las grandes masas terrestres del hemisferio norte, mientras algunos de sus representantes continuaron evolucionando en Gondwana, donde llegaron a convertirse en grandes depredadores.
Todavía no se conoce con certeza por qué se produjo esa desaparición regional. Los cambios ambientales, las transformaciones del clima y la competencia con otros dinosaurios carnívoros figuran entre las posibles explicaciones.
Una tomografía permitió reconocer la nueva especie
La identificación no se basó únicamente en una inspección visual. El equipo utilizó tomografía computarizada, una técnica que permite obtener imágenes detalladas del interior de los fósiles mediante rayos X y reconstrucciones tridimensionales.
Gracias a este procedimiento, los investigadores pudieron estudiar la estructura interna de la caja craneal y compararla con la de otros dinosaurios terópodos, incluidos tiranosaurios, espinosáuridos y distintos depredadores bípedos.
Entre los elementos que permitieron distinguir la nueva especie destacan la forma ovalada del orificio por el que la médula espinal se conectaba con el encéfalo y una cresta ósea de configuración particular, estrechada en su zona central.
La combinación de estas características, junto con otros detalles anatómicos, permitió reconocer una especie diferente. Posteriormente, los análisis informáticos de parentesco evolutivo situaron el ejemplar entre los representantes tempranos de Megaraptora.
El nombre elegido tampoco es casual. Invictibellatrix significa aproximadamente «guerrera invicta», mientras que amberina hace referencia al ámbar presente en los depósitos geológicos de la Formación Wessex, de donde procede el fósil.
Un dinosaurio que amplía lo que sabemos del Cretácico europeo
Hace 120 millones de años, la isla de Wight formaba parte de un territorio de llanuras fluviales, con periodos húmedos y secos, donde convivían diferentes especies de dinosaurios herbívoros y carnívoros.
Entre sus habitantes figuraban grandes saurópodos de cuello largo, parientes de los iguanodontes y espinosáuridos. El Invictibellatrix amberina se incorpora ahora a ese ecosistema como un depredador de tamaño intermedio, capaz de aprovechar presas que no necesariamente interesaban a los grandes carnívoros de su época.
Su identificación también pone de manifiesto las limitaciones del registro fósil. Una especie puede permanecer científicamente desconocida aunque sus restos ya hayan sido recuperados, especialmente cuando el material está incompleto o no existen suficientes ejemplares con los que compararlo.
El descubrimiento no significa que se haya encontrado un esqueleto completo ni que conozcamos todos los detalles de este dinosaurio. Quedan abiertas cuestiones sobre su anatomía, su comportamiento y la expansión de sus parientes por Europa.
Lo que ya está establecido es relevante: un pequeño fragmento craneal conservado desde 1924 ha proporcionado la primera evidencia reconocida de megarraptores europeos. Y ha cambiado, más de un siglo después de su recuperación, una parte de la historia evolutiva de los grandes dinosaurios carnívoros.
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