Historia
Estelas romanas de Soria conservan nombres de origen vasco antiguo
Las estelas de Tierras Altas de Soria conservan nombres de posible origen vascónico en epitafios latinos y ayudan a conocer la Hispania romana.
Resumen
- Estelas romanas de Soria contienen nombres vinculados al vasco antiguo
- Las inscripciones están en latín y se remontan a los siglos I y II
- Los hallazgos revelan la diversidad lingüística de la Hispania romana
Un conjunto de estelas funerarias romanas halladas en las Tierras Altas de Soria conserva una sorprendente huella de la historia lingüística de la península ibérica. Las inscripciones, fechadas principalmente entre los siglos I y II después de Cristo, contienen nombres personales que los especialistas relacionan con el vasco antiguo o vascónico-aquitano, una lengua emparentada con el euskera actual.
Lo llamativo es que los epitafios están escritos en latín, la lengua administrativa y cultural del Imperio romano, pero algunos de los nombres pertenecen a una tradición lingüística diferente. Su presencia en las montañas sorianas constituye una prueba de la diversidad cultural de un territorio habitualmente asociado a los pueblos celtíberos y abre nuevas perspectivas sobre la distribución de las lenguas hace casi 2.000 años.
No se trata de un descubrimiento arqueológico realizado en noviembre de 2026. Las piezas llevan décadas siendo estudiadas y han protagonizado investigaciones y exposiciones. Su interés reside en algo más profundo: permiten reconstruir parte de la historia de poblaciones que vivieron al sur del Ebro mucho antes de que existieran las fronteras territoriales y lingüísticas actuales.
Sesenco, el nombre que conecta Soria con el euskera antiguo
Entre las inscripciones documentadas destaca una dedicada a Antestius Sesenco, un individuo que vivió durante los primeros siglos del Imperio romano. La estela apareció en el entorno de La Laguna, en el municipio soriano de Villar del Río, y contiene uno de los testimonios más significativos del conjunto.
El nombre Sesenco presenta una relación lingüística con zezenko, término que en euskera significa «torito» o «novillo». Esta correspondencia llamó la atención de los investigadores porque no encajaba con la onomástica celtibérica que tradicionalmente se esperaba encontrar en la comarca.
No es el único ejemplo. Otras inscripciones conservan nombres como Oandissen, Onse, Onso, Buganson, Agirsen, Arancis y Lesuridantar, cuyas características fonéticas o morfológicas han sido relacionadas, con distintos grados de certeza, con el ámbito vascónico-aquitano.
Algunos permiten establecer comparaciones con palabras del euskera conocidas posteriormente. Otros presentan terminaciones que recuerdan a las documentadas en antiguos nombres de Aquitania, al norte de los Pirineos.
Estas semejanzas no significan que todas las interpretaciones sean definitivas. La lingüística histórica trabaja con testimonios fragmentarios y debe distinguir entre una relación etimológica bien fundamentada y una simple coincidencia de sonidos.
Una presencia lingüística inesperada al sur del Ebro
La comarca de Tierras Altas de Soria, situada en el norte de la provincia y vinculada geográficamente con la cuenca del Ebro, ocupa una posición especialmente interesante para comprender los contactos entre las poblaciones antiguas.
Durante mucho tiempo, el territorio fue interpretado principalmente desde la perspectiva de la cultura celtibérica. La proximidad de Numancia y los testimonios arqueológicos conocidos favorecían esa visión.
Sin embargo, las estelas funerarias ofrecen una realidad más compleja. La presencia de nombres de posible origen vascón demuestra que las tradiciones indígenas de la comarca no pueden explicarse únicamente mediante elementos celtibéricos. Durante el dominio romano pudieron coexistir habitantes con nombres de diferentes procedencias lingüísticas y culturales.
Un estudio publicado en 2021 por Eduardo Alfaro Peña y Joaquín Gómez-Pantoja en la revista académica Veleia presentó nuevas inscripciones y revisó otras conocidas. Sus resultados reforzaron la importancia de una onomástica indígena no indoeuropea en un territorio tradicionalmente considerado céltico.
El latín de las lápidas conservó nombres anteriores a Roma
Las estelas son también una muestra de cómo funcionaba la romanización.
Los habitantes de Hispania adoptaron progresivamente instituciones, costumbres y fórmulas funerarias romanas. El latín pasó a ocupar un lugar central en las inscripciones públicas y privadas, pero eso no implicó la desaparición inmediata de todas las tradiciones locales.
En las lápidas sorianas aparecen fórmulas funerarias latinas junto a nombres indígenas. Una misma inscripción podía reflejar, por tanto, la integración de una persona en el mundo romano y la conservación de una identidad familiar anterior o distinta.
Para los especialistas, esta combinación resulta especialmente valiosa. Las lenguas antiguas que dejaron pocos textos pueden estudiarse parcialmente gracias a los nombres de personas y divinidades conservados en documentos redactados en otras lenguas.
Los pastos y los movimientos de población, entre las hipótesis
Una de las cuestiones abiertas es cómo llegaron esos nombres de origen vascónico a las montañas de Soria.
El arqueólogo Eduardo Alfaro Peña, que ha dedicado buena parte de su investigación al patrimonio de Tierras Altas, ha planteado una posible explicación relacionada con la ganadería y el aprovechamiento de los pastos de montaña.
La comarca dispone de zonas elevadas que históricamente han favorecido la actividad ganadera estacional. Es posible que estos recursos atrajeran o facilitaran el establecimiento de grupos procedentes del valle del Ebro o de territorios relacionados con las poblaciones vasconas.
Otra posibilidad es que existiera una población con características lingüísticas vascónicas asentada en la región desde una etapa anterior a la conquista romana.
Ambas hipótesis requieren distinguir entre los desplazamientos de personas, la transmisión familiar de los nombres y el uso cotidiano de una lengua.
Un nombre de origen vascónico no permite asegurar por sí solo que su portador hablase vasco antiguo. Los nombres pueden sobrevivir durante generaciones incluso cuando una comunidad ha cambiado de lengua. Tampoco bastaría para afirmar que toda la comarca fuese vascohablante.
Lo que sí ofrece el conjunto es una concentración de testimonios suficientemente significativa para cuestionar una interpretación exclusivamente celtibérica del territorio.
Un patrimonio que lleva décadas aportando información
Las estelas romanas de Tierras Altas comenzaron a recibir una atención creciente durante las últimas décadas del siglo XX. Muchas se habían conservado reutilizadas en construcciones de los pueblos de la comarca, una circunstancia que permitió que algunas llegaran hasta la actualidad.
Su estudio ha permitido identificar inscripciones de hombres y mujeres, reconstruir parcialmente las costumbres funerarias y conocer nombres que, de otro modo, habrían desaparecido.
Las investigaciones también han tenido una dimensión divulgativa. En 2020, varias piezas se mostraron en el museo Laboratorium de Bergara, en Gipuzkoa. Posteriormente, el Museo San Telmo de San Sebastián acogió una exposición dedicada a los nombres personales de origen vascónico en la epigrafía romana.
El conjunto estudiado superaba entonces las 40 estelas, aunque solo una parte contenía nombres vinculados con la tradición vasco-aquitana. Las exposiciones permitieron acercar al público un patrimonio conocido principalmente por arqueólogos, historiadores y lingüistas.
El trabajo académico ha continuado. En 2023, Alfaro publicó un estudio sobre los vínculos entre la Soria romana, el valle del Ebro y la antigua Calagurris, la actual Calahorra, que profundizaba en las relaciones territoriales y culturales de aquella población.
Las estelas de Soria amplían el mapa histórico del euskera
La importancia de estos testimonios va más allá de una discusión sobre el origen de determinados nombres.
El vasco-aquitano constituye una de las principales referencias para investigar las etapas antiguas del euskera. Buena parte de su documentación procede de inscripciones romanas encontradas en Aquitania, en el actual suroeste de Francia, aunque también existen testimonios relevantes al sur de los Pirineos.
Las estelas sorianas amplían ese panorama y obligan a considerar que las fronteras lingüísticas de la Antigüedad no coincidían necesariamente con las que conocemos.
También introducen un matiz importante en el estudio de los nombres de lugar de posible origen vasco presentes en Soria y La Rioja. Aunque algunos pudieron difundirse durante movimientos de población medievales, los testimonios romanos demuestran que ya existían nombres personales de tradición vascónica en esta zona muchos siglos antes.
No prueban que el euskera naciera en Soria ni permiten dibujar con exactitud el territorio donde se hablaba hace dos milenios. Su valor es diferente: documentan una presencia onomástica antigua que no puede ignorarse al reconstruir la historia lingüística del valle del Ebro.
Las inscripciones fueron concebidas para recordar a personas fallecidas, no para explicar la evolución de una lengua. Sin embargo, esos nombres grabados en piedra han sobrevivido casi veinte siglos y siguen aportando información sobre una península ibérica culturalmente más diversa de lo que sugerían algunas interpretaciones tradicionales.
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