Síguenos

Historia

Felipe II estudió conquistar China y abrir frente al Imperio otomano

La llamada Empresa de China llevó a la corte de Felipe II un ambicioso proyecto militar desde Filipinas que nunca llegó a convertirse en invasión.

Publicado

el

Felipe II

Por Sofonisba Anguissola - Museo del Prado, Dominio público, Wikimedia Commons

Resumen

  • Felipe II estudió un plan para conquistar China desde Filipinas
  • La Empresa de China llegó a debatirse en la corte entre 1587 y 1588
  • El proyecto nunca se ejecutó y acabó imponiéndose el comercio con China

Durante el reinado de Felipe II, cuando los dominios de la Monarquía Hispánica se extendían desde América hasta el Pacífico y la incorporación de Portugal había ensanchado todavía más aquel mapa, en Filipinas tomó forma una propuesta que parece escrita para una novela: conquistar la China de la dinastía Ming y convertirla en una plataforma para ampliar la presencia española por Asia.

No fue una invasión ordenada por Felipe II ni un ejército que llegara a ponerse en marcha. Pero tampoco una simple fantasía contada siglos después. Existieron memoriales, cálculos militares y discusiones religiosas, además de una junta creada en la corte para estudiar la denominada Empresa de China. El proyecto alcanzó su momento decisivo entre 1586 y 1588 y terminó chocando con la realidad política, financiera y militar de una monarquía que tenía demasiados frentes abiertos.

China estaba detrás del horizonte de Filipinas

La presencia española permanente en Filipinas comenzó en 1565, con la expedición de Miguel López de Legazpi. Manila acabaría convirtiéndose en el gran nudo comercial entre Asia y América, pero para algunos hombres de la época el archipiélago era algo más: una avanzadilla hacia China, un territorio desde el que mirar al gigantesco imperio situado apenas al otro lado del mar.

El espejismo tenía cierta lógica dentro de la mentalidad del siglo XVI. Apenas unas décadas antes, contingentes europeos relativamente pequeños habían derribado grandes estructuras políticas en América gracias a alianzas indígenas, guerras civiles y enormes diferencias tecnológicas y estratégicas. Algunos funcionarios y religiosos creyeron que aquella experiencia podía repetirse al otro lado del mundo. El historiador Manel Ollé ha descrito precisamente la Empresa de China como un espejismo alimentado por aquella confianza desmesurada.

Ya durante la década de 1570 circularon propuestas para establecer relaciones con China, abrir enclaves comerciales o incluso recurrir a la fuerza. Hubo expediciones diplomáticas y contactos con las autoridades de la dinastía Ming. El problema era evidente: los españoles conocían todavía de forma fragmentaria un país inmenso, extraordinariamente poblado y gobernado por una administración mucho más compleja de lo que algunos informes enviados desde Asia sugerían.

Canal oficial
El Folio en WhatsApp
Recibe las noticias más importantes, alertas y última hora.

Aun así, la idea siguió creciendo. La posibilidad de utilizar Filipinas como base estratégica encajaba con una época en la que las distancias parecían reducirse sobre los mapas bastante más deprisa que sobre el terreno.

Alonso Sánchez convirtió la ambición en un proyecto

La figura central fue el jesuita Alonso Sánchez, enviado desde Filipinas y profundo conocedor de los debates políticos y religiosos que rodeaban la expansión española en Asia. En 1586, una amplia representación de la colonia filipina reunió sus demandas en el Memorial General de las Filipinas. Entre aquellos documentos apareció el texto conocido como De la entrada de China en particular, donde la posibilidad de intervenir militarmente dejaba de ser una ocurrencia nebulosa y adquiría dimensiones mucho más concretas.

El proyecto contemplaba una fuerza hispanoportuguesa apoyada por contingentes asiáticos. Las reconstrucciones del memorial sitúan el núcleo de la expedición en torno a 10.000 o 12.000 soldados ibéricos, acompañados por unos 6.000 visayos filipinos y alrededor de 5.000 japoneses. Portugal resultaba esencial porque Felipe II era desde 1580 también rey portugués y la red lusitana ofrecía bases, navegantes y conocimiento de las costas chinas.

No se trataba, por tanto, de enviar unas cuantas carabelas a lo desconocido. Sobre el papel aparecían rutas de entrada, aliados, financiación e intérpretes, junto con ideas sobre la administración posterior de los territorios conquistados. Era una operación gigantesca. También profundamente irreal si se compara con la capacidad efectiva de la monarquía para sostener semejante esfuerzo a miles de kilómetros de Europa.

El error de imaginar otra conquista de México

Buena parte de aquella confianza descansaba sobre una comparación engañosa. Algunos defensores de la empresa consideraban que China podía reproducir el patrón que había permitido a Hernán Cortés imponerse en México: una fuerza extranjera pequeña que explotaba los conflictos internos y encontraba aliados locales contra el poder central.

Los informes recibidos desde Asia presentaban en ocasiones al ejército Ming como ineficaz y a una parte de la población como descontenta con sus gobernantes. Era la clase de información que, pasada por el filtro de un imperio acostumbrado a ganar territorio, podía alimentar conclusiones bastante cómodas.

China, sin embargo, no era el México de 1519. A finales del siglo XVI, el Imperio Ming reunía una población de decenas de millones de habitantes, una burocracia consolidada, ciudades enormes, fortificaciones, artillería y recursos humanos que hacían extremadamente dudosa una conquista con unas pocas decenas de miles de hombres. La distancia añadía otra capa de dificultad: alimentar, armar y reemplazar tropas en el otro extremo del planeta habría sido una pesadilla logística.

Felipe II recibió el proyecto y ordenó estudiarlo

Alonso Sánchez salió de Filipinas en junio de 1586 para trasladar a la corte las peticiones de la colonia. Después de cruzar el Pacífico y América llegó finalmente a España. En diciembre de 1587 tuvo audiencia con Felipe II y presentó al monarca los documentos que llevaba desde Manila. Sánchez actuaba como representante de las demandas filipinas y terminaría participando en la junta convocada para analizarlas.

Aquí está uno de los matices que suelen desaparecer cuando esta historia se convierte en relato grandilocuente: Felipe II no dio una orden definitiva para conquistar China. Permitió que el proyecto fuese examinado por hombres de su administración. En marzo de 1588 comenzó a funcionar una junta específica encargada de valorar los memoriales y las posibilidades de la empresa.

Eso ya era mucho más que una extravagancia cortesana, desde luego. Pero entre estudiar una operación y autorizarla había un océano; en este caso, literalmente varios.

El proyecto provocaba, además, una disputa dentro de la propia Iglesia. Alonso Sánchez defendía que la penetración política y militar podía facilitar la evangelización, mientras otros jesuitas y religiosos rechazaban la idea de imponer el cristianismo con las armas. El debate sobre la “guerra justa”, heredero de las grandes controversias surgidas con la conquista de América, reaparecía ahora en el Pacífico.

De China al Imperio otomano: el sueño dentro del sueño

La parte más espectacular del proyecto estaba todavía más lejos. Una China incorporada a la órbita hispánica debía servir, según las concepciones más expansivas, como trampolín para extender la influencia cristiana por el sudeste asiático, India y el océano Índico.

En aquel dibujo estratégico aparecía también el gran adversario mediterráneo de los Habsburgo: el Imperio otomano. Una expansión española a través de Asia podía, en teoría, contribuir a ejercer presión sobre los dominios y las redes musulmanas desde Oriente.

Conviene no convertir esa idea en algo que nunca fue. No existía una ruta militar aprobada para conquistar Pekín y, acto seguido, marchar sobre Constantinopla. Era un horizonte geopolítico, una visión maximalista de la llamada monarquía universal, más cercana a la imaginación estratégica de la época que a un plan operativo con fecha de salida.

Y ahí reside parte de la fascinación del episodio. Sobre un mapa, la línea podía seguir creciendo: Filipinas, China, el Índico y el mundo otomano. Sobre el terreno había océanos, imperios, montañas, millones de personas y una factura gigantesca que alguien tendría que pagar.

La Armada Invencible cambió las prioridades

Mientras en Madrid se examinaba la Empresa de China, Felipe II estaba embarcado en una operación mucho más inmediata: la ofensiva contra Inglaterra. La Gran Armada zarpó en 1588 y su fracaso alteró las prioridades estratégicas y financieras de la monarquía.

La coincidencia temporal resultó fatal para las ambiciones asiáticas. El proyecto de China perdió impulso y no terminó convirtiéndose en una campaña militar. El desastre de la Armada de 1588, unido al coste de las guerras europeas y a la complejidad logística de una expedición asiática, hacía todavía más difícil defender semejante aventura.

La política posterior resulta especialmente reveladora. El gobernador de Filipinas Gómez Pérez Dasmariñas recibió instrucciones de mantener y reforzar la presencia española en Asia, pero no de iniciar una guerra para conquistar China. El gigantesco salto imperial quedó aparcado.

España no conquistó China, pero comerció con ella durante siglos

El gran vínculo entre China y la América española terminó siendo comercial. Manila recibió enormes cantidades de seda, porcelana y mercancías chinas, mientras la plata americana circulaba hacia Asia a través del Galeón de Manila. Esa red conectó las minas americanas, Acapulco, Filipinas y los mercados chinos y se convirtió en uno de los engranajes tempranos de una economía verdaderamente mundial.

La ironía es magnífica: España no necesitó ocupar China para integrarla en su sistema económico. El comercio consiguió buena parte de lo que las armas difícilmente podían haber logrado. La plata novohispana viajaba hacia Oriente; las mercancías asiáticas cruzaban después el Pacífico y continuaban camino hacia América y Europa. El mapa mundial se estaba cosiendo con monedas, barcos y mercados más que con columnas de soldados.

La Empresa de China quedó así como uno de los episodios más singulares del reinado de Felipe II: un proyecto documentado, discutido en Manila, trasladado hasta la corte y suficientemente serio como para ser examinado por la administración real, pero nunca transformado en una invasión.

Un imperio enorme también tenía límites

La historia de aquel proyecto dice tanto de la potencia de la España del siglo XVI como de sus límites. La Monarquía Hispánica podía imaginar operaciones desde Madrid hasta Manila porque administraba una red territorial sin precedentes europeos, pero precisamente esa extensión multiplicaba guerras, distancias, costes y enemigos.

Felipe II estudió la propuesta de conquistar China. Existió un plan mucho más elaborado de lo que su apariencia extravagante hace pensar. También existieron hombres convencidos de que el dominio del imperio Ming podía abrir nuevas rutas de expansión por Asia y alterar, algún día, el equilibrio frente a los otomanos.

Lo que nunca existió fue la capacidad sencilla de convertir aquel mapa en realidad. Tras 1588, el sueño militar perdió terreno frente a una fórmula bastante más resistente: Manila, el Pacífico y el comercio con China. El imperio que algunos imaginaban ampliar mediante una conquista terminó unido a Asia con algo menos vistoso que una gran campaña, pero mucho más duradero: barcos cargados de plata, seda y porcelana.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído