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Historia

Un joven de 23 años gana el concurso para proteger el Templo de Debod

Eduardo Alonso Tejedor, de 23 años, gana con «Memoria suspendida», una propuesta para proteger Debod con museo-puente, cubierta ligera y agua.

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el

Templo de Debod

Imagen: Jiuguang Wang / Flickr / CC BY-SA 2.0.

Resumen

  • Eduardo Alonso Tejedor, de 23 años, gana el concurso para proteger Debod
  • Su propuesta combina un museo-puente y una cubierta para cuidar el templo
  • El proyecto es una idea premiada, no una obra aprobada por el Ayuntamiento

A sus 23 años, Eduardo Alonso Tejedor ha ganado el concurso de ideas para proteger el Templo de Debod de Madrid con un proyecto que intenta resolver una ecuación incómoda: preservar un santuario de más de dos milenios sin meterlo dentro de una enorme urna ni borrar del paisaje una de las estampas más reconocibles de la capital. Su propuesta, «Memoria suspendida», se impuso a otras 24 candidaturas y obtuvo el primer premio, dotado con 7.500 euros.

La idea combina dos piezas. Por un lado, un museo-puente de 56 metros de longitud que sacaría del interior del templo buena parte de su función expositiva. Por otro, una cubierta ligera concebida para crear un microclima más estable alrededor del santuario, proteger su piedra y recuperar incluso la relación con la luz solar que tuvo el edificio en Nubia. Arquitectura contemporánea alrededor de una construcción iniciada en el siglo II antes de Cristo. Una convivencia nada sencilla.

Conviene separar, eso sí, el premio de la obra. El certamen fue convocado por Madrid Foro Empresarial, tiene carácter privado y propositivo y buscaba soluciones a nivel de anteproyecto. Ganarlo no significa que el Ayuntamiento de Madrid haya aprobado la construcción de «Memoria suspendida» ni que las obras vayan a comenzar. Ese pequeño detalle administrativo, bastante menos vistoso que los renders, resulta esencial: se trata de una idea premiada, no de una adjudicación municipal.

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«Memoria suspendida»: proteger Debod sin esconderlo

El punto de partida de Eduardo Alonso Tejedor es casi una declaración de intenciones: el monumento debe seguir siendo el protagonista. De ahí que el proyecto se plantee como una intervención reversible y de mínimo impacto, dos conceptos especialmente sensibles cuando se trabaja alrededor de patrimonio histórico. La nueva arquitectura no intenta competir con la piedra antigua, sino aparecer a su alrededor de forma claramente diferenciada.

La propuesta intenta resolver al mismo tiempo conservación, recorrido museístico y paisaje. No busca reconstruir una Nubia de cartón piedra junto a la plaza de España, ni encerrar el templo en una caja opaca. La nueva estructura aparece elevada y ligera, con la intención de que el visitante siga entendiendo qué parte pertenece al santuario original y cuál responde a una intervención contemporánea.

Un museo-puente de 56 metros fuera del santuario

La primera gran pieza sería el llamado Museo del Templo, un edificio lineal de 56 por 8 metros, suspendido mediante vigas en celosía y apoyado únicamente en cuatro puntos. Su revestimiento de acero cepillado está pensado para reflejar parcialmente el entorno y reducir visualmente el peso de una construcción que, sobre el papel, tiene unas dimensiones considerables.

La operación tiene una ventaja patrimonial bastante evidente: trasladar el contenido museográfico fuera del edificio histórico permitiría liberar espacio dentro del propio templo. En vez de utilizar una construcción milenaria como contenedor de paneles, instalaciones y servicios, estos pasarían a una pieza independiente, concebida específicamente para recibir al visitante.

También se recuperaría el recorrido frontal de este a oeste a través de los pilonos, tratando de aproximar la visita a la antigua secuencia procesional del santuario. No pretende fingir que Madrid vuelve a ser la ribera del Nilo —sería pedir demasiado al Parque del Oeste—, pero sí devolver cierta lógica espacial a un monumento que perdió buena parte de su contexto al viajar miles de kilómetros.

Una cubierta ligera que recupera el agua y la luz de Debod

La segunda pieza es más delicada y, probablemente, la que despertará mayor debate: una gran cubierta protectora apoyada en doce pilares con forma de «V». La estructura emplearía vigas metálicas espaciales de 35 metros de luz y un cerramiento de ETFE, un material plástico muy ligero utilizado en cubiertas de grandes dimensiones y capaz de dejar pasar buena parte de la luz.

Entre la cubierta y el espacio protegido se plantea un plenum técnico, es decir, una franja oculta destinada a instalaciones. El objetivo es controlar mejor las condiciones ambientales y generar un microclima alrededor del templo, reduciendo el impacto de las oscilaciones térmicas, la humedad y la exposición exterior sobre una piedra que lleva décadas adaptándose al clima madrileño.

El nuevo sistema permitiría, según el anteproyecto, retirar la cubierta de plomo existente sobre el santuario. En su lugar aparecería un lucernario cenital calculado para recuperar la entrada de luz vinculada al solsticio de verano y evocar la antigua «Unión con el Disco Solar», uno de esos detalles en los que la arquitectura deja de ser mera ingeniería y vuelve a hablar el idioma simbólico del edificio.

«Memoria suspendida» incorpora también una lámina de agua alrededor de la intervención. El recurso remite al pasado nubio de Debod y pretende desdibujar el límite entre templo, paisaje y nueva construcción. El agua funciona como distancia, reflejo y memoria; no reconstruye literalmente el paisaje del Nilo, pero devuelve al conjunto una relación que la explanada madrileña había borrado.

Quién es Eduardo Alonso Tejedor, el ganador de 23 años

El resultado llama especialmente la atención por el perfil del vencedor. Eduardo Alonso Tejedor nació en Salamanca en 2003, se graduó en Arquitectura por la Universidad de Granada y continúa su formación con el máster habilitante. Había iniciado sus estudios en Valladolid antes de completar su etapa académica en Granada.

Su propuesta dejó detrás incluso a estudios con una trayectoria consolidada. El segundo premio, de 5.000 euros, fue para Estudio Lamela y su proyecto «Akhet». El tercero, dotado con 2.500 euros, recayó en «Akhet Horizonte», presentado por Antoni Medina García y Carmen Fernández Trebacz. En total se presentaron 25 trabajos.

Que un joven de 23 años haya quedado por delante de una firma histórica de la arquitectura española da a la noticia un punto casi novelesco. Lo sustancial, sin embargo, está en otra parte: el jurado valoró una solución que intenta no elegir entre conservación y paisaje, sino mantener ambos en un equilibrio razonablemente discreto.

El problema de Debod viene de mucho antes

El Templo de Debod no nació en Madrid, naturalmente. Su núcleo original fue construido a comienzos del siglo II antes de Cristo por Adijalamani, rey de Meroe, en la Baja Nubia. Estaba vinculado a los cultos de Amón e Isis y fue ampliándose bajo gobernantes ptolemaicos y, posteriormente, durante el dominio romano.

Egipto lo donó a España en 1968 como reconocimiento por la participación española en la campaña internacional de salvamento de los monumentos de Nubia amenazados por la construcción de la gran presa de Asuán. El edificio fue desmontado, trasladado y reconstruido en Madrid, donde abrió al público en su ubicación actual en 1972. Desde 2008 está declarado Bien de Interés Cultural.

Y ahí empezó una segunda vida con un clima que poco tiene que ver con Nubia. Heladas, lluvia, contaminación urbana, variaciones bruscas de temperatura y millones de visitantes sustituyeron al ambiente para el que aquellas piedras habían sido concebidas. El traslado salvó el templo de las aguas, pero también abrió una larga discusión sobre cómo conservarlo en Madrid.

El Ayuntamiento lleva años estudiando su estado. Desde 2015 se han realizado intervenciones, monitorización ambiental y trabajos de conservación, y posteriormente se elaboró un Plan de Conservación Preventiva para ordenar el seguimiento del monumento y detectar riesgos antes de que se transformen en daños mayores.

El gran obstáculo: Madrid no quería cubrir el templo

Aquí aparece la paradoja. La propuesta que acaba de ganar el concurso incluye precisamente una cubierta cuando el Ayuntamiento de Madrid ha mantenido durante los últimos años una posición bastante distinta. El Consistorio ha defendido que los estudios disponibles situaban al templo en condiciones razonables de conservación y que cubrir Debod supondría una alteración muy notable del paisaje urbano.

No es un debate menor. Proteger más puede significar transformar más. Una cubierta capaz de aislar el monumento del clima introduce necesariamente una presencia arquitectónica nueva alrededor de un edificio cuya silueta, especialmente al atardecer, forma parte del imaginario de Madrid. La protección absoluta, en patrimonio, rara vez llega sin factura visual.

Ahí está el nudo. La conservación patrimonial casi nunca ofrece soluciones completamente limpias: no intervenir también es una decisión, y cualquier intervención suficientemente eficaz corre el riesgo de modificar aquello mismo que pretende proteger. «Memoria suspendida» entra de lleno en esa tensión y propone resolverla mediante ligereza, reversibilidad y distancia respecto a la piedra histórica.

Una idea joven para un monumento de más de 2.000 años

«Memoria suspendida» no ha resuelto todavía el futuro del Templo de Debod, pero sí introduce una propuesta concreta en una discusión que Madrid mantiene desde hace años. Su apuesta consiste en sacar el museo del santuario, controlar el ambiente con una estructura ligera, recuperar la relación con la luz y utilizar el agua como vínculo con la memoria nubia del monumento.

Todo ello con una condición importante: es una idea premiada, no un proyecto municipal aprobado. Antes de convertirse en acero, ETFE, agua y obra pública tendría que atravesar decisiones patrimoniales, urbanísticas, técnicas y políticas bastante más prosaicas que un concurso de arquitectura.

Mientras tanto, la escena tiene algo difícil de ignorar. Una construcción iniciada hace más de 2.200 años en Nubia, desmontada piedra a piedra, trasladada a Madrid y reconstruida frente a la Casa de Campo acaba de encontrar una nueva propuesta para su futuro en el trabajo de un arquitecto de 23 años. A veces la conservación del pasado depende, precisamente, de alguien que acaba de llegar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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