Ciencia
Satélites: la circulación atlántica habría perdido un 14% de fuerza
Una investigación basada en satélites estima un debilitamiento del 14% de la circulación atlántica en tres décadas, con efectos climáticos inciertos.
Resumen
- Un estudio estima un debilitamiento del 14,2% de la circulación atlántica
- La pérdida de calor del Atlántico Norte se redujo un 18% entre 1985 y 2023
- Los efectos sobre el clima de Europa y España aún son inciertos
La circulación oceánica del Atlántico podría haberse debilitado alrededor de un 14% durante las últimas tres décadas, según una nueva investigación que combina observaciones por satélite, reconstrucciones atmosféricas y modelos climáticos. El resultado aporta indicios de que uno de los grandes sistemas de corrientes marinas del planeta está perdiendo intensidad, con posibles consecuencias para las temperaturas, las precipitaciones y los ecosistemas de Europa y otras regiones.
El trabajo, desarrollado por investigadores entre los que figuran Michael Bell y Richard Allan, estima que la circulación meridional de retorno del Atlántico (AMOC) ha perdido aproximadamente un 14,2% de fuerza en unos 30 años. No se trata de una medición directa de la velocidad del agua, sino de una estimación obtenida a partir de los cambios en el calor que el océano transfiere a la atmósfera. La investigación está disponible como publicación preliminar y todavía no ha completado la revisión por pares.
El hallazgo tiene especial importancia porque la AMOC funciona como uno de los grandes mecanismos de distribución del calor terrestre. Transporta aguas cálidas desde las latitudes tropicales hacia el Atlántico Norte y devuelve aguas más frías hacia el sur a mayor profundidad. Su funcionamiento influye en el clima europeo, la circulación atmosférica y el equilibrio de numerosos ecosistemas marinos.
Los científicos llevan décadas estudiando su posible debilitamiento, aunque demostrar una tendencia prolongada resulta complicado. Las corrientes experimentan fluctuaciones naturales que pueden durar años e incluso décadas. La nueva investigación intenta superar parte de esa dificultad mediante un indicador distinto: la pérdida de calor del Atlántico Norte.
Los satélites detectan una reducción del 18% en la pérdida de calor
El resultado más significativo del análisis procede de la evolución del intercambio energético entre el océano y la atmósfera. Los investigadores calculan que el calor liberado por el Atlántico Norte disminuyó aproximadamente un 18% entre 1985 y 2023.
Para obtener esa estimación estudiaron una extensa región oceánica comprendida entre los 26,5 y los 70 grados de latitud norte. Se trata de una zona fundamental para el transporte de energía desde las aguas subtropicales hacia las regiones más frías.
Los satélites permiten observar cómo cambia el balance energético del planeta, es decir, la diferencia entre la energía que recibe la Tierra y la que devuelve al espacio. El equipo combinó esos registros con reconstrucciones de las condiciones atmosféricas y simulaciones climáticas para calcular cómo ha evolucionado el intercambio de calor entre el mar y el aire.
La relación física es importante. Cuando la circulación oceánica transporta menos agua cálida hacia el norte, también puede disminuir la cantidad de energía disponible para transferirse a la atmósfera.
A partir de esa relación, los investigadores estimaron un debilitamiento de la AMOC del 14,2% durante aproximadamente tres décadas.
Hay una diferencia que conviene tener clara: el 18% corresponde a la reducción estimada del calor liberado por el océano, mientras que el 14,2% representa el debilitamiento calculado de la circulación. Son magnitudes distintas, aunque relacionadas.
Cómo funciona la circulación oceánica que regula el clima europeo
La AMOC es un sistema de corrientes que conecta distintas regiones y profundidades del océano Atlántico. Su funcionamiento depende de los vientos, las diferencias de temperatura y la salinidad del agua, factores que determinan su densidad.
En términos generales, las aguas relativamente cálidas y saladas avanzan hacia el norte por las capas superiores del océano. Durante su recorrido liberan calor, se enfrían y, en determinadas regiones, parte del agua adquiere suficiente densidad para hundirse.
Las aguas profundas regresan hacia latitudes meridionales, completando una circulación que contribuye a transportar enormes cantidades de energía.
La corriente del Golfo es solo una parte del sistema
La conocida corriente del Golfo forma parte de este mecanismo, pero no debe confundirse con toda la AMOC. La primera es una corriente oceánica impulsada en gran medida por los vientos y la circulación superficial; la segunda comprende un intercambio mucho más amplio entre las capas superiores y profundas del Atlántico.
Esta distinción importa porque un debilitamiento de la AMOC no implica que la corriente del Golfo vaya a detenerse por completo.
La circulación atlántica también participa en el transporte de oxígeno, nutrientes y carbono. Sus alteraciones pueden modificar las condiciones ambientales de numerosas especies marinas, incluso en regiones alejadas de los principales lugares donde se forman aguas profundas.
Qué ocurriría en Europa y España si el Atlántico sigue debilitándose
La consecuencia más directa de una AMOC más débil sería una redistribución del calor oceánico. El Atlántico Norte recibiría menos energía transportada desde regiones tropicales, lo que podría alterar las temperaturas superficiales del mar y determinados patrones atmosféricos.
Europa occidental figura entre las regiones especialmente sensibles. La circulación oceánica contribuye a mantener unas condiciones climáticas relativamente templadas, aunque no es el único factor: los vientos dominantes, la posición del continente y la circulación atmosférica también desempeñan funciones decisivas.
Un debilitamiento prolongado podría favorecer un enfriamiento relativo de algunas zonas del Atlántico Norte respecto a un escenario con una circulación estable. Eso no significa necesariamente que Europa vaya a enfriarse en términos absolutos, porque el calentamiento global sigue actuando simultáneamente.
Para España, las posibles consecuencias están relacionadas principalmente con cambios en las precipitaciones, las temperaturas y los patrones de circulación atmosférica del Atlántico.
La península ibérica depende en buena medida de la posición de las borrascas atlánticas, los anticiclones y las corrientes de aire que transportan humedad desde el océano. Una modificación importante de la AMOC podría influir indirectamente en esos mecanismos.
Sin embargo, el estudio no permite anticipar cambios concretos en las lluvias o las temperaturas españolas, ni establecer cuándo podrían producirse. Para eso serían necesarias simulaciones regionales que incorporasen diferentes escenarios de evolución de las corrientes oceánicas.
Los efectos potenciales tampoco se limitarían a Europa. Una disminución importante del transporte oceánico de calor podría modificar las precipitaciones tropicales, afectar a regiones africanas y contribuir a cambios regionales del nivel del mar, especialmente en la costa oriental de Estados Unidos.
Los científicos aún no consideran demostrado el debilitamiento del 14%
La nueva estimación se suma a otras investigaciones que apuntan a una pérdida de intensidad de la AMOC, pero mantiene un margen considerable de incertidumbre.
El cálculo central del 14,2% presenta una incertidumbre estimada de ±13,9 puntos porcentuales. Esta amplitud obliga a interpretar el resultado con cautela: el valor principal representa la mejor estimación del equipo, no una medida exacta e indiscutible de cuánto se ha debilitado el sistema.
La investigación tampoco ha superado todavía la revisión por pares, el procedimiento mediante el cual especialistas independientes examinan los métodos y resultados antes de su publicación definitiva en una revista científica.
Existen, no obstante, observaciones directas que permiten comparar tendencias.
El programa internacional RAPID mide la circulación atlántica aproximadamente a 26,5 grados de latitud norte desde 2004. Sus registros constituyen una de las referencias principales para estudiar las variaciones de la AMOC.
El 20 de octubre de 2026, el National Oceanography Centre británico comunicó que las observaciones más recientes continuaban mostrando una tendencia descendente. La tasa estimada se situaba en 0,7 sverdrups menos por década, con una incertidumbre de ±0,6. Un sverdrup equivale a un millón de metros cúbicos de agua por segundo.
Aunque estos datos respaldan la existencia de una tendencia al debilitamiento en esa latitud, los responsables del programa consideran necesario prolongar las mediciones, al menos hasta 2034, para distinguir con mayor seguridad las fluctuaciones naturales de los efectos del cambio climático provocado por la actividad humana.
No todas las regiones del Atlántico muestran la misma evolución
La situación es más compleja cuando se examinan otras latitudes.
Una investigación publicada en mayo de 2026 en la revista Ocean Science, basada en observaciones del Atlántico Norte subpolar entre 2004 y 2024, no encontró una tendencia de debilitamiento estadísticamente significativa durante ese periodo.
Otros estudios, por el contrario, han identificado una reducción del transporte profundo de agua en el borde occidental del Atlántico Norte.
Estas diferencias no significan necesariamente que las investigaciones sean incompatibles. Los científicos analizan regiones distintas, periodos diferentes y componentes concretos de un sistema oceánico que no evoluciona de manera uniforme.
Precisamente por eso resulta relevante incorporar nuevas técnicas de observación. La combinación de satélites, instrumentos submarinos y modelos físicos permite contrastar resultados y reducir la dependencia de un único método.
El debilitamiento no significa que el Atlántico esté a punto de colapsar
La posibilidad de que la circulación atlántica alcance un punto de inflexión constituye uno de los principales riesgos climáticos investigados durante los últimos años.
Un punto de inflexión se produce cuando un sistema supera un umbral crítico y experimenta cambios importantes que pueden resultar difíciles de revertir. En el caso de la AMOC, determinados modelos indican que un aporte suficiente de agua dulce y una alteración de las diferencias de densidad podrían desestabilizar su funcionamiento.
El deshielo de Groenlandia es uno de los factores estudiados. Al incorporar agua dulce al Atlántico Norte, puede reducir la salinidad de determinadas regiones y dificultar algunos procesos de formación de aguas profundas.
No obstante, el debilitamiento progresivo y el colapso son fenómenos diferentes.
La investigación basada en satélites no demuestra que el colapso sea inminente, tampoco identifica una fecha para una posible interrupción de la circulación ni establece que se haya alcanzado un umbral irreversible.
Los modelos climáticos proyectan, en general, un debilitamiento de la AMOC a medida que aumenta el calentamiento global, pero persisten desacuerdos sobre su magnitud, velocidad y riesgo de desestabilización abrupta.
El comportamiento de las corrientes depende de numerosos procesos oceánicos y atmosféricos. Algunos pueden intensificar las alteraciones iniciales y otros compensarlas parcialmente.
La vigilancia del Atlántico gana importancia ante el cambio climático
La principal aportación del nuevo estudio consiste en ampliar las herramientas disponibles para observar la evolución de la circulación atlántica durante periodos superiores a los cubiertos por buena parte de las mediciones submarinas continuas.
Si el método demuestra suficiente fiabilidad, el seguimiento del intercambio de calor entre el océano y la atmósfera podría convertirse en un instrumento complementario para detectar cambios prolongados en la AMOC.
No sustituiría a las observaciones directas, pero permitiría contrastarlas con una perspectiva diferente y ayudaría a identificar alteraciones difíciles de distinguir mediante registros relativamente cortos.
El resultado de un posible debilitamiento del 14% en unos 30 años refuerza la necesidad de estudiar cómo está respondiendo el Atlántico al calentamiento global. Su importancia no reside en anunciar una interrupción inmediata de las corrientes, sino en aportar otra señal cuantificable de un sistema climático cuya evolución sigue rodeada de incertidumbres.
Y esa es, precisamente, la cuestión de fondo: determinar si los cambios observados forman parte de las oscilaciones naturales del océano o reflejan una transformación persistente de la circulación que condiciona el clima a ambos lados del Atlántico.
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