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Redes sociales, ayudas y debates: así logró Lula remontar a Bolsonaro
De perder la primera vuelta a ganar la segunda: Lula cambió el rumbo con movilización digital, medidas sociales y debates ante Flávio Bolsonaro.
Foto: Gerdan / Câmara dos Deputados (CC BY 3.0).
Resumen
- Lula remontó casi dos puntos de desventaja en solo tres semanas
- Las redes sociales y la movilización callejera reactivaron a sus votantes
- Las ayudas del Gobierno y dos debates completaron el giro electoral
La histórica remontada de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil no fue fruto de un único golpe de suerte. En apenas 21 días, el presidente brasileño consiguió cambiar una campaña que tenía cuesta arriba mediante tres movimientos decisivos: recuperar las calles y las redes sociales, reforzar las ayudas económicas a las familias y aprovechar los debates televisados frente a Flávio Bolsonaro. Esa combinación explica buena parte de una victoria que parecía improbable después de la primera vuelta.
El cambio resulta especialmente llamativo por las cifras. El 4 de octubre, Bolsonaro había obtenido el 47,03 % de los votos frente al 45,16 % de Lula. Algunas encuestas llegaron a situar al presidente cuatro puntos por detrás de su rival antes de la segunda vuelta. Sin embargo, el 25 de octubre consiguió imponerse con el 51,79 % de los sufragios. Sumó unos 10,3 millones de votos adicionales y superó a Bolsonaro por más de 4,4 millones. Nunca antes un candidato brasileño había conseguido remontar una derrota en la primera vuelta desde la adopción del actual sistema electoral.
El resultado sorprendió por la velocidad del cambio, aunque los especialistas en comportamiento electoral señalan que había indicios de una transformación profunda de la campaña. Lula dejó atrás una movilización relativamente fría, recuperó a sectores de su electorado que parecían desanimados y consiguió disputar espacios donde la derecha llevaba años mostrando una notable superioridad. También utilizó las ventajas de gobernar. No todos los factores tuvieron necesariamente el mismo peso, pero juntos permiten entender cómo cambió el equilibrio electoral en tres semanas.
Primera clave: Lula recuperó las calles y conquistó terreno en las redes sociales
La primera explicación de la remontada está en la movilización de sus seguidores. Antes de la primera vuelta, la campaña de Lula había mostrado dificultades para entusiasmar a una parte de la izquierda brasileña. El presidente contaba con una base electoral amplia, pero no conseguía trasladar ese respaldo a una participación especialmente activa en las calles.
La derrota del 4 de octubre cambió esa dinámica. Organizaciones estudiantiles, movimientos sociales y simpatizantes comenzaron a organizar concentraciones en distintas ciudades del país. São Paulo se convirtió en uno de los principales escenarios de esa recuperación, con una multitudinaria manifestación en la avenida Paulista durante la víspera de la segunda vuelta.
El politólogo brasileño Antonio Lavareda considera que esta reacción fue fundamental para devolver el entusiasmo a la campaña. La izquierda, que llevaba años sin protagonizar movilizaciones de semejante magnitud, volvió a ocupar el espacio público. No se trataba únicamente de reunir a los convencidos, sino de transmitir la sensación de que la victoria continuaba siendo posible.
La profesora de Ciencia Política Magna Inácio, de la Universidad Federal de Minas Gerais, destaca especialmente la participación de votantes jóvenes que habían mostrado cierta apatía. La campaña consiguió implicar a sectores que hasta entonces permanecían menos activos. Esa movilización no demuestra por sí sola cuántos votos cambió de manos, pero sí constituye una de las diferencias más visibles entre las dos vueltas.
El Ejército de Lula en WhatsApp pasó de 50.000 a más de 10 millones de seguidores
La transformación digital fue todavía más significativa. Durante años, el bolsonarismo había construido una maquinaria de comunicación muy eficaz en WhatsApp y otras plataformas. Lula llegaba a la segunda vuelta con una presencia digital que los analistas consideraban insuficiente para competir con la derecha.
Ahí apareció André Janones, diputado de izquierdas que convirtió un canal de WhatsApp creado meses antes, denominado Ejército de Lula, en una plataforma de movilización electoral. Según las cifras comunicadas por el propio Janones, el canal pasó de unos 50.000 seguidores en la primera vuelta a superar los 10 millones antes de la segunda.
La estrategia no consistió simplemente en publicar mensajes a favor del presidente. Los participantes recibían propuestas de acciones concretas para difundir contenidos, responder a los argumentos de la oposición y movilizar a otros ciudadanos. Se buscaba transformar la simpatía política en una actividad constante, tanto dentro como fuera de internet.
Lula también adaptó su comunicación. Comenzó a difundir vídeos más informales, grabados directamente para las redes, con mensajes más breves y cercanos. El cambio se reflejó en el índice de popularidad digital de la encuestadora Quaest, en el que Lula consiguió superar a Flávio Bolsonaro durante el periodo comprendido entre ambas votaciones.
El propio presidente reconoció la importancia de Janones en su primer discurso tras la victoria y le agradeció su contribución a recuperar el ánimo de los simpatizantes. La campaña había entendido que una elección muy ajustada podía depender también de algo tan elemental como conseguir que sus partidarios participaran y convencieran a quienes tenían cerca.
Segunda clave: las ayudas sociales y las ventajas de gobernar
La segunda pieza de la remontada fue económica. Lula no era un candidato de la oposición que tuviera que limitarse a prometer cambios. Era el presidente del país y disponía de capacidad para adoptar decisiones con consecuencias inmediatas sobre la vida de millones de brasileños.
Entre la primera y la segunda vuelta, su Gobierno impulsó medidas dirigidas especialmente a las familias de menores ingresos, uno de los principales grupos de apoyo del Partido de los Trabajadores. Una de las más importantes fue el aumento y adelanto de los pagos de Bolsa Família, el programa de transferencias económicas destinado a hogares vulnerables. Se estimaba que más de 19 millones de familias podían beneficiarse de esas ayudas.
El Ejecutivo también amplió un programa de alivio financiero para familias endeudadas y reforzó los subsidios a los combustibles con el objetivo de contener las consecuencias del encarecimiento del petróleo. En un país donde millones de ciudadanos dependen de ingresos modestos, estas decisiones tenían una repercusión directa sobre el presupuesto doméstico.
Hubo otra iniciativa con un importante valor político: el Senado brasileño aprobó antes de las elecciones una propuesta para reducir la semana laboral de 44 a 40 horas y pasar del esquema habitual de seis días de trabajo a cinco. La aprobación de esa propuesta no suponía su aplicación inmediata, pero permitió colocar las condiciones laborales en el centro de la discusión electoral.
La cuestión es que gobernar durante una campaña concede una ventaja que no tiene el adversario. Lula pudo presentar actuaciones concretas mientras Bolsonaro debía explicar qué haría si llegaba al poder. Las medidas reforzaron el perfil social del presidente, aunque su impacto electoral exacto no puede medirse de manera aislada.
Estas decisiones también suscitaron críticas. En un contexto de crecimiento de la deuda pública y deterioro de las cuentas fiscales, sectores empresariales y economistas independientes cuestionaron el coste de ampliar el gasto y la oportunidad de adoptar determinadas medidas justo antes de las elecciones.
La discusión sobre su conveniencia económica sigue abierta. Lo que resulta evidente es que Lula consiguió que las ayudas a las familias, los salarios y las condiciones laborales ocuparan una posición destacada durante las semanas decisivas de la campaña, precisamente los asuntos con los que históricamente ha construido buena parte de su base electoral.
Tercera clave: dos debates que favorecieron la imagen de Lula
El último elemento fue la confrontación directa entre los candidatos. Lula y Flávio Bolsonaro habían evitado debatir cara a cara durante la primera vuelta, pero antes de la votación definitiva participaron en dos encuentros televisados. El segundo se celebró el 23 de octubre, apenas dos días antes de las elecciones, en TV Globo.
Los analistas no identificaron un vencedor indiscutible en esos debates. Sin embargo, varios episodios permitieron a Lula conectar emocionalmente con una parte del electorado y obligaron a su rival a defenderse en situaciones incómodas. El más significativo comenzó con un ataque personal de Bolsonaro que acabó favoreciendo al presidente.
Durante el debate, el senador llamó a Lula «nueve dedos», en referencia al meñique de la mano izquierda que perdió en un accidente laboral en 1964, cuando trabajaba como obrero metalúrgico. El presidente aprovechó el comentario para recordar su pasado como trabajador industrial y denunció las consecuencias de los accidentes laborales.
Lula exigió una disculpa a su adversario, que finalmente se la ofreció. El episodio permitió al presidente recuperar ante millones de espectadores una parte esencial de su identidad política: sus orígenes obreros y su vinculación con los trabajadores. Un comentario pensado para desacreditarlo terminó abriendo una discusión en la que se encontraba especialmente cómodo.
Otro momento delicado llegó cuando Lula recordó la muerte de Ana Clara, una niña de cinco años que recibió un disparo durante una operación policial en Niterói, en 2021. El presidente cuestionó a Bolsonaro por haber ejercido como abogado defensor del agente acusado en aquel caso y señaló que la madre de la menor se encontraba presente en el estudio.
Bolsonaro defendió su actuación profesional y sostuvo que el agente no había efectuado el disparo mortal. Sin embargo, al dirigirse a la madre confundió su nombre con el de la niña. El episodio desplazó momentáneamente la discusión sobre seguridad pública, uno de los principales argumentos electorales de la derecha, hacia las consecuencias humanas de la violencia policial.
Antonio Lavareda considera que estos dos momentos resultaron especialmente desfavorables para Bolsonaro en el terreno emocional, aunque el desempeño de ambos candidatos fue más equilibrado en otros aspectos del debate.
No existe una manera fiable de establecer cuántos ciudadanos modificaron su voto por lo ocurrido en televisión. Aun así, en una campaña tan ajustada, la capacidad de Lula para aprovechar los errores de su rival y recordar su trayectoria personal contribuyó a reforzar una imagen que ya había comenzado a recuperar mediante la movilización social.
Las cifras muestran hasta dónde llegó la remontada electoral
La mejor manera de apreciar el alcance del cambio es comparar las dos votaciones. Lula pasó de aproximadamente 53,9 millones de votos en la primera vuelta a 64.256.232 sufragios en la segunda. Su rival, Flávio Bolsonaro, terminó con 59.826.041 apoyos, pese a haber partido con ventaja.
La participación también aumentó. Alrededor de tres millones de brasileños más acudieron a las urnas respecto al 4 de octubre y la abstención descendió del 21,08 % al 19,22 %. Fue un cambio relevante en unas elecciones en las que el voto es obligatorio para buena parte de la población adulta.
Conviene distinguir dos fenómenos. Lula ganó unos 10,3 millones de votos entre las dos rondas, pero eso no significa que todos procedieran de ciudadanos que anteriormente se habían abstenido. El incremento de participación explica una parte del resultado. Otra procede de la redistribución de los votos de candidatos eliminados y de posibles cambios de preferencia entre quienes participaron en ambas vueltas.
Bolsonaro había obtenido el 47,03 % de los votos en la primera ronda y contaba con apoyos políticos de candidaturas que, en conjunto, habían reunido más del 5 % de los sufragios. Sobre el papel, su posición era favorable. Pero esas adhesiones no garantizaban que los votantes siguieran automáticamente las recomendaciones de sus candidatos.
La campaña de Lula consiguió ampliar su respaldo en una proporción suficiente para superar esa ventaja inicial. Las movilizaciones, la ofensiva digital, las medidas sociales y los debates ayudan a explicar el cambio, pero ningún dato permite asignar un porcentaje preciso de la victoria a cada factor. Atribuir todo el resultado a WhatsApp, a las ayudas o a un intercambio televisivo sería simplificar demasiado lo ocurrido.
La remontada demuestra el peso de la movilización en un Brasil dividido
La victoria de Lula deja una enseñanza política que va más allá de Brasil: una ventaja electoral puede desaparecer en pocas semanas si cambia la capacidad de movilización de los candidatos. El presidente no necesitó reinventar completamente su programa. Consiguió recuperar la iniciativa, implicar a sus seguidores y conectar con preocupaciones económicas muy concretas.
Su condición de gobernante le permitió actuar sobre esas preocupaciones, mientras que los debates le ofrecieron la oportunidad de recuperar protagonismo personal. La campaña pasó de una posición defensiva a otra mucho más activa. Fue una combinación de organización política, comunicación digital, decisiones de gobierno y presencia pública.
La remontada no significa que el bolsonarismo haya perdido su fuerza. Flávio Bolsonaro reunió casi 60 millones de votos y dejó claro que la derecha mantiene una base electoral enorme. Brasil continúa dividido en dos grandes bloques que discrepan profundamente sobre el rumbo económico, la seguridad y el papel del Estado.
A sus 81 años, Lula ha conseguido una victoria que pocos consideraban probable después de la primera vuelta. Su mérito electoral estuvo en comprender que la campaña no podía seguir funcionando de la misma manera y en modificarla cuando todavía quedaban tres semanas para votar. La movilización recuperó votantes, las medidas sociales reforzaron su mensaje y los debates le devolvieron iniciativa. Esas son las tres piezas que mejor explican cómo convirtió una derrota inicial en su cuarto mandato presidencial.
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