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Maradona: las pruebas clave contra los médicos acusados por su muerte
El juicio por Maradona llega a los alegatos finales con pruebas que comprometen de forma desigual a los médicos y responsables de su cuidado
Foto: Juano Tesone, CC BY-SA 4.0.
Resumen
- El juicio entra en su fase decisiva con siete profesionales acusados
- Luque, Cosachov, Forlini y Di Spagna concentran las pruebas más duras
- El tribunal deberá decidir quién conoció el riesgo y no actuó a tiempo
El juicio por la muerte de Diego Armando Maradona entra en su tramo decisivo con una cuestión que atraviesa meses de testimonios, peritajes, mensajes y audios: hasta qué punto quienes debían cuidarlo pudieron prever el deterioro que terminó con su vida y, sobre todo, si hicieron lo necesario para evitarlo. Este 8 de octubre comienzan los alegatos finales ante el Tribunal Oral en lo Criminal número 7 de San Isidro, después de 45 audiencias y más de un centenar de declaraciones entre testigos e imputados.
La situación no es idéntica para los siete profesionales sentados en el banquillo. Leopoldo Luque, Agustina Cosachov, Nancy Forlini y Pedro Di Spagna concentran buena parte de las pruebas discutidas durante el proceso, mientras que contra el psicólogo Carlos Díaz, el coordinador de enfermeros Mariano Perroni y el enfermero Ricardo Almirón la acusación ha mostrado elementos de menor peso. Todos afrontan, no obstante, una imputación por homicidio simple con dolo eventual, un delito que en Argentina puede acarrear entre ocho y 25 años de prisión.
Una internación domiciliaria que quedó en el centro del juicio
Maradona había sido operado de un hematoma subdural y salió de la Clínica Olivos el 11 de noviembre de 2020. En lugar de continuar su recuperación en un centro sanitario, fue trasladado a una vivienda de Tigre donde permaneció hasta su muerte, el 25 de noviembre, con un dispositivo de atención domiciliaria cuya organización se ha convertido en el corazón del proceso.
Ahí aparece la gran discusión jurídica. No basta con demostrar que aquella asistencia fue deficiente; el tribunal deberá decidir quién tenía capacidad real de decisión, qué señales clínicas conocía cada acusado y si alguno aceptó conscientemente un riesgo grave para la vida del paciente.
El dolo eventual no significa que los médicos quisieran que Maradona muriese. La acusación debe sostener algo distinto y bastante más complejo: que conocían un peligro relevante, que podían representarse un desenlace fatal y que, pese a ello, continuaron actuando —o dejando de actuar— de una forma incompatible con ese riesgo.
Es una frontera delicada entre la mala praxis y la responsabilidad penal. Y ahí se jugará buena parte del veredicto.
Leopoldo Luque y la batalla por determinar quién mandaba
El caso de Leopoldo Luque es probablemente el más cargado de pruebas y contradicciones. Su defensa ha insistido en que no ejercía como médico de cabecera durante la internación domiciliaria. El problema para esa tesis es que decenas de testigos lo describieron como una figura central en el tratamiento de Maradona y él mismo reconoció que había sido uno de sus médicos de confianza y que coordinaba múltiples aspectos de su atención.
También se examinó su participación en la decisión de trasladar al exfutbolista a una vivienda. Durante el juicio apareció acreditado que Luque intervino en las conversaciones con la familia para impulsar esa modalidad de recuperación. Los mensajes incorporados a la causa han alimentado, además, la sospecha de que alrededor de aquella decisión podían existir intereses económicos.
Pero la defensa dispone de un dato nada menor: Maradona tampoco quería permanecer ingresado en una clínica. Su personalidad, sus negativas a recibir determinados cuidados y su capacidad para rechazar tratamientos atravesaron el proceso de principio a fin.
La cuestión cardiológica complica todavía más el cuadro. Poco antes de morir se habían realizado estudios con resultados que no anticipaban de manera evidente un desenlace fatal y, cuando fue intervenido del hematoma subdural, los anestesiólogos habían estimado un riesgo cardíaco bajo. A favor de Luque pesa también la hipótesis sostenida por peritos de la defensa de que la muerte pudo responder a un episodio agudo e imprevisible.
Del otro lado están los antecedentes de Maradona, muy severos. Padecía una cardiopatía crónica, había dejado de tomar medicación para la hipertensión y durante el juicio se discutió que Luque habría obstaculizado la realización de un estudio cardiológico más profundo.
Y aparece un audio difícil de ignorar. Cuando el masajista del exfutbolista alertó sobre su hinchazón, Luque respondió que “ya se va a deshinchar”. Después acudió a visitarlo y sostiene que no encontró signos preocupantes. Es precisamente esa sucesión —advertencia, evaluación y ausencia de una intervención más contundente— la que deberá interpretar el tribunal.
Cosachov: el tratamiento funcionó en una parte, pero no en toda
La posición de Agustina Cosachov, psiquiatra de Maradona, tiene claroscuros distintos. Su tratamiento perseguía principalmente estabilizar los problemas derivados de las adicciones del exfutbolista y, desde ese punto de vista, existe una prueba objetiva favorable: Maradona murió sin alcohol ni drogas en la sangre.
Distintos peritos consideraron coherente el esquema psicofarmacológico aplicado. Cosachov también intentó mantener contacto con el personal de enfermería de la casa, incluso cuando desde la estructura encargada de la internación domiciliaria se había limitado esa comunicación directa.
Hay, sin embargo, decisiones incómodas para la defensa. Cosachov figuraba junto a Luque como “médica tratante” y ambos firmaron la documentación de salida de la clínica. Durante el juicio se estableció que aquella documentación fue firmada sin leerla íntegramente y que el dispositivo finalmente contratado ofrecía menos prestaciones de las solicitadas originalmente.
La psiquiatra ha defendido que una clínica habría sido una opción mejor para Maradona, pero también que no existían las condiciones legales necesarias para internarlo contra su voluntad por motivos psiquiátricos. Varios testimonios respaldaron ese punto.
Y esa es una de las grandes paradojas del caso: médicos que consideraban preferible un entorno clínico, un paciente que rechazaba ciertas intervenciones y una internación domiciliaria que, una vez puesta en marcha, funcionó con responsabilidades fragmentadas y comunicaciones rotas.
Forlini y un WhatsApp que puede resultar decisivo
La médica Nancy Forlini, coordinadora de cuidados domiciliarios de Swiss Medical, aparece en otro de los episodios más comprometidos del proceso.
Forlini actuaba como enlace entre la compañía y los profesionales que atendían a Maradona. Durante el juicio aseguró que Luque y Cosachov eran los médicos tratantes y que tenían capacidad de decisión sobre el paciente. Ellos, por su parte, han tratado de situar sobre Forlini una parte considerable de la responsabilidad operativa del dispositivo. La fotografía que emerge es poco edificante: cuando llega el momento de determinar quién mandaba, casi todos miran hacia la silla de al lado.
Uno de los elementos más delicados es la comunicación con los enfermeros. Forlini prohibió al equipo contactar directamente con los médicos de Maradona y llegó a advertir al responsable de enfermería de las consecuencias de saltarse esa instrucción.
Más grave todavía puede ser lo ocurrido durante las últimas horas. La coordinadora tuvo conocimiento, a través de un grupo de WhatsApp, de que Maradona presentaba taquicardia la noche anterior a morir. Luque y Cosachov no estaban dentro de ese grupo. Según lo expuesto durante el juicio, no se adoptó entonces una medida urgente que modificara el curso de la asistencia.
Para la acusación, ese episodio permite construir una secuencia sencilla: había una señal clínica, alguien la conoció y la respuesta fue insuficiente. Para la defensa, todavía queda por demostrar que aquella taquicardia permitía prever la muerte y que Forlini poseía realmente la autoridad médica que ahora se le atribuye.
Di Spagna: pidió estudios, pero la visita llegó demasiado tarde
El médico clínico Pedro Di Spagna ocupa una posición peculiar. Vio a Maradona el 12 de noviembre como interconsultor de Swiss Medical y solicitó pruebas que finalmente no llegaron a realizarse.
Intentó examinarlo de nuevo seis días después, el 18 de noviembre, pero Maradona rechazó la consulta. Ahí aparece uno de los argumentos más sólidos de su defensa: el médico quiso verlo y el propio paciente se negó.
La siguiente visita fue aplazándose. Primero se habló de esperar unos días y finalmente quedó programada para el 25 de noviembre, precisamente la jornada en que murió Maradona.
Di Spagna ha insistido en que carecía de autonomía para entrar en la vivienda cuando quisiera y que dependía de las instrucciones del dispositivo coordinado por Forlini. “Ponerme en el rol de médico tratante es indignante”, sostuvo ante el tribunal durante su última declaración.
Pero comparte con Forlini un problema importante: también recibió información sobre la taquicardia registrada antes del fallecimiento y no interpretó aquella señal como una emergencia que exigiera modificar el plan previsto.
Otra vez la misma cuestión. No se juzga únicamente lo que cada profesional hizo, sino lo que podía razonablemente entender con la información que tenía en ese momento.
Tres acusados llegan con un expediente mucho más ligero
El psicólogo Carlos Díaz, el coordinador de enfermeros Mariano Perroni y el enfermero Ricardo Almirón completan el grupo de siete acusados en este juicio.
A diferencia de Luque, Cosachov, Forlini y Di Spagna, durante las audiencias no han emergido contra ellos elementos de una intensidad comparable. Eso no supone que estén absueltos de antemano, naturalmente, pero sí obliga a individualizar las responsabilidades: una condena penal no puede construirse sobre la simple pertenencia a un equipo médico.
La enfermera Dahiana Gisela Madrid, también imputada en la causa por la muerte del exfutbolista, quedó fuera de este proceso porque optó por ser juzgada mediante un jurado popular. Su procedimiento todavía no tiene fecha definitiva.
El segundo juicio tras el escándalo que anuló el primero
Todo este debate llega después de un episodio judicial insólito incluso para una causa acostumbrada al ruido.
El primer juicio por la muerte de Maradona fue declarado nulo en mayo de 2025 después de conocerse que una de las juezas, Julieta Makintach, había permitido la grabación de material relacionado con un documental durante el proceso sin el consentimiento de las partes. La nulidad obligó a empezar prácticamente desde cero ante un tribunal distinto.
El nuevo juicio arrancó el 14 de abril de 2026 y está presidido por los jueces Alberto Gaig, Alberto Ortolani y Pablo Rolón. Tras meses de testimonios, peritajes y declaraciones de los propios acusados, la producción de prueba ha terminado. Desde este jueves comienza otra cosa: interpretarla.
Los fiscales Patricio Ferrari y Cosme Iribarren abren los alegatos finales. Después intervendrán las querellas y, entre el 20 y el 22 de octubre, las defensas. Una vez escuchadas las últimas palabras de los acusados, el tribunal deberá deliberar.
Lo que realmente tendrá que decidir el tribunal
A Maradona no le faltaban médicos alrededor; ésa es quizá una de las imágenes más desconcertantes que deja el proceso. Había especialistas, coordinadores, enfermeros, una empresa de medicina privada, familiares y asistentes. Y, sin embargo, durante aquellos últimos días se fue formando una especie de tierra de nadie clínica, con órdenes cruzadas, comunicaciones restringidas, estudios pendientes y responsabilidades que ahora cada acusado intenta delimitar.
La Fiscalía deberá demostrar mucho más que una atención deficiente. Para obtener condenas por homicidio con dolo eventual necesitará convencer a los jueces de que determinados acusados conocieron un peligro concreto para la vida de Maradona y aceptaron continuar sin neutralizarlo.
Las defensas tratarán de desmontar precisamente ese puente: recordarán los estudios previos, las negativas del propio Maradona a recibir determinadas atenciones, la posibilidad de una muerte repentina y la dispersión de competencias entre profesionales.
Seis años después, el tribunal ya no tiene que averiguar únicamente por qué murió Diego Maradona. Eso, médicamente, ha ocupado miles de páginas. Lo que debe establecer es algo más incómodo: quién tenía la responsabilidad de actuar cuando todavía estaba vivo, qué sabía entonces y hasta dónde podía llegar. Ahí está el verdadero juicio.
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