Síguenos

Mundo

Trump, Putin y Xi podrían reunirse en Shenzhen por el desarme nuclear

La cumbre de la APEC en Shenzhen podría reunir a Trump, Putin y Xi en noviembre. El desarme nuclear y el futuro de Ucrania marcan las diferencias.

Publicado

el

Trump, Putin y Xi

Resumen

  • La posible cita entre Trump, Putin y Xi en Shenzhen sigue sin confirmarse
  • Estados Unidos prioriza el desarme nuclear y Rusia quiere hablar de Ucrania
  • Europa teme quedar fuera de conversaciones que afectan a su seguridad

La posibilidad de que Donald Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping se reúnan en Shenzhen los días 18 y 19 de noviembre de 2026 ha abierto un debate sobre el futuro de las relaciones internacionales. Rusia ha impulsado la celebración de una cumbre trilateral durante el foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), Washington se ha mostrado dispuesto a participar y China, anfitriona del encuentro, mantiene la cautela. La reunión todavía no está confirmada, pero su planteamiento ya tiene importantes implicaciones diplomáticas.

El encuentro podría abordar el desarme nuclear, la guerra de Ucrania y las relaciones entre las tres grandes potencias, aunque existen diferencias sobre las prioridades de negociación. Trump quiere centrarse en el control de las armas nucleares, mientras que Moscú ha planteado la posibilidad de discutir el conflicto ucraniano. Pekín no ha anunciado una agenda ni ha confirmado públicamente su disposición a celebrar la reunión a tres bandas.

La expectativa ha reactivado una idea de considerable alcance: la posibilidad de que Shenzhen represente el comienzo de un sistema internacional distinto al surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Algunos analistas chinos han comparado este escenario con la Conferencia de Yalta de 1945, cuando Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido negociaron aspectos decisivos de la organización de la posguerra.

Sin embargo, el denominado «Sistema Internacional de Shenzhen» es una hipótesis geopolítica, no un acuerdo existente. No hay un tratado, una institución ni unas reglas compartidas que permitan hablar de un nuevo orden mundial. Lo que sí existe es un intento de explorar mecanismos de entendimiento entre tres países cuyos intereses coinciden en algunos asuntos y chocan frontalmente en otros.

La diferencia es sustancial. Una reunión podría contribuir a reducir tensiones internacionales sin modificar las estructuras de poder. También podría convertirse en un espacio donde las grandes potencias negocien cuestiones que afectan directamente a países ausentes. Y ahí aparece uno de los principales temores europeos: que el futuro de Ucrania o de la seguridad continental se discuta sin participación de sus principales afectados.

Canal oficial
El Folio en WhatsApp
Recibe las noticias más importantes, alertas y última hora.

La cumbre de Shenzhen: qué está confirmado y qué falta por negociar

La reunión de líderes de la APEC está convocada oficialmente para el 18 y 19 de noviembre en Shenzhen, una de las principales ciudades tecnológicas e industriales de China. El organismo reúne a 21 economías de Asia y el Pacífico, entre ellas Estados Unidos, Rusia y China, y constituye uno de los principales espacios de cooperación comercial de la región.

El 19 de octubre, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, reconoció que se había planteado una reunión trilateral, aunque precisó que no existían acuerdos concretos sobre su celebración, formato o contenido. Dos días después, el asesor presidencial ruso Yuri Ushakov aseguró que los anfitriones chinos estaban preparando las condiciones para un posible encuentro. El 25 de octubre, Ushakov volvió a afirmar que los preparativos habían comenzado y que los tres gobiernos estaban dispuestos, en principio, a reunirse.

Trump también manifestó el 19 de octubre su disposición a participar. El presidente estadounidense señaló que estaría dispuesto a sentarse con Xi y Putin para abordar cuestiones nucleares y que, probablemente, también podrían hablar de comercio.

La respuesta de Pekín ha sido mucho más prudente. El Ministerio de Exteriores chino, a través de su portavoz Mao Ning, declaró el 20 y el 21 de octubre que no tenía información que ofrecer sobre la posible reunión. China sí ha dado la bienvenida a la participación de Putin en la APEC, pero eso no supone una confirmación del encuentro trilateral.

La cumbre de la APEC está programada; la reunión entre los tres presidentes continúa pendiente. Para que se celebre, las partes tendrían que consensuar al menos un formato de negociación y unos asuntos que ninguna considere inaceptables.

Hay otro elemento relevante: la APEC no es una organización de seguridad internacional. Su actividad se centra en el comercio, la inversión y la cooperación económica, mediante compromisos voluntarios. Una negociación sobre armas nucleares o Ucrania sería un encuentro diplomático paralelo, no una decisión adoptada por sus 21 miembros.

El desarme nuclear, la principal oportunidad de acuerdo

El control de armamento nuclear constituye el terreno más concreto para una negociación entre Washington, Moscú y Pekín. También uno de los más complicados.

El 5 de febrero de 2026 expiró el tratado New START, el último gran acuerdo bilateral que establecía límites jurídicamente vinculantes a los arsenales nucleares estratégicos desplegados por Estados Unidos y Rusia. Su desaparición dejó a ambas potencias sin ese marco de restricciones y verificación.

La situación resulta especialmente delicada por la modernización de los arsenales nucleares y el deterioro de los mecanismos internacionales de confianza.

Según las estimaciones publicadas en junio de 2026 por el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI), el inventario mundial alcanzaba unas 12.187 cabezas nucleares al comenzar el año.

Las cifras reflejan una distribución muy desigual. Rusia disponía de aproximadamente 5.420 cabezas nucleares en su inventario total, Estados Unidos de 5.042 y China de unas 620. Son estimaciones que incluyen distintas categorías de armamento, no exclusivamente las armas desplegadas y listas para su utilización.

China posee un arsenal considerablemente menor que el de las otras dos potencias, aunque está ampliando sus capacidades. Esta diferencia explica uno de los principales obstáculos para cualquier negociación conjunta.

Pekín ha rechazado tradicionalmente participar en acuerdos de reducción nuclear planteados en términos similares a los de Washington y Moscú, precisamente porque considera que sus arsenales no son equiparables.

Un posible entendimiento no tendría que comenzar necesariamente con reducciones de armamento. Podría centrarse en medidas de transparencia, comunicación entre mandos militares y prevención de incidentes capaces de desencadenar una escalada.

Serían resultados modestos frente a las expectativas de un nuevo sistema internacional, pero relevantes en un momento en el que los mecanismos tradicionales de control nuclear están debilitados.

Por qué Shenzhen empieza a compararse con Yalta

La expresión «Sistema Internacional de Shenzhen» pertenece todavía al terreno del análisis político. No es la denominación de una institución reconocida ni de una doctrina acordada por los gobiernos implicados.

El académico chino Wang Wen, vinculado a la Universidad Renmin de China y al Instituto Chongyang de Estudios Financieros, ha defendido la posibilidad de que los contactos entre las tres potencias abran una nueva etapa de coordinación internacional.

Su planteamiento apunta hacia una etapa posterior al orden surgido de la Guerra Fría, en la que las principales potencias competirían sin convertir necesariamente sus diferencias en enfrentamientos militares.

La comparación histórica remite a Yalta, celebrada entre el 4 y el 11 de febrero de 1945. Allí, Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill e Iósif Stalin negociaron cuestiones decisivas sobre la Europa de posguerra y el futuro sistema de seguridad internacional.

Yalta también contribuyó al proceso fundacional de Naciones Unidas, especialmente mediante el acuerdo sobre el procedimiento de votación del Consejo de Seguridad. No obstante, el orden internacional de posguerra fue resultado de varias conferencias, acuerdos e instituciones, no exclusivamente de aquella reunión.

La analogía con Shenzhen tiene límites evidentes.

En 1945, las potencias aliadas estaban definiendo la organización política tras una guerra mundial. En 2026, Estados Unidos, China y Rusia compiten por influencia económica, tecnológica y militar dentro de un sistema internacional ya establecido.

Tampoco existe un bloque victorioso ni una visión compartida del futuro. China y Rusia mantienen una relación estratégica estrecha, pero sus prioridades no son idénticas. Estados Unidos conserva alianzas militares y comerciales que condicionan cualquier entendimiento con ambas.

Lo novedoso de una posible cumbre sería la disposición de los tres dirigentes a discutir directamente determinadas reglas de convivencia. Gestionar la rivalidad, sin necesidad de resolverla, podría convertirse en su principal objetivo.

Eso no equivale a sustituir Naciones Unidas ni a dar por terminado el sistema internacional vigente. De hecho, la comparación con Yalta contiene una contradicción: un acuerdo destinado a evitar la división del mundo en esferas de influencia podría terminar reforzándolas.

Tres potencias con intereses que no siempre coinciden

Washington, Moscú y Pekín podrían compartir el interés por evitar una confrontación directa, pero sus objetivos estratégicos presentan diferencias profundas.

Para Estados Unidos, una reunión con China y Rusia permitiría explorar un nuevo marco de control nuclear, mantener abiertos los canales diplomáticos y negociar asuntos económicos. Trump ha mostrado una preferencia por los acuerdos directos entre dirigentes, aunque cualquier compromiso duradero tendría que superar las dificultades políticas y jurídicas de su aplicación.

La situación interna estadounidense también importa. La reunión de Shenzhen tendría lugar después de las elecciones legislativas del 3 de noviembre. La composición resultante del Congreso podría condicionar la política exterior de la Casa Blanca, particularmente en materia de sanciones, financiación y ratificación de acuerdos internacionales.

Para Rusia, el encuentro supondría una oportunidad de reforzar su reconocimiento diplomático como gran potencia y discutir directamente con Washington cuestiones de seguridad. Moscú también pretende que sus exigencias relacionadas con Ucrania formen parte de cualquier negociación más amplia sobre la arquitectura de seguridad europea.

Para China, la prioridad pasa por preservar unas condiciones internacionales favorables a su desarrollo económico y tecnológico. Pekín mantiene fuertes vínculos comerciales con Occidente mientras trata de reducir su dependencia de determinadas tecnologías extranjeras y consolidar su influencia en las cadenas de suministro.

La elección de Shenzhen como escenario tiene, por ello, un significado económico particular. La ciudad es uno de los grandes centros de innovación tecnológica y fabricación avanzada de China.

Sin embargo, la competencia comercial entre Estados Unidos y China, las restricciones sobre semiconductores, el acceso a minerales estratégicos y las tensiones sobre Taiwán no desaparecerían por la celebración de una reunión presidencial.

El principal incentivo compartido sería evitar que esas disputas provoquen una crisis incontrolable. La estabilidad puede beneficiar a los tres gobiernos sin que ninguno renuncie a sus aspiraciones de poder.

Ucrania y Europa, el problema de negociar sin los afectados

La guerra de Ucrania constituye el principal riesgo político del formato trilateral.

Putin ha planteado la posibilidad de utilizar una reunión con Trump y Xi para discutir el conflicto, mientras que Trump ha expresado su preferencia por dedicarla fundamentalmente al desarme nuclear.

El Gobierno ucraniano ha cuestionado abiertamente la utilidad de una negociación entre las tres potencias que excluya a Kiev. El ministro de Exteriores, Andrí Sibiga, advirtió en octubre de que un encuentro de ese tipo podría terminar alentando a Rusia a continuar la guerra.

La preocupación tiene fundamento político y jurídico. Ningún acuerdo sobre el territorio o la soberanía de Ucrania puede sustituir legítimamente la participación de su Gobierno. La Carta de Naciones Unidas reconoce principios fundamentales como la igualdad soberana de los Estados y la prohibición del uso de la fuerza contra su integridad territorial.

Europa afronta una dificultad parecida. La Unión Europea no participaría como tal en una reunión limitada a Trump, Putin y Xi, pese a que las decisiones sobre sanciones, seguridad continental o relaciones con Rusia afectan directamente a sus Estados miembros.

Una negociación sobre reducción de riesgos nucleares entre las principales potencias podría beneficiar a la seguridad europea. Otra muy distinta sería una negociación que reconociera de hecho zonas exclusivas de influencia política o militar.

La distinción importa. Reducir el peligro de guerra no exige aceptar que las grandes potencias decidan el futuro de los países más pequeños.

Tampoco el resto del mundo encajaría fácilmente en un supuesto directorio formado únicamente por Washington, Moscú y Pekín. India, Brasil, las principales economías africanas y otras potencias regionales mantienen intereses propios y reclaman una mayor participación en las instituciones internacionales.

Un acuerdo entre tres gobiernos podría facilitar la gestión de una crisis. Convertirlo en el fundamento de un nuevo sistema mundial requeriría una legitimidad mucho más amplia.

Lo que Shenzhen tendría que demostrar para cambiar el orden mundial

La posible reunión de noviembre presenta una oportunidad diplomática, pero todavía no constituye un acontecimiento histórico comparable con Yalta.

Para que el encuentro tenga consecuencias duraderas, los tres gobiernos necesitarían alcanzar compromisos verificables, establecer mecanismos de seguimiento y mantener abiertos los canales de negociación más allá de la relación personal entre sus dirigentes.

Una declaración conjunta sobre la necesidad de evitar una guerra nuclear podría resultar positiva. Un calendario de negociaciones sobre armamento, acompañado de mecanismos de control, tendría mayor trascendencia. Un acuerdo internacional formal supondría un avance todavía más importante.

También sería necesario que cualquier entendimiento respetara las obligaciones internacionales existentes y no pretendiera resolver conflictos territoriales a espaldas de los países afectados.

La experiencia histórica demuestra que las relaciones entre las grandes potencias no dependen únicamente de sus presidentes. Los cambios de gobierno, las presiones económicas, las alianzas y los intereses militares pueden alterar acuerdos que parecían sólidos.

Shenzhen podría mostrar si Estados Unidos, China y Rusia están dispuestos a pasar de una competición cada vez más peligrosa a una rivalidad sometida a ciertas reglas compartidas. Ese sería un avance relevante, aunque bastante menos espectacular que el nacimiento de un nuevo orden mundial.

Por ahora, el dato decisivo sigue siendo que la reunión trilateral no está confirmada. Tampoco hay una agenda pactada ni resultados que permitan anticipar un cambio de paradigma.

La trascendencia del encuentro, si finalmente se celebra, no dependerá de reunir a tres presidentes capaces de condicionar buena parte de la política mundial. Dependerá de si consiguen reducir riesgos concretos sin debilitar los derechos y la seguridad de quienes no están sentados a la mesa.

La alternativa a la confrontación no debería ser un reparto del mundo entre potencias. Esa es la diferencia fundamental entre una diplomacia que busca estabilidad y otra que simplemente pretende administrar el poder de los más fuertes.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído