Naturaleza
El ingeniero que convirtió Sierra Espuña en bosque disparando semillas
Ricardo Codorníu participó en la gran repoblación de Sierra Espuña, una obra que frenó la erosión y usó hasta semillas disparadas con escopeta.
Por Lorenzo Soriano - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons
Resumen
- Ricardo Codorníu participó en la gran repoblación de Sierra Espuña
- Se plantaron millones de árboles para frenar la erosión de la montaña
- En zonas inaccesibles llegaron a dispararse semillas con escopetas
A finales del siglo XIX, Sierra Espuña era una montaña casi desnuda. La tala, el carboneo, el pastoreo y décadas de explotación habían dejado buena parte de este macizo murciano sin apenas árboles y con un problema todavía más peligroso que la pérdida del paisaje: cuando llegaban las lluvias torrenciales, el suelo descendía por las laderas junto con el agua.
En ese escenario apareció Ricardo Codorníu, ingeniero de montes nacido en Cartagena, que participó en uno de los proyectos de restauración forestal más extraordinarios de España. La imagen que ha sobrevivido hasta nuestros días parece sacada de una película: semillas disparadas con escopetas y trabucos hacia las zonas donde los trabajadores no podían llegar. Es cierto. Aunque conviene quitarle algo de pólvora a la leyenda: las armas fueron un recurso puntual dentro de una obra gigantesca hecha con viveros, caminos, diques, bancales, mulas y millones de árboles.
Una sierra sin árboles y una catástrofe que lo cambió todo
La transformación de Sierra Espuña no nació de una ocurrencia excéntrica. Detrás había un problema muy serio de erosión e inundaciones.
Durante el siglo XIX, la pérdida de cubierta vegetal había dejado las montañas de la cuenca del Segura particularmente expuestas. El agua encontraba poca resistencia y bajaba con violencia hacia las vegas. La tragedia que terminó de encender todas las alarmas fue la riada de Santa Teresa de 1879, que causó 761 muertos entre Lorca y Murcia.
Aquello hizo visible algo que hoy parece elemental, pero entonces empezaba a abrirse paso dentro de la ingeniería forestal: un bosque no era solamente madera. También sujetaba el terreno, frenaba escorrentías y ayudaba a regular el agua.
En 1888 se creó la Comisión de Repoblación de la Cuenca del Segura. En ella trabajaron los ingenieros José Musso, Ricardo Codorníu y Juan Ángel de Madariaga. Y aquí merece la pena hacer una precisión porque la historia, cuando circula por internet, tiende a quedarse con un solo protagonista: Codorníu fue fundamental, pero Sierra Espuña no fue la obra de un hombre en solitario.
Ricardo Codorníu vio la montaña y decidió repoblarla
El 19 de marzo de 1889, Codorníu recorrió Sierra Espuña y encontró un paisaje que poco tenía que ver con el actual. En sus escritos dejó constancia de una sierra prácticamente desarbolada. La conclusión fue contundente: había que recuperar la cubierta forestal.
Los trabajos comenzaron en 1891, pero no plantando árboles a lo loco. Antes había que reconstruir físicamente una montaña erosionada.
Ese detalle explica buena parte del éxito posterior. Los ingenieros entendieron que echar semillas sobre una pendiente desnuda servía de poco si la siguiente tormenta se llevaba por delante tierra, semilla y esperanza. Primero había que retener el suelo.
Antes de los pinos llegaron los diques
La dimensión de aquella infraestructura impresiona incluso con ojos del siglo XXI. Se construyeron alrededor de 240 kilómetros de caminos y sendas, unos 144 kilómetros de pequeños diques en ladera y cientos de miles de bancales. También se levantaron instalaciones para trabajadores, almacenes y viveros forestales.
Era ingeniería aplicada al paisaje, no simple jardinería a gran escala.
Los diques frenaban el agua y atrapaban sedimentos. Los bancales permitían conservar tierra fértil. Los viveros producían plantas adaptadas a las condiciones de la montaña. Poco a poco se preparaba una especie de esqueleto sobre el que después podría crecer el bosque.
Y entonces llegaron los árboles.
Escopetas cargadas con semillas: la parte más insólita
La anécdota que ha hecho famosa esta repoblación es real. En los lugares más escarpados, aquellos en los que resultaba difícil o peligroso introducir trabajadores y plantones, se utilizaron escopetas y trabucos cargados con semillas, especialmente piñones.
El sistema tenía una lógica bastante sencilla: enviar las semillas más lejos de lo que podía hacerlo un brazo humano y alcanzar cortados o pendientes prácticamente inaccesibles.
Visto desde 2026 parece el antepasado con pólvora de las actuales técnicas de siembra aérea. La comparación funciona, aunque tampoco conviene imaginar Sierra Espuña convertida durante años en una gigantesca galería de tiro forestal.
La mayoría de la reforestación se realizó mediante procedimientos mucho menos cinematográficos: viveros, siembra manual y traslado de plantones, en ocasiones ayudándose de animales de carga. Las semillas lanzadas con armas tenían además una tasa de éxito limitada porque muchas terminaban comidas por aves, hormigas y roedores.
El escopetazo se llevó la fama. La pala, como tantas veces, hizo buena parte del trabajo.
Millones de árboles detrás de la leyenda
La primera gran fase, desarrollada bajo la dirección inicial de José Musso y posteriormente de Codorníu con Madariaga, permitió repoblar más de 3.256 hectáreas y plantar más de 4,3 millones de árboles. Los trabajos continuaron después y la superficie total restaurada alcanzó las 4.894 hectáreas.
Eso explica también por qué suele hablarse de unas 5.000 hectáreas reforestadas.
No ocurrió de golpe ni exclusivamente bajo la dirección de Codorníu. Fue una actuación prolongada, con varias generaciones de técnicos y trabajadores. La imagen romántica del ingeniero disparando piñones funciona estupendamente; la realidad, menos fotogénica, resulta aún más formidable.
De una montaña erosionada a un parque de 17.804 hectáreas
El resultado se puede contemplar más de un siglo después. El Parque Regional de Sierra Espuña ocupa 17.804 hectáreas distribuidas entre los municipios de Alhama de Murcia, Totana y Mula. Eso no significa, claro, que todas fueran reforestadas por Codorníu: el espacio protegido moderno es mucho mayor que el área intervenida durante aquellas primeras restauraciones.
Su paisaje está dominado por el pino carrasco, estrechamente ligado a las repoblaciones forestales de finales del XIX. El parque alberga unas 915 especies de flora vascular y cerca de 200 especies de vertebrados. También está reconocido como Zona de Especial Protección para las Aves, entre otros motivos por la presencia de águila real y búho real.
En 1931 Sierra Espuña fue declarada Sitio Natural de Interés Nacional. En 1978 obtuvo la categoría de Parque Natural y, desde 1992, es Parque Regional. Lo que había comenzado como una operación para frenar la erosión acabó convirtiéndose en una de las grandes transformaciones ambientales del sureste peninsular.
El bosque actual parece natural, pero tiene ingeniería debajo
Hay algo especialmente curioso en Sierra Espuña: quien recorre sus pinares sin conocer la historia puede pensar que está ante un bosque que simplemente lleva allí desde siempre.
No exactamente.
Debajo de muchos árboles siguen estando las obras construidas para hacer posible aquel paisaje: terrazas, pequeños diques, antiguos caminos forestales y sistemas para retener suelo y agua. El bosque fue diseñado para poder sobrevivir antes incluso de que se plantara.
Ese es quizá el aspecto más moderno de toda la historia. Hoy se habla de restauración ecológica, soluciones basadas en la naturaleza o adaptación del territorio frente a fenómenos extremos. A finales del XIX no utilizaban esas etiquetas, bastante menos elegantes eran también sus herramientas, pero buena parte de la filosofía estaba allí: recuperar vegetación para que la propia montaña protegiera el territorio.
La intervención tuvo igualmente consecuencias sociales. Abrir caminos, construir viveros y mantener durante años cuadrillas forestales proporcionó empleo en una comarca en la que el agua, la agricultura y el monte estaban íntimamente relacionados.
Una historia extraordinaria incluso sin adornar la leyenda
Ricardo Codorníu murió en 1923 y no llegó a conocer el parque regional que existe en la actualidad. Su nombre, sin embargo, quedó unido para siempre a Sierra Espuña y a la defensa de la reforestación en España. La memoria local lo recuerda como el “Apóstol del Árbol”.
Su obra tampoco puede desligarse de Musso, Madariaga, Ramón Melgares y de quienes trabajaron durante décadas sobre aquellas laderas. La repoblación fue un proyecto colectivo, mucho más complejo que la escena irresistible del ingeniero pegando tiros cargados de piñones.
Pero esa escena cuenta algo verdadero.
Donde los hombres no podían llegar, intentaron que llegaran las semillas. Donde la lluvia arrancaba el suelo, levantaron diques. Donde apenas quedaban árboles, criaron millones de ellos en viveros y los llevaron montaña arriba.
Más de 135 años después, Sierra Espuña sigue siendo un bosque. Y quizá ahí esté la parte realmente insólita de la historia: no que alguna vez se dispararan semillas con una escopeta, sino que una generación decidiera reconstruir una montaña cuyos árboles no iba a disfrutar plenamente. El paisaje que dejaron creció para otros.
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