Historia
Hallan en Granada un cuero de 7.200 años, posible mortaja neolítica
En una cueva de Granada ha aparecido un cuero de 7.200 años que pudo cubrir a un arquero prehistórico. Su ADN apunta a una raza de cabra asturiana.
Resumen
- Analizan un cuero curtido de 7.200 años hallado en Granada
- La piel pudo ser una mortaja o parte del peto de un arquero
- Su ADN la vincula con cabras domésticas y con la raza bermeya de Asturias
Un hallazgo arqueológico en la provincia de Granada ha sacado a la luz dos fragmentos de cuero curtido de unos 7.200 años de antigüedad, conservados en la Cueva de los Murciélagos, en el municipio de Albuñol. Los restos, pertenecientes al Neolítico temprano, podrían haber formado parte de una prenda utilizada por una persona enterrada en la cavidad, posiblemente un arquero.
La investigación, publicada el 4 de noviembre de 2026 en la revista científica PLOS ONE, confirma que el material procede de cabras domésticas y presenta señales de manipulación humana. El análisis genético ha permitido, además, relacionar aquellos animales prehistóricos con la cabra bermeya, una raza autóctona que todavía sobrevive en Asturias. Un vínculo que atraviesa aproximadamente siete milenios de historia.
El descubrimiento adquiere especial relevancia por la extraordinaria conservación de las pieles. Los restos orgánicos de tanta antigüedad suelen desaparecer por la acción de los microorganismos y las condiciones ambientales. Sin embargo, el interior de esta cueva granadina ha preservado materiales que permiten reconstruir aspectos poco conocidos de la vestimenta, la ganadería y las prácticas funerarias de las primeras comunidades agrícolas de la península ibérica.
Un cuero trabajado hace más de 7.000 años
Los investigadores recuperaron dos fragmentos de piel que probablemente pertenecieron al mismo animal. El mayor mide aproximadamente 34,6 centímetros de largo por 20,2 de ancho, mientras que el segundo alcanza los 22,6 por 13,8 centímetros.
El examen microscópico permitió identificar huellas de curtido, zonas de la superficie que habían sido ablandadas y cuatro perforaciones realizadas deliberadamente. Los bordes de estos orificios presentan características compatibles con herramientas utilizadas por seres humanos, y no con un deterioro natural.
El análisis mediante carbono-14 situó la antigüedad del material entre aproximadamente 7.000 y 7.250 años. Esta datación corresponde a una etapa temprana del Neolítico, cuando la agricultura y la ganadería comenzaban a consolidarse en el sur de la península ibérica.
El resultado demuestra que aquellas comunidades disponían de conocimientos para transformar las pieles animales en materiales útiles y resistentes. No se limitaban a aprovechar la carne o la leche del ganado: también utilizaban sus recursos para fabricar objetos y prendas.
Una posible mortaja de un arquero prehistórico
La función original de las pieles constituye uno de los aspectos más interesantes del descubrimiento. Su forma, las perforaciones y el contexto funerario permiten plantear que pudieron formar parte de una prenda de vestir o una cubierta protectora.
Una de las hipótesis es que el cuero perteneciera a un peto utilizado para proteger el torso durante el manejo del arco. También pudo acompañar a una persona fallecida como elemento de su ajuar funerario o como parte de una mortaja.
Esta interpretación cobra interés porque en la misma cueva se han encontrado arcos, flechas y cuerdas de arco prehistóricas. Investigaciones anteriores identificaron algunas de las cuerdas fabricadas con tendones animales más antiguas conocidas, así como flechas elaboradas con madera de olivo y caña.
No obstante, todavía no puede afirmarse que el cuero perteneciera a un arquero concreto. Los fragmentos fueron recuperados en un contexto arqueológico alterado y no estaban asociados directamente a un esqueleto identificado.
El ADN humano detectado en la piel respalda la posibilidad de que fuera manipulada o llevada por personas, pero tampoco permite determinar quién la utilizó ni su función exacta.
El ADN conecta Granada con una raza de cabra de Asturias
La investigación aporta otra información especialmente valiosa: el origen del animal del que procedía el cuero.
Un equipo internacional, con participación de investigadores de la Universidad de Alcalá y del University College de Dublín, consiguió extraer ADN mitocondrial y nuclear de la piel. Aunque el material genético estaba muy fragmentado, los análisis permitieron identificarlo como perteneciente a una cabra doméstica de la especie Capra hircus.
El resultado descarta que la piel procediera de una cabra montés ibérica y confirma que las comunidades del Neolítico ya aprovechaban animales domesticados en esta región.
La sorprendente relación con la cabra bermeya
La comparación del ADN prehistórico con el de razas actuales reveló una afinidad especialmente elevada con la cabra bermeya, una variedad autóctona vinculada principalmente a Asturias.
Esta relación genética sugiere que parte de la herencia de los primeros rebaños introducidos en la península ibérica continúa presente en animales actuales.
Los investigadores también observaron que la muestra neolítica no presentaba señales identificables de ascendencia genética africana, a diferencia de distintas poblaciones caprinas posteriores.
El resultado es compatible con la incorporación de esa ascendencia en épocas más recientes, aunque una única muestra no permite establecer cuándo se produjeron los contactos ganaderos entre ambas orillas del Mediterráneo.
La Cueva de los Murciélagos y sus tesoros arqueológicos
La Cueva de los Murciélagos de Albuñol es uno de los yacimientos prehistóricos más destacados del sur de Europa por la conservación de sus restos orgánicos.
Situada en las proximidades de la costa mediterránea granadina, fue utilizada durante diferentes etapas de la prehistoria, especialmente como espacio funerario. En su interior se han documentado enterramientos y objetos pertenecientes a comunidades de cazadores-recolectores y de los primeros agricultores.
El yacimiento ya había adquirido relevancia internacional por sus hallazgos de cestería y sandalias de esparto, algunos de los ejemplos más antiguos de estas técnicas conocidos en Europa.
Su historia, sin embargo, también está marcada por las alteraciones sufridas durante el siglo XIX. La explotación minera de la cavidad, especialmente para obtener galena, provocó el desplazamiento de numerosos restos humanos y materiales arqueológicos.
Los fragmentos de cuero aparecieron precisamente entre las piedras de un muro construido por aquellos trabajadores. Habían permanecido allí, mezclados con materiales removidos, hasta su recuperación por los investigadores.
Por qué se ha conservado una piel durante 7.200 años
El valor científico del descubrimiento está relacionado con las condiciones de conservación de la cueva.
La piel es un material orgánico que normalmente se descompone con relativa rapidez. La humedad, los microorganismos y las variaciones ambientales dificultan que sobreviva durante miles de años.
En Albuñol, las condiciones de desecación del interior de la cavidad favorecieron la conservación de materiales excepcionalmente antiguos, incluidos restos vegetales, fibras y pieles animales.
La posibilidad de obtener información genética de cuero neolítico resulta particularmente significativa. Hasta hace relativamente poco, los estudios de ADN antiguo dependían principalmente de restos óseos y dentales, mientras que los tejidos blandos conservados eran mucho menos frecuentes.
Conviene precisar que, aunque el cuero granadino ha sido presentado como el más antiguo del mundo, el estudio publicado no establece de forma concluyente ese récord absoluto. Su aportación demostrada es la identificación de una muestra extraordinariamente antigua de piel curtida, de la que se ha podido recuperar información genética sobre la ganadería prehistórica.
Un fragmento de piel que amplía la historia del Neolítico
La importancia del hallazgo trasciende la antigüedad de los materiales recuperados.
El cuero demuestra que las comunidades asentadas en el sur peninsular hace más de siete milenios disponían de técnicas para trabajar las pieles y aprovechar los animales domésticos. Su posible utilización funeraria también aporta información sobre los objetos que acompañaban a los muertos.
La conexión genética con las cabras actuales permite seguir parte de la evolución de la ganadería ibérica y refuerza el conocimiento sobre la expansión de las primeras poblaciones agrícolas por el Mediterráneo occidental.
La investigación deja abiertas cuestiones importantes, especialmente sobre la función exacta de la prenda y su relación con las personas enterradas en la cavidad. Pero aporta una certeza relevante: hace unos 7.200 años, en Granada se trabajaban pieles de cabra doméstica, y una parte de aquel material ha llegado hasta nuestros días conservando información sobre quienes lo utilizaron y los animales que criaban.
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