Naturaleza
Trinidad y Tobago se ahoga entre vertederos desbordados y pobreza
Trinidad y Tobago lidia con vertederos saturados, toneladas de residuos aprovechables y una economía informal que sostiene a cientos de personas.
Resumen
- Trinidad y Tobago recibe más de 700.000 toneladas de residuos al año
- Alrededor del 77 % de la basura depositada podría recuperarse
- Cientos de personas sobreviven buscando materiales en los vertederos
En Trinidad y Tobago, uno de los países más prósperos del Caribe gracias a sus recursos energéticos, la basura se ha convertido en una paradoja bastante menos glamurosa. Los grandes vertederos acumulan residuos hasta rozar o alcanzar sus límites mientras cientos de personas entran en ellos para recuperar hierro, vidrio, ropa, alimentos o cualquier objeto que todavía conserve algún valor. Lo que para unos es desperdicio, para otros paga la comida del día.
La dimensión del problema va mucho más allá de una montaña de bolsas. Trinidad recibe en sus vertederos alrededor de 700.000 toneladas de residuos al año, mientras las estimaciones nacionales más recientes han situado el volumen incluso por encima de las 733.000 toneladas. El dato más incómodo viene después: aproximadamente el 77 % del material depositado podría reciclarse. Buena parte de lo que termina enterrado, por tanto, no es basura inevitable, sino recursos que el sistema no consigue recuperar.
Forres Park, donde la basura también da de comer
El vertedero de Forres Park, en Claxton Bay, al sur de Trinidad, resume el problema casi como una fotografía del país. Ocupa unas 22 hectáreas y recibe alrededor de 300 toneladas diarias de residuos procedentes de municipios del centro y el sur de la isla. Camiones, excavadoras y montones de desperdicios forman parte de una rutina que empezó en 1983 y que, cuatro décadas después, soporta una presión muy distinta de aquella para la que fue concebido.
Allí trabajan de manera informal centenares de recolectores. Las estimaciones recogidas sobre el terreno apuntan a que más de 250 personas dependen económicamente del vertedero. Buscan chatarra, hierro, botellas, prendas de vestir o comida desechada. Algunos incluso permanecen cerca de los residuos durante la noche para proteger el material que ya han separado.
No es una estampa pintoresca de reciclaje espontáneo. Es precariedad. Pero también una economía paralela que existe porque el sistema formal deja materiales valiosos mezclados con restos orgánicos y desperdicios sin clasificar. El vertedero cumple así dos funciones que nunca deberían confundirse: elimina residuos y funciona como red de supervivencia para familias con pocas alternativas laborales.
El valor que acaba bajo toneladas de desperdicios
La composición de la basura ayuda a entender hasta qué punto el modelo desperdicia dinero además de espacio. Los estudios nacionales calculan que alrededor del 76,6 % de los residuos de Trinidad son recuperables, incluyendo materia orgánica, plásticos, papel, vidrio y metales. Solo los plásticos representan una parte considerable del flujo que termina cada día en los vertederos.
Es un círculo bastante absurdo: se importan productos y envases, se consumen, se mezclan y después se paga por transportarlos y enterrarlos. En medio aparecen personas que realizan, con las manos y prácticamente sin protección, la clasificación de residuos que debería producirse mucho antes.
Tres grandes vertederos bajo una presión creciente
Beetham, Guanapo y Forres Park, los tres principales centros de eliminación de residuos de Trinidad, soportan desde hace años una presión creciente. Beetham, situado cerca de Puerto España, es el mayor: ocupa unas 92 hectáreas y recibe aproximadamente el doble de residuos diarios que los otros grandes vertederos gestionados en la isla.
El margen operativo es frágil. En enero de 2026, un incendio en Beetham obligó a cerrar temporalmente las instalaciones y a desviar parte de la recogida de Puerto España hasta Forres Park, a decenas de kilómetros. El humo afectó a los alrededores y las autoridades recomendaron precaución, especialmente a las personas con problemas respiratorios. Bastó un incendio para mostrar algo elemental: cuando una pieza falla, el resto del sistema recibe todavía más presión.
Fuera de los complejos oficiales, la situación tampoco termina. Vertidos clandestinos junto a carreteras, cursos de agua y otros puntos forman parte del paisaje en distintas zonas. En San Fernando se han documentado desperdicios quemados o arrojados por desniveles próximos al golfo de Paria. La basura que no entra correctamente en el sistema simplemente cambia de sitio.
Metano, lixiviados y humo: el coste que no se ve
Enterrar residuos mezclados tiene consecuencias menos visibles que las montañas de plástico, pero bastante más persistentes. La materia orgánica que se descompone en los vertederos produce metano, un potente gas de efecto invernadero. Los líquidos que atraviesan las capas de desperdicios, los llamados lixiviados, pueden arrastrar contaminantes y requieren sistemas específicos de recogida y tratamiento para evitar daños al suelo y a las aguas subterráneas.
También están los incendios. Bajo toneladas de material compactado pueden formarse bolsas de gases y focos difíciles de extinguir por completo. Cuando el fuego aparece, el problema ambiental deja de estar confinado detrás de una valla: el humo viaja hacia barrios, carreteras y centros urbanos.
En un pequeño Estado insular, además, el suelo disponible es limitado. Cada hectárea destinada durante décadas al enterramiento de residuos compite con vivienda, industria, agricultura, conservación ambiental y otras infraestructuras. No hay un continente infinito detrás donde seguir desplazando el problema.
El reciclaje avanza, pero la basura corre más
Trinidad y Tobago cuenta desde 2021 con nuevas normas de gestión de residuos, operativas desde mayo de 2022, y mantiene programas para recuperar envases, botellas de plástico, cartones de bebidas, latas de aluminio y vidrio. Parte de esos materiales se procesa localmente y otra parte se prepara para su exportación como materia prima reciclable.
Pero existe una distancia considerable entre disponer de contenedores de reciclaje y construir un sistema nacional capaz de separar los residuos desde los hogares, recuperar materiales a gran escala y reducir realmente lo que acaba enterrado.
La propia política nacional de reciclaje reconoce esa brecha. Si alrededor de tres cuartas partes del material depositado tiene algún potencial de recuperación, el vertedero está recibiendo mucho más que desecho final. Ahí se juega buena parte del futuro del sistema.
Un nuevo vertedero diseñado para no repetir lo mismo
Las autoridades plantean transformar el modelo mediante un sistema integrado de gestión de residuos. El proyecto incluye un vertedero sanitario diseñado técnicamente en Forres Park, estaciones de transferencia y plantas destinadas a separar materiales recuperables, además de la futura clausura y rehabilitación de Beetham y Guanapo.
La instalación propuesta ocuparía unas 75 hectáreas en Kangawood Road, en la zona de Forres Park, y ha requerido una evaluación de impacto ambiental y social. El objetivo no consiste simplemente en encontrar otro agujero donde seguir depositando bolsas: un vertedero sanitario moderno incorpora controles sobre lixiviados, gases, aguas y estabilidad del terreno que los antiguos depósitos no ofrecían con el mismo nivel de protección.
Hay, sin embargo, una segunda cuestión. Modernizar las instalaciones sin reducir el volumen de residuos solo aplaza la siguiente saturación. El salto real pasa por separar antes de enterrar, recuperar materiales y conseguir que menos recursos terminen convertidos en desperdicio.
La pobreza también está enterrada entre los residuos
La transformación tiene otra arista que no cabe en una estadística ambiental. Quienes sobreviven recogiendo materiales en Forres Park no desaparecen cuando llega una excavadora nueva. Cerrar o automatizar los viejos vertederos sin crear alternativas puede eliminar los ingresos de familias vulnerables que viven precisamente de las deficiencias del sistema.
La estrategia pública contempla la necesidad de generar oportunidades laborales sostenibles para comunidades cercanas a los vertederos. Es un detalle decisivo. Los recolectores informales poseen, paradójicamente, una experiencia práctica muy valiosa: saben identificar, separar y comercializar materiales aprovechables. Integrarlos en instalaciones de recuperación, cooperativas o empleos regulados permitiría convertir una economía de supervivencia en trabajo menos peligroso y más estable.
No sería caridad. Sería aprovechar conocimientos que ya existen y sacar la clasificación de materiales de un escenario donde personas y maquinaria pesada comparten montañas inestables de basura.
Un país rico que no puede permitirse enterrar sus recursos
Trinidad y Tobago tiene capacidad económica, industria y una larga tradición vinculada al petróleo y al gas. Precisamente por eso la imagen de cientos de personas buscando objetos aprovechables en vertederos saturados resulta tan incómoda. No es únicamente un problema de limpieza urbana. Mezcla planificación pública, pobreza, contaminación, hábitos de consumo y una infraestructura que envejeció mientras crecía la cantidad de residuos.
La salida tampoco consiste en hacer desaparecer visualmente las montañas de basura. Con cerca del 77 % de los residuos potencialmente recuperables, seguir enterrándolos significa consumir suelo, perder materiales y perpetuar una economía informal que sobrevive entre desperdicios.
Forres Park muestra las dos caras de la misma bolsa: lo que una sociedad descarta y lo que otra persona necesita para llegar a fin de día. Mientras ambas realidades sigan encontrándose sobre el mismo montón de basura, los vertederos de Trinidad y Tobago seguirán siendo algo más que instalaciones saturadas. Serán también el retrato, bastante crudo, de un problema nacional que lleva demasiado tiempo acumulándose.
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