Ciencia
El 98% de cosméticos analizados contenía ingredientes no declarados
Un estudio detectó sustancias no declaradas en el 98% de los cosméticos analizados; el hallazgo reabre el debate sobre etiquetado y seguridad
Resumen
- El 98% de los cosméticos analizados tenía sustancias no declaradas
- El 85% contenía al menos un compuesto de riesgo conocido o sospechado
- El estudio no demuestra que el 98% de los productos sean peligrosos
Una investigación publicada en 2026 ha encontrado sustancias que no figuraban expresamente en la etiqueta en el 98% de los productos analizados. El trabajo examinó 113 artículos de cuidado personal y limpieza, desde champús y protectores solares hasta lociones, desodorantes, productos infantiles y detergentes. El resultado más incómodo no es solo ese porcentaje: el 85% contenía al menos un compuesto no declarado considerado de riesgo conocido o sospechado según los criterios empleados por los investigadores.
Hay, eso sí, una precisión esencial antes de convertir el dato en una alarma general sobre el neceser del baño. El estudio se realizó con productos adquiridos en Estados Unidos en 2021 y 2022, no con una muestra representativa del mercado español o europeo, y los propios autores reconocen que la selección no pretendía representar todos los cosméticos disponibles. Tampoco encontrar una molécula que no aparece en la etiqueta significa automáticamente que el fabricante la haya añadido deliberadamente o que el producto resulte peligroso en las condiciones normales de uso.
Del champú al protector solar: qué encontró el laboratorio
El estudio, publicado en la revista científica Environment & Health, analizó 113 productos repartidos en 12 categorías. Había champús, productos para peinar, cremas hidratantes, protectores solares, artículos para bebés, higiene íntima, aceites corporales, geles, desodorantes, bálsamos labiales, dentífricos, colutorios y productos domésticos de limpieza.
Los investigadores no buscaron únicamente una lista cerrada de sustancias sospechosas. Utilizaron un análisis químico denominado no dirigido, basado en cromatografía de gases bidimensional y espectrometría de masas de alta resolución. Dicho de manera menos aparatosa: en vez de entrar en el laboratorio preguntando únicamente si había A, B o C, intentaron observar el abanico químico mucho más amplio que contenía cada muestra.
El resultado fueron 3.141 señales químicas, de las que 303 pudieron recibir una identificación confirmada, probable o provisional. Los productos declaraban de media unos 16 ingredientes, mientras que el análisis detectó alrededor de 51 compuestos por producto. Ese contraste es llamativo, aunque no debe leerse como si la etiqueta hubiera ocultado deliberadamente 35 ingredientes: entre las sustancias detectables puede haber impurezas, productos de degradación, restos procedentes de materias primas, componentes del perfume o compuestos generados durante la fabricación y el almacenamiento.
Ftalatos, parabenos y otros compuestos que no figuraban
Entre las sustancias señaladas aparecen ftalatos, parabenos, compuestos de fragancias, BHT y contaminantes de siliconas como D5 y D6. El análisis también identificó filtros ultravioleta y otros componentes que, dependiendo de la sustancia, la dosis y la exposición, han sido estudiados por sus posibles efectos endocrinos, reproductivos, alérgicos o irritantes.
Aquí conviene frenar medio segundo. Que una sustancia esté asociada a un determinado peligro toxicológico no demuestra que cualquier presencia de esa molécula en un cosmético vaya a provocar un daño. Peligro y riesgo no son exactamente lo mismo: para evaluar el riesgo importan la concentración, la vía de exposición, la frecuencia de uso y la toxicidad concreta de cada compuesto.
El estudio resulta más contundente en otro apartado. Un 26% de los productos contenía alguna sustancia que contradecía directamente una afirmación realizada en la etiqueta o en la información comercial. Los investigadores encontraron, por ejemplo, ftalatos en artículos promocionados como libres de ellos. Ahí el asunto cambia: ya no se trata simplemente de que la química de un producto acabado sea más compleja que la lista INCI impresa en letras minúsculas. Se trata de que el laboratorio encontró algo incompatible con lo que el envase aseguraba.
Ni lo «natural» quedó al margen
Las palabras «natural», «orgánico» o «no tóxico» tampoco funcionaron como escudo. El equipo había clasificado inicialmente algunos productos según los ingredientes declarados; entre los 27 que recibieron su mejor valoración, el 59% terminó suspendiendo el criterio de contaminación aplicado posteriormente en laboratorio.
Es uno de los puntos más interesantes del trabajo porque toca un nervio del mercado cosmético contemporáneo. El frontal del bote puede parecer casi un pequeño bosque: hojas verdes, tipografía artesanal, palabras como clean, pure o botanical. El espectrómetro, en cambio, carece de sensibilidad estética. Una etiqueta atractiva no modifica la composición química real que termina detectando el laboratorio.
Eso tampoco convierte lo natural en sinónimo de malo. Algunos compuestos no declarados procedían precisamente de extractos botánicos, que pueden contener muchas moléculas diferentes aunque el fabricante incorpore la materia prima como un único ingrediente. La composición química real de una crema es, inevitablemente, más complicada que una receta de cocina.
Por qué puede aparecer algo que no figura en la etiqueta
Una sustancia detectada pero no declarada puede llegar al producto por caminos muy distintos. Los autores apuntan a contaminación de materias primas, cambios de proveedores, procesos industriales, reacciones entre componentes, envases o almacenamiento. En otras ocasiones puede formar parte de una composición aromática declarada de manera genérica como perfume.
También hay una circunstancia poco menor: las muestras fueron compradas durante 2021 y 2022, cuando las cadenas mundiales de suministro atravesaban fuertes alteraciones relacionadas con la pandemia. Los propios investigadores plantean que los cambios de materias primas y proveedores durante aquel periodo pudieron influir en determinadas composiciones. Por eso los resultados son relevantes, pero no deberían trasladarse sin matices a cada bote que actualmente se vende en una perfumería española.
El estudio, de hecho, no fue diseñado para calcular qué porcentaje exacto de todos los cosméticos del mercado contiene sustancias sin declarar. Los productos fueron seleccionados deliberadamente para cubrir diferentes categorías y perfiles de riesgo según sus etiquetas. No era una muestra estadística representativa de toda la industria.
Qué ocurre con los cosméticos que se venden en España
La regulación europea introduce una diferencia importante. Los cosméticos comercializados en España están sometidos al Reglamento europeo 1223/2009, que exige una lista de ingredientes y establece restricciones específicas para determinadas sustancias, conservantes, colorantes y filtros ultravioleta. Antes de comercializarse deben contar, entre otras obligaciones, con una persona responsable en la Unión Europea y con un expediente que incluya una evaluación de seguridad.
Pero tampoco en Europa la lista impresa en el bote equivale a una radiografía molecular completa del contenido. La propia normativa establece que las impurezas de las materias primas no se consideran ingredientes a efectos del etiquetado. Las composiciones perfumantes, además, pueden aparecer de manera general bajo denominaciones como «parfum» o «aroma», aunque determinados alérgenos sí deben identificarse individualmente cuando superan los umbrales establecidos.
Por eso sería incorrecto concluir, a partir del estudio estadounidense, que el 98% de los cosméticos vendidos en España incumple la legislación o está mal etiquetado. La investigación no estudió el mercado español ni evaluó el cumplimiento del Reglamento europeo. Lo que plantea es una cuestión más amplia: hasta qué punto una lista de ingredientes diseñada alrededor de las sustancias añadidas intencionadamente puede describir toda la química presente en un producto terminado.
El 98% no significa que el 98% de los productos sean tóxicos
Es probablemente el matiz más importante de toda la noticia. El estudio no demuestra que el 98% de los cosméticos sean peligrosos, ni que cada compuesto no declarado represente un riesgo sanitario para quien utiliza el producto. Ese porcentaje indica que casi todos los artículos estudiados tenían al menos una sustancia detectable que no aparecía expresamente recogida en su etiquetado.
El dato del 85% también exige contexto: señala productos con al menos una sustancia clasificada por los autores como de riesgo conocido o sospechado, no productos que necesariamente hayan demostrado causar daños a sus usuarios. La toxicología no funciona con el simple mecanismo de «está presente, luego enferma». La dosis sigue importando. Mucho.
Sí resulta difícil pasar por alto el 26% que contradecía afirmaciones comerciales concretas, porque ahí entra en juego algo que el consumidor sí puede exigir con bastante lógica: si un envase afirma estar libre de una sustancia, espera que esa sustancia no aparezca cuando alguien mira dentro con un instrumento de laboratorio.
La etiqueta cuenta una parte de la historia
El trabajo abre una discusión menos vistosa que el gran porcentaje, pero posiblemente más útil: la seguridad química moderna puede necesitar observar no solo la fórmula teórica y las materias primas, sino también el producto acabado dentro del envase que llega a la tienda.
Una crema sale de una cadena larga. Proveedores, extractos vegetales, aromas, reactores, tuberías, envases, transporte, temperatura, meses de almacenamiento. Entre la fórmula escrita en un despacho y el contenido que finalmente toca la piel hay bastante mundo. Esa distancia explica por qué la composición final puede ser más compleja de lo que sugiere una lista de ingredientes.
El estudio no permite señalar marcas concretas —los investigadores no publicaron en el artículo la identidad comercial de los 113 productos— ni extrapolar el 98% a todos los cosméticos del mercado. Sí aporta una fotografía incómoda: leer la etiqueta sigue siendo útil, pero la etiqueta no siempre describe toda la química del producto terminado. Y precisamente ahí, en ese espacio minúsculo entre lo que pone el bote y lo que encuentra el laboratorio, está la parte verdaderamente importante de la investigación.
-
EspañaCuatro jóvenes agreden a un conductor del tranvía durante el Pilar
-
TecnologíaMuere Richard ‘Levelord’ Gray, el diseñador detrás de Duke Nukem 3D
-
EconomíaVillajoyosa plantea dos años sin nuevas licencias de pisos turísticos
-
MundoJapón sopesa submarinos de propulsión nuclear con Takaichi al frente
-
MundoVenezuela retoma el diálogo y negocia una reforma electoral clave
-
CienciaRejuvenecen células de sangre de 80 años y las convierten en neuronas
-
EspañaCayetana Álvarez de Toledo gana peso como número dos del PP por Madrid
-
EstiloCabello en la menopausia: cuidados, color y tratamientos adecuados
-
TecnologíaLa PS5 con jailbreak emula Xbox, Switch y PS2 y avanza hacia el PC
-
SaludNavarra registra 305 casos de salmonelosis y alerta por las tortillas
-
CienciaTres galaxias sin materia oscura refuerzan la idea de que sí existe
-
HistoriaLa Casa de Oldemburgo une a todos los monarcas hereditarios europeos