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Salud

Basil Brown murió tras 38 litros de zumo de zanahoria y vitamina A

Basil Brown bebió cantidades extremas de zumo de zanahoria y tomó vitamina A en exceso, una combinación que acabó causándole un daño hepático mortal.

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38 litros de zumo de zanahoria

Resumen

  • Brown bebió unos 38 litros de zumo de zanahoria en solo diez días
  • También tomó megadosis de vitamina A, el factor más peligroso del caso
  • Su piel amarilleó y el hígado sufrió daños graves antes de su muerte

Basil Brown tenía 48 años, defendía con fervor la alimentación saludable y terminó protagonizando uno de los episodios más extraños asociados al consumo extremo de vitaminas. En diez días bebió alrededor de 38 litros de zumo de zanahoria mientras ingería también grandes cantidades de vitamina A. Su piel adquirió un llamativo tono amarillo y su hígado sufrió daños graves. Murió en Reino Unido en 1974.

La historia suele reaparecer simplificada hasta convertirse en una especie de fábula nutricional: el hombre que murió por comer demasiadas zanahorias. Pero el detalle importante está precisamente donde suelen acabarse los titulares. Brown no vivió esos diez días exclusivamente de zanahorias y tampoco fueron unas zanahorias normales las responsables directas de una intoxicación por vitamina A. Bebía cantidades desmesuradas de zumo y tomaba suplementos concentrados de vitamina A. Esa diferencia no es un matiz menor; cambia la explicación médica del caso.

Diez días, unos 38 litros de zumo y una dieta llevada al extremo

Brown vivía en Croydon, al sur de Londres, y era conocido por su entusiasmo por la nutrición y los productos que consideraba saludables. Las informaciones publicadas tras la investigación de su muerte describieron un consumo de hasta varios litros de zumo de zanahoria al día, una cantidad difícil de imaginar en términos cotidianos: prácticamente una botella grande tras otra, jornada tras jornada.

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Los relatos contemporáneos también desmontan otro detalle que se ha ido deformando con el tiempo. Su dieta no consistía únicamente en zanahorias. Su esposa explicó durante la investigación que Brown podía desayunar zumo de zanahoria y fruta, repetir una combinación parecida al mediodía y tomar por la noche alimentos como huevos, tomates y queso. El elemento realmente anómalo era la cantidad de zumo, acompañada por tabletas de vitamina A que ya habían preocupado a sus médicos.

Brown estaba convencido de que aquel régimen beneficiaba a su organismo. No era precisamente una época ajena a las modas alimentarias —ninguna lo es—, pero su confianza en las vitaminas había cruzado una frontera bastante menos saludable. Según el testimonio conocido durante la investigación, su médico le había advertido de los riesgos y posteriormente fue enviado a un especialista, que también le pidió que abandonara aquella práctica.

Su piel empezó a adquirir un intenso color amarillo

La transformación más visible ocurrió en la piel. Cuando murió, Brown presentaba una pigmentación amarilla muy marcada. El fenómeno encaja con la carotenemia o carotenodermia, provocada por una concentración elevada de betacaroteno, el pigmento que da a la zanahoria buena parte de su característico color naranja.

Aquí conviene separar dos fenómenos que a simple vista pueden parecer el mismo. Una persona que consume enormes cantidades de alimentos ricos en betacaroteno puede llegar a adquirir una tonalidad amarilla o anaranjada, sobre todo en palmas, plantas de los pies y algunas zonas de la cara. A diferencia de la ictericia, la carotenemia normalmente no colorea el blanco de los ojos y, por sí misma, suele ser benigna y reversible al reducir el consumo.

Dicho de otra manera: las zanahorias pueden hacer que alguien parezca, durante un tiempo, como si hubiese pasado demasiadas horas bajo una bombilla naranja. Eso no significa que una ración generosa de esta hortaliza esté envenenando el hígado. El exceso de betacaroteno y la toxicidad por vitamina A no son lo mismo.

El verdadero peligro estaba en las megadosis de vitamina A

La vitamina A es esencial. Interviene en la visión, el funcionamiento del sistema inmunitario, la reproducción y el mantenimiento de distintos tejidos. El problema empieza cuando una sustancia necesaria se interpreta como una sustancia que cuanto más se tome, mejor funciona. La biología rara vez acepta ese tipo de entusiasmo.

La vitamina A preformada, presente en determinados alimentos de origen animal y en suplementos, es liposoluble. El organismo puede almacenarla, principalmente en el hígado. Una ingesta extraordinariamente alta puede producir hipervitaminosis A y causar desde náuseas, dolor de cabeza o alteraciones neurológicas hasta daño hepático grave. En intoxicaciones extremas puede llegar a resultar mortal.

Eso es distinto del betacaroteno presente en las zanahorias. El cuerpo transforma este precursor vegetal en vitamina A según sus necesidades y existe una regulación metabólica que limita la conversión. Las autoridades sanitarias no establecen para el betacaroteno alimentario el mismo límite máximo que para la vitamina A preformada. Un exceso puede teñir la piel, sí; no equivale a ingerir dosis masivas de retinol en comprimidos.

Por eso atribuir la muerte de Brown simplemente a las zanahorias crea una conclusión seductora, pero incorrecta. En su caso convivían dos exposiciones extremas: litros y litros de zumo, con una enorme carga de carotenoides, y suplementos concentrados de vitamina A.

El hígado presentaba daños comparables a una intoxicación alcohólica

La autopsia aportó el dato más serio. El patólogo David Haler describió un hígado gravemente afectado y relacionó el cuadro con la enorme exposición a vitamina A. Las informaciones de la época señalaron que el daño observado era comparable al producido por una intoxicación alcohólica prolongada, con cirrosis hepática.

La investigación sobre su muerte terminó atribuyéndola al consumo extremo asociado al zumo de zanahoria y la vitamina A. Algunas reconstrucciones posteriores cifran la exposición en alrededor de 70 millones de unidades de vitamina A durante aquel periodo, aunque ese dato histórico no debería interpretarse como si toda esa vitamina procediera directamente de las zanahorias: las formas químicas y su metabolismo son diferentes.

El resultado, en cualquier caso, fue devastador. Un hombre que perseguía una versión casi ascética de la salud terminó sometiendo al hígado a una carga que el organismo no pudo soportar. La paradoja es gruesa, casi demasiado perfecta, pero ocurrió.

Comer muchas zanahorias no reproduce el caso de Basil Brown

El episodio tampoco significa que haya que mirar con recelo una bolsa de zanahorias en el supermercado. Una dieta habitual que incluya esta hortaliza es perfectamente compatible con una alimentación saludable. Incluso consumir bastantes durante un periodo prolongado tiene como efecto conocido más peculiar la carotenemia, esa pigmentación amarillo-anaranjada que suele desaparecer cuando disminuye la ingesta.

El límite relevante está en otro sitio: los suplementos y las dosis extraordinarias. Para adultos, el límite superior tolerable utilizado como referencia para la vitamina A preformada es de 3.000 microgramos equivalentes de actividad de retinol al día. El betacaroteno procedente de los alimentos se trata de manera diferente porque su conversión está regulada por el organismo.

Esto explica también por qué la frase «murió por comer zanahorias» funciona estupendamente alrededor de una mesa y bastante peor en medicina. Falta media historia. Y la media historia que falta es, casualmente, la decisiva.

Una vieja historia que desmonta el mito de que lo natural siempre es inocuo

Más de medio siglo después, el caso de Basil Brown conserva su capacidad para llamar la atención porque reúne ingredientes muy actuales: dietas extremas, suplementos, promesas de bienestar y la idea de que un producto beneficioso debe ser todavía mejor cuando se multiplica la dosis.

No funciona así. El agua es imprescindible y también puede resultar peligrosa en cantidades absurdas. Las vitaminas son necesarias y algunas pueden intoxicar. Una zanahoria es un alimento corriente; 38 litros de su zumo en diez días, combinados con megadosis de vitamina A, pertenecen a otra escala.

Esa es la parte realmente útil de una historia que con los años se ha ido cubriendo de una capa naranja de leyenda. Brown no murió porque la zanahoria escondiera un veneno inesperado. Murió después de convertir una idea saludable en un exceso radical y acompañarla de cantidades peligrosas de vitamina A. Entre ambas cosas hay una distancia enorme. También una lección bastante más interesante que el titular fácil.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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