Estilo
Carlota Casiraghi da un giro a su estilo: menos joyas y más sobriedad
Carlota Casiraghi redefine su imagen con prendas sobrias, menos joyas y una estética más intelectual, sin romper con Chanel ni con la alta costura.
Por Juan Jose Alvarez Gomez - Flickr: GALA_17, CC BY-SA 2.0, Wikimedia Commons
Resumen
- Carlota Casiraghi apuesta por prendas más sobrias y menos joyas
- Chanel sigue presente, pero el lujo ocupa menos espacio en su imagen pública
- Su faceta literaria y la presión sobre su cuerpo explican parte del cambio
Carlota Casiraghi atraviesa una etapa distinta y se nota también en la ropa. A sus 40 años, la hija de Carolina de Mónaco ha ido dejando atrás parte de la ornamentación que durante años acompañó su imagen pública para acercarse a una estética más sobria, intelectual y masculina, hecha de camisas amplias, jerséis de cuello alto, vaqueros y líneas mucho más limpias. No es exactamente una despedida del lujo —sigue estrechamente vinculada a Chanel—, sino un cambio en la manera de llevarlo.
La transformación vuelve a situarla en el centro de la atención. Las joyas y los elementos más ceremoniales pierden protagonismo mientras avanzan prendas aparentemente sencillas: camisas de corte masculino, pantalones rectos, tonos neutros y jerséis que podrían salir de un armario mucho menos palaciego. La alta costura continúa ahí, claro. Lo que ha cambiado es el volumen del gesto.
Conviene introducir un matiz. Carlota Casiraghi no ha renunciado al glamour ni se ha instalado de repente en una austeridad monástica. En las grandes citas continúa recurriendo a vestidos de Chanel y piezas muy elaboradas. Su evolución se aprecia sobre todo en el día a día público, donde parece buscar una elegancia menos decorativa, más cómoda y bastante más personal.
De la heredera de Grace Kelly a una elegancia más austera
Durante años, hablar del estilo de Carlota Casiraghi suponía entrar inevitablemente en el álbum familiar. Su abuela fue Grace Kelly; su madre, Carolina de Mónaco, construyó una de las imágenes más reconocibles de la aristocracia europea y mantuvo una estrecha relación con Karl Lagerfeld. Carlota heredó ese escaparate antes incluso de decidir qué quería hacer con él.
Ahora parece administrar esa herencia con menos ceremonia. En sus apariciones recientes han ganado terreno la camisa blanca amplia, el pantalón negro, los vaqueros rectos y las siluetas limpias. Prendas que, vistas de lejos, tienen poco de uniforme principesco. El lujo sigue estando en el tejido, el corte o la firma, pero visualmente el resultado se acerca más al armario de una editora cultural que al de una integrante de los Grimaldi.
La misma dirección aparece en sus citas con la moda parisina. Casiraghi ha recurrido a conjuntos contenidos, zapatos clásicos y combinaciones casi de oficina, reduciendo accesorios y elementos ornamentales. Menos adorno, más estructura. Ese parece ser el hilo conductor de una evolución que no necesita fuegos artificiales para hacerse evidente.
Y ahí aparece una pequeña paradoja. Una mujer asociada desde hace años a una de las grandes casas del lujo francés empieza a resultar estilísticamente más interesante cuanto menos parece empeñada en demostrarlo. La ropa continúa siendo exclusiva, desde luego, pero el mensaje visual se ha vuelto mucho menos ostentoso.
Chanel sigue siendo una pieza central de su imagen
Interpretar esa sobriedad como una ruptura con la moda sería un error. Chanel continúa ocupando un lugar central en la vida pública de Carlota Casiraghi, que mantiene una larga relación con la maison y participa en sus proyectos culturales. Su vínculo con la firma no se limita a vestir sus colecciones: la literatura, la filosofía y las conversaciones con escritores forman también parte de esa colaboración.
La sobriedad tampoco elimina el vestido de noche. Cuando la ocasión lo exige, Casiraghi conserva los códigos clásicos de la alta costura: negro, transparencias delicadas, siluetas fluidas y referencias históricas. Hay dos registros, pero no se contradicen. La Carlota de gala conserva el lenguaje de una gran casa francesa; la de las presentaciones, los desfiles diurnos o las citas culturales ha reducido el ruido. El cambio está en la proporción.
Carlota Casiraghi habla del cuerpo y del juicio constante
La evolución de su imagen adquiere otra profundidad al escuchar lo que la propia Casiraghi ha contado sobre su relación con el cuerpo. Ha explicado que nunca ha sufrido problemas importantes de peso, salud o alteraciones hormonales que condicionaran físicamente su vida. Pero crecer bajo una mirada pública permanente deja otro tipo de marca: durante su adolescencia, su cuerpo era fotografiado, comentado y juzgado mientras todavía estaba cambiando.
La experiencia resulta especialmente áspera a una edad en la que cualquiera intenta acostumbrarse a su propia imagen, con mayor o menor fortuna. En su caso había fotógrafos alrededor y páginas enteras dedicadas a analizar cada transformación física. La fama heredada tiene sus privilegios, pero también esa peculiar costumbre de convertir una etapa íntima en material para el escaparate.
Durante un periodo, Casiraghi trató de apartarse de esa dimensión física y se refugió en la lectura y el pensamiento. Los libros ofrecían un territorio diferente, uno en el que su aspecto dejaba de ser la cuestión principal. Más tarde, la equitación le ayudó a recuperar una relación más directa con su cuerpo, basada en las sensaciones y el movimiento y no tanto en cómo era observada desde fuera.
Ese contexto explica por qué reducir su evolución a un simple cambio de look se queda corto. Durante décadas, Carlota Casiraghi ha sido contemplada ante todo como una imagen: nieta de Grace Kelly, hija de Carolina, rostro de Chanel y presencia habitual entre París y Mónaco. Ella lleva tiempo intentando desplazar el foco hacia su identidad intelectual.
Los libros ocupan cada vez más espacio en su vida pública
Ese desplazamiento se ha hecho especialmente visible en 2026. Carlota Casiraghi publicó La Fêlure, su primer libro firmado en solitario, una obra centrada en la fragilidad humana, las grietas personales y la capacidad de transformarse a partir de ellas. No es una autobiografía convencional ni un volumen de confidencias de palacio, sino un ensayo tejido alrededor de literatura, experiencia y pensamiento.
En sus páginas aparecen autores y figuras como F. Scott Fitzgerald, Colette, Marguerite Duras o Anna Ajmátova. La elección no es casual. Casiraghi lleva años cultivando un perfil que se aleja bastante del simple papel de celebridad aristocrática y que se apoya en una formación filosófica y literaria sostenida en el tiempo.
Su relación con los libros, además, está conectada con algunos de los episodios más delicados de su biografía. Carlota tenía cuatro años cuando su padre, Stefano Casiraghi, murió en 1990 durante una competición de motonáutica. Aquella pérdida introdujo muy pronto en su vida la idea de fragilidad y de muerte. La lectura llegó también como una manera de buscar sentido, no para borrar la herida, sino para encontrar palabras con las que convivir con ella.
Es bastante más interesante que la habitual etiqueta de «royal intelectual». Carlota ni siquiera posee formalmente el título de princesa. Su perfil público se ha construido precisamente en esa zona extraña: pertenece a una de las familias dinásticas más conocidas de Europa, pero trata de evitar que esa pertenencia explique todo lo demás.
Una vida pública contra la imagen prefabricada
Casiraghi ha reconocido que durante mucho tiempo sintió dificultades para considerarse plenamente legitimada en el terreno intelectual porque sabía que, para una parte del público, su apellido, posición social y familia llegarían antes que cualquier texto que pudiera escribir. Una sombra difícil de esquivar cuando se nace dentro de una saga convertida en icono popular.
También ha hablado de la exigencia de crecer junto a una madre extremadamente culta. Carolina de Mónaco fijaba un listón intelectual alto y aquella educación le proporcionó herramientas, aunque durante un tiempo convirtió incluso la lectura en una especie de examen permanente. Casiraghi llegó a preocuparse tanto por encontrar la interpretación correcta que perdió parte del placer espontáneo de leer.
Con los años, el mecanismo parece haberse invertido. Leer dejó de ser una prueba y pasó a convertirse en una elección; vestirse también parece haberse acercado a esa lógica. Menos necesidad de responder a una imagen preconcebida, más margen para aparecer con una camisa blanca y unos vaqueros sin transformar cada aparición en una escena de palacio.
Su vida sentimental no explica por sí sola el cambio
La evolución coincide con una etapa personal sobre la que también han aparecido informaciones en la prensa europea. A comienzos de octubre se dio por terminada su relación con el escritor francés Nicolas Mathieu, premio Goncourt en 2018, después de aproximadamente dos años juntos. Ninguno de los dos ha convertido los detalles de esa separación en un relato público.
Relacionar automáticamente su nueva estética con una ruptura sentimental sería, en cualquier caso, demasiado sencillo. Muchos de los looks que ahora se interpretan como síntomas de una transformación aparecieron antes: las camisas amplias, los pantalones sobrios y los vaqueros ya estaban presentes durante la primavera y el verano. El cambio venía de antes.
Ese detalle importa. Las biografías de mujeres famosas se han contado demasiadas veces como una sucesión mecánica de romances, rupturas y vestidos. En Casiraghi se observa un proceso bastante más amplio: cumplir 40 años, publicar un libro, reivindicar una voz propia y revisar el modo en que se presenta después de una vida entera observada desde fuera.
Una Carlota menos decorativa y más reconocible
El cambio de Carlota Casiraghi no consiste en abandonar las joyas para esconderse detrás de un jersey negro. Sería demasiado sencillo. Sigue vistiendo Chanel en los grandes acontecimientos, continúa ocupando primeras filas y mantiene intacta su relación con el universo de la moda. El lujo no ha desaparecido; simplemente ha dejado de ocupar todo el encuadre.
Su vestuario cotidiano se ha vuelto más sobrio, las prendas masculinas han ganado espacio y la ornamentación se dosifica. Al mismo tiempo, Casiraghi habla cada vez más de literatura, pensamiento, pérdida y exposición pública, asuntos bastante alejados de la vieja caricatura de heredera elegante fotografiada en Montecarlo.
Tal vez ahí esté la transformación más interesante. Durante mucho tiempo fue fácil mirar a Carlota Casiraghi y reconocer inmediatamente a Grace Kelly, Carolina de Mónaco, Chanel y el Principado. A los 40 años empieza a resultar más sencillo reconocer, sencillamente, a Carlota Casiraghi.
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