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Historia

Navarra halla su primer neandertal con ADN excepcional de 49.000 años

Seis restos óseos de Abauntz identifican al primer neandertal de Navarra, un varón de hasta 49.000 años con ADN antiguo muy bien conservado.

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Navarra descubre su primer neandertal

Imagen: Neanderthal-Museum, Mettmann / CC BY-SA 4.0.

Resumen

  • Navarra identifica su primer neandertal, de hasta 49.000 años
  • Los seis restos de Abauntz conservan ADN antiguo excepcional
  • El hallazgo aporta nuevas pistas sobre las últimas poblaciones neandertales

Navarra acaba de incorporar casi 50.000 años de historia humana de una sola vez. Un equipo de arqueólogos ha identificado en la cueva de Abauntz, situada en Arraitz-Orkin, en el valle de Ultzama, los primeros restos de neandertal conocidos en la Comunidad Foral. Son también, hasta la fecha, los restos humanos más antiguos hallados en Navarra.

El descubrimiento corresponde a un varón adulto que vivió hace entre 44.000 y 49.000 años. Se han identificado seis restos óseos: tres metacarpos, una falange de la mano derecha y otros dos fragmentos reconocidos mediante análisis de proteínas. Hay, además, una circunstancia que multiplica el interés del hallazgo: los huesos conservan ADN antiguo en un estado excepcional, una rareza que permitirá estudiar a una de las últimas poblaciones neandertales de Europa con una precisión poco habitual.

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Seis pequeños huesos que cambian la prehistoria de Navarra

No ha aparecido un esqueleto espectacular extendido sobre el suelo de una cueva. La arqueología real suele ser bastante menos cinematográfica. Lo que ha sobrevivido son unos pocos huesos de una mano, diminutos frente a los milenios que cargan encima, pero suficientes para modificar el mapa de la presencia neandertal en Navarra.

Los fósiles fueron datados directamente mediante carbono-14, y no únicamente por la edad estimada del sedimento que los rodeaba. Esa diferencia importa. Permite vincular la cronología al propio individuo y sitúa los restos aproximadamente hace 46.000 años, dentro del periodo final de la presencia de los neandertales en Europa.

El hallazgo despeja además una incógnita que llevaba tiempo abierta. Los primeros cuatro restos humanos recuperados en el denominado nivel 101 de Abauntz eran huesos anatómicamente poco diagnósticos. Durante la investigación inicial se contemplaron dos posibilidades: podían pertenecer a Homo sapiens o a Homo neanderthalensis. Las nuevas dataciones y los análisis posteriores permiten identificarlos como restos neandertales.

Por qué el ADN conservado es casi tan importante como los huesos

Encontrar un fósil neandertal es infrecuente. Encontrarlo con material genético bien preservado reduce todavía más las probabilidades. El ADN antiguo se degrada con el tiempo por efecto de la humedad, la temperatura, los microorganismos y numerosos procesos químicos; después de decenas de miles de años puede quedar reducido a fragmentos minúsculos.

En Abauntz, sin embargo, los estudios genéticos han detectado una conservación especialmente buena. Los análisis siguen en curso y conviene no adelantarse a sus resultados, pero su potencial es considerable: podrían aportar información sobre parentesco, diversidad genética, movimientos de población y conexiones con otros grupos neandertales europeos.

La datación precisa da al material genético todavía más valor. Un genoma antiguo sin una cronología sólida cuenta una historia a medias; un fósil bien fechado y situado en su contexto arqueológico permite comparar poblaciones y cambios a lo largo del tiempo. En este caso, fecha, fósil y genética encajan en un mismo individuo.

Un neandertal que vivió cerca del final de su especie

El individuo de Abauntz habitó el Pirineo occidental durante una etapa especialmente interesante. Los neandertales habían ocupado amplias zonas de Europa y Asia occidental durante cientos de miles de años, pero desaparecieron del registro arqueológico aproximadamente hace 40.000 años. Para entonces, Homo sapiens se encontraba expandiéndose por el continente y ambas poblaciones llegaron a coincidir e incluso a mezclarse genéticamente.

El neandertal navarro entra, por tanto, en el tramo final de esa larguísima historia. No significa que fuese uno de los últimos individuos de su especie —sería imposible sostener algo así—, pero sí pertenece a las poblaciones neandertales tardías, precisamente aquellas cuya genética resulta especialmente valiosa para comprender qué estaba ocurriendo antes de su desaparición.

Durante mucho tiempo se habló de los neandertales como una especie torpe, casi una versión rudimentaria del ser humano moderno. Esa caricatura hace años que se cae a pedazos. Fabricaban herramientas sofisticadas, controlaban el fuego, explotaban entornos muy diversos y mantenían comportamientos sociales complejos. Y dejaron algo bastante más íntimo que una colección de piedras talladas: parte de su ADN permanece en millones de humanos actuales.

Abauntz, una cueva en un corredor natural de los Pirineos

La ubicación del descubrimiento tampoco es secundaria. La cueva de Abauntz se encuentra en Arraitz-Orkin, dentro del valle navarro de Ultzama, en una posición que comunica de manera natural territorios situados a ambos lados de los Pirineos. Ese emplazamiento ofrece una oportunidad poco corriente para estudiar cómo se desplazaban las poblaciones prehistóricas por el extremo occidental de la cordillera.

La cavidad conserva una secuencia arqueológica extraordinariamente larga. Sus depósitos registran alrededor de 50.000 años de actividad humana, desde ocupaciones neandertales hasta etapas del Paleolítico superior, el Neolítico, la Edad de los Metales e incluso época romana. No es una fotografía aislada, sino una película geológica escrita capa sobre capa.

Abauntz ya era conocida internacionalmente por otra pieza singular: un bloque grabado del Magdaleniense, de unos 13.600 años de antigüedad, interpretado como una de las representaciones cartográficas más antiguas conocidas de Europa occidental. La misma cueva que guardó aquel posible mapa ha terminado proporcionando ahora una historia humana muchísimo más antigua.

De una incógnita arqueológica a un individuo neandertal

Las excavaciones modernas en Abauntz fueron retomadas en 2022 después de más de dos décadas sin intervenciones. En la Sala 1 aparecieron dos nuevos niveles arqueológicos, denominados 100 y 101. Precisamente en este último comenzaron a recuperarse los primeros restos humanos.

La posición estratigráfica planteaba un pequeño rompecabezas. Algunos materiales asociados apuntaban a una antigüedad superior a los 42.900 años, pero los huesos humanos necesitaban una datación directa. Se reservaron muestras específicas para carbono-14 y otras para estudios genéticos, procurando sacrificar la menor cantidad posible de fósil, porque analizar arqueología de esta edad implica también destruir una pequeña parte del material. Nada sale gratis, ni siquiera cuando lleva enterrado 49.000 años.

El resultado ha estrechado notablemente la cronología: entre 44.000 y 49.000 años. Y el antiguo dilema entre neandertal y Homo sapiens ha quedado resuelto a favor del primero.

Más de 25 especialistas estudian el hallazgo

El proyecto está dirigido por los investigadores Andion Arteaga y Mikel Arlegi y reúne a más de 25 especialistas de distintas disciplinas. Participan instituciones españolas y europeas, entre ellas el CENIEH, el IPHES-CERCA, el Musée de l’Homme de París, la Universidad de Varsovia, la Universidad de Viena y el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig.

No se estudian únicamente los huesos. La investigación combina arqueología, datación radiocarbónica y genética antigua con paleoproteómica —el análisis de proteínas conservadas en materiales antiguos—, microtomografía y estudio de los sedimentos. Esa suma permite reconstruir un contexto mucho más rico que el ofrecido por el fósil aislado.

Los análisis todavía no han terminado. Algunas de las cuestiones más interesantes siguen abiertas: la relación genética de este individuo con otros neandertales europeos, el grado de conexión entre las poblaciones del Pirineo o el uso de este corredor natural durante los milenios anteriores a la desaparición de la especie. Los restos serán expuestos en el Museo de Navarra una vez concluya la investigación en curso.

Una mano de hace 49.000 años abre una historia mucho mayor

Abauntz no ha entregado una ciudad perdida ni un tesoro de oro. Ha entregado algo bastante más frágil: seis fragmentos de un neandertal que vivió en Navarra cuando Europa era otro mundo. No sabemos su nombre, naturalmente; tampoco cómo murió ni qué aspecto exacto tenía. La ciencia empieza muchas veces por admitir todo aquello que todavía no puede decir.

Lo que sí sabemos es sustancial. Era un hombre adulto, vivió hace entre 44.000 y 49.000 años, sus huesos constituyen los restos humanos más antiguos conocidos en Navarra y su ADN ha sobrevivido en unas condiciones inusualmente buenas. En un periodo decisivo de la evolución humana, a las puertas de la desaparición de los neandertales europeos, ese pequeño conjunto óseo ofrece algo poco frecuente: fecha, contexto y genética reunidos en el mismo individuo.

Casi 50.000 años después, unos pocos huesos de una mano y dos pequeños fragmentos han bastado para colocar a Navarra en un lugar nuevo dentro del mapa de la evolución humana.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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