Historia
Una herida de lanza sugiere que los neandertales eran más violentos
Una lesión en la escápula de un neandertal de Shanidar revela un posible ataque con lanza hace 75.000 años y reabre el debate sobre su violencia.
Imagen: Neanderthal-Museum, Mettmann / CC BY-SA 4.0.
Resumen
- Una herida de 15 mm sugiere que una lanza atravesó el pecho del neandertal
- La lesión no cicatrizó y pudo producirse en torno al momento de su muerte
- Shanidar A había sobrevivido antes a un grave traumatismo facial
Un pequeño agujero de apenas 15 milímetros en un omóplato ha abierto una ventana bastante incómoda a la vida de los neandertales. Los restos de un individuo que murió hace unos 75.000 años en la actual región del Kurdistán iraquí muestran una lesión compatible con el impacto de una lanza de madera afilada que habría atravesado el pecho antes de perforar la escápula izquierda. La herida pudo ser mortal y los investigadores consideran plausible que fuese consecuencia de violencia entre individuos.
El hallazgo, publicado en Scientific Reports, no demuestra que los neandertales fueran una sociedad particularmente violenta —una conclusión demasiado grande para un solo hueso—, pero sí aporta una de las pruebas más antiguas conocidas de una muerte causada posiblemente por un arma de madera. Y añade algo más interesante: el mismo individuo había sobrevivido tiempo antes a un traumatismo grave en la cara, probablemente gracias al cuidado de otros miembros de su grupo. Violencia y solidaridad bajo el mismo techo de piedra. Bastante humano, por cierto.
Un agujero circular que difícilmente parece casual
Los restos pertenecen al individuo denominado Shanidar A, un adulto de alrededor de 45 años localizado en la célebre cueva de Shanidar. Se conservaron parte de una mano, varias costillas, siete dientes y buena parte de la escápula izquierda. Precisamente en ese hueso apareció una perforación casi perfectamente circular, de unos 1,5 centímetros de diámetro, rodeada por fracturas radiales y pequeños fragmentos desprendidos.
La forma resulta importante. Una punta de piedra suele producir lesiones de perfiles más angulosos o alargados. Aquí, en cambio, el agujero encaja mucho mejor con el extremo redondeado de una lanza fabricada enteramente en madera, similar a armas prehistóricas conocidas en otros yacimientos europeos.
Los investigadores compararon la lesión con resultados experimentales obtenidos mediante réplicas de antiguas lanzas de madera. El parecido es notable. Las armas de este tipo no eran simples palos improvisados: podían ser cuidadosamente trabajadas, afiladas y utilizadas tanto para empujar a corta distancia como, dependiendo de su diseño, para ser lanzadas. La arqueología lleva años desmontando la imagen del neandertal torpe que resolvía su existencia a pedradas. La tecnología de madera, aunque se conserva mucho peor que la piedra, también formaba parte de su mundo.
La trayectoria apunta directamente al pecho
La interpretación propuesta por los investigadores es bastante gráfica. La lanza habría penetrado desde la parte delantera del cuerpo, probablemente con una trayectoria descendente. Para alcanzar la escápula tuvo que atravesar primero tejidos del tórax y muy posiblemente un pulmón y vasos sanguíneos importantes.
No habría sido un rasguño de cacería. La fuerza necesaria para perforar el cuerpo y después romper un hueso plano como la escápula apunta a un impacto poderoso. La posición de la lesión presenta características compatibles con un golpe dirigido hacia una zona especialmente vulnerable del torso.
La ausencia de señales de curación en el hueso refuerza la posibilidad de que la lesión se produjera alrededor del momento de la muerte. La prudencia, sin embargo, sigue siendo necesaria: con un esqueleto incompleto y 75.000 años de distancia no existe forma de reconstruir una escena criminal como si Shanidar fuese una comisaría paleolítica.
Violencia entre neandertales, la hipótesis más sencilla
Una posibilidad es que Shanidar A muriese durante una cacería. Los neandertales perseguían grandes animales y algunos sistemas de caza obligaban a aproximarse mucho a la presa. Un forcejeo con una lanza en medio de una batida podía terminar mal; no hace falta demasiada imaginación para entenderlo.
Pero la orientación de la herida, su profundidad y la potencia del golpe inclinan a los investigadores hacia otra explicación posible: violencia interpersonal. No se sabe quién sostuvo el arma ni por qué. Tampoco puede excluirse por completo la intervención de Homo sapiens, presente en distintas zonas de Eurasia durante aquellos periodos, aunque el enfrentamiento entre neandertales sigue siendo una interpretación plausible.
Conviene aquí rebajar un poco el volumen del titular fácil. Encontrar una muerte violenta no convierte automáticamente a toda una especie en especialmente agresiva. Las evidencias de violencia sistemática en la prehistoria profunda son escasas, en buena medida porque el registro arqueológico también lo es. Huesos completos hay pocos; heridas reconocibles, todavía menos. Lo excepcional de Shanidar A reside precisamente en que conserva una lesión susceptible de reconstruirse con bastante detalle.
Sí demuestra algo más modesto y, quizá, más revelador: los conflictos capaces de terminar de forma letal estaban dentro del repertorio posible de aquellas poblaciones, igual que la cooperación, la tecnología o el cuidado de los enfermos.
Antes de morir, alguien tuvo que cuidar de él
La historia de Shanidar A no comienza con la lanza. Sus dientes conservan rastros de otro traumatismo grave, ocurrido bastante antes de la muerte.
Uno de los incisivos inferiores estaba partido verticalmente, mientras otros dientes aparecían desplazados. El desgaste y los depósitos acumulados sobre la pieza dañada indican que el individuo continuó viviendo durante un periodo prolongado tras aquella lesión. Los investigadores consideran plausible que hubiese recibido un fuerte golpe en la boca o la cara, quizá por una caída, un accidente o incluso otro episodio violento.
Sobrevivir herido también habla del grupo
Comer con semejante lesión no debió de ser precisamente agradable. El daño dental habría dificultado la alimentación y posiblemente la comunicación. Que el individuo siguiera vivo implica que pudo adaptarse, pero también abre la posibilidad de que otros neandertales le proporcionaran ayuda, quizá alimentos más blandos o preparados de manera que pudiera consumirlos.
Aquí aparece la paradoja más interesante del hallazgo. El mismo esqueleto que parece conservar las huellas de una muerte brutal contiene también rastros de supervivencia tras una lesión seria. La vieja caricatura del neandertal como bruto solitario vuelve a quedarse pequeña.
No sería la primera vez. Otros individuos encontrados en Shanidar muestran discapacidades importantes sufridas durante años. Uno de ellos padeció problemas que incluían lesiones en un brazo, artritis, dificultades auditivas y pérdida parcial de visión y, aun así, alcanzó una edad avanzada. Sobrevivir durante tanto tiempo en aquellas condiciones apunta a alguna forma de protección social y asistencia dentro del grupo.
Shanidar, una cueva donde los muertos volvían al mismo lugar
La propia ubicación de Shanidar A añade otra capa. La cueva de Shanidar, excavada inicialmente en la década de 1950, es uno de los grandes escenarios de la arqueología neandertal. Allí se han encontrado numerosos restos humanos y algunos alimentaron durante décadas la discusión sobre si los neandertales enterraban deliberadamente a sus muertos.
Las excavaciones modernas han reforzado esa posibilidad. Shanidar A apareció dentro de una concentración de al menos cinco individuos, cuatro adultos y un bebé, depositados en una zona muy reducida de la cueva. Los cuerpos no llegaron allí simultáneamente: parecen haberse acumulado durante años o décadas, cerca de una gran roca vertical que pudo funcionar como referencia visible.
Shanidar A estaba colocado sobre la espalda, con la cabeza orientada hacia el este y debajo de otro individuo conocido como Shanidar Z. Los investigadores interpretan esa repetición espacial como una posible señal de comportamiento funerario intencionado. No significa necesariamente que existieran ceremonias equivalentes a las modernas; atribuir pensamientos concretos a personas muertas hace decenas de miles de años siempre exige cautela. Pero regresar al mismo punto de una cueva para depositar cadáveres difícilmente parece un detalle irrelevante.
Y ahí cambia bastante la escena. No tenemos únicamente un neandertal atravesado por una lanza. Tenemos a un individuo herido anteriormente, probablemente atendido durante su recuperación, que terminó muriendo violentamente y cuyo cuerpo acabó en un lugar usado reiteradamente para depositar a los muertos.
Durante buena parte de la historia moderna, los neandertales cargaron con una fama poco envidiable: seres robustos, toscos, culturalmente limitados y destinados a desaparecer ante la supuesta superioridad de Homo sapiens. Ese retrato se ha ido deshaciendo pieza a pieza. Sabemos que fabricaban herramientas complejas, dominaban el fuego, explotaban distintos recursos y trabajaban la madera. También se cruzaron con los humanos modernos: una parte de la población actual conserva ADN neandertal.
La herida de Shanidar A encaja en esa revisión, pero introduce un tono más oscuro. La sofisticación social no significa necesariamente convivencia pacífica. Una comunidad capaz de atender a un miembro herido podía ser también escenario de rivalidades, conflictos entre grupos o ataques mortales. Una cosa no invalida la otra; de hecho, nuestra propia especie lleva milenios empeñada en demostrarlo.
El agujero de 15 milímetros encontrado en aquella escápula no basta para describir toda la sociedad neandertal. Sí basta para recordar que hace 75.000 años existían vidas sociales mucho más complejas de lo que deja ver la palabra «prehistoria»: individuos que enfermaban, cazaban, sufrían lesiones, recibían ayuda, quizá peleaban y, finalmente, eran depositados junto a otros muertos en un rincón concreto de una enorme cueva.
Entre la lanza y el cuidado quedó una vida neandertal
Shanidar A ofrece una imagen extrañamente cercana pese a la distancia temporal. Antes de convertirse en un puñado de huesos bajo metros de sedimento, fue un adulto que sobrevivió a un traumatismo facial grave y siguió formando parte de su comunidad. Después recibió un impacto que pudo atravesarle el pecho y causarle la muerte. Su cuerpo quedó en el mismo espacio donde otros neandertales fueron depositados durante años.
La ciencia todavía no puede decir quién empuñó aquella lanza ni establecer que se tratase de un homicidio. Accidente de caza y violencia interpersonal continúan sobre la mesa, aunque la segunda explicación resulta compatible con la trayectoria y la fuerza de la lesión.
Lo verdaderamente nuevo no es descubrir que nuestros parientes evolutivos podían hacerse daño. Es poder observar, en un solo individuo, los extremos de una sociedad desaparecida: un golpe potencialmente mortal y, antes de él, las huellas de alguien que sobrevivió porque posiblemente no estaba solo. La prehistoria, cuando conserva suficiente detalle, deja de parecer un paisaje lejano. A veces se parece demasiado a nosotros.
-
España2 de noviembre festivo: las 9 comunidades con puente de tres días
-
HistoriaAgrigento saca a la luz un barrio arrasado por Cartago en 406 a. C.
-
EspañaIrene Montero gana con el 90 % las primarias de Podemos para el 29-N
-
TecnologíaIBM Kookaburra acerca los ordenadores cuánticos tolerantes a errores
-
EspañaBabiš acusa a políticos españoles de querer «sustituir población»
-
EspañaIdentifican a Sergio, desaparecido en Pineda de Mar durante la riada
-
EconomíaEl metal de Murcia entra en huelga indefinida desde el 27 de octubre
-
CienciaLos gatos domésticos muestran cinco rasgos ligados a la psicopatía
-
MundoLeón XIV pide a Putin una tregua en Oleshky y Moscú acepta colaborar
-
EspañaHelena Jubany: el acusado irá a juicio con jurado popular tras 25 años
-
CulturaLuis Tabuenca recibe el Reina Sofía y estrena ‘Rémanence’ en Madrid
-
EconomíaMerz abre la vía al coche térmico desde 2035 y a los biocombustibles