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Los demócratas toman ventaja en las midterms mientras Trump cae al 31%

Las encuestas dan ventaja a los demócratas para la Cámara y abren la pelea por el Senado mientras la aprobación nacional de Trump cae hasta el 31%.

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Los demócratas avanzan en las midterms

Resumen

  • Los demócratas llegan con ventaja a las elecciones del 3 de noviembre
  • Trump cae al 31% de aprobación en plena recta final de las midterms
  • La Cámara favorece a la oposición y el Senado sigue abierto

Estados Unidos entra en las dos últimas semanas antes de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre con una tendencia cada vez más incómoda para el Partido Republicano. Los demócratas aventajan a sus rivales en los principales sondeos nacionales, parten con mejores perspectivas para recuperar la Cámara de Representantes y mantienen abierta una batalla por el Senado que hace apenas unos meses parecía bastante más cuesta arriba.

Donald Trump no figura en ninguna papeleta, pero su nombre flota sobre todas. La aprobación del presidente ha descendido hasta el 31% en uno de los principales sondeos nacionales, el nivel más bajo de sus dos mandatos, mientras otras mediciones también reflejan un fuerte desgaste. Con el coste de la vida y la economía pesando sobre el ánimo del electorado, estas elecciones se han convertido de hecho en un examen a la segunda presidencia de Trump.

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Los sondeos inclinan la balanza hacia los demócratas

La ventaja demócrata aparece con intensidades distintas según la encuesta, pero aparece. Y eso, a dos semanas de votar, importa. Los principales promedios nacionales sitúan al partido por delante de los republicanos en la intención de voto al Congreso, una diferencia suficientemente amplia como para poner en peligro la frágil mayoría conservadora.

Algunas mediciones conceden a los candidatos demócratas ventajas especialmente considerables entre los votantes registrados y quienes aseguran que probablemente acudirán a las urnas. En verano la distancia era sensiblemente menor. La campaña, lejos de estrechar las cifras, ha ido trasladando parte del descontento hacia el partido que ocupa la Casa Blanca.

Los modelos electorales empiezan a reflejar ese movimiento y sitúan a los demócratas como favoritos para controlar la Cámara, mientras el Senado se mantiene mucho más abierto. No son resultados anticipados —una probabilidad nunca es una papeleta dentro de una urna—, pero explican el creciente nerviosismo republicano.

La Cámara, el terreno más favorable para la oposición

Los 435 escaños de la Cámara de Representantes se renuevan el 3 de noviembre. La mayoría republicana es tan estrecha que apenas deja colchón ante una pérdida moderada de distritos. Basta un desplazamiento relativamente pequeño del electorado para cambiar quién controla la cámara baja.

Ahí se encuentra la gran oportunidad demócrata. Los analistas electorales han desplazado durante las últimas semanas varios distritos competitivos hacia posiciones más favorables para la oposición, incluidos territorios donde los republicanos habían comenzado la campaña con bastante más tranquilidad.

El problema para el partido de Trump no reside solamente en las grandes ciudades progresistas o en las costas. Se ha extendido hacia zonas suburbanas y estados del Medio Oeste que fueron decisivos para el republicano en 2024. Algunos territorios tradicionalmente conservadores han comenzado a ofrecer carreras bastante más ajustadas de lo habitual.

Hay algo casi paradójico. Trump consiguió regresar a la Casa Blanca ampliando su coalición electoral en 2024, pero dos años después algunos de aquellos votantes están utilizando las legislativas para expresar malestar con el coste de la vida y la marcha de la economía. La política estadounidense cambia rápido; el bolsillo, normalmente, todavía más.

El voto nacional no se convierte automáticamente en escaños

Conviene introducir una cautela. Una ventaja amplia en una encuesta nacional no significa que los demócratas vayan a obtener ese mismo margen en la Cámara. El sistema electoral estadounidense convierte los porcentajes generales en una fotografía imperfecta cuando llega el momento de repartir escaños.

Las elecciones al Congreso se deciden distrito por distrito. Su diseño geográfico, la fuerza de cada candidato, la participación y la concentración del voto pueden producir resultados bastante distintos de la fotografía nacional.

Los republicanos conservan, además, ventajas estructurales en determinados territorios. Una parte considerable del voto demócrata se concentra en distritos urbanos donde el partido gana con diferencias enormes; esos votos adicionales sirven para engordar el porcentaje nacional, pero no conceden escaños extra. Estados Unidos tiene estas cosas: ganar de treinta sigue valiendo exactamente un congresista.

Por eso el escenario favorable a los demócratas es sólido, aunque todavía no irrevocable. Un puñado de circunscripciones decididas por márgenes estrechos puede alterar una mayoría que, sobre el papel, parece bastante más cómoda.

El Senado mantiene abierta la pelea

La Cámara Alta presenta una aritmética más complicada. En estas elecciones se renueva una parte del Senado de Estados Unidos, donde los republicanos parten con ventaja. Los demócratas necesitan conservar sus posiciones y, al mismo tiempo, arrebatar varios escaños a sus rivales para poder cambiar el control de la cámara.

El mapa, que inicialmente parecía bastante cómodo para el Partido Republicano, se ha ido estrechando hasta dejar varias carreras competitivas en estados que pueden terminar decidiendo el equilibrio de poder en Washington. Son contiendas donde unas pocas décimas de diferencia pueden separar una victoria de una derrota.

También aparecen movimientos relevantes en territorios tradicionalmente difíciles para los demócratas. Eso no significa que se haya producido un vuelco definitivo, pero sí que el mapa del Senado ya no ofrece a los republicanos la tranquilidad que proyectaba meses atrás.

Las diferencias en algunas de esas carreras son mínimas, frecuentemente cercanas al margen de error. Nadie sensato debería repartir todavía las llaves de los despachos. La movilización de última hora y el voto anticipado pueden terminar inclinando estados donde prácticamente cada sufragio cuenta.

El Senado importa incluso más de lo habitual porque confirma jueces federales, miembros del Gobierno y magistrados del Tribunal Supremo. Si los demócratas conquistaran la Cámara Alta, Trump mantendría amplios poderes presidenciales, pero perdería buena parte de la facilidad con la que puede sacar adelante determinados nombramientos.

Trump llega a la campaña con su peor dato de aprobación

El presidente se ha implicado de lleno en las elecciones y ha intentado movilizar a la base republicana presentando las legislativas como una prolongación de su propio mandato. Trump ha pedido a sus votantes que actúen como si él mismo apareciera en la papeleta. Los demócratas, encantados, han aceptado la propuesta.

El problema es que la marca presidencial atraviesa uno de sus momentos más débiles. Una de las encuestas más recientes sitúa su aprobación en el 31%, mientras el juicio de los estadounidenses sobre la gestión económica resulta especialmente negativo. Incluso entre sectores que respaldaron a Trump aparecen señales de malestar.

El voto femenino está siendo especialmente difícil para los republicanos, mientras también aparecen grietas entre algunos votantes hispanos, suburbanos y sectores que habían ayudado a Trump en las presidenciales de 2024.

Hay otro dato significativo: una parte creciente del electorado no está votando tanto a favor del Partido Demócrata como contra la situación existente. Eso introduce una diferencia importante. La oposición recoge el descontento, aunque su propia valoración tampoco resulta particularmente brillante. Estados Unidos no vive exactamente un enamoramiento demócrata; se parece más a una factura presentada al Gobierno.

Economía y coste de la vida marcan la campaña

La campaña está dominada por cuestiones muy terrenales. Los precios y el coste de la vida ocupan los primeros puestos entre las preocupaciones de los estadounidenses, convirtiendo la economía doméstica en uno de los principales puntos débiles para el partido que gobierna.

Para un presidente, pocas estadísticas son tan abstractas como el crecimiento del PIB y pocas cosas tan visibles como la cesta de la compra, el alquiler o el precio que aparece en una gasolinera. Ahí se juega buena parte del clima electoral, lejos de los grandes discursos de Washington.

Los republicanos intentan reconducir la conversación hacia inmigración, seguridad e impuestos y hacia los aspectos de la agenda de Trump que todavía conservan un apoyo considerable entre sus bases. Los demócratas insisten, en cambio, en la pérdida de poder adquisitivo, la sanidad y el desgaste presidencial.

La batalla se juega también en la participación electoral. Los sondeos detectan una movilización elevada entre votantes demócratas, algo decisivo en unas elecciones de medio mandato, donde la abstención suele ser mayor que en las presidenciales. Una pequeña diferencia de entusiasmo puede acabar inclinando un distrito que parecía empatado sobre el papel.

El 3 de noviembre decidirá cuánto poder conserva Trump

Una victoria demócrata en la Cámara de Representantes cambiaría inmediatamente la relación de fuerzas en Washington. La oposición pasaría a controlar comités parlamentarios, investigaciones y citaciones, mientras la Casa Blanca tendría muchas más dificultades para convertir sus iniciativas legislativas en leyes.

Si los demócratas conquistaran también el Senado, el golpe sería bastante mayor. Podrían frenar nombramientos judiciales, controlar las comisiones de ambas cámaras y negociar desde una posición mucho más fuerte presupuestos y políticas económicas. Trump conservaría, eso sí, su poder de veto y buena parte de sus competencias ejecutivas.

Un Congreso dividido abriría dos años de bloqueo, negociaciones ásperas y probablemente investigaciones parlamentarias antes de las presidenciales de 2028. Si los republicanos consiguieran conservar ambas cámaras, Trump recibiría en cambio un respaldo político decisivo para la segunda mitad de su mandato.

Quedan dos semanas y las carreras decisivas se resolverán en un puñado de estados y distritos donde unos miles de votos pueden pesar más que cualquier gran promedio nacional. Pero la fotografía del 20 de octubre de 2026 ha cambiado respecto al comienzo de la campaña: los republicanos ya no defienden simplemente una mayoría estrecha. Defienden el control del Congreso mientras un presidente con apenas un tercio de aprobación intenta evitar que las elecciones se conviertan en el castigo político que sus adversarios llevan meses esperando.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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