Naturaleza
Europa atribuye al cambio climático el 65 % de las muertes por calor
Un estudio estima unas 50.000 muertes por calor en Europa durante 2026 y atribuye el 65 % al cambio climático provocado por la actividad humana.
Resumen
- El calor causó unas 50.000 muertes en las ciudades europeas analizadas
- El 65 % se atribuye al calentamiento provocado por la actividad humana
- España suma 6.824 muertes estimadas y figura entre los países más afectados
El cambio climático provocado por la actividad humana estuvo detrás de aproximadamente el 65 % de las muertes relacionadas con el calor estimadas en las ciudades europeas analizadas durante el verano de 2026. De unas 50.391 muertes calculadas entre junio y agosto, 32.619 se atribuyen al calentamiento añadido por las emisiones humanas, principalmente por la quema de carbón, petróleo y gas.
La magnitud impresiona, aunque conviene precisar qué significa. No se trata de 50.391 certificados de defunción donde aparezca escrito «calor» como causa directa. Son estimaciones epidemiológicas realizadas a partir de temperaturas, mortalidad, edad de la población y modelos que permiten calcular cuántas muertes se producen cuando el termómetro supera los niveles de menor riesgo para cada ciudad. El calor rara vez firma el certificado; trabaja de una manera bastante más silenciosa, agravando enfermedades cardiovasculares, respiratorias y otros problemas previos.
El análisis abarca 854 ciudades y áreas urbanas de 30 países europeos, incluidos los 27 miembros de la Unión Europea, Reino Unido, Noruega y Suiza. En conjunto representan alrededor del 40 % de la población de esos territorios, de modo que la cifra tampoco equivale a toda la mortalidad europea. Los investigadores advierten, de hecho, de que el impacto real del verano puede ser superior porque quedan fuera otras zonas y episodios como la ola de calor de mayo.
El verano de 2026 rompe la serie de mortalidad por calor
Los cálculos sitúan el verano de 2026 como el más mortífero por calor desde el año 2000 dentro de las ciudades estudiadas. Las aproximadamente 50.400 muertes superan en un 71 % las 29.480 estimadas en 2022, que hasta ahora encabezaba esta serie. También quedan muy por encima de las cerca de 28.500 calculadas para el célebre verano europeo de 2003.
La comparación dibuja algo más inquietante que un verano excepcional. Un análisis sobre las mismas 854 ciudades calculó 430.365 muertes relacionadas con el calor entre 2000 y 2025. La proporción atribuible al calentamiento causado por el ser humano pasó del 39 % en 2000 al 68 % en 2025. Es decir, una parte cada vez mayor del peligro procede no simplemente del verano europeo de siempre, sino de un clima que parte de una temperatura de fondo más elevada.
En 2026, esa proporción se sitúa alrededor del 65 % de las muertes estimadas. La diferencia entre el mundo actual y el escenario simulado sin calentamiento antropogénico equivale a más de 32.600 fallecimientos. Para hacerse una idea del tamaño: esas muertes adicionales superan por sí solas toda la mortalidad por calor estimada en cualquiera de los veranos de 2003 o 2022 dentro de esta misma metodología.
Hubo, además, un tramo especialmente duro. Casi un tercio de las muertes del verano se concentró entre el 17 de junio y el 1 de julio, cuando la temperatura media de las ciudades analizadas estuvo unos 5,3 grados por encima de los valores habituales del periodo 1991-2020. En determinados lugares europeos, las anomalías diarias llegaron a ser mucho mayores.
España, entre los países más golpeados por el calor
Italia encabeza la estimación nacional dentro de las áreas urbanas estudiadas, con 13.303 muertes relacionadas con el calor. Le siguen Francia, con 7.268; España, con 6.824; Alemania, con 6.340; y Reino Unido, con 4.354.
España destaca todavía más cuando se analiza únicamente la fracción vinculada al calentamiento provocado por el ser humano. En las 90 ciudades españolas incluidas en el estudio, aproximadamente 5.200 muertes, alrededor del 77 % del total estimado, se atribuyen al aumento adicional de las temperaturas causado por el cambio climático. La proporción española queda así por encima del promedio europeo del 65 %.
Es una diferencia relevante. Un país acostumbrado al calor no queda automáticamente protegido frente a él. La adaptación histórica ayuda —edificios, hábitos, horarios, percepción del riesgo—, pero existe un punto en el que las temperaturas nocturnas elevadas, la duración de los episodios y la acumulación de jornadas extremas empiezan a desbordar esas defensas. Dormir mal durante una noche sofocante es molesto; encadenar muchas, especialmente con enfermedades previas y a edades avanzadas, entra ya en otro terreno.
Por qué las cifras españolas no coinciden con otros registros
Los 6.824 fallecimientos calculados para España no deben compararse de manera automática con otros balances nacionales. El sistema MoMo del Instituto de Salud Carlos III, por ejemplo, estimó 5.807 muertes atribuibles a las altas temperaturas durante el periodo comprendido entre el 15 de mayo y el 30 de septiembre de 2026, la cifra más alta de su serie reciente.
Que una estimación sea mayor pese a cubrir menos meses no significa que una de las dos esté equivocada. Cambian la población analizada, las fuentes, el diseño estadístico y la forma de calcular el exceso de mortalidad. El estudio europeo trabaja con relaciones específicas entre temperatura y mortalidad para cada ciudad y grupo de edad y construye además un escenario climático contrafactual. MoMo emplea su propio sistema de vigilancia de la mortalidad española. Son fotografías tomadas con cámaras distintas; sirven para medir el mismo problema, pero no conviene superponerlas como si fueran idénticas.
Cómo se calcula qué muertes corresponden al cambio climático
La atribución climática intenta averiguar qué habría ocurrido con esas mismas ciudades y esa misma población si el planeta no se hubiera calentado por las emisiones humanas. Los investigadores reconstruyen dos escenarios climáticos: uno con las temperaturas realmente observadas y otro con una estimación de cómo habrían sido sin el calentamiento antropogénico.
Después aplican a ambos escenarios relaciones epidemiológicas entre temperatura y mortalidad ajustadas por ciudad y edad. La diferencia entre los dos resultados permite calcular la mortalidad atribuida al cambio climático. No es un recuento individual de fallecidos, sino una estimación estadística del exceso de riesgo provocado por unas temperaturas superiores a las que existirían en un clima sin la influencia humana actual.
No es una simple extrapolación a ojo. El modelo combina series diarias de temperatura con funciones de exposición y respuesta construidas a partir de datos de mortalidad y contempla que el efecto del calor no siempre se produce el mismo día: puede aparecer con retraso. También tiene en cuenta que Madrid no responde al calor igual que Estocolmo, ni una persona de 40 años presenta el mismo riesgo que otra de 88.
Hay incertidumbre, como en cualquier estimación epidemiológica. Los propios autores la expresan mediante intervalos estadísticos y recuerdan que hablan de mortalidad modelizada, no de un recuento administrativo. Pero la señal general resulta difícil de despachar como ruido: al comparar más de dos décadas, la proporción de mortalidad atribuible al calentamiento humano ha aumentado de forma sostenida.
Los mayores de 85 años concentran el impacto
El calor castiga sobre todo a las edades avanzadas. En 2026, las personas de 85 años o más representaron aproximadamente 22.500 fallecimientos, alrededor del 45 % de todas las muertes estimadas por altas temperaturas en las ciudades estudiadas. La vulnerabilidad aumenta con enfermedades cardiovasculares, renales o respiratorias, determinados medicamentos, pérdida de autonomía y aislamiento social.
Pero reducir el problema a los ancianos sería demasiado cómodo. Los investigadores calculan unas 6.000 muertes entre menores de 65 años, y más de 800 corresponderían al grupo de entre 20 y 44 años. El riesgo individual es mucho menor a esas edades, aunque no desaparece, especialmente entre trabajadores expuestos al exterior, personas con patologías previas y quienes viven en viviendas incapaces de mantener temperaturas razonables durante la noche.
Aquí aparece una dimensión social que los grados Celsius, por sí solos, no cuentan. Dos vecinos pueden soportar la misma temperatura exterior y vivir veranos radicalmente distintos. Importan el aislamiento del edificio, la vegetación del barrio, la posibilidad de refrigerar la casa, el tipo de trabajo o disponer de alguien que compruebe cómo se encuentra una persona mayor. El riesgo climático también depende de las condiciones de vida. El termómetro es democrático; sus consecuencias, bastante menos.
Las medidas de prevención funcionan, aunque el clima siga calentándose
La mortalidad por calor no es inevitable en bloque. Investigaciones realizadas sobre décadas de datos europeos apuntan a que los planes de prevención frente al calor han reducido de forma apreciable las muertes asociadas a episodios extremos. Esos programas incluyen alertas tempranas, información pública, protección de colectivos vulnerables y preparación de los servicios sanitarios.
También pesan cuestiones menos vistosas y mucho más estructurales: árboles y sombra en las calles, edificios rehabilitados, centros sanitarios preparados, refugios climáticos o viviendas capaces de mantenerse habitables sin convertir el aire acondicionado en la única frontera entre el confort y el riesgo. La adaptación urbana al calor acaba notándose en cosas aparentemente pequeñas: una calle arbolada, una persiana que aísla bien, una noche en la que una vivienda consigue bajar de temperatura.
La adaptación, sin embargo, tiene límites. Cuanto más sube la temperatura de referencia, más exigente resulta evitar la mortalidad incluso con mejores sistemas sanitarios y urbanos. Ahí está uno de los mensajes centrales del trabajo: Europa puede reducir su vulnerabilidad, pero no puede adaptarse indefinidamente a cualquier nivel de calentamiento.
El calor deja de ser una anomalía estacional
La cifra de 2026 no convierte cada fallecimiento estimado en una consecuencia exclusiva del cambio climático. Lo que muestran los investigadores es algo más preciso: sin el calentamiento provocado por las actividades humanas, las temperaturas habrían sido menores y se habrían producido unas 32.619 muertes menos en las ciudades estudiadas.
La evolución desde comienzos de siglo resulta quizá más reveladora que cualquier récord aislado. En 2000, alrededor del 39 % de la mortalidad por calor calculada en estas ciudades podía atribuirse al cambio climático. Un cuarto de siglo después, la proporción ronda ya los dos tercios de las muertes. Los veranos devastadores que antes quedaban grabados como excepciones empiezan a tener demasiada compañía en la estadística.
Europa sigue envejeciendo mientras su clima se calienta. Son dos curvas que se cruzan en hospitales, residencias, pisos mal aislados y noches tropicales. El verano de 2026 deja, sobre todo, esa fotografía: unas 50.000 muertes estimadas por calor en las ciudades analizadas y una mayoría vinculada al calentamiento humano. Ya no es únicamente una discusión sobre décimas de grado. Cada vez más, es una cuestión de salud pública medida en vidas.
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