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Economía

Profesores regalan 35 días al año en horas extra sin pagar en España

El profesorado español dedica ocho horas extra semanales a corregir, preparar clases y otras tareas que equivalen a 35 días sin remunerar al año.

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Profesores horas extra sin pagar

Resumen

  • Los docentes españoles hacen de media ocho horas extra a la semana
  • Eso equivale a unos 35 días de trabajo no remunerado al año
  • Correcciones, preparación y burocracia empujan muchas tareas a casa

La jornada laboral tiene una curiosa costumbre: cuando el trabajo cruza la puerta de casa, parece que deja de contar. En el caso de los profesores españoles, esa frontera resulta especialmente borrosa. Un informe de GoStudent estima que los docentes realizan de media ocho horas extraordinarias cada semana, un volumen que, trasladado al conjunto del curso, equivale a aproximadamente 35 días de trabajo no remunerado al año.

No se trata de 35 jornadas consecutivas añadidas al calendario escolar, claro, sino de cientos de pequeñas prolongaciones: corregir exámenes después de cenar, preparar una unidad didáctica un domingo, responder mensajes, organizar tutorías, diseñar materiales o terminar burocracia cuando el centro ya está cerrado. Horas dispersas, domésticas, silenciosas. Y precisamente por eso fáciles de olvidar cuando se habla de tiempo de trabajo real.

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Ocho horas extra a la semana que no aparecen en el horario

La estimación sitúa en España una media de ocho horas semanales fuera del tiempo remunerado. Es prácticamente otra jornada de trabajo que se escurre entre tardes, noches y fines de semana, aunque la carga concreta cambia mucho según la etapa educativa, la asignatura, el número de alumnos y el momento del curso.

El problema se aprecia con especial nitidez en Madrid, donde las protestas de docentes han vuelto a colocar las horas lectivas y la carga de trabajo en el centro del debate. La jornada teórica se sitúa en 37,5 horas semanales, aunque estar dentro de un aula es solo una parte de la profesión. En Secundaria, Formación Profesional y Régimen Especial se han reducido las horas lectivas hasta 19, mientras que en Infantil y Primaria la referencia continúa siendo de 25.

El resto del horario debería absorber coordinación, reuniones, tutorías, preparación y evaluación. Sobre el papel, las cuentas pueden parecer razonables. Sobre una mesa llena de exámenes a las diez de la noche, bastante menos. Ahí aparece la distancia entre el horario administrativo y la experiencia cotidiana de muchos docentes.

El domingo como segunda sala de profesores

Una profesora de Formación Profesional en Madrid ha descrito una rutina que muchos compañeros reconocen: alrededor de dos horas adicionales de trabajo en casa cada día y buena parte de las tareas más pesadas concentradas en domingo. No es una excepción pintoresca. Es el mecanismo mediante el cual una jornada formalmente limitada consigue estirarse sin hacer demasiado ruido.

Preparar una clase exige documentación, actualización de materiales y adaptación al grupo. Corregir veinte ejercicios no lleva lo mismo que corregir cien. Atender a tres grupos tampoco equivale a hacerse cargo de cinco. Parece elemental, pero el debate sobre horarios docentes suele tropezar con una simplificación bastante resistente: confundir horas de clase con horas de trabajo.

La docencia tiene esa peculiaridad. Una parte del producto final —la clase— es visible y ocurre frente a los alumnos; otra se fabrica detrás del escenario. Es como medir el trabajo de un cocinero contando únicamente los minutos en que coloca el plato delante del cliente. La preparación previa existe aunque nadie la vea.

Ahí entran la programación, la elaboración de ejercicios, la corrección, las reuniones con familias, las adaptaciones para alumnos con necesidades específicas, los informes y una burocracia educativa que rara vez ha adquirido fama de adelgazar con los años. Todo eso pertenece a la jornada laboral aunque no suene el timbre del recreo.

Por qué 35 días no significan 35 días seguidos

La cifra de los 35 días anuales procede de convertir esas horas extraordinarias semanales en jornadas completas equivalentes. No significa que cada profesor trabaje exactamente 35 fechas adicionales ni que todos soporten idéntica carga. Hay diferencias por etapa educativa, asignatura, número de alumnos, centro, comunidad autónoma y época del curso.

Un profesor puede acumular mucho más trabajo durante las evaluaciones; otro, en la preparación inicial del trimestre. La enseñanza de materias con abundantes ejercicios escritos genera una carga distinta a otras disciplinas, igual que una tutoría complicada puede convertir una tarde aparentemente libre en una cadena de llamadas, documentos y reuniones.

Por eso, más que obsesionarse con la exactitud casi notarial del número, el dato señala algo más interesante: existe una cantidad considerable de trabajo docente difícil de registrar. Y aquello que no se mide suele tener una inquietante facilidad para convertirse en gratuito.

La jornada laboral en España sigue teniendo dos relojes

El caso de los profesores aparece cuando España sigue discutiendo cuánto debe durar una jornada razonable. La referencia general del Estatuto de los Trabajadores continúa siendo una duración máxima de 40 horas semanales de promedio anual, salvo que el convenio colectivo o el contrato establezcan una jornada inferior.

La reducción general a 37,5 horas semanales, uno de los grandes proyectos laborales de la pasada legislatura, no llegó a entrar en vigor. El Congreso rechazó en septiembre de 2025 la continuación de su trámite parlamentario, después de prosperar las enmiendas de devolución con 178 votos frente a 170.

Eso no significa que todo el país trabaje cuarenta horas. Numerosos convenios ya establecen jornadas más cortas y existe una enorme diversidad entre sectores. Tampoco debe confundirse la normativa laboral general con la organización del empleo público.

Desde abril de 2026, la Administración General del Estado tiene fijada con carácter ordinario una jornada de 35 horas semanales. Pero esa modificación no convierte automáticamente en trabajadores de 35 horas a todos los empleados públicos españoles. Educación está ampliamente descentralizada y las condiciones del profesorado dependen también de las administraciones autonómicas y de su regulación específica.

De las horas oficiales al tiempo que nadie ficha

Aquí aparece la parte menos vistosa del debate. Reducir formalmente una jornada sirve de poco si las tareas que deben completarse siguen necesitando más tiempo del disponible. El reloj puede marcar 37,5 horas; los exámenes pendientes, por desgracia, no saben leer convenios.

Por eso los sindicatos docentes llevan años insistiendo en las horas lectivas. Reducirlas no pretende necesariamente que el profesor trabaje menos tiempo total, sino liberar espacio dentro de su jornada para corregir, preparar materiales, coordinarse o atender a familias sin trasladar esas tareas a casa.

Entre las reivindicaciones planteadas en Madrid figura la reducción hasta 17 horas lectivas para Secundaria, Formación Profesional y enseñanzas de régimen especial, y hasta 22 horas para Infantil y Primaria. El razonamiento es sencillo: menos tiempo de exposición directa permite realizar dentro de la jornada una parte del trabajo que actualmente acaba viviendo en la mochila del profesor.

Hay otro factor, menos fotogénico pero decisivo: el número de alumnos y grupos. Una hora menos frente a una clase puede significar también un grupo menos, decenas de trabajos menos que corregir y una reducción apreciable de tutorías y seguimiento. La aritmética educativa, a veces, resulta bastante más complicada que restar una hora al horario.

Alemania imagina cuatro horas; España aún cuenta las que sobran

Mientras España discute qué ocurre con las horas que se salen del contrato, la izquierda alemana ha colocado sobre la mesa una idea situada directamente en 2050. Ines Schwerdtner, copresidenta de Die Linke, ha descrito una sociedad futura en la que las personas trabajarían cuatro horas al día, apoyadas por un grado muy superior de automatización.

En su escenario, la inteligencia artificial asumiría las tareas más ingratas y el tiempo cotidiano se repartiría entre empleo, relaciones personales, aficiones y participación política o social. Schwerdtner lo presenta expresamente como una utopía de futuro, no como una reforma laboral preparada para entrar en vigor el lunes a primera hora. Conviene hacer esa pequeña precisión antes de que alguien empiece a buscar dónde fichar después de comer.

La propuesta tiene una fuerte carga ideológica. Schwerdtner vincula la reducción del tiempo de trabajo con un modelo de socialismo democrático, más participación de los empleados en las empresas y mayor intervención colectiva en decisiones económicas. Se puede compartir, discutir o mandar directamente al cajón de las utopías; lo interesante es que refleja una cuestión cada vez más presente: qué hacer con el tiempo liberado cuando la tecnología permite producir más con menos trabajo humano.

Y aquí aparece la paradoja. Mientras una parte de Europa imagina jornadas de cuatro horas gracias a la inteligencia artificial, miles de trabajadores siguen intentando que se reconozcan las horas que realizan después de apagar oficialmente el ordenador. El futuro puede llegar cargado de robots; el presente todavía lleva una carpeta de exámenes debajo del brazo.

El reloj laboral también cuenta cuando nadie lo mira

El debate sobre la jornada laboral no consiste únicamente en decidir si el límite debe estar en 40, 37,5, 35 o cuatro horas diarias en alguna hipotética sociedad de 2050. Antes hay un asunto bastante más terrenal: saber cuánto se trabaja realmente.

El profesorado ofrece un ejemplo especialmente claro porque buena parte de su actividad puede continuar en cualquier sitio. Una cocina se convierte en mesa de corrección, un sofá en despacho improvisado y el domingo por la tarde en prolongación involuntaria del centro educativo. No aparece necesariamente en un registro horario, pero el trabajo está hecho.

Los 35 días equivalentes que los profesores españoles dedicarían cada año a horas no remuneradas ponen una cifra llamativa sobre ese fenómeno. La cifra admite matices; el problema, bastante menos. Una jornada laboral deja de ser una medida útil cuando solo cuenta las horas fáciles de ver. El resto no desaparece. Simplemente termina pagándolo el tiempo privado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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