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Hegseth quiso el globo histórico de Eisenhower y su equipo lo rompió
Hegseth quiso llevar a su despacho un globo de Eisenhower y su equipo terminó dañando la pieza durante un traslado sin conservadores disponibles.
Resumen
- Hegseth quería para su despacho un globo histórico ligado a Eisenhower
- Su equipo lo dejó caer y abrió una brecha junto a la Antártida
- Los conservadores del Ejército estaban ausentes por el cierre federal
Pete Hegseth quería para su despacho del Pentágono uno de los históricos globos terráqueos atribuidos al general Dwight D. Eisenhower. El traslado terminó bastante peor de lo previsto: el personal enviado para mover la pieza perdió el control del globo, lo dejó caer sobre su propia estructura y abrió una brecha en la zona de la Antártida. La esfera, además, se desprendió del soporte metálico que permitía hacerla girar. El Ejército estadounidense ha confirmado el accidente.
El episodio ocurrió el 3 de febrero de 2026, aunque no salió a la luz hasta meses después. La pieza, de unos 76 centímetros de diámetro y fabricada en la década de 1930, permanecía custodiada en dependencias del Ejército dentro del Pentágono. Habitualmente, un objeto histórico de esta naturaleza se mueve con conservadores y especialistas. Esta vez no fue así: esos profesionales estaban suspendidos temporalmente de empleo por el cierre parcial de la Administración federal y el equipo de Hegseth decidió seguir adelante. El mundo, por decirlo con una ironía difícil de evitar, resultó bastante más complicado de mover de lo previsto.
El traslado del globo de Eisenhower que terminó en accidente
El interés de Hegseth por la pieza estaba relacionado precisamente con su valor histórico. En el Pentágono se conservan dos grandes globos conocidos como los “globos de Eisenhower”, vinculados al militar que dirigiría las fuerzas aliadas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial y que después ocuparía la Casa Blanca entre 1953 y 1961.
Según la placa que acompaña al ejemplar dañado, existe la tradición de que Eisenhower lo utilizó durante su etapa en el Estado Mayor estadounidense en 1942, primero como responsable de la División de Planes de Guerra y posteriormente de Operaciones. Conviene introducir aquí un matiz: esa procedencia aparece formulada como una atribución histórica, no como una certeza documental absoluta. Resulta razonable hablar del globo de Eisenhower, como lleva haciendo el propio Ejército durante años, pero no convertir cada detalle de su biografía material en una certeza grabada en mármol.
Hegseth quería que uno de esos objetos acabara en su despacho. El área del Ejército que lo custodiaba esperaba consultar al Centro de Historia Militar del Ejército de Estados Unidos para organizar el traslado, proteger la delicada superficie y documentar correctamente el cambio de ubicación. Los especialistas, sin embargo, no estaban disponibles debido al cierre parcial del Gobierno.
El equipo decidió no esperar a los conservadores
Ahí empezó el problema. En lugar de aplazar la operación hasta disponer del personal especializado, desde el entorno del secretario se envió otro equipo para efectuar el traslado. Durante la maniobra, los encargados dejaron caer el globo contra su base. El golpe perforó la frágil superficie junto a la Antártida y desprendió la esfera de la estructura metálica sobre la que giraba. La abertura tenía varios centímetros de extensión.
El globo ni siquiera completó su pequeño viaje por el Pentágono. Después del accidente permaneció fuera del despacho de Hegseth y comenzó un proceso de reparación. El Departamento de Defensa reconoció posteriormente lo sucedido y restó dramatismo al episodio: “Los accidentes ocurren”, señaló un responsable, añadiendo que nadie había resultado herido y que la pieza estaba siendo restaurada. No se ha hecho público cuánto costará el trabajo ni cuándo podrá darse por terminada la intervención.
Un objeto histórico para el que normalmente se extreman las precauciones
Mover un globo antiguo de estas dimensiones no consiste simplemente en agarrarlo entre varias personas y cruzar un pasillo. Aunque visualmente pueda parecer una esfera robusta montada sobre madera y metal, su superficie es vulnerable a golpes, tensiones y deformaciones. El valor, además, no reside únicamente en el objeto como mueble: también importa su procedencia, las marcas que pueda conservar y su relación con determinadas figuras históricas.
Hay un precedente bastante ilustrativo. Otro globo relacionado con Eisenhower fue trasladado en 2022 entre instalaciones militares de Alabama. En aquel caso se utilizó protección específica y una caja construida a medida para mantener inmovilizada la pieza. La empresa encargada del trabajo la describió como un objeto cuyo valor era mucho mayor que cualquier cifra económica que pudiera asignársele. La diferencia entre ambos traslados resulta incómodamente clara: uno tuvo planificación especializada; el otro acabó con la Antártida atravesada por una estructura metálica.
Los globos eran verdaderas herramientas militares
La fascinación de Eisenhower por los grandes globos no era mero decorado castrense. Antes de los satélites, las pantallas digitales y los sistemas cartográficos actuales, estos enormes mapas tridimensionales ayudaban a los mandos a visualizar distancias, rutas marítimas y posiciones estratégicas a escala planetaria.
Durante la Segunda Guerra Mundial, globos monumentales similares formaron parte del paisaje cotidiano de los grandes centros de decisión aliados. En 1942, por ejemplo, el jefe del Estado Mayor George C. Marshall, siguiendo una sugerencia del propio Eisenhower, hizo llegar grandes globos a Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill. Eran herramientas de planificación útiles para estudiar distancias sobre los océanos y comprender de un vistazo problemas logísticos que sobre un mapa plano resultaban menos intuitivos.
En una guerra que desplazaba tropas, barcos, combustible y material por medio planeta, mirar una esfera tenía bastante más sentido de lo que puede parecer desde un despacho contemporáneo. Eisenhower terminó convertido en uno de los grandes símbolos de ese conflicto precisamente por su capacidad para coordinar una maquinaria militar inmensa y políticamente compleja.
La incómoda carga simbólica del accidente
El incidente podía haber quedado reducido a una anécdota administrativa: una pieza antigua, un traslado mal ejecutado, una factura de restauración. El contexto político de Hegseth ha hecho difícil esa lectura aséptica. El secretario ha cultivado una imagen pública fuertemente vinculada a la cultura militar y la historia bélica, con especial énfasis en el denominado “espíritu guerrero”.
También ha respaldado la decisión de Donald Trump de recuperar públicamente la denominación de “Departamento de Guerra” para el Pentágono, aunque el cambio formal del nombre establecido por ley requiere la intervención del Congreso. Esa inclinación por la simbología militar ayuda a explicar por qué un simple accidente de conservación adquirió rápidamente una dimensión política mayor.
La escena tiene una eficacia simbólica que prácticamente se escribe sola: un secretario fascinado por la Segunda Guerra Mundial solicita un objeto asociado a uno de sus grandes comandantes, sus colaboradores deciden moverlo sin esperar a los especialistas y el objeto termina perforado. No hace falta añadir demasiado azúcar a semejante pastel.
Hay, sin embargo, una cuestión más sobria detrás de la ironía. Las colecciones históricas que permanecen dentro de instituciones militares no son atrezo de despacho. Son patrimonio público, y su conservación depende precisamente de procedimientos que pueden parecer lentos, burocráticos y excesivamente prudentes hasta el día en que alguien decide saltárselos.
Eisenhower, mucho más que una pieza de decoración
Dwight D. Eisenhower alcanzó el grado de general de cinco estrellas, dirigió el esfuerzo aliado en Europa y estuvo al frente de operaciones de una complejidad gigantesca, incluido el desembarco de Normandía de junio de 1944. Después gobernó Estados Unidos durante ocho años. Su figura contiene muchas más capas que la iconografía militar con la que suele recordársele.
El contraste explica parte de las críticas que ha suscitado el episodio. El general retirado y antiguo profesor de historia militar de West Point Ty Seidule ha reprochado públicamente la búsqueda de símbolos asociados a Eisenhower sin atender necesariamente a otras cualidades que atribuye al expresidente, entre ellas la prudencia, el juicio y la humildad.
La comparación puede ser política, claro. El daño material no lo es. El Ejército ha reconocido que la pieza resultó deteriorada, el Departamento de Defensa ha confirmado que está siendo restaurada y sigue sin conocerse el coste de la reparación.
Un globo reparable y una escena difícil de olvidar
El objeto probablemente podrá recuperarse. Los especialistas en conservación trabajan precisamente con materiales mucho más castigados por el tiempo, los accidentes y la propia historia. Otra cosa es borrar la imagen que ha dejado el episodio.
Hegseth quería en su despacho un símbolo ligado a Eisenhower y terminó protagonizando una historia sobre por qué los objetos históricos no deberían trasladarse como mobiliario ordinario. La pieza sobrevivió durante décadas en el Pentágono. Bastaron unos minutos, una mudanza precipitada y la ausencia de los profesionales adecuados para abrirle una brecha.
A veces la burocracia está ahí por algo. Incluso —o especialmente— cuando lo que uno pretende mover es el mundo.
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