Síguenos

Salud

Vicente Garrido: España tendría 2,5 millones de psicópatas integrados

El criminólogo Vicente Garrido sostiene que la psicopatía puede pasar inadvertida en relaciones, familias y trabajos, lejos del tópico criminal.

Publicado

el

Vicente Garrido

Imagen: Pedro Cambra / CC BY 2.0.

Resumen

  • Vicente Garrido estima que en España habría 2,5 millones de psicópatas
  • La cifra incluye un espectro amplio y no equivale a diagnósticos clínicos
  • Muchos pueden estar integrados en la pareja, la familia o el trabajo

El criminólogo Vicente Garrido ha puesto una cifra inquietante sobre la mesa: en España habría unos 2,5 millones de personas situadas en el espectro de la psicopatía, muchas de ellas perfectamente integradas en la sociedad. No necesariamente son delincuentes, ni violentos, ni personajes reconocibles a primera vista. Pueden vivir en pareja, dirigir una empresa, formar una familia o compartir despacho sin levantar sospechas.

La afirmación cobra sentido cuando se conoce el matiz que suele acompañar las estimaciones de Garrido. El especialista ha explicado que alrededor del 1% de la población presentaría la psicopatía en su expresión más elevada, mientras que la proporción podría acercarse al 5% cuando se incluye un espectro más amplio de rasgos psicopáticos. España contaba con cerca de 49,8 millones de residentes a mediados de 2026: ese 5% ronda precisamente los 2,5 millones de personas. No es, por tanto, un censo de diagnósticos clínicos. Es una extrapolación.

Garrido, catedrático de la Universitat de València y uno de los nombres más conocidos de la criminología española, ha vuelto sobre esta cuestión coincidiendo con la publicación de Personas diana, su nuevo libro. Esta vez cambia ligeramente el objetivo de la cámara: menos fascinación por quien manipula y más atención a quien termina atrapado en su órbita.

Canal oficial
El Folio en WhatsApp
Recibe las noticias más importantes, alertas y última hora.

Qué significa realmente la cifra de 2,5 millones

Conviene detenerse aquí, porque 2,5 millones de psicópatas es una frase mucho más rotunda que la realidad científica que hay detrás. Garrido sostiene desde hace años que la psicopatía funciona como un espectro y distingue entre quienes reúnen sus características con gran intensidad y aquellos que presentan una combinación elevada de esos rasgos sin encajar necesariamente en la definición más estricta.

El criminólogo ha señalado que algunas estimaciones elevan hasta aproximadamente el 5% de la población la presencia de perfiles psicopáticos cuando se utiliza una definición amplia, mientras que los criterios de evaluación más exigentes reducen el porcentaje al entorno del 1%. Es una diferencia enorme. En números españoles, pasar de un criterio a otro significa saltar aproximadamente de medio millón de personas a varios millones.

Ahí está buena parte de la discusión. La psicopatía no se mide como la temperatura. No existe un termómetro que se coloque bajo la lengua y devuelva un resultado inequívoco. Los porcentajes cambian según la definición empleada, la población estudiada, la herramienta de evaluación y el punto de corte utilizado para considerar que determinados rasgos alcanzan una intensidad suficiente.

El psicópata integrado no tiene por qué delinquir

La cultura popular dejó una imagen extraordinariamente eficaz y bastante tramposa: psicópata igual a asesino en serie. Hannibal Lecter hizo demasiado bien su trabajo. Garrido lleva años intentando separar ambas ideas y centra buena parte de su trabajo divulgativo en el llamado psicópata integrado, una persona que puede mostrar frialdad emocional, manipulación, ausencia de culpa o instrumentalización de los demás sin cometer necesariamente delitos violentos.

Eso cambia el escenario. El problema deja de estar exclusivamente en una celda o en una serie de televisión y entra en sitios mucho menos cinematográficos: una cocina, una reunión familiar, una oficina con fluorescentes, un consejo de administración. Garrido ha insistido en que estos perfiles pueden desenvolverse con aparente normalidad social y, precisamente por eso, resultar difíciles de detectar.

La ausencia de una trayectoria criminal tampoco convierte automáticamente a alguien en inofensivo. Una persona puede causar daño psicológico, económico o afectivo mediante engaños persistentes, explotación de relaciones, intimidación o control sin cruzar necesariamente la frontera del Código Penal. Al revés también conviene recordarlo: ser egoísta, desagradable, mentiroso, narcisista o un jefe insufrible no convierte a nadie automáticamente en psicópata.

Manipulación, frialdad y control: los rasgos que describe Garrido

Entre los rasgos que Garrido asocia a estos perfiles aparecen la capacidad de manipular utilizando la mentira, una empatía emocional muy limitada, la ausencia de arrepentimiento genuino y una notable facilidad para detectar vulnerabilidades ajenas. El interés no estaría tanto en comprender emocionalmente al otro como en comprender qué necesita para poder influir sobre él.

Esa diferencia es importante. Una persona puede saber perfectamente que su pareja tiene miedo a quedarse sola y utilizar ese conocimiento sin experimentar el dolor de esa pareja como propio. Puede descubrir la inseguridad de un compañero y convertirla en una palanca. Puede resultar encantadora durante meses y cambiar cuando la relación ya ofrece poder, dependencia o control.

El encanto, por supuesto, tampoco diagnostica nada. Ni la ambición. Ni hablar bien. Los rasgos aislados no bastan y etiquetar como psicópata al ex, al vecino o al director de recursos humanos porque encaja en tres vídeos de internet es una forma bastante eficaz de convertir la psicología en astrología con vocabulario clínico.

La ciencia no ofrece una única cifra para España

Existe investigación española que obliga a enfriar el titular. Un estudio realizado con 682 adultos de la población general española aplicó seis definiciones diferentes del constructo y estimó alrededor de un 0,55% de psicopatía clínica probable y un 1,65% de psicopatía subclínica. Según el modelo utilizado, los resultados variaban de manera apreciable.

Los investigadores subrayaron precisamente ese problema: las estimaciones dependen mucho de qué entendamos por psicopatía y cómo la midamos. Un metaanálisis internacional de 15 estudios y 11.497 participantes había calculado una prevalencia conjunta cercana al 4,5% en adultos, pero el porcentaje descendía hasta aproximadamente el 1,2% cuando se empleaban herramientas de evaluación más restrictivas.

No son necesariamente cifras incompatibles, sino fotografías tomadas con objetivos distintos. Una definición amplia captura más personas con rasgos psicopáticos elevados; una muy restrictiva selecciona un grupo mucho menor. La investigación centrada específicamente en población española también ha cuestionado las interpretaciones excesivamente alarmistas que convierten la vida cotidiana en una especie de campo minado de psicópatas.

Por eso, los 2,5 millones deben entenderse como una estimación amplia, no como la afirmación de que 2,5 millones de españoles hayan sido evaluados individualmente y declarados psicópatas. La precisión no le quita interés al asunto. Se lo añade.

De la pareja al despacho: dónde aparece el daño cotidiano

Garrido ha dedicado especial atención a los perfiles que adquieren poder dentro de una relación. Una pareja puede ser especialmente vulnerable cuando existe dependencia emocional, económica o familiar; en una empresa, el desequilibrio aparece cuando una persona controla ascensos, salarios o reputación; dentro de una familia, los vínculos afectivos hacen mucho más difícil poner distancia.

En ese terreno surge la figura de la persona diana, concepto alrededor del cual gira su nuevo libro. Garrido no plantea una víctima necesariamente débil o ingenua. Al contrario. El interés de un manipulador puede recaer precisamente en alguien valioso para sus objetivos: una persona competente, empática, con recursos, contactos, prestigio o una fuerte disposición a ayudar.

La seducción inicial importa porque la caricatura del monstruo visible resulta poco útil. Quien intenta explotar una relación necesita primero entrar en ella. Puede hacerlo mediante admiración, atención extraordinaria, promesas, complicidad o una aparente conexión emocional. El deterioro llega después, cuando existen vínculos difíciles de romper.

El nuevo trabajo de Garrido continúa así el terreno que había explorado en sus investigaciones sobre el psicópata integrado en la familia, la empresa y la política, pero desplaza el centro hacia las consecuencias de la relación abusiva y la reconstrucción posterior de quien la ha sufrido.

Uno de los puntos más polémicos de su trabajo es precisamente la relación entre psicopatía y poder. El criminólogo ha señalado que determinados ambientes extremadamente competitivos pueden resultar atractivos para personas con rasgos como la ausencia de escrúpulos, el dominio interpersonal o la facilidad para engañar.

Garrido ha citado investigaciones que sitúan una prevalencia considerablemente mayor de estos perfiles en determinados puestos de responsabilidad. Esa clase de cifras también exige cautela: no permite deducir que un porcentaje concreto de políticos, empresarios o directivos sea psicópata. Una cosa es observar una mayor presencia estadística de ciertos rasgos y otra muy distinta diagnosticar colectivos enteros.

El asunto resulta incómodo porque algunas características socialmente premiadas pueden parecerse, vistas desde fuera, a determinados rasgos psicopáticos. Seguridad extrema, resistencia a la presión, competitividad, frialdad al decidir. Pero semejanza no significa identidad. Un cirujano capaz de mantener la cabeza fría durante una operación, por ejemplo, no está demostrando falta de empatía; está haciendo su trabajo. La frontera aparece en un patrón persistente de explotación, engaño y ausencia de remordimiento.

El peligro de diagnosticar al jefe desde el sofá

La popularización del término ha tenido un efecto secundario bastante previsible: psicópata se ha convertido en una etiqueta comodín. Se aplica al político detestado, a la expareja, al jefe agresivo, al vecino conflictivo o a cualquiera que muestre una conducta cruel. Sirve para insultar mejor, pero no necesariamente para comprender mejor.

La evaluación psicológica seria exige mucho más que observar unas cuantas conductas desde fuera. Incluso la literatura científica debate qué definición y qué instrumentos delimitan mejor la psicopatía. El propio baile entre prevalencias del 0,5%, el 1%, el 4,5% o el 5% debería bastar para desconfiar de los diagnósticos instantáneos.

Hay otro riesgo: convertir cualquier relación dañina en una investigación clínica sobre la personalidad del agresor. Para quien sufre manipulación, control, humillación o violencia, saber si la otra persona supera exactamente determinado umbral psicométrico puede resultar bastante menos importante que reconocer el comportamiento abusivo y sus consecuencias.

Una cifra incómoda que necesita contexto

La advertencia de Vicente Garrido funciona porque rompe una imagen muy arraigada. El psicópata no tiene por qué llevar un cuchillo ni protagonizar un documental de crímenes. Puede no cometer jamás un homicidio, no entrar nunca en prisión y mantener durante décadas una apariencia social perfectamente respetable.

Pero la otra mitad de la historia importa tanto como esa. España no tiene un registro de 2,5 millones de psicópatas diagnosticados. La cifra corresponde al extremo superior de determinadas estimaciones del espectro psicopático y cambia considerablemente cuando se aplican criterios más estrictos. Garrido ha hablado de aproximadamente un 1% para las manifestaciones más elevadas y de hasta un 5% cuando se amplía el espectro.

Lo verdaderamente útil queda después del gran número: entender que la psicopatía no equivale automáticamente a criminalidad, que los rasgos se presentan con intensidades distintas y que la manipulación puede instalarse en relaciones aparentemente normales. El monstruo de ficción era sencillo: entraba en escena con música inquietante. El integrado, por definición, sabe parecer perfectamente corriente.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído