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Rusia deja a 500.000 ucranianos sin luz tras atacar la red energética
Nuevos ataques rusos contra la red energética de Ucrania dejan a más de 500.000 personas sin electricidad y dañan instalaciones en seis regiones.
Resumen
- Más de 500.000 personas se quedan sin luz tras los ataques rusos
- Las infraestructuras energéticas fueron golpeadas en seis regiones
- Kiev aplica cortes de emergencia mientras Ucrania repara su red
Rusia ha vuelto a golpear durante la noche y la mañana de este viernes infraestructuras energéticas de Ucrania, dejando a más de 500.000 personas sin electricidad, según el Ministerio de Energía ucraniano. Los ataques alcanzaron instalaciones en al menos seis regiones y obligaron a aplicar cortes de emergencia mientras los equipos técnicos intentaban reparar una red eléctrica que entra en otro invierno de guerra castigada, remendada y sometida a ataques casi diarios.
Las instalaciones atacadas se encuentran en las regiones de Zhytomyr, Volyn, Mykolaiv, Poltava, Khmelnytskyi y Rivne, según explicó el viceministro de Energía, Artem Nekrasov. El alcance de los apagones es algo mayor: el operador nacional Ukrenergo registraba por la mañana nuevas interrupciones del suministro en ocho regiones, incluidas también Donetsk y Kharkiv, donde los combates y bombardeos provocaron averías adicionales.
Medio millón de personas sin electricidad y una central paralizada
La ofensiva no se limitó a líneas eléctricas o subestaciones. Una de las centrales térmicas de DTEK, la mayor compañía energética privada del país, sufrió un ataque de gran intensidad y tuvo que detener la generación de electricidad. La empresa comunicó daños importantes en sus equipos, sin identificar públicamente la instalación afectada.
Es una diferencia nada menor. Derribar un cable puede aislar una zona durante unas horas; dejar fuera de servicio una central significa eliminar capacidad de producción eléctrica de un sistema que ya funciona con poco margen. Cada instalación dañada obliga a redistribuir electricidad desde otros puntos, sobrecarga redes alternativas y convierte cualquier nuevo impacto en un problema potencialmente mucho mayor.
DTEK sostiene que sus centrales térmicas han sufrido más de 230 ataques desde el inicio de la invasión rusa a gran escala. La cifra pertenece a la propia compañía, pero refleja una realidad difícil de discutir: la infraestructura energética se ha convertido desde hace años en uno de los escenarios centrales de la guerra.
Kiev activa cortes de emergencia mientras continúan las reparaciones
En Kiev y su región se han introducido apagones de emergencia por orden de Ukrenergo. Cuando se aplica este régimen, los calendarios habituales de cortes dejan de ser válidos: el suministro puede desaparecer fuera de las franjas anunciadas porque la prioridad pasa a ser mantener equilibrado el conjunto de la red.
También existen restricciones horarias en otras regiones y límites específicos para consumidores industriales y empresas. Ukrenergo indicó que en algunos territorios los cortes programados podían afectar durante este viernes a hasta dos grupos de consumidores.
Los técnicos han iniciado trabajos de recuperación allí donde la situación de seguridad lo permite. En Odesa y Ternopil, entretanto, continúan reparándose daños provocados por ataques anteriores. En Donetsk y Kharkiv, acercarse a determinadas instalaciones sigue dependiendo de que cesen los bombardeos. Un transformador puede cambiarse; hacerlo mientras vuelan drones es otro asunto.
El consumo eléctrico del país a las 9.30 horas era un 3,6% inferior al del jueves, una caída que Ukrenergo relacionó precisamente con las consecuencias de los ataques. La compañía pidió limitar el uso de aparatos de gran potencia entre las 16.00 y las 22.00 horas para reducir la presión sobre el sistema durante las horas más delicadas.
Rusia intensifica la presión sobre la energía ucraniana
El ataque del 23 de octubre no aparece aislado en el calendario. Ucrania lleva varias semanas sufriendo una nueva secuencia de ofensivas contra centrales, subestaciones e instalaciones gasísticas, además de las redes que distribuyen electricidad hasta hogares, empresas y servicios públicos.
El 16 de octubre, el Ministerio de Energía ucraniano informó de que más de un millón de consumidores habían sufrido cortes en algún momento tras otra oleada rusa contra instalaciones energéticas. Tres días después, una nueva ofensiva dejó sin suministro a unos 550.000 hogares y alcanzó, según el presidente Volodímir Zelenski, 28 subestaciones y otras instalaciones críticas.
El 20 de octubre Ukrenergo registró nuevos apagones en 12 regiones. Y los ataques siguieron. La secuencia importa porque una red eléctrica no vuelve a empezar de cero después de cada bombardeo: las reparaciones provisionales se apoyan sobre equipos ya dañados, las reservas de componentes disminuyen y las soluciones alternativas van perdiendo holgura.
Ahí está una parte de la lógica militar. No hace falta apagar toda Ucrania de una vez para producir un daño considerable. Basta con degradar de forma repetida generación, transporte y distribución, obligando a emplear recursos, personal y material en una carrera permanente de reparación.
El invierno convierte cada avería en algo más que un apagón
La electricidad en Ucrania no sirve únicamente para encender una bombilla o cargar un teléfono. De ella dependen sistemas de bombeo de agua, comunicaciones, hospitales, industria, transporte y, de manera muy visible cuando bajan las temperaturas, calefacción y servicios urbanos esenciales.
Por eso el calendario tiene peso. Octubre marca la entrada progresiva en la temporada fría y transforma los ataques contra el sistema energético en una presión directa sobre la vida cotidiana. Una vivienda a oscuras resulta incómoda; una vivienda sin electricidad, calefacción ni agua durante una ola de frío entra ya en otra categoría.
Kiev comenzó este mes su temporada de calefacción mientras afrontaba cortes eléctricos de emergencia. En otras ciudades, las autoridades han preparado generadores, puntos de calentamiento y sistemas de respaldo. Son medidas que Ucrania conoce bien después de varios inviernos de guerra, pero la costumbre no convierte un apagón en normalidad. Solo enseña a sobrevivirlo.
La red eléctrica, un frente que atraviesa todo el país
Los ataques energéticos tienen otra particularidad: permiten extender los efectos de la guerra muy lejos del frente terrestre. Una subestación dañada a cientos de kilómetros de las trincheras puede afectar a viviendas, fábricas y servicios de una ciudad que no ha visto soldados enemigos.
Rusia sostiene de forma recurrente que sus operaciones golpean infraestructuras vinculadas al esfuerzo militar ucraniano. Kiev denuncia, por su parte, una campaña destinada a debilitar deliberadamente el sistema energético civil y aumentar la presión sobre la población. En una red eléctrica moderna, además, la separación entre consumo estrictamente civil y capacidad económica o logística del Estado rara vez es tan limpia como sugieren los comunicados militares.
La consecuencia práctica se ve en los mapas de apagones. Este viernes, las instalaciones directamente atacadas se concentraron en seis regiones, pero Ukrenergo notificó nuevas interrupciones en ocho. El daño eléctrico se propaga: una avería obliga a modificar flujos, desconectar zonas o reducir demanda en lugares que no necesariamente han recibido un impacto esa misma noche.
Ese carácter interconectado explica también los cortes preventivos. Desconectar temporalmente consumidores puede evitar un colapso mayor cuando la oferta cae de golpe o una línea crítica desaparece de la red. Suena paradójico: se corta la luz para impedir que se vaya todavía más luz. En términos eléctricos, tiene bastante sentido.
Una guerra de desgaste que también se libra en las subestaciones
Tras casi cinco años de invasión a gran escala, Ucrania ha aprendido a reparar instalaciones bajo condiciones que en cualquier otro país provocarían meses de obras. Transformadores rodeados de sacos de protección, equipos sustituidos a toda prisa, redes reorganizadas y generadores de emergencia que entran en funcionamiento cuando vuelve a sonar la alarma aérea forman ya parte del paisaje energético.
Pero esa capacidad tiene límites. Las grandes piezas de una central o una subestación no se fabrican como tornillos. Algunos transformadores de alta tensión requieren meses de producción, transporte especializado y trabajos complejos de instalación. Reponerlos una vez es costoso; hacerlo repetidamente mientras continúa la campaña de ataques multiplica el problema.
La Unión Europea ha prometido mantener su respaldo al sistema energético ucraniano durante el invierno y ha acusado a Moscú de buscar su destrucción sistemática. El debate político internacional sobre negociaciones, sanciones y apoyo militar continúa por otro carril. La electricidad, bastante menos diplomática, responde cada mañana a una cuestión más elemental: qué centrales siguen funcionando y qué cables han sobrevivido a la noche.
Medio millón de apagones muestran otro frente de la guerra
Los más de 500.000 ucranianos sin electricidad tras los ataques de este viernes son la cifra inmediata, la que cabe en un titular. Lo relevante está debajo: una central térmica paralizada, instalaciones dañadas en seis regiones, interrupciones en ocho, cortes de emergencia en Kiev y cuadrillas intentando entrar a reparar mientras persiste el riesgo de nuevos bombardeos.
La red ucraniana ha demostrado una capacidad notable para recomponerse después de cada oleada. También acumula cicatrices. Con el invierno acercándose y los ataques energéticos repitiéndose con pocos días de intervalo, el problema de fondo es cuánto castigo puede absorber todavía el sistema sin que las reparaciones empiecen a llegar más despacio que los misiles.
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