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Brasil decide su rumbo entre Lula, Bolsonaro y la órbita de Trump

Brasil afronta una segunda vuelta presidencial entre Lula y Flávio Bolsonaro con Trump, China, los BRICS, la seguridad y el coste de vida en juego.

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Brasil decide su rumbo

Resumen

  • Brasil decide la Presidencia entre Lula y Flávio Bolsonaro
  • Trump, China y los BRICS convierten la votación en una disputa geopolítica
  • Seguridad, coste de vida y abstención pueden inclinar un resultado muy cerrado

Brasil llega este domingo, 25 de octubre, a una segunda vuelta presidencial que desborda ampliamente sus fronteras. Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro no se disputan únicamente el Palacio de Planalto: representan dos maneras casi opuestas de colocar a la mayor potencia latinoamericana ante Estados Unidos, China, los BRICS y el resto del Sur Global.

La elección llega apretadísima. Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con el 47,03% de los votos válidos, 56,1 millones de sufragios, frente al 45,16% y 53,8 millones obtenidos por Lula. Tres semanas después, la ventaja se ha encogido: Datafolha situó a ambos en el 50% de los votos válidos en su sondeo conocido esta semana, mientras otras encuestas mantienen diferencias pequeñas. Nada parecido a un paseo electoral.

Por encima de la campaña planea también Donald Trump. No como una referencia ideológica lejana, sino como uno de los protagonistas indirectos de estas elecciones tras meses de tensión comercial entre Washington y el Gobierno de Lula y una relación mucho más estrecha de la Administración estadounidense con el entorno Bolsonaro. La política exterior, que rara vez decide por sí sola unas presidenciales brasileñas, ha terminado entrando hasta la cocina de la campaña.

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Lula defiende un Brasil autónomo entre Washington y Pekín

Lula ha convertido la soberanía brasileña en uno de los ejes de su candidatura. Su planteamiento prolonga una vieja aspiración de la diplomacia del país: relacionarse con Estados Unidos sin convertirse en un satélite de Washington y conservar, al mismo tiempo, capacidad de maniobra entre las grandes potencias.

Ese equilibrio tiene una explicación bastante menos romántica que cualquier discurso sobre el nuevo orden mundial. Brasil mantiene una relación económica relevante con Estados Unidos, pero China es su principal socio comercial. Elegir a uno y relegar al otro sería una pirueta costosa para una economía que vende enormes cantidades de soja, mineral de hierro, petróleo y otros productos al mercado chino.

El próximo Gobierno tendrá que gestionar precisamente esa fricción mientras se negocian cuestiones delicadas como los aranceles, la industria y los minerales críticos. Washington busca reducir su dependencia de China en materias primas estratégicas y Brasil posee reservas capaces de despertar bastante apetito. En política internacional también se mira el subsuelo.

Lula apuesta por continuar reforzando los BRICS y las relaciones con el Sur Global, además de preservar una política latinoamericana con margen propio frente a Estados Unidos. Durante sus anteriores gobiernos impulsó mecanismos de integración regional y Brasil ganó peso como interlocutor de África, Asia y América Latina. El mundo ha cambiado mucho desde entonces, sí, pero la idea de fondo resulta reconocible: Brasil quiere sentarse a la mesa, no esperar instrucciones en el pasillo.

Flávio Bolsonaro mira a Washington y recupera el eje de su padre

Flávio Bolsonaro propone un rumbo diferente. El senador de 45 años pretende reconstruir una relación especialmente estrecha con Estados Unidos, Argentina e Israel y recuperar buena parte de la orientación internacional seguida por su padre, Jair Bolsonaro, durante su Presidencia.

El candidato del Partido Liberal ha buscado abiertamente la cercanía de la Administración Trump y ha defendido una cooperación más profunda con Washington. También prometió que Brasil se incorporará al denominado Escudo de las Américas, la iniciativa de seguridad regional impulsada por Estados Unidos para combatir el narcotráfico y el crimen organizado.

No es un simple cambio de fotografías diplomáticas. Una presidencia de Flávio Bolsonaro probablemente conduciría a una política exterior mucho más alineada con Washington. Incluso así tendría que convivir con una realidad económica bastante testaruda: la enorme importancia de China para las exportaciones brasileñas.

Dentro de la derecha brasileña han aparecido también críticas al peso creciente de Pekín dentro de los BRICS. Eso no significa que una hipotética salida de Brasil del bloque esté decidida, pero sí muestra hasta qué punto la relación con los BRICS, durante años casi parte del mobiliario de la política exterior brasileña, ha entrado en la discusión electoral.

China, los minerales y una partida mucho mayor

Washington tiene otro motivo poderoso para mirar hacia Brasil: las tierras raras y los minerales críticos. Son materias primas esenciales para baterías, electrónica, defensa, telecomunicaciones y buena parte de las tecnologías que sostienen la transición energética. Estados Unidos quiere reducir su dependencia de las cadenas de suministro dominadas por China y Brasil dispone de un potencial mineral extraordinario.

Ambos países han abierto conversaciones comerciales que incluyen aranceles y posibles acuerdos sobre esos recursos. Para Lula, el desafío consiste en atraer inversiones sin ceder capacidad de decisión sobre sectores estratégicos. Para Bolsonaro, una relación privilegiada con Trump podría facilitar negociaciones con Washington, aunque también alimentaría el debate sobre cuánta autonomía conservaría Brasil.

Es aquí donde la elección deja definitivamente de parecer una disputa doméstica. Un país de más de 200 millones de habitantes, potencia agrícola y minera, propietario de buena parte de la Amazonia y miembro del G20 y los BRICS posee demasiadas fichas para limitar la partida a simpatías personales. Washington y Pekín observan influencia, recursos y mercados. Bastante más tangible que una fotografía en una cumbre.

Trump entra en una campaña brasileña excepcional

Las relaciones entre Lula y Trump se han deteriorado durante los últimos meses. Washington impuso aranceles a productos brasileños y Brasilia ha denunciado presiones políticas de Estados Unidos, mientras Lula ha utilizado la disputa para reforzar su discurso de defensa de la soberanía nacional.

La tensión reapareció con fuerza en el último debate televisado. Lula acusó a su adversario de someterse políticamente a Trump y defendió que Brasil dispone de otros mercados para sus exportaciones. Bolsonaro respondió atacando la gestión económica del presidente. La relación con Estados Unidos quedó así convertida en munición electoral de primer orden.

Trump, por su parte, sigue con atención las elecciones brasileñas y mantiene una relación política mucho más cercana con el campo bolsonarista. El vínculo tiene suficiente peso como para que diplomáticos extranjeros hayan debatido cómo reaccionar con rapidez cuando el Tribunal Superior Electoral confirme oficialmente al vencedor, sobre todo ante la posibilidad de un resultado extremadamente ajustado.

El recuerdo de 2022 pesa. Jair Bolsonaro cuestionó el proceso que terminó con su derrota frente a Lula y posteriormente fue condenado por la trama golpista destinada a impedir la normal sucesión presidencial. Su hijo llega ahora a las urnas con el apellido convertido simultáneamente en marca electoral, herencia política y pesada mochila.

Seguridad y coste de la vida deciden más votos que la geopolítica

Todo esto dibuja un tablero internacional enorme, aunque sería un error imaginar al elector brasileño entrando en la cabina de votación pensando únicamente en Pekín, los BRICS o las tierras raras. El coste de la vida y la seguridad siguen estando entre las preocupaciones que más directamente atraviesan la campaña.

Lula reivindica los aumentos del salario mínimo por encima de la inflación, las políticas sociales y sus programas contra el hambre. Flávio Bolsonaro golpea en los puntos donde considera más vulnerable al Gobierno: precios, delincuencia, impuestos y corrupción. Son asuntos mucho más próximos al bolsillo y a la calle que cualquier arquitectura diplomática.

El candidato conservador plantea una respuesta especialmente dura contra las organizaciones criminales, con un endurecimiento de la política penal y una mayor cooperación internacional contra el narcotráfico. Lula intenta combinar políticas sociales con seguridad pública y se apoya en el balance económico y social de sus distintas etapas en el poder.

El último debate de Globo mostró esa mezcla, tan electoral, de economía doméstica, violencia, acusaciones de corrupción y grandes cuestiones de Estado. Hubo cruces por el campo, los salarios, la fiscalidad y los escándalos que afectan a los respectivos entornos políticos. Incluso Bolsonaro terminó disculpándose después de burlarse de la pérdida de un dedo de Lula, consecuencia de un accidente que sufrió el dirigente cuando trabajaba como obrero metalúrgico.

Una elección que puede decidirse por muy pocos votos

La fotografía previa a las urnas es extraordinariamente estrecha. Bolsonaro llegó a la segunda vuelta después de sorprender con su victoria en la primera, pero Lula ha recortado distancias durante las últimas semanas. Datafolha dibujó un empate numérico del 50% en votos válidos, mientras otros institutos ofrecen pequeñas ventajas a uno u otro candidato.

En intención total de voto, la misma encuesta situó a Bolsonaro en el 47% y a Lula en el 46%. El margen de error convierte la diferencia en un empate técnico. Otros estudios conocidos en estas jornadas oscilan alrededor de una carrera igualmente cerrada, confirmando que no existe un vencedor incontestable antes de abrir las urnas.

Hay, además, una bolsa electoral nada despreciable. Más de 33 millones de brasileños se abstuvieron en la primera vuelta, alrededor del 21% del electorado habilitado para votar. Pese al carácter obligatorio del sufragio para buena parte de la población, la abstención brasileña sigue teniendo un tamaño capaz de alterar una elección de márgenes pequeños.

Lula ha apelado directamente a quienes no fueron a votar el 4 de octubre y a los mayores de 70 años, para quienes el sufragio es voluntario. En una carrera prácticamente partida por la mitad, movilizar a unos cientos de miles de electores adicionales puede pesar más que ganar cualquier intercambio dialéctico en televisión.

Brasil elige presidente y también su lugar en el mundo

De las urnas saldrá algo más que el próximo Gobierno. Una victoria de Lula prolongaría una diplomacia basada en el multilateralismo, los BRICS y la autonomía estratégica frente a Washington, aunque tendría que convivir con un Congreso desplazado hacia la derecha y con una Casa Blanca poco amistosa.

Un triunfo de Flávio Bolsonaro devolvería a Brasil a una relación política mucho más próxima con Estados Unidos y reforzaría el eje latinoamericano de gobiernos afines a Trump. Pero incluso Bolsonaro se encontraría pronto con el incómodo límite que impone la economía: China no desaparece del mapa comercial porque cambie el presidente.

Ahí está el fondo de estas elecciones. Lula y Flávio Bolsonaro representan dos proyectos de poder y dos maneras de entender la soberanía brasileña. Entre ambos queda un país enorme, dividido casi por la mitad y obligado a decidir qué relación quiere mantener con Washington sin perder el espacio internacional que ha tardado décadas en construir.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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