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Cultura

Aitana Sánchez-Gijón alerta de la censura y del retroceso de derechos

Aitana Sánchez-Gijón relaciona censura, retroceso de derechos, vivienda y precariedad en una reflexión marcada por el teatro y su memoria familiar.

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Aitana Sánchez-Gijón

Por Pedro J Pacheco - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons

Resumen

  • Sánchez-Gijón alerta de censura y retrocesos en derechos
  • Relaciona ese temor con el teatro, la política y su memoria familiar
  • También vincula vivienda y precariedad con el malestar social

Aitana Sánchez-Gijón ha lanzado una de sus intervenciones públicas más contundentes sobre el clima político y social actual. La actriz, de 57 años, asegura estar “muy asustada” por la derechización de la sociedad, advierte del avance de lo que denomina “fascismo rampante” y sostiene que derechos y conquistas que parecían asentados pueden retroceder con mucha más facilidad de la que suele imaginarse.

Su reflexión parte de algo muy concreto: la sensación de que determinados episodios de censura, denuncias y restricciones culturales empiezan a asumirse con una normalidad que hace unos años habría provocado una reacción mucho más airada. De ahí su advertencia, pronunciada al hablar de la respuesta del público ante una obra relacionada con Federico García Lorca: “Ya están aquí, censurando y ganando”. No habla desde una teoría abstracta. Lo enlaza con el teatro, con la memoria de su padre, con la política y también con las protestas recientes por la vivienda.

Aitana Sánchez-Gijón pone el foco en la censura y los derechos

La actriz explica que observa con inquietud lo que considera una progresiva normalización de posiciones autoritarias y una pérdida de terreno en derechos que durante años parecieron irreversibles. En su diagnóstico aparecen la evolución política internacional, el aborto en Estados Unidos, la guerra en Gaza y la fragilidad de unas conquistas democráticas que, recuerda, no quedan grabadas en piedra por el simple hecho de haber sido alcanzadas.

Sánchez-Gijón no oculta el miedo, pero tampoco plantea la retirada como respuesta. Frente a esa sensación de retroceso reivindica gestos aparentemente menores —votar, participar, manifestarse, prestar notoriedad a determinadas causas— como una forma de responsabilidad ciudadana. Algo menos espectacular que las grandes proclamas, sí, pero bastante más tangible.

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Su argumento tiene un matiz interesante: el peligro no estaría únicamente en que aparezcan movimientos capaces de cuestionar determinados consensos democráticos, sino en que la sociedad termine acostumbrándose a ellos. Primero provoca escándalo, luego discusión y, más tarde, apenas un encogimiento de hombros. Ese último estadio es el que parece preocuparle especialmente.

Lorca como termómetro: del escándalo al silencio

Para explicarlo utiliza una experiencia teatral. Sánchez-Gijón recuerda Una noche sin luna, el montaje de Juan Diego Botto en torno a Federico García Lorca. La función comienza jugando con la idea de una posible censura del espectáculo. Cuando se representó años atrás, cuenta la actriz, parte del público reaccionaba inmediatamente con indignación.

Al recuperar la obra en 2026 percibió algo diferente: menos rebelión y más silencio. Para Sánchez-Gijón, ese cambio es revelador. No necesariamente porque los espectadores estén de acuerdo con una censura, sino porque aquello que antes parecía impensable ha entrado en el catálogo de cosas que uno considera posibles.

Ahí encaja la frase que ha disparado el interés alrededor de su entrevista. La actriz sostiene que determinadas dinámicas ya no pertenecen a un futuro hipotético: están ocurriendo y empiezan a ganar espacio, según su análisis. El teatro funciona aquí casi como un sismógrafo. El escenario tiembla un poco antes de que algunos reparen en que también se mueve el suelo.

Una preocupación ligada a la historia de su padre

La posición de Sánchez-Gijón tiene también una raíz familiar muy marcada. Su padre, Ángel Sánchez-Gijón, fue historiador, militó en el Partido Comunista, abandonó la España franquista en los años cincuenta y terminó instalado en Italia. Sus críticas a la dictadura llevaron incluso a que fuera detenido y encarcelado durante un viaje a España a comienzos de los sesenta.

Cuando la actriz observa determinadas noticias actuales piensa, reconoce, en él. Esa memoria explica parte de la intensidad con la que interpreta el momento político. No es una referencia histórica tomada de un manual: forma parte de la biografía familiar con la que creció.

Sánchez-Gijón nació en Roma en 1968 y llegó a Madrid siendo niña. Empezó pronto a formarse como actriz y, durante cuatro décadas, ha construido una carrera en cine, televisión y, sobre todo, teatro. Esa trayectoria hace que su inquietud ante la censura tenga también un componente profesional: la libertad cultural no es para ella un debate ajeno, sino el terreno sobre el que lleva trabajando prácticamente toda su vida.

De la vivienda a la precariedad laboral

Su presencia pública durante las últimas semanas tampoco se ha limitado al ámbito cultural. A finales de septiembre acudió a la acampada de la Puerta del Sol de Madrid surgida tras las protestas por la crisis de la vivienda. Allí llevó comida a los participantes y pidió públicamente que la ciudadanía se organizara y se hiciera oír. Su hijo Teo Lucadamo había pasado la noche en la protesta.

Sánchez-Gijón explicó después que no entendía aquella movilización como un problema exclusivo de los jóvenes. A su juicio, la vivienda forma parte de un malestar bastante más amplio, conectado con contratos precarios, salarios insuficientes y dificultades para construir una vida estable.

La actriz ha defendido que las medidas de urgencia sobre vivienda pueden servir como salvavidas temporal, pero considera insuficiente quedarse ahí. Su razonamiento va hacia una intervención de más largo recorrido porque, según ha señalado, el problema no termina cuando se consigue contener un alquiler: también está en la nómina, la estabilidad laboral y la emancipación.

El momento profesional más visible de su carrera reciente

La contundencia de estas declaraciones llega, además, cuando Sánchez-Gijón disfruta de una enorme visibilidad profesional. En 2025 recibió el Goya de Honor por una carrera iniciada en los años ochenta y desarrollada entre producciones españolas e internacionales, televisión y una relación casi permanente con los escenarios.

Pedro Almodóvar tuvo bastante que ver con su reciente regreso al primer plano del cine. Su participación en Madres paralelas le proporcionó su primera nominación competitiva al Goya y en 2026 ha vuelto a trabajar con el director manchego en Amarga Navidad, junto a Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Victoria Luengo y Patrick Criado.

También forma parte del reparto principal de Respira, el drama hospitalario de Netflix, y continúa sobre los escenarios con Malquerida, la adaptación de la obra de Jacinto Benavente dirigida por Natalia Menéndez, en la que interpreta a Raimunda. El teatro, pese al ruido que rodea su popularidad reciente, sigue siendo el territorio donde dice sentirse más dueña de su trabajo.

Cultura y política, dos mundos que para ella nunca estuvieron separados

Sánchez-Gijón pertenece a una generación de intérpretes para la que la exposición pública del artista fuera del escenario ha sido recurrentemente discutida. Ella no parece demasiado interesada en esa frontera. Su postura es más sencilla: una actriz también es una ciudadana y conserva el mismo derecho a participar en el debate público que cualquier otra persona.

Eso implica, naturalmente, exponerse a la discrepancia. Sus palabras sobre la derechización, el fascismo, Gaza o la vivienda pueden generar adhesión, rechazo o ambas cosas a la vez. Precisamente ahí está el dato: una de las actrices españolas más reconocibles ha decidido utilizar un momento de especial popularidad para intervenir de manera explícita en cuestiones políticas y sociales.

No es una irrupción repentina. En la gala de los Goya de 2025 ya aprovechó la recepción de su premio honorífico para advertir sobre los nuevos imperialismos y las limpiezas étnicas. Su presencia posterior en Sol y las declaraciones de este octubre forman parte de la misma línea, no de una conversión súbita al activismo.

El escenario como termómetro de una época más áspera

La frase que ha vuelto a colocar a Aitana Sánchez-Gijón en el centro de la conversación pública tiene fuerza porque encierra algo más que una opinión partidista. Habla del mecanismo por el que una sociedad puede habituarse a aquello que anteriormente consideraba excepcional. La costumbre también cambia los límites de lo tolerable.

Ella lo observa desde un escenario, desde su historia familiar y desde unas calles en las que ha decidido aparecer cuando ha considerado que tocaba hacerlo. Cabe discutir su diagnóstico —faltaría más—, pero resulta difícil confundirlo con una ocurrencia fabricada para conseguir unos minutos de ruido. Su posición enlaza memoria, cultura, derechos y malestar social en una misma lectura del presente.

Tras más de cuatro décadas de profesión, Sánchez-Gijón atraviesa uno de los periodos de mayor reconocimiento de su carrera y parece haber optado por no convertir ese prestigio en una cómoda vitrina. Su advertencia es bastante menos confortable: los derechos pueden retroceder, la censura puede normalizarse y la democracia no se conserva sola por llevar muchos años colgada de la pared. A veces también hay que comprobar si el clavo sigue firme.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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