Salud
PFAS en sangre: uno de cada cuatro europeos supera el umbral sanitario
Un estudio europeo detecta PFAS por encima del umbral sanitario en 27 de 110 personas y encuentra TFA en todas las muestras de sangre analizadas.
Resumen
- 27 de 110 voluntarios superaron el umbral sanitario para cuatro PFAS
- El TFA apareció en el 100% de las muestras de sangre analizadas
- El estudio es exploratorio y no representa a toda la población europea
Uno de cada cuatro participantes europeos analizados en un nuevo estudio presentó en sangre una concentración de determinados PFAS por encima del valor sanitario de referencia utilizado por los investigadores. En concreto, 27 de las 110 personas examinadas superaron los 6,9 nanogramos por mililitro para la suma de cuatro de estos compuestos persistentes: PFOS, PFOA, PFNA y PFHxS.
El resultado merece atención, pero también una lectura precisa. La investigación es exploratoria y no representa estadísticamente a toda Europa: participaron voluntarios de nueve países y la muestra es demasiado pequeña para trasladar ese 25% al conjunto de la población. Lo que sí muestra con claridad es hasta qué punto estas sustancias han entrado en el organismo humano. Los cuatro PFAS de cadena larga buscados aparecieron en todos los participantes.
Y hay otro dato quizá más incómodo. El ácido trifluoroacético, conocido como TFA, fue detectado en el 100% de las muestras, con una concentración mediana de 21,22 nanogramos por mililitro. Una presencia silenciosa, difícil de ver y todavía más difícil de ignorar.
Qué ha encontrado exactamente el estudio sobre los PFAS
Las muestras se recogieron en 2026 entre 110 voluntarios de 12 a 78 años residentes en España, Italia, Francia, Bélgica, Alemania, Luxemburgo, Croacia, Dinamarca y Finlandia. El trabajo fue impulsado por el grupo de Los Verdes/ALE del Parlamento Europeo y los análisis se realizaron en la Universidad Libre de Ámsterdam. Entre los participantes había también personas profesionalmente expuestas, como bomberos.
Los investigadores buscaron nueve sustancias: cuatro PFAS de cadena larga —PFOS, PFOA, PFHxS y PFNA— y cinco de cadena ultracorta. De estas últimas solo aparecieron de forma apreciable TFA y PFPrA. El PFPrA se detectó en el 23% de las muestras; el TFA, en todas.
La suma de los cuatro PFAS de cadena larga superó los 6,9 ng/ml en 27 participantes. Entre quienes presentaron las concentraciones más elevadas, la diferencia respecto al umbral tampoco fue puramente testimonial: el 5% con mayor exposición estaba al menos 1,7 veces por encima del valor de referencia utilizado.
También aparecieron diferencias por sexo y edad. Los PFAS de cadena larga tendieron a aumentar con la edad entre los hombres, mientras que ese patrón no se observó con la misma claridad entre las mujeres. El cuestionario realizado a 79 participantes encontró además una relación entre mayores niveles de algunos compuestos y el consumo declarado de pescado, marisco y carne, aunque el diseño del estudio no permite señalar una fuente individual de exposición.
Qué significa superar los 6,9 nanogramos por mililitro
Aquí conviene evitar el salto fácil desde un número inquietante hasta un diagnóstico médico. Superar el umbral no significa que una persona vaya a enfermar, ni permite calcular qué probabilidad individual tiene de desarrollar una determinada enfermedad.
Los 6,9 ng/ml funcionan como un valor sanitario de referencia en sangre relacionado con la evaluación europea de cuatro PFAS especialmente estudiados. Para esos compuestos se estableció una ingesta semanal tolerable conjunta de 4,4 nanogramos por kilogramo de peso corporal, tomando como efecto crítico la disminución de la respuesta del sistema inmunitario a la vacunación.
Dicho de otro modo: no estamos ante una raya roja a partir de la cual aparece automáticamente una enfermedad. Es un indicador de exposición concebido para mantener estos compuestos en niveles en los que no se espera un riesgo apreciable durante una exposición prolongada. Cuando se rebasa, lo científicamente correcto es afirmar que no pueden descartarse efectos adversos, no anunciar una intoxicación.
Ese matiz importa. Mucho. También evita trivializar el resultado: que un límite sanitario no sea una frontera automática entre sano y enfermo no lo convierte en un dato irrelevante.
Por qué preocupan tanto estos compuestos
Los PFAS forman una enorme familia de sustancias sintéticas utilizadas durante décadas por su capacidad para resistir el agua, las grasas, el calor o las manchas. Han aparecido en aplicaciones industriales, espumas contra incendios, textiles, determinados envases alimentarios, recubrimientos y numerosos productos de consumo. Su presencia se ha extendido precisamente porque son químicamente muy resistentes.
Su gran virtud industrial es, paradójicamente, el origen del problema ambiental. Los enlaces entre carbono y flúor son extraordinariamente estables, de manera que muchos PFAS se degradan muy lentamente y algunos permanecen durante años en el medio ambiente o en el organismo. De ahí el sobrenombre de «químicos eternos».
La evidencia disponible no es idéntica para los miles de compuestos agrupados bajo esas cuatro letras. Para algunos de los PFAS mejor estudiados se han descrito efectos relacionados con el sistema inmunitario, alteraciones endocrinas, reproducción y desarrollo; determinadas exposiciones también se han asociado con problemas hepáticos, cambios en el colesterol y algunos cánceres. Meter a toda la familia química en el mismo saco sería tan cómodo como poco riguroso.
El TFA aparece en todas las muestras y abre otro frente
El resultado más llamativo del trabajo quizá no sea siquiera el 25%. Es el TFA detectado en las 110 personas analizadas.
Su concentración mediana alcanzó 21,22 ng/ml y fue aproximadamente entre cuatro y cinco veces superior a la suma de los cuatro PFAS de cadena larga. Según los responsables del trabajo, la mediana observada figura entre las más elevadas registradas hasta ahora en estudios de biomonitorización humana que han buscado específicamente esta sustancia.
El comportamiento del TFA es distinto al de varios PFAS clásicos. Se elimina del organismo mucho más deprisa que algunos compuestos de cadena larga, de modo que encontrarlo de forma tan generalizada puede apuntar a una exposición repetida o continua. Puede originarse por la degradación de distintas sustancias fluoradas, entre ellas algunos productos fitosanitarios y gases industriales, y terminar en el suelo, el agua y los alimentos.
Tampoco existe actualmente un valor de referencia en sangre para el TFA que permita tomar esos 21,22 ng/ml y traducirlos directamente a un determinado riesgo sanitario. Ese vacío importa: detectar una sustancia y disponer de una escala clínica para interpretar su concentración son cosas distintas.
La evaluación toxicológica, en cualquier caso, se ha endurecido. En julio de 2026 se redujo la ingesta diaria admisible de TFA a 0,014 miligramos por kilogramo de peso corporal, frente a los 0,05 mg/kg anteriores, después de revisar nueva evidencia sobre desarrollo, reproducción y hormonas tiroideas. También se ha recomendado clasificar el compuesto por su toxicidad reproductiva, persistencia y movilidad ambiental.
Agua y comida, dos vías importantes de exposición
Los PFAS no necesitan una escena espectacular para entrar en nuestra vida cotidiana. Pueden desplazarse desde suelos o aguas contaminados hasta los cultivos, acumularse en animales, alcanzar peces y mariscos o aparecer en el agua potable. Algunos materiales empleados para procesar o envasar alimentos también han contribuido históricamente a la exposición.
El pescado y los huevos figuran entre las fuentes alimentarias relevantes para algunos de los PFAS de cadena larga más estudiados, aunque eso no significa que la respuesta sensata sea eliminarlos de la dieta. Una alimentación variada sigue siendo la referencia y, en el caso del pescado, sus beneficios nutricionales también cuentan en el balance.
Los niños reciben especial atención porque consumen proporcionalmente más alimentos respecto a su peso corporal. Para los PFAS que se acumulan durante años también importa la exposición materna durante el embarazo y la lactancia; precisamente el sistema inmunitario infantil desempeñó un papel central en la fijación del nivel de ingesta tolerable para varios de estos compuestos.
No hay, por otra parte, una explicación doméstica sencilla del tipo «el problema es la sartén». En este pequeño estudio no apareció una asociación clara entre los niveles medidos y el uso declarado de utensilios antiadherentes, comida para llevar, agua embotellada frente a agua del grifo o cercanía residencial a instalaciones industriales. Eso tampoco demuestra que esas vías carezcan de importancia; simplemente 110 participantes no bastan para desenredar una exposición ambiental tan dispersa.
Europa endurece el control de unos contaminantes omnipresentes
El estudio llega cuando la legislación europea empieza a moverse con más fuerza. Desde el 12 de enero de 2026, los Estados miembros deben vigilar de manera armonizada los PFAS en el agua potable. La normativa europea establece valores para determinados grupos de estos compuestos y obliga a las autoridades a intervenir cuando se producen incumplimientos.
También desde el 12 de agosto de 2026 se aplican en la Unión Europea nuevos límites a los PFAS presentes en envases alimentarios, una vía de exposición que llevaba años bajo escrutinio.
En paralelo continúa el proceso europeo para una restricción mucho más amplia de esta familia química. La discusión es compleja porque los PFAS están presentes tanto en objetos prescindibles como en aplicaciones industriales, médicas y tecnológicas difíciles de sustituir de un día para otro. El debate se mueve así entre una reducción drástica de usos y excepciones allí donde todavía no existan alternativas razonables.
La vieja solución de esperar a contaminar primero y limpiar después tampoco resulta especialmente brillante. Los PFAS pueden desplazarse grandes distancias y descontaminar suelos y aguas resulta técnicamente difícil y caro. La persistencia convierte cada vertido en algo parecido a una factura aplazada: desaparece de la vista con facilidad; del medio ambiente, bastante menos.
Una muestra pequeña que señala un problema bastante grande
El estudio no permite afirmar que exactamente uno de cada cuatro habitantes de Europa tenga concentraciones sanguíneas superiores al umbral sanitario. Hacerlo convertiría 110 voluntarios en una encuesta continental que nunca pretendió ser.
Pero tampoco conviene utilizar esa limitación para mirar hacia otro lado. Investigaciones europeas anteriores ya habían encontrado PFAS en sangre y habían mostrado superaciones de valores de referencia en parte de la población. En adolescentes estudiados en varios países europeos durante años anteriores también se observaron niveles capaces de mantener abierto el debate sobre el riesgo sanitario.
La novedad de este trabajo de 2026 añade otra pieza: 27 de 110 personas por encima del umbral para cuatro PFAS persistentes, esos cuatro compuestos presentes en todos los participantes y TFA en las 110 muestras. No es un censo de Europa. Es algo diferente, quizá más incómodo: una fotografía pequeña que encaja bastante bien con un problema ambiental que el continente lleva años observando desde muchos ángulos distintos.
Los «químicos eternos» recibieron ese apodo porque tardan extraordinariamente en desaparecer. El estudio vuelve a colocar sobre la mesa una realidad menos vistosa que una crisis repentina, pero más persistente: la exposición a PFAS está extendida, medirla mejor será imprescindible y reducir nuevas emisiones pesa cada vez más que intentar limpiar después lo que durante décadas se dejó acumular.
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