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Trump se juega el Congreso: los sondeos dan ventaja a los demócratas

Los demócratas parten como favoritos para recuperar la Cámara de Representantes mientras Trump intenta mantener el Congreso en manos republicanas.

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Trump se juega el Congreso

Foto: The White House / Casa Blanca (Dominio público).

Resumen

  • Trump afronta el 3 de noviembre con los demócratas favoritos en la Cámara
  • Solo tres presidentes vieron ganar escaños a su partido en un siglo
  • Perder el Congreso complicaría los dos últimos años de su mandato

Donald Trump afronta las elecciones legislativas de Estados Unidos del próximo 3 de noviembre de 2026 con dos amenazas para la mayoría republicana en el Congreso: unas encuestas que favorecen a los demócratas y una tendencia histórica que suele castigar al partido del presidente en las elecciones de medio mandato.

A una semana de las urnas, el mandatario estadounidense ha intensificado su participación en la campaña para evitar que la oposición recupere el control de la Cámara de Representantes y el Senado. El pronóstico es complicado. El modelo electoral de Decision Desk HQ atribuye a los demócratas un 79 % de probabilidades de conquistar la Cámara Baja y un 56 % de hacerse también con el Senado.

La historia tampoco invita al optimismo republicano. Durante el último siglo, únicamente tres presidentes lograron que sus respectivos partidos ganaran escaños en la Cámara de Representantes durante unas elecciones de medio mandato: Franklin D. Roosevelt en 1934, Bill Clinton en 1998 y George W. Bush en 2002. Ninguno de los presidentes posteriores ha conseguido repetirlo.

Trump conoce bien ese mecanismo de desgaste. En 2018, durante su primera presidencia, los republicanos perdieron 41 escaños en la Cámara de Representantes y entregaron su control a los demócratas. Ocho años después, el presidente pretende evitar que su segundo mandato termine condicionado por un Congreso dividido.

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Las encuestas sitúan a Trump ante una posible derrota en el Congreso

Los últimos sondeos dibujan un escenario desfavorable para el Partido Republicano. A las proyecciones de Decision Desk HQ se suma el deterioro de la valoración presidencial, especialmente entre los estadounidenses preocupados por el coste de la vida.

Una encuesta de Reuters/Ipsos concluida el 26 de octubre sitúa la aprobación de Trump en el 32 %, mientras que los demócratas aventajan a los republicanos por 47 puntos frente a 36 en intención de voto al Congreso entre los electores registrados.

La inflación, el encarecimiento de la gasolina y las consecuencias económicas de la guerra con Irán figuran entre los problemas que están condicionando la campaña. El malestar económico resulta especialmente delicado para un presidente que convirtió la recuperación del poder adquisitivo en uno de sus principales argumentos políticos.

Trump ha respondido aumentando su presencia en los actos electorales y reclamando a sus seguidores que participen como si él mismo figurara en las papeletas.

La estrategia persigue movilizar a los votantes que le respaldaron en las presidenciales de 2024. Sin embargo, las elecciones de medio mandato tienen una participación y una dinámica diferentes: el presidente no se presenta, los candidatos locales adquieren mayor protagonismo y los ciudadanos pueden utilizar su voto para expresar su descontento con la Casa Blanca.

Los porcentajes de los modelos electorales, conviene precisarlo, no equivalen a resultados asegurados. Reflejan probabilidades calculadas con los datos disponibles y pueden cambiar hasta la jornada electoral.

Por qué las elecciones de medio mandato suelen castigar al presidente

Las elecciones legislativas estadounidenses se celebran cada dos años. Cuando coinciden con el ecuador de un mandato presidencial reciben el nombre de midterms y funcionan, en buena medida, como un examen nacional de la gestión del Gobierno.

En 2026 se renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 puestos del Senado, incluidos dos correspondientes a elecciones especiales. También se elegirán gobernadores en 36 estados.

El partido que controla la Casa Blanca suele llegar a estas citas con una desventaja estructural. Sus votantes pueden estar menos movilizados que en unas presidenciales, mientras que los simpatizantes de la oposición encuentran un incentivo adicional para acudir a las urnas.

No existe ninguna regla que obligue a perder escaños. Lo que existe es una regularidad electoral extraordinariamente persistente, alimentada por el desgaste del poder, la situación económica y la capacidad de movilización de ambos partidos.

Roosevelt, Clinton y Bush: las tres grandes excepciones

Desde 1926, únicamente tres elecciones de medio mandato han terminado con ganancias para el partido presidencial en la Cámara de Representantes.

En 1934, Franklin D. Roosevelt consiguió que los demócratas aumentaran su representación en nueve escaños. Estados Unidos atravesaba la Gran Depresión y una parte importante del electorado respaldó las reformas económicas y sociales de su programa conocido como New Deal.

En 1998, Bill Clinton logró un resultado igualmente excepcional. Los demócratas ganaron cuatro escaños durante su segundo mandato, favorecidos por una economía sólida y por el rechazo de parte del electorado a la ofensiva republicana contra el presidente a raíz del caso Lewinsky.

El tercer precedente llegó en 2002, cuando George W. Bush consiguió que los republicanos sumaran ocho representantes. La elevada popularidad presidencial y el clima político posterior a los atentados del 11 de septiembre de 2001 contribuyeron a aquel resultado.

Las tres excepciones responden a circunstancias muy diferentes. Lo que comparten es su carácter extraordinario. Ninguna permite concluir que una victoria del partido gobernante sea imposible, pero sí ayuda a comprender por qué las perspectivas de Trump resultan especialmente difíciles.

Obama, Biden y el propio Trump también sufrieron el desgaste

Los presidentes más recientes han comprobado hasta qué punto las elecciones legislativas pueden alterar el equilibrio de poder en Washington.

Bill Clinton, antes de su victoria parcial de 1998, había sufrido una derrota mucho más severa en 1994. Los demócratas perdieron 54 escaños y los republicanos recuperaron la Cámara de Representantes después de cuatro décadas sin controlarla.

Barack Obama tampoco escapó al castigo electoral. En 2010, los demócratas perdieron 63 escaños en la Cámara Baja, una derrota que permitió a los republicanos hacerse con la mayoría. Cuatro años después, el partido presidencial cedió otros 13 puestos.

Donald Trump sufrió un resultado similar en 2018. Los demócratas ganaron 41 escaños en la Cámara de Representantes, aunque los republicanos consiguieron ampliar su mayoría en el Senado con dos puestos adicionales.

Aquel Congreso dividido complicó la agenda legislativa presidencial y dio a los demócratas instrumentos de investigación y fiscalización política que hasta entonces no controlaban.

En 2022, con Joe Biden en la Casa Blanca, los republicanos obtuvieron una ganancia neta de nueve escaños y recuperaron la Cámara Baja. El resultado fue menos contundente de lo esperado y los demócratas conservaron el Senado, pero volvió a confirmarse el patrón de pérdidas parlamentarias para el partido presidencial.

La distinción entre ambas cámaras es importante. Perder escaños no significa necesariamente perder la mayoría, y tampoco todos los resultados del Congreso evolucionan en la misma dirección.

La Cámara de Representantes, el mayor peligro para los republicanos

La mayoría republicana en la Cámara de Representantes es especialmente estrecha. Los republicanos cuentan con 219 escaños frente a los 214 de los demócratas, una diferencia que convierte un cambio relativamente pequeño en determinados distritos en una posible pérdida del control parlamentario.

A diferencia del Senado, donde solamente se renueva una parte de los representantes cada dos años, los 435 miembros de la Cámara Baja deben someterse a las urnas en cada elección legislativa.

El sistema hace que esta cámara refleje con mayor rapidez los cambios en el estado de ánimo del electorado. También explica por qué suele concentrar buena parte del castigo contra el partido del presidente.

Para los demócratas, recuperar la mayoría supondría obtener capacidad para dirigir las comisiones parlamentarias, impulsar investigaciones y bloquear proyectos legislativos republicanos.

Trump podría continuar gobernando mediante las competencias propias del poder ejecutivo, pero tendría que negociar buena parte de sus prioridades legislativas con una oposición reforzada.

El Senado presenta una batalla diferente

El Senado funciona con otra lógica electoral. Sus cien integrantes cumplen mandatos de seis años y solamente una parte de los escaños se renueva en cada convocatoria.

Actualmente, los republicanos disponen de una mayoría de 53 senadores, frente a 45 demócratas y dos independientes que habitualmente se alinean con estos últimos.

Para conquistar el control de la institución, los demócratas necesitan alcanzar 51 escaños, puesto que un empate a 50 permitiría al vicepresidente republicano, JD Vance, ejercer su voto de calidad.

La disputa será especialmente relevante en estados competitivos como Maine, Iowa, Ohio o Texas. Sus resultados pueden determinar si Trump conserva una cámara favorable incluso en el supuesto de perder la Cámara de Representantes.

Controlar el Senado tiene consecuencias directas sobre la presidencia. Esta institución interviene en la confirmación de numerosos altos cargos federales y jueces, incluidos los magistrados del Tribunal Supremo.

Una derrota republicana en ambas cámaras reduciría considerablemente el margen político del presidente durante los dos últimos años de su mandato.

El 3 de noviembre decidirá cuánto poder conserva Trump

Las elecciones estadounidenses de 2026 llegan en un momento políticamente delicado para la Casa Blanca. Trump necesita movilizar a su electorado, defender la gestión económica de su Administración y convencer a los votantes indecisos de que mantener la mayoría republicana facilitará el cumplimiento de sus promesas.

Los demócratas, por su parte, intentan transformar el descontento con el presidente en victorias concretas en los distritos y estados donde se decidirá el equilibrio del Congreso.

La historia favorece a la oposición, pero no sustituye al recuento. Roosevelt, Clinton y Bush demostraron que el partido presidencial puede mejorar sus resultados cuando concurren circunstancias excepcionales.

Trump necesita, como mínimo, evitar el castigo que sufrieron sus predecesores. No está obligado a ganar más escaños para conservar el Congreso, aunque la estrechez de su mayoría en la Cámara Baja reduce considerablemente su margen de error.

El 3 de noviembre se conocerá si el presidente consigue mantener ambas cámaras bajo control republicano o si afrontará el resto de su segundo mandato con una oposición capaz de condicionar su agenda desde el Capitolio.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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