Cultura
Tolkien advirtió en 1943: «Ni uno en un millón es apto para mandar»
En una carta de 1943 a su hijo Christopher, Tolkien cuestionó la capacidad de gobernar y advirtió del peligro de quienes buscan ejercer el poder.
Imagen: Estudio fotográfico desconocido (1925-1926) / Wikimedia Commons / Dominio público.
Resumen
- En 1943, Tolkien sostuvo que casi nadie estaba capacitado para gobernar
- Consideraba menos aptos a quienes más deseaban ejercer el poder
- Su carta a Christopher expresaba su recelo hacia el Estado y sus controles
J. R. R. Tolkien, el escritor británico que creó El señor de los anillos, tenía una opinión bastante contundente sobre quienes aspiran a gobernar a los demás. En una carta escrita el 29 de noviembre de 1943 a su hijo Christopher, en plena Segunda Guerra Mundial, sostuvo que mandar sobre otras personas era una de las tareas menos apropiadas para el ser humano. Su razonamiento iba todavía más lejos: apenas una persona entre un millón estaría verdaderamente capacitada para ejercer semejante responsabilidad.
Pero la reflexión del escritor contenía una segunda advertencia, quizá más incómoda. Tolkien consideraba que quienes buscan activamente el poder son, precisamente, los menos indicados para ejercerlo. No cuestionaba únicamente la preparación de los gobernantes, sino también las motivaciones de quienes desean ocupar posiciones de autoridad.
La declaración, recuperada este 3 de noviembre de 2026, procede de una correspondencia privada que permite conocer una faceta menos popular del autor: su profunda desconfianza hacia el poder político, la autoridad y las estructuras de control. Un pensamiento que contrasta con la imagen del escritor dedicado exclusivamente a construir mundos fantásticos, aunque guarda una relación evidente con algunos de los grandes conflictos de su obra literaria.
Tolkien no estaba pronunciando un discurso ni presentando un programa político. Escribía a su hijo, entonces destinado a un centro de formación de la Real Fuerza Aérea británica en Mánchester. Y lo hacía en un momento en que Europa llevaba cuatro años sumida en una guerra que había mostrado hasta dónde podía llegar el poder concentrado en manos de unos pocos.
La carta de Tolkien que cuestionaba la capacidad de gobernar
La reflexión aparece en la carta número 52, recogida en The Letters of J. R. R. Tolkien, la colección de correspondencia publicada originalmente en 1981 y editada por Humphrey Carpenter con la colaboración de Christopher Tolkien.
En ella, el escritor expresaba una convicción poco habitual para alguien que había dedicado buena parte de su vida académica al estudio de las tradiciones, las lenguas y las instituciones medievales.
Para Tolkien, el problema no consistía simplemente en que determinados gobernantes fueran incompetentes. Su planteamiento era más profundo: el ejercicio de autoridad sobre otros seres humanos implica una responsabilidad para la que casi nadie está preparado.
De ahí su afirmación de que ni siquiera una persona entre un millón reúne las condiciones necesarias. Una expresión deliberadamente tajante, que no pretendía establecer una proporción estadística, sino subrayar lo excepcional que consideraba la capacidad de gobernar con justicia.
El escritor introducía también una distinción importante. No basta con disponer de inteligencia, conocimientos o prestigio para ejercer correctamente el poder. La propia voluntad de dominar puede convertirse en una señal de alarma.
En otras palabras, desear el poder no demuestra estar capacitado para ejercerlo. Tolkien desconfiaba especialmente de quienes lo perseguían con entusiasmo.
Tolkien defendía una peculiar mezcla de anarquía y monarquía
La carta contiene otro pasaje sorprendente. Tolkien reconocía que sus opiniones políticas se inclinaban cada vez más hacia una forma filosófica de anarquía o, alternativamente, hacia una monarquía que él mismo calificaba de inconstitucional.
La aparente contradicción resulta llamativa. ¿Cómo podía alguien sentirse próximo a la anarquía y, al mismo tiempo, contemplar favorablemente una monarquía?
La respuesta está en su rechazo a las estructuras de poder impersonales y excesivamente centralizadas.
Tolkien utilizaba la palabra anarquía para referirse a la ausencia de un control impuesto sobre las personas, no a la violencia revolucionaria ni al caos social. Tampoco estaba formulando una defensa de los movimientos anarquistas contemporáneos.
Su ideal monárquico era igualmente peculiar. Imaginaba un soberano más interesado en aficiones personales que en intervenir constantemente en la vida de sus súbditos. Una figura distante del gobernante obsesionado con administrar hasta el último detalle de la sociedad.
No se trataba, desde luego, de una teoría constitucional desarrollada. Eran reflexiones privadas, expresadas con ironía y exageraciones que forman parte del estilo personal del escritor.
Su crítica al Gobierno y a la idea de Estado
Tolkien también cuestionaba la costumbre de hablar del Gobierno como si fuese una entidad independiente de las personas que lo integran.
A su juicio, gobernar es una actividad desarrollada por individuos concretos, con nombres, responsabilidades, intereses y defectos. Convertir esa actividad en una institución abstracta podía contribuir a diluir la responsabilidad personal.
Por eso ironizaba sobre la utilización de la palabra Gobierno con mayúscula y proponía hablar directamente de quienes ejercían la autoridad.
En su carta mencionaba al rey Jorge VI y a Winston Churchill, entonces primer ministro británico, para ilustrar esa preferencia por identificar a los responsables políticos.
Detrás de la provocación lingüística aparecía una preocupación reconocible: cuando el poder se presenta como una entidad abstracta, resulta más fácil olvidar quién toma realmente las decisiones.
Su crítica no equivalía a negar la existencia de las instituciones ni a formular una doctrina democrática moderna. Tolkien estaba expresando una desconfianza personal hacia la acumulación de autoridad y hacia la tendencia de los individuos a someterse a estructuras que consideran superiores.
La Segunda Guerra Mundial explica parte de su desconfianza
La fecha de la carta resulta fundamental para entender su contenido.
En noviembre de 1943, la Segunda Guerra Mundial continuaba devastando Europa. La Alemania nazi mantenía el conflicto abierto, mientras los gobiernos aliados dirigían un esfuerzo militar de dimensiones extraordinarias.
Tolkien conocía personalmente las consecuencias de la guerra. Había servido en el Ejército británico durante la Primera Guerra Mundial y participado en la batalla del Somme, en 1916.
Aquella experiencia, junto con el contexto del segundo conflicto mundial, ayuda a situar sus reflexiones sobre la autoridad y la capacidad destructiva del poder político.
La guerra también había supuesto una expansión de la intervención estatal en la economía y en la vida cotidiana. El racionamiento, la movilización militar y los controles administrativos formaban parte de la realidad británica.
En su correspondencia, Tolkien manifestó inquietud ante la posibilidad de que algunas formas excepcionales de control sobrevivieran a las circunstancias que habían justificado su aparición.
Conviene, no obstante, evitar una interpretación excesivamente sencilla. Tolkien no fue un ideólogo político convencional, ni sus opiniones pueden trasladarse sin matices a las categorías actuales de izquierda, derecha, liberalismo o anarquismo.
Su pensamiento combinaba convicciones religiosas católicas, una profunda admiración por determinados valores tradicionales y un considerable recelo hacia el poder concentrado.
El poder y la corrupción en El señor de los anillos
Las opiniones expresadas en aquella carta permiten entender mejor uno de los grandes temas de la obra más conocida de Tolkien: la relación entre el poder, la ambición y la corrupción moral.
En El señor de los anillos, el Anillo Único concede a su portador un poder extraordinario, pero también representa una amenaza para su libertad y su integridad.
La cuestión no se limita a distinguir entre personajes buenos y malos. Algunos de los personajes más nobles de la historia reconocen que incluso sus mejores intenciones podrían convertirse en una justificación para dominar a los demás.
Gandalf, por ejemplo, rechaza apropiarse del Anillo porque comprende el peligro que supondría utilizar semejante poder, incluso con propósitos aparentemente beneficiosos.
Galadriel también se enfrenta a la tentación de poseerlo. La posibilidad de alcanzar una autoridad inmensa se presenta como una prueba moral, no como una recompensa.
Frente a esas figuras, Frodo y los hobbits representan una forma de heroísmo alejada de la ambición política. Su importancia no procede de su capacidad para dominar, sino de asumir una responsabilidad que no habían buscado.
Existe, por tanto, una afinidad temática entre la novela y las reflexiones privadas de su autor.
Eso no significa que El señor de los anillos deba interpretarse como una alegoría directa de los gobiernos de su época. Tolkien rechazaba las lecturas alegóricas rígidas de su obra.
Sin embargo, la desconfianza hacia el deseo de dominación aparece tanto en sus cartas como en los conflictos fundamentales de la Tierra Media.
Una advertencia sobre quienes más desean gobernar
La correspondencia de Tolkien fue publicada décadas después de su redacción y volvió a cobrar interés con la edición revisada y ampliada de sus cartas, publicada en 2023.
El documento de noviembre de 1943 conserva un interés que va más allá de la literatura fantástica. Plantea una cuestión sobre la naturaleza de la autoridad: la diferencia entre estar dispuesto a asumir una responsabilidad y sentir el deseo de ejercer poder sobre otras personas.
En las democracias constitucionales, esa dificultad se aborda mediante elecciones, división de poderes, controles institucionales y mecanismos de responsabilidad pública. Son precisamente esos límites los que permiten que un sistema político no dependa exclusivamente de las virtudes personales de sus dirigentes.
Tolkien no desarrolló en aquella carta una defensa de tales mecanismos. Su visión, de hecho, resulta difícil de conciliar en algunos aspectos con los principios políticos contemporáneos.
Pero su recelo hacia quienes ambicionan mandar conserva una dimensión universal. El poder necesita límites porque quienes lo ejercen son personas, no figuras infalibles situadas por encima de los demás.
Ochenta y tres años después de aquella carta, la advertencia del creador de la Tierra Media mantiene su fuerza. Tolkien desconfiaba de la capacidad humana para gobernar, pero todavía más de quienes parecían demasiado seguros de poseerla.
Una sospecha incómoda para cualquier aspirante al poder. Y, probablemente, una de las reflexiones políticas más reveladoras que dejó el escritor fuera de sus novelas.
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