Historia
Los vascos y el euskera: la ciencia revisa el mito de su antigüedad
El ADN sitúa la singularidad vasca en la Edad del Hierro. El euskera sigue sin parientes conocidos y los hallazgos de Irulegi ofrecen nuevas pistas.
Foto: Argia, CC BY-SA 3.0.
Resumen
- La ciencia no acredita que los vascos sean el pueblo más antiguo de Europa
- El ADN muestra continuidad genética desde la Edad del Hierro
- Las inscripciones de Irulegi aportan pistas sobre el euskera antiguo
La ciencia no respalda que los vascos sean el pueblo más antiguo de Europa ni que el euskera sea la lengua más antigua del continente. La genética, la arqueología y la lingüística ofrecen una explicación bastante más precisa: la población vasca comparte buena parte de su historia biológica con el resto de la península ibérica, mientras que su idioma constituye una supervivencia excepcional de las lenguas anteriores a la expansión de las indoeuropeas por Europa occidental.
Las investigaciones genéticas han identificado una notable continuidad poblacional desde la Edad del Hierro, pero también conexiones con las migraciones que transformaron Europa miles de años antes. El euskera, por su parte, carece de parentescos demostrados con otras lenguas vivas, aunque existen testimonios antiguos, especialmente del aquitano, que permiten reconstruir parte de su pasado.
El debate ha cobrado nuevo interés gracias a los descubrimientos arqueológicos de Navarra. La Mano de Irulegi, presentada en 2022, y unas inscripciones cerámicas dadas a conocer en junio de 2026 han aportado nuevas pistas sobre las lenguas habladas hace más de dos milenios. Ninguno de estos hallazgos resuelve por completo el origen del euskera, pero todos contribuyen a precisar una historia durante mucho tiempo rodeada de hipótesis difíciles de demostrar.
El euskera, una lengua anterior al latín y sin parientes vivos conocidos
El euskera es una lengua aislada, una clasificación que significa que no se ha demostrado su pertenencia a ninguna de las familias lingüísticas actualmente conocidas. A diferencia del castellano, el francés o el italiano, no procede del latín. Tampoco pertenece a la familia indoeuropea, que incluye desde el inglés y el alemán hasta el griego o las lenguas eslavas.
Su singularidad está relacionada con la supervivencia de una tradición lingüística anterior a la expansión de las lenguas indoeuropeas por buena parte del continente.
Sin embargo, considerar el euskera una lengua aislada no significa que surgiera espontáneamente o que nunca tuviera idiomas emparentados. Es perfectamente posible que existieran otras lenguas de su misma familia que desaparecieran sin dejar testimonios suficientes para identificarlas.
Durante décadas se han propuesto conexiones con el ibérico, las lenguas caucásicas y otras familias del Mediterráneo y Asia. Ninguna de esas propuestas ha conseguido establecer un parentesco genealógico generalmente aceptado mediante las correspondencias lingüísticas sistemáticas que exige la investigación.
Tampoco es científicamente correcto asignarle una edad absoluta. Todas las lenguas vivas tienen una historia evolutiva que se remonta mucho más allá de sus primeros testimonios escritos. El castellano, por ejemplo, procede del latín y este de antecedentes anteriores. El hecho de que una lengua haya cambiado de nombre o de estructura no convierte automáticamente a otra en más antigua.
El aquitano y los primeros testimonios de una lengua relacionada
Una de las pruebas más importantes procede de la antigua Aquitania, al norte de los Pirineos.
Allí se han conservado inscripciones de época romana con nombres de personas y divinidades que presentan claras correspondencias con elementos del euskera histórico. Esos testimonios permiten identificar una lengua estrechamente relacionada con el vasco, generalmente denominada aquitano.
La relación entre ambas lenguas está sólidamente establecida, aunque reconstruir con exactitud cómo evolucionaron y determinar dónde se formó el antecesor directo del euskera sigue siendo una cuestión abierta.
La documentación disponible también presenta un problema considerable: los nombres propios permiten reconocer determinadas raíces y formas lingüísticas, pero resultan insuficientes para reconstruir una lengua completa.
No contamos con una extensa colección de textos aquitanos que permita conocer su gramática, su vocabulario cotidiano o las diferencias que pudiera presentar respecto a las variedades habladas al sur de los Pirineos.
El ADN desmonta la idea de un pueblo intacto desde la prehistoria
La genética ha contribuido a revisar otra creencia muy extendida: la supuesta continuidad biológica inalterada de los vascos desde el Paleolítico.
Durante buena parte del siglo XX se propusieron explicaciones que presentaban a la población vasca como descendiente directa de los cazadores-recolectores prehistóricos, prácticamente al margen de las grandes migraciones europeas.
Los estudios de ADN antiguo han demostrado que esa interpretación resulta demasiado simple.
Una investigación publicada en 2019 en la revista Science, basada en datos genómicos de 271 individuos antiguos de la península ibérica, documentó una profunda transformación demográfica durante la Edad del Bronce.
Hacia el 2000 antes de Cristo, las poblaciones con ascendencia relacionada con las estepas euroasiáticas habían contribuido aproximadamente al 40 % de la ascendencia genética de la población peninsular estudiada. La sustitución de determinados linajes paternos fue todavía mayor.
Los antepasados de los vascos actuales también participaron de esa transformación.
Por tanto, no existe evidencia de una población vasca genéticamente inalterada durante decenas de miles de años. Como ocurre con otros pueblos europeos, su historia incluye movimientos de población, mezclas y procesos de continuidad regional.
La Edad del Hierro explica buena parte de la singularidad genética
El resultado más interesante apareció al comparar los genomas antiguos con los de las poblaciones actuales.
Los investigadores observaron que los vascos modernos presentan una notable semejanza genética con poblaciones de la península ibérica de la Edad del Hierro, anterior a la conquista romana.
Un segundo estudio, publicado en 2021 en Current Biology, analizó aproximadamente 629.000 variantes genéticas en 1.970 muestras modernas y antiguas, incluidas 190 personas incorporadas específicamente de 18 localidades del ámbito vasco.
Sus resultados confirmaron una diferenciación genética respecto a poblaciones vecinas, pero no identificaron un origen externo extraordinario.
La explicación propuesta fue una menor mezcla genética durante determinados periodos posteriores a la Edad del Hierro, posiblemente favorecida en parte por las barreras lingüísticas y sociales.
Esto no significa que las comunidades vascas permanecieran completamente aisladas, sino que determinados movimientos demográficos tuvieron una incidencia diferente respecto a otras regiones peninsulares.
La propia investigación encontró diferencias genéticas dentro del territorio vasco relacionadas con la geografía.
Un trabajo más reciente, publicado en octubre de 2026 en la revista Cell, ha documentado importantes movimientos de población durante la Hispania romana mediante el análisis de 243 genomas antiguos. Aunque sus resultados afectan al conjunto peninsular y no permiten establecer por sí solos nuevas conclusiones específicas sobre los vascos, refuerzan la importancia de estudiar cada región dentro de procesos demográficos más amplios.
La Mano de Irulegi y las inscripciones descubiertas en 2026
La arqueología ha abierto otra vía de investigación especialmente interesante.
La Mano de Irulegi es una pieza de bronce encontrada en un asentamiento del valle de Aranguren, en Navarra, y fechada en el siglo I antes de Cristo. Su presentación pública en noviembre de 2022 despertó una enorme expectación porque contenía una inscripción realizada con un sistema de escritura paleohispánico.
Una de sus secuencias se leyó inicialmente como sorioneku, lo que recordó inmediatamente a la palabra vasca zorioneko, relacionada con la buena fortuna.
Las investigaciones posteriores, sin embargo, introdujeron importantes matices.
Los especialistas también han planteado la lectura sorioneke, y no existe consenso sobre el significado exacto de la inscripción ni sobre su relación directa con el euskera histórico.
La pieza constituye un testimonio arqueológico excepcional de escritura en territorio vascón, pero identificar una palabra aparentemente familiar no basta para demostrar que todo el texto está escrito en una forma ancestral del vasco actual.
En junio de 2026, el yacimiento volvió a ocupar la actualidad científica.
La Sociedad de Ciencias Aranzadi presentó una inscripción sobre un fragmento de cerámica cuya lectura propuesta es «abaŕ». Según la interpretación de los investigadores, podría representar un numeral vascónico equivalente a diez.
La hipótesis resulta especialmente relevante porque se ha identificado una forma semejante en el sistema numeral ibérico, para la que se ha planteado una correspondencia con el vasco hamar, diez.
El hallazgo permite estudiar posibles relaciones entre el vascónico, el ibérico y el euskera histórico. Sin embargo, las semejanzas podrían responder a parentesco lingüístico, préstamos entre lenguas o contactos culturales. La interpretación no es definitiva.
Otra inscripción presentada en la misma ocasión contiene la secuencia basi, que podría corresponder a un nombre abreviado.
Lo significativo es que estos descubrimientos muestran una presencia de la escritura en la vida del asentamiento más amplia de lo que permitía establecer una única pieza.
La supervivencia del euskera frente al latín y las lenguas romances
La historia del euskera tiene otro aspecto que merece especial atención: su continuidad a través de profundas transformaciones políticas y culturales.
La expansión romana llevó el latín a buena parte de la península ibérica. Con el paso de los siglos, ese idioma desplazó a numerosas lenguas anteriores y terminó dando origen a las actuales lenguas romances.
El euskera sobrevivió a ese proceso, aunque su territorio de uso y sus variedades experimentaron cambios considerables.
La persistencia de una lengua no exige que permanezca intacta. El euskera actual es el resultado de siglos de evolución lingüística, influencias externas, transformaciones gramaticales y préstamos léxicos.
Entre sus primeros testimonios escritos medievales destacan las expresiones vascas conservadas en las Glosas Emilianenses, cuya datación se sitúa en torno a los siglos X y XI.
Mucho después, en 1545, Bernat Etxepare publicó en Burdeos Linguae Vasconum Primitiae, considerado el primer libro impreso íntegramente en euskera.
La posterior consolidación de la literatura, la enseñanza, las instituciones culturales y la normalización lingüística resultó fundamental para su preservación.
De hecho, la creación y difusión del euskera batua, la variedad estándar impulsada desde el siglo XX, demuestra que una lengua puede conservar sus raíces históricas precisamente porque continúa adaptándose.
La antigüedad vasca está en su continuidad, no en un récord europeo
La investigación permite distinguir dos cuestiones que durante mucho tiempo se han mezclado: el origen biológico de una población y la historia de la lengua que habla.
Los vascos actuales no constituyen una población inmutable procedente directamente del Paleolítico, aunque conservan una importante continuidad genética con comunidades de la Edad del Hierro.
El euskera tampoco puede recibir científicamente el título de idioma más antiguo de Europa. Lo que sí puede afirmarse es que conserva una tradición lingüística anterior a la romanización y sin parentescos demostrados con otras lenguas vivas.
La genética no determina automáticamente qué idioma hablaban nuestros antepasados. Una población puede adoptar una lengua sin experimentar una sustitución demográfica completa, del mismo modo que puede incorporar nuevos componentes genéticos sin abandonar su idioma.
Esa distinción resulta fundamental para comprender el caso vasco.
Los descubrimientos de Irulegi, las inscripciones aquitanas y los estudios genómicos están permitiendo reconstruir partes de una historia que sigue teniendo importantes lagunas. Cada nueva evidencia reduce algunas incertidumbres y, en ocasiones, plantea otras.
La singularidad del pueblo vasco y del euskera no necesita apoyarse en una antigüedad imposible de medir ni en una supuesta pureza ancestral. Su verdadero interés histórico reside en la continuidad de una lengua excepcional dentro de una Europa cuya población, cultura y mapa lingüístico han cambiado constantemente durante miles de años.
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