Historia
Descifran la escritura libio-púnica que usaron túrdulos y bástulos
Francisco Jordi y Maria Josep Estanyol proponen nuevas lecturas de monedas antiguas que recuperan topónimos vinculados a túrdulos y bástulos.
Resumen
- El estudio propone descifrar la escritura libio-púnica del sur peninsular
- Las monedas bilingües permiten reconstruir antiguos nombres de ciudades
- Baildon, Ašidon y Laškudan revelan contactos entre Iberia y el norte de África
Una investigación desarrollada por el numísmata jerezano Francisco Jordi Páez junto con la epigrafista y especialista en filología semítica Maria Josep Estanyol i Fuentes propone haber descifrado buena parte de la enigmática escritura monetaria conocida tradicionalmente como libio-fenicia o libio-púnica, empleada en el sur de la península ibérica durante los últimos siglos antes de nuestra era.
El trabajo permite asignar valores fonéticos a signos que durante décadas habían provocado lecturas contradictorias y, sobre todo, reconstruir antiguos nombres de poblaciones vinculadas a túrdulos y bástulos antes de que las denominaciones latinas terminaran imponiéndose con Roma. Entre ellos aparecen Baildon, relacionado con Bailo; Ašidon, con Asido; Laškudan, con Lascuta; Šakilan, con Sacili, o Dolškai Bildan, asociado a Turi Recina. No es poca cosa: detrás de unas monedas pequeñas, gastadas y aparentemente mudas asoma un mapa cultural bastante más enrevesado de lo que suele sugerir la cómoda etiqueta de Hispania prerromana.
La investigación se apoya especialmente en acuñaciones bilingües, donde los caracteres latinos conviven con signos de esta escritura de tradición púnica. Esa convivencia proporciona algo parecido a un agarradero lingüístico: un nombre conocido en latín puede compararse con la secuencia grabada al lado en el otro alfabeto. A partir de ahí comienza el trabajo menos vistoso, y bastante más delicado, de comparar signos, variantes gráficas, topónimos y contextos arqueológicos.
Una pequeña moneda convertida en «Piedra de Rosetta»
Una de las piezas centrales del estudio procede de Turi Recina, asentamiento relacionado con el Cerro de las Nieves, en el actual territorio de Casas de Reina, Badajoz. En una de sus monedas aparece la inscripción latina TVRIRIICINA acompañada por otra leyenda escrita con los caracteres que Jordi y Estanyol estudian como libio-púnicos.
La lectura propuesta para esa segunda inscripción es Dolškai Bildan. Su importancia no reside únicamente en recuperar un posible nombre antiguo, sino en que la coincidencia con una denominación latina conocida habría servido para establecer correspondencias entre algunos sonidos y signos. Jordi la ha comparado con una pequeña «Piedra de Rosetta»: no una gran losa de piedra, desde luego, sino un disco de metal que cabe entre dos dedos.
Ese procedimiento se ha extendido después a otras monedas y cecas. El resultado es una cadena de equivalencias que la investigación relaciona con nombres como Šakilan, Iuaban, Uiškil, Ašidon, Baildon y Laškudan, vinculados respectivamente con ciudades conocidas más tarde por fuentes y monedas latinas.
Cómo consiguieron asignar sonidos a los signos
El problema llevaba mucho tiempo sobre la mesa. Desde el siglo XIX se habían agrupado diversas acuñaciones del sur peninsular bajo la denominación de «libio-fenicias», término empleado por el numísmata Jacobo Zóbel de Zangróniz. Más tarde se plantearon distintas interpretaciones del alfabeto, entre ellas el trabajo publicado en 1980 por el filólogo José María Solà-Solé.
Aquellas propuestas, sin embargo, dejaron numerosas incertidumbres. Incluso estudios académicos recientes han advertido de que las lecturas no podían considerarse definitivas, entre otras razones porque el repertorio conservado es pequeño y los signos aparecen muy esquematizados. Una raya gastada sobre un bronce de hace más de dos mil años puede ser una letra, una variante de otra o sencillamente el resultado de un cuño deteriorado. Ahí reside buena parte del rompecabezas.
Jordi y Estanyol sostienen que las leyendas bilingües permiten reducir ese margen de duda. Hay otro problema añadido: determinadas letras del neopúnico podían adoptar formas casi idénticas. Es el caso de signos correspondientes a sonidos distintos representados mediante trazos verticales muy parecidos. Las propias cecas habrían recurrido en ocasiones a variantes gráficas precisamente para evitar confusiones.
Baildon, Ašidon y Laškudan dibujan otra Janda
Uno de los aspectos más sugerentes del trabajo aparece en la actual provincia de Cádiz. La investigación vincula Baildon con la Silla del Papa, cerca de Tarifa; Ašidon con Medina Sidonia y Laškudan con el entorno de Alcalá de los Gazules. Los tres enclaves formarían parte de un grupo cultural relacionado con el territorio de la antigua Laguna de la Janda.
La propuesta presta especial atención a determinadas terminaciones presentes en esos nombres, interpretadas como posibles indicadores de origen, pertenencia o identidad colectiva. La comparación recuerda a fenómenos conocidos en otras monedas de la península, donde ciertos sufijos permiten reconocer comunidades o conjuntos humanos asociados a una ciudad o territorio.
La imagen que surge es interesante porque rompe la tentación, muy moderna, de imaginar pueblos antiguos separados por fronteras limpias y colores distintos sobre un mapa. En torno al Estrecho había comercio, desplazamientos militares, poblaciones indígenas, comunidades de tradición fenicia, influencia cartaginesa y contactos constantes con mauritanos y númidas del norte de África. Más cruce de caminos que compartimentos estancos.
El antiguo nombre de Bailo antes de Baelo Claudia
La interpretación de Baildon resulta especialmente llamativa por su relación con uno de los grandes enclaves arqueológicos gaditanos. Jordi y Estanyol consideran que sería el nombre bástulo anterior a Bailo y, posteriormente, a la Baelo de época romana.
La propuesta etimológica relaciona el primer elemento con bai, «río», y el segundo con ildun, «ciudad», lo que permitiría interpretar Baildon como «ciudad del río». El referente geográfico sería el río Almodóvar, que atraviesa las tierras próximas a la Silla del Papa y se dirige hacia la antigua Laguna de la Janda.
Aquí conviene conservar cierta prudencia. La identificación forma parte de la interpretación defendida por los investigadores y deberá seguir contrastándose con la epigrafía, la lingüística histórica, la numismática y la arqueología. En historia antigua rara vez aparece una inscripción con la cortesía de explicar quién la escribió, en qué lengua y por qué. Ojalá.
Una escritura nacida del contacto entre varios mundos
La denominación misma de esta escritura arrastra problemas. «Libio-fenicia» es una etiqueta histórica que numerosos especialistas han considerado poco satisfactoria. Jordi y Estanyol prefieren libio-púnica, una expresión con la que buscan reflejar mejor el contacto entre las poblaciones norteafricanas y el mundo cultural púnico.
Las monedas conocidas con este tipo de caracteres aparecen principalmente en el sur peninsular durante los siglos II y I a. C., cuando la presencia romana avanzaba y las estructuras políticas, económicas y culturales de la región estaban cambiando a gran velocidad. Algunas ciudades acuñaron piezas bilingües o recurrieron simultáneamente a escrituras diferentes. La romanización, como casi todos los procesos históricos reales, fue bastante menos ordenada de lo que parecen sugerir los manuales escolares.
El área gaditana es fundamental. Cecas relacionadas con Asido, Lascuta, Bailo, Oba o Iptuci utilizaron caracteres considerados desde antiguo de tradición neopúnica, mientras otros talleres del interior muestran fenómenos comparables. La escritura se convierte así en una huella del mestizaje cultural del sur de Hispania: tradiciones locales, herencias fenicio-púnicas, contactos africanos y una presencia latina cada vez mayor superpuestas en el mismo paisaje.
La tesis de Jordi sitúa uno de los focos decisivos de esa interacción en el paleoestuario del Barbate y La Janda, donde la circulación de tropas y monedas norteafricanas habría favorecido el contacto con comunidades locales. A partir de ese escenario, la escritura habría sido adoptada por grupos túrdulos y bástulos y utilizada, entre otros soportes, para identificar comunidades emisoras de moneda.
Lo que el hallazgo aclara y lo que todavía permanece abierto
Hablar de desciframiento no significa que hayan desaparecido todos los interrogantes. Todavía quedan cuestiones espinosas: quién desarrolló exactamente el sistema, qué lengua o lenguas se escribieron con él, hasta qué punto determinadas lecturas pueden extenderse de una ceca a otra y cuál fue la relación precisa entre estas comunidades y las poblaciones norteafricanas.
La propia tradición académica revela hasta qué punto el terreno es resbaladizo. Durante décadas se ha discutido si estos caracteres representan una variante tardía y poco normalizada del neopúnico, una adaptación regional o un sistema con peculiaridades suficientemente fuertes para recibir otra denominación. Las diferencias étnicas que las fuentes antiguas establecen —o parecen establecer— entre túrdulos, bástulos, libiofenicios y otros grupos tampoco encajan siempre con comodidad en las evidencias arqueológicas.
Precisamente por eso las nuevas lecturas tienen interés. Si las equivalencias propuestas se consolidan mediante nuevos estudios y piezas, las monedas dejarían de aportar únicamente imágenes, pesos, metales o nombres latinos para convertirse también en documentos lingüísticos de primer orden. Un archivo diminuto que sobrevivió porque estaba hecho de bronce.
El estudio ya se está presentando en distintos municipios asociados a las cecas analizadas. Tras las intervenciones celebradas en localidades como Casas de Reina, Pedro Abad, Alcalá de los Gazules y Tarifa, están previstas nuevas exposiciones de la investigación en Medina Sidonia el 30 de octubre y Jimena de la Frontera el 20 de noviembre.
Cuando una moneda devuelve el nombre perdido de una ciudad
La relevancia de esta investigación va más allá de poner sonidos modernos a unos signos antiguos. Recuperar un topónimo previo a Roma permite acercarse a cómo una comunidad se identificaba a sí misma, qué territorio consideraba suyo y qué relaciones culturales mantenía con sus vecinos. A veces la historia cambia con una excavación monumental; otras, con cuatro signos minúsculos bajo la figura de un toro.
Las lecturas de Baildon, Ašidon, Laškudan o Dolškai Bildan ofrecen precisamente eso: la posibilidad de mirar las ciudades del sur peninsular antes de que sus nombres latinos terminaran fijándose en las fuentes. No aparece una Andalucía antigua aislada, sino un territorio atravesado por influencias ibéricas, púnicas, africanas y romanas, con poblaciones que adoptaban y transformaban escrituras igual que intercambiaban monedas, mercancías y costumbres.
Quedan debates, comprobaciones y seguramente correcciones. Es normal. Pero las monedas que durante más de dos mil años conservaron aquellos signos han empezado, al menos según esta nueva propuesta de lectura, a pronunciar de nuevo los nombres que llevaban grabados.
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