Salud
España registra 5.807 muertes por calor en el peor verano de la década
España cierra el verano de 2026 con 5.807 muertes atribuibles al calor, la cifra más alta de la década y con los mayores como grupo más vulnerable.
Resumen
- España estima 5.807 muertes por calor, el peor dato de la última década
- El 97 % de los fallecimientos se concentra en personas de 65 años o más
- Agosto fue el mes más duro y los mayores de 85 años, el grupo más vulnerable
El verano de 2026 ha dejado en España una cifra que desborda cualquier sensación subjetiva de haber pasado mucho calor. El Sistema de Monitorización de la Mortalidad diaria por todas las causas, MoMo, del Instituto de Salud Carlos III estima 5.807 muertes atribuibles a las altas temperaturas entre el 15 de mayo y el 30 de septiembre. Es el registro más elevado de la última década.
El dato supone más de un 51 % de aumento respecto a 2025, cuando se estimaron 3.832 fallecimientos asociados al calor. También deja atrás el verano de 2022, hasta ahora la gran referencia de la serie reciente, con 4.789 muertes atribuibles a las temperaturas elevadas. No se trata, por tanto, de una pequeña oscilación estadística: 2026 abre una distancia considerable sobre los peores veranos de los últimos años.
Y el termómetro ayuda a entender por qué. España acaba de atravesar su verano más cálido de la serie oficial, con una temperatura media peninsular de 24,5 grados entre junio y agosto, 2,4 grados por encima del promedio de 1991-2020. La excepcionalidad no estuvo únicamente en alcanzar picos extremos, sino en algo quizá más dañino: el calor se quedó. Día tras día. Noche tras noche.
España supera por primera vez las 5.800 muertes atribuibles al calor
Las 5.807 defunciones estimadas corresponden al periodo utilizado para el seguimiento sanitario del calor, entre mediados de mayo y finales de septiembre. Esa precisión importa porque el concepto de «verano» empleado en vigilancia epidemiológica es más amplio que el verano meteorológico de junio, julio y agosto.
La comparación dibuja con bastante claridad la magnitud de 2026. Los 3.832 fallecimientos estimados en 2025 ya habían convertido aquel verano en uno de los más duros de la serie. Un año después, la mortalidad atribuible a las temperaturas elevadas ha vuelto a escalar y ha superado incluso las cifras de 2022.
El precedente histórico que todavía queda muy por encima es el verano de 2003, cuando distintas estimaciones situaron en torno a 13.000 las muertes relacionadas con el episodio de calor que golpeó España. Aquel desastre sanitario, compartido con buena parte de Europa, impulsó precisamente el desarrollo de planes específicos de prevención frente a las temperaturas extremas. La comparación, sin embargo, debe hacerse con cautela: las metodologías y las series estadísticas no son idénticas.
Lo inquietante de 2026 es otra cosa. Después de más de dos décadas de alertas, protocolos y adaptación, el calor vuelve a aparecer como un factor de mortalidad de primer orden.
Agosto fue el mes más duro, seguido muy de cerca por julio
La mortalidad no se repartió de manera uniforme. Agosto concentró 2.162 muertes atribuibles al calor, el mayor balance mensual del periodo analizado. Julio registró otras 2.026, mientras que junio sumó 938.
El episodio tampoco terminó con el calendario vacacional. Septiembre dejó 559 fallecimientos estimados, después de que una nueva ola de calor afectara a España durante los primeros días del mes. Mayo, pese a quedar aparentemente lejos del verano clásico, ya había contabilizado 123.
Son cifras que ayudan a desmontar una imagen algo antigua del riesgo térmico: la del calor entendido como tres o cuatro jornadas abrasadoras de julio en las que basta con buscar sombra y esperar. La temporada cálida se está estirando por los bordes. En 2026 hubo temperaturas propias del pleno verano durante la segunda mitad de mayo y otra ola de calor cuando septiembre ya había comenzado.
Los mayores de 85 años soportaron el impacto más grave
El reparto por edades es todavía más contundente. El 97 % de las muertes estimadas correspondió a personas de 65 años o más. Dentro de ese grupo, los mayores de 85 concentraron aproximadamente el 62 % del total.
También hubo una diferencia notable por sexo. De las 5.807 defunciones atribuibles al exceso de temperatura, 3.486 correspondieron a mujeres, alrededor del 60 %, frente a 2.321 hombres. Parte de esa diferencia está vinculada a la propia estructura demográfica: las mujeres son mayoría en los grupos de edad más avanzada, precisamente los más vulnerables frente al calor.
El impacto tampoco fue idéntico en todo el mapa. Las mayores tasas de mortalidad atribuible aparecieron especialmente en el norte y nordeste peninsular, una constatación interesante porque rompe otro tópico recurrente: que el calor peligroso es, sobre todo, un problema del sur.
La capacidad de adaptación cuenta. Una máxima de 38 grados puede formar parte de la normalidad climática de determinadas zonas durante el verano y representar, en cambio, una anomalía mucho más agresiva en territorios donde las viviendas, los hábitos o incluso la infraestructura urbana están menos preparados para soportarla.
El verano de 2026 fue el más cálido registrado en España
La mortalidad coincide con un escenario meteorológico excepcional. La temperatura media del verano de 2026 en la España peninsular alcanzó los 24,5 grados, unos 2,4 grados por encima de la referencia climática de 1991-2020 y tres décimas por encima del anterior récord, registrado en 2025.
La serie oficial comienza en 1961, pero reconstrucciones climáticas permiten ir bastante más atrás. Según esos trabajos, no habría existido un verano tan cálido desde al menos 1869. Más de siglo y medio de registros reconstruidos y ningún precedente comparable.
Julio fue particularmente brutal. Con una temperatura media de 25,7 grados, quedó empatado con julio de 2022 como el mes más cálido de toda la serie histórica, no únicamente entre los meses de julio. En Murcia se alcanzaron 44,2 grados el día 23; Granada rozó los 44 y Valencia/Aeropuerto llegó a 43,7 grados durante agosto.
Pero el problema de 2026 no cabe en una fotografía de un termómetro marcando 44 grados. Fue la persistencia del calor. Durante el verano meteorológico se contabilizaron tres olas de calor en Península y Baleares y otra en Canarias; a comienzos de septiembre llegó un nuevo episodio. En el conjunto de la temporada, las condiciones extremas ocuparon una porción insólita del calendario.
Una de las olas se prolongó 23 días, del 2 al 24 de julio. La siguiente comenzó apenas cuatro días después y duró otros 24, hasta el 20 de agosto. Es decir, durante buena parte del corazón del verano apenas hubo tregua térmica real.
Y ahí está uno de los elementos que más pesan sobre la salud: no solo cuánto sube la temperatura durante la tarde, sino cuánto consigue bajar durante la madrugada. Cuando las noches siguen siendo muy cálidas, el organismo pierde parte de su capacidad para recuperarse del estrés acumulado durante el día. Para una persona joven y sana puede traducirse en cansancio y sueño de mala calidad; para alguien muy mayor, enfermo o frágil, el margen es bastante menor.
Qué significa realmente que una muerte sea atribuible al calor
Las 5.807 muertes no equivalen a 5.807 certificados de defunción en los que un médico haya escrito «calor» como causa. Esta distinción es fundamental para interpretar correctamente el dato.
MoMo utiliza un modelo estadístico de vigilancia epidemiológica. Compara las defunciones observadas con las esperadas según las series históricas e incorpora, entre otras variables, las temperaturas máximas y mínimas registradas en cada provincia. A partir de esa relación calcula cuántas muertes pueden atribuirse estadísticamente al exceso de temperatura.
El sistema trabaja con información procedente de los registros civiles, datos demográficos, población por edades y sexo y registros meteorológicos. Su finalidad no es reconstruir individualmente la causa médica de cada fallecimiento, sino detectar desviaciones de mortalidad y medir el impacto que fenómenos como el calor pueden tener sobre la población.
Una persona con una enfermedad cardiovascular, respiratoria o renal puede no morir de un «golpe de calor» en sentido clínico y, sin embargo, sufrir una descompensación fatal favorecida por varios días de temperaturas extremas. El calor actúa muchas veces como amplificador de patologías previas, no como una causa aislada y visible.
Por eso las cifras de muertes certificadas específicamente por golpe de calor suelen ser mucho menores que las estimaciones de mortalidad atribuible. No hay contradicción. Miden cosas distintas.
La edad, la vivienda y las noches cálidas marcan la vulnerabilidad
El organismo humano necesita desprenderse del exceso de calor para mantener estable su temperatura interna. Con temperaturas ambientales elevadas, humedad importante y noches sin descanso térmico, esa maquinaria fisiológica trabaja peor. En las personas mayores se añade otro problema: disminuye la capacidad para percibir la sed, regular la temperatura y responder rápidamente ante la deshidratación.
Las enfermedades crónicas, determinados medicamentos, la dependencia o la movilidad reducida aumentan todavía más el riesgo. También pesa lo social, y bastante. Una vivienda mal aislada que acumula calor durante varios días puede convertirse en una especie de batería térmica: las paredes guardan durante la noche lo que recibieron por la tarde y, cuando amanece, el interior todavía no se ha enfriado.
Ahí el aire acondicionado deja de ser una discusión doméstica sobre comodidad y entra en el terreno de la desigualdad frente al calor. No todos viven la misma ola térmica aunque el termómetro de la calle marque exactamente lo mismo. Quien puede refrigerar la vivienda, trabajar bajo techo o desplazarse a espacios frescos dispone de una protección que otras personas sencillamente no tienen.
El riesgo de mortalidad puede crecer de forma considerable por cada grado que la temperatura supera determinados umbrales de riesgo para la salud. Esos umbrales, además, varían territorialmente: el cuerpo humano se adapta hasta cierto punto al clima habitual del lugar donde vive, aunque esa adaptación tiene límites.
Un récord que convierte el calor en un problema sanitario estructural
El balance de 2026 llega después de una sucesión difícil de ignorar. Los diez veranos más cálidos de la serie española se han producido en el siglo XXI y siete de los ocho más cálidos han ocurrido desde 2015. El récord de 2025 duró apenas un año.
En 2026 se juntaron temperaturas persistentemente extremas, sequía, grandes incendios forestales y un Mediterráneo occidental excepcionalmente cálido. No todos esos fenómenos pueden traducirse directamente en una misma cifra de mortalidad, pero forman parte de un escenario ambiental cada vez más exigente para la salud pública.
Las 5.807 muertes estimadas colocan el debate bastante más allá de si el verano fue incómodo o si hubo demasiadas noches sin dormir. La estadística habla de personas mayores, enfermedades que se descompensan y viviendas que no consiguen enfriarse, además de semanas enteras durante las que el cuerpo apenas encuentra descanso.
España dispone desde hace años de sistemas de alerta, umbrales sanitarios y planes preventivos. Aun así, 2026 ha marcado el peor registro de mortalidad por calor de la última década. El termómetro, al final, no entiende de costumbre. Y cuando una anomalía deja de durar dos días para instalarse durante semanas, la diferencia entre soportar el calor y enfermar por él se vuelve mucho más estrecha.
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