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EEUU incluye la ‘madre de todas las bombas’ en sus planes contra Irán
El Pentágono contempla la MOAB en escenarios contra Irán mientras crecen las dudas sobre su utilidad frente a complejos nucleares subterráneos.
Por United States Department of Energy - Gobierno de EE. UU., Dominio público, Wikimedia Commons
Resumen
- EEUU contempla la MOAB entre sus opciones militares contra Irán
- No existe una orden de ataque ni una decisión presidencial confirmada
- La MOAB no está diseñada para penetrar complejos nucleares profundos
Estados Unidos ha incorporado la GBU-43/B MOAB, popularmente conocida como la “madre de todas las bombas”, a las opciones militares estudiadas para un eventual nuevo ataque contra Irán. Los escenarios preparados por el Pentágono contemplan su posible empleo contra determinados objetivos si el presidente Donald Trump ordena reanudar las operaciones. De momento, el punto esencial es otro: no existe una orden de lanzamiento confirmada.
La posibilidad supone un salto llamativo en la presión sobre Teherán. La MOAB es una gigantesca bomba convencional guiada por GPS, de unas 21.600 libras, cerca de 9,8 toneladas, concebida para provocar una onda expansiva extraordinariamente potente sobre una zona extensa. Estados Unidos solo la ha utilizado una vez en combate, en Afganistán, en 2017.
El tamaño, sin embargo, puede engañar. La cuestión que se discute dentro de la planificación estadounidense no es únicamente cuánto destruye la bomba, sino qué puede destruir realmente. Frente a instalaciones nucleares excavadas profundamente bajo roca, una explosión formidable en superficie no garantiza alcanzar las cámaras protegidas en el interior de una montaña.
Qué está estudiando exactamente el Pentágono
La planificación militar estadounidense incluye nuevas alternativas contra infraestructuras iraníes y emplazamientos vinculados al programa nuclear. Dentro de ese abanico aparece la MOAB, un arma cuya mera inclusión en los escenarios de contingencia revela hasta dónde está dispuesto Washington a estudiar la escalada, aunque preparar un plan y decidir ejecutarlo sean dos cosas muy diferentes.
Uno de los complejos que concentra la atención es Pickaxe Mountain, próximo a Natanz. Se trata de una instalación subterránea excavada dentro de una montaña y estrechamente vigilada por Estados Unidos ante las incógnitas sobre su función dentro del programa nuclear iraní.
Irán mantiene que su programa atómico persigue fines civiles. Washington e Israel llevan años expresando dudas sobre las capacidades que Teherán podría desarrollar a partir de su infraestructura de enriquecimiento de uranio. Ese choque, técnico sobre el papel pero profundamente político, está en el centro de la tensión.
La Casa Blanca no ha anunciado una decisión para emplear la MOAB. El Pentágono elabora habitualmente diferentes escenarios para ofrecer alternativas al presidente y la presencia de un arma dentro de esos documentos no equivale a una autorización de ataque. Es una diferencia menos vistosa que el apodo de la bomba, pero bastante más importante.
La MOAB: una explosión gigantesca que no sirve para todo
La Massive Ordnance Air Blast Bomb, de cuyas iniciales procede MOAB, fue desarrollada a comienzos de siglo y probada en 2003. Su efecto procede fundamentalmente de la enorme onda expansiva que genera al detonar sobre el terreno. No fue creada como un proyectil capaz de perforar cientos de metros de roca.
Ese funcionamiento permite entender para qué resulta especialmente peligrosa: objetivos distribuidos sobre una superficie amplia, determinadas fortificaciones, posiciones de tropas y algunos sistemas de cuevas o túneles. También posee un poderoso efecto psicológico. Una bomba de casi diez toneladas no necesita demasiada ayuda del departamento de propaganda.
Contra una instalación situada bajo una montaña, la situación cambia. Una detonación gigantesca puede destrozar accesos, edificios, comunicaciones y estructuras exteriores y, aun así, no alcanzar las zonas más profundas de un complejo preparado precisamente para sobrevivir a un ataque aéreo.
Pickaxe Mountain es un objetivo especialmente difícil
Pickaxe Mountain se encuentra cerca del complejo nuclear de Natanz, al sur de Teherán. Las imágenes disponibles han mostrado durante los últimos años accesos a túneles y una importante actividad constructiva, aunque no existe información pública suficiente para determinar con certeza todas las funciones desarrolladas en su interior.
La profundidad es su principal escudo. Algunas estimaciones sitúan determinadas zonas del complejo aproximadamente a un centenar de metros bajo tierra, rodeadas por roca resistente. Es exactamente el tipo de objetivo que obliga a distinguir entre la potencia explosiva de una bomba y su capacidad real de penetración.
La MOAB no es la GBU-57 penetradora
La confusión entre ambas armas es frecuente porque las dos son enormes, pero técnicamente responden a misiones distintas. La GBU-57 Massive Ordnance Penetrator, conocida como MOP, pesa alrededor de 13,6 toneladas y está diseñada específicamente para atravesar estructuras endurecidas y profundamente enterradas antes de explotar.
La MOAB funciona de otra manera. Su fortaleza es la onda expansiva, no la penetración profunda. Estados Unidos empleó la GBU-57 contra instalaciones nucleares iraníes en 2025, precisamente porque este tipo de munición fue concebido para objetivos bajo tierra. Comparar ambas únicamente por su peso sería algo parecido a comparar un martillo con un taladro porque los dos hacen ruido.
Ahí reside una de las grandes dudas sobre una eventual operación contra Pickaxe Mountain. La MOAB podría provocar una devastación extraordinaria alrededor del objetivo, pero eso no significa que consiga destruir aquello que Washington pretenda alcanzar en las galerías más profundas.
Trump mantiene abierta la opción militar
La aparición de estos escenarios coincide con un momento político delicado en Washington. Trump ha sostenido que Estados Unidos no reanudará los ataques antes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre, mientras continúan los contactos y la presión diplomática sobre Teherán.
Eso no impide que el Pentágono prepare alternativas para después de los comicios. Es, de hecho, parte del funcionamiento ordinario de la maquinaria militar estadounidense: evaluar blancos, armas, riesgos y posibles respuestas antes de que llegue una orden política. El hecho novedoso es que entre esas alternativas se encuentre una munición tan excepcional como la GBU-43/B.
El conflicto con Irán arrastra además consecuencias que van mucho más allá del terreno militar. Las tensiones afectan a las rutas energéticas, a la seguridad regional, al estrecho de Ormuz y a unas negociaciones nucleares que llevan años avanzando y retrocediendo. Una escalada estadounidense tendría, inevitablemente, repercusiones internacionales mucho mayores que las del objetivo atacado.
La MOAB encaja también en una lógica de demostración de fuerza. Su empleo produciría un impacto militar, visual y político enorme. Pero precisamente ahí aparece la paradoja: una de las mayores bombas convencionales estadounidenses puede ser espectacular sobre el terreno y, al mismo tiempo, no ser la herramienta ideal para destruir una instalación profundamente enterrada.
Afganistán, el único precedente de combate
Estados Unidos utilizó la MOAB por primera y hasta ahora única vez en combate el 13 de abril de 2017, durante el primer mandato de Trump. El objetivo fue un complejo de cuevas y túneles utilizado por Estado Islámico-Jorasán en el distrito de Achin, en la provincia afgana de Nangarhar.
La bomba fue lanzada desde un avión MC-130. La elección se justificó por la existencia de una red de túneles, búnkeres y obstáculos que dificultaba las operaciones terrestres. Aquella misión convirtió un arma desarrollada años antes y asociada también a la intimidación psicológica en una munición utilizada realmente en combate.
Irán representa un escenario completamente distinto. No se trata de golpear una posición aislada de una organización yihadista, sino infraestructuras pertenecientes a un Estado con capacidad militar propia, aliados regionales y medios para responder. El enorme radio destructivo de la MOAB también eleva las preocupaciones sobre daños colaterales si fuera empleada cerca de zonas habitadas.
Una bomba enorme y una decisión todavía mayor
La información disponible sitúa a la “madre de todas las bombas” dentro de las opciones estudiadas por Washington, pero todavía lejos de una orden presidencial públicamente confirmada. No existe constancia de que Trump haya autorizado su utilización ni de que Estados Unidos haya fijado una fecha para un ataque con esta munición.
Lo verdaderamente relevante es el nivel de fuerza que Washington está dispuesto a contemplar. Utilizar la MOAB contra Irán supondría recurrir a una de las armas convencionales estadounidenses con mayor capacidad explosiva en medio de una crisis donde cualquier golpe puede provocar una respuesta y abrir otra ronda de escalada.
Y queda la contradicción técnica. La MOAB es capaz de desencadenar una explosión devastadora en superficie, pero los complejos subterráneos iraníes fueron construidos precisamente para resistir ataques de gran potencia. La bomba impresiona por sus dimensiones; la decisión de utilizarla, por sus posibles consecuencias militares y geopolíticas, sería todavía mucho mayor.
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