Ciencia
El segundo intercalar desaparece en 2027 para evitar fallos digitales
Desde mayo de 2027, el UTC dejará de añadir segundos intercalares para seguir la rotación de la Tierra y reducir riesgos en sistemas digitales.
Resumen
- El segundo intercalar dejará de aplicarse desde el 20 de mayo de 2027
- El UTC podrá separarse de la rotación terrestre hasta un máximo de una hora
- El cambio reduce riesgos para GPS, telecomunicaciones y sistemas digitales
El mundo acaba de cambiar una de esas reglas que parecen insignificantes hasta que uno recuerda que Internet, los satélites, los bancos y las telecomunicaciones necesitan ponerse de acuerdo sobre qué hora es. La Conferencia General de Pesas y Medidas ha aprobado la desaparición práctica del segundo intercalar, el ajuste que durante más de medio siglo ha permitido mantener el Tiempo Universal Coordinado cerca de la irregular rotación de la Tierra.
La fecha está fijada: 20 de mayo de 2027. Desde entonces, el UTC, la referencia horaria utilizada internacionalmente, funcionará de forma continua y dejará de recibir esos pequeños saltos de un segundo. Para la inmensa mayoría de las personas no habrá que tocar el reloj, actualizar el móvil ni levantarse un segundo antes. El cambio ocurre varios pisos por debajo de nuestra vida cotidiana, en la maquinaria invisible que mantiene sincronizado el planeta.
Adiós a un sistema que funcionaba desde 1972
El problema nace de una pequeña batalla entre física y astronomía. Los relojes atómicos son extraordinariamente regulares; la Tierra, bastante menos. Nuestro planeta no completa cada giro con idéntica duración porque su rotación está condicionada por fenómenos que van desde los movimientos del núcleo y los océanos hasta la atmósfera, las mareas o la redistribución de grandes masas de hielo.
Por eso existen dos maneras distintas de mirar el tiempo. El UTC, construido a partir del tiempo atómico, ofrece una referencia estable. El llamado UT1, en cambio, sigue la rotación real de la Tierra respecto al espacio. Hasta ahora se procuraba que ambos nunca se separasen más de 0,9 segundos.
Cuando la diferencia se acercaba demasiado a ese límite aparecía el segundo intercalar: un segundo añadido excepcionalmente al reloj mundial para volver a aproximar ambas escalas. Desde 1972 se han introducido 27 segundos intercalares. El último llegó el 31 de diciembre de 2016. Desde entonces no se ha añadido ninguno.
La solución era razonable cuando fue concebida. Medio siglo después se ha convertido en una pequeña piedra dentro de una maquinaria tecnológica gigantesca, donde una alteración minúscula del tiempo puede propagarse entre servidores, redes de datos y sistemas que deben registrar acontecimientos en un orden exacto.
Por qué un solo segundo puede provocar problemas
Un segundo parece casi nada. Para una persona, lo es. Para determinados sistemas informáticos y redes sincronizadas, no tanto. La medición precisa del tiempo permite ordenar operaciones financieras, coordinar telecomunicaciones, localizar posiciones mediante satélites o determinar qué paquete de información llegó antes que otro.
El inconveniente del segundo intercalar no estaba únicamente en introducirlo, sino en que no todos los sistemas lo gestionaban igual. Algunas infraestructuras realizaban el salto de golpe. Otras repartían aquella corrección durante un periodo más largo, una técnica conocida como leap smear. Y otras podían sencillamente comportarse mal.
Así aparecía una paradoja bastante propia del siglo XXI: para mantener sincronizado el tiempo mundial se introducía una corrección que podía desincronizar temporalmente las máquinas. La coexistencia de métodos diferentes complicaba un ecosistema digital cada vez más dependiente de marcas temporales exactas.
El temor al primer segundo intercalar negativo
Durante décadas la rotación terrestre hizo necesario añadir segundos. Sin embargo, las variaciones observadas durante los últimos años plantearon una posibilidad mucho más incómoda: tener que hacer exactamente lo contrario y eliminar uno.
Jamás se ha aplicado un segundo intercalar negativo. Eso supondría que, llegado un determinado instante, el reloj mundial debería saltarse un segundo. Muchos sistemas llevan décadas preparados, mejor o peor, para encontrarse un segundo adicional, pero no necesariamente para verlo desaparecer.
Ese escenario aumentó la preocupación entre los responsables de la sincronización horaria internacional. Los segundos intercalares positivos ya exigen tratamientos especiales; uno negativo abriría un terreno prácticamente inédito para infraestructuras críticas, telecomunicaciones y software.
Qué ocurrirá exactamente a partir de mayo de 2027
No habrá ningún salto espectacular la noche anterior. El 20 de mayo de 2027 tampoco aparecerá una hora nueva en los teléfonos. Simplemente, UTC dejará de perseguir tan de cerca a la rotación terrestre.
Hasta ahora, la diferencia permitida entre UTC y UT1 debía mantenerse por debajo de 0,9 segundos. El nuevo sistema amplía ese margen máximo hasta 3.600 segundos, es decir, una hora. Eso no significa que nuestros relojes vayan a adelantarse una hora en 2027. Significa que ambas escalas podrán separarse poco a poco sin necesidad de introducir correcciones de un segundo.
Y hablamos de poco a poco de verdad. Alcanzar una desviación próxima a una hora podría requerir varios siglos, porque cada año la diferencia acumulada es diminuta y, además, la propia velocidad de rotación terrestre fluctúa.
En la práctica, las generaciones actuales trasladan a las futuras una cuestión que no necesita resolverse todavía. Cuando la discrepancia alcance algún día una magnitud relevante habrá que decidir qué hacer con ella. Quizá entonces exista una corrección mucho mayor, una especie de hora intercalar; quizá el concepto mismo de hora civil haya evolucionado. El calendario para ese problema se mide en siglos, no en legislaturas.
Los astrónomos seguirán sabiendo dónde está la Tierra
Separar los relojes atómicos de la rotación terrestre tampoco significa perder la referencia astronómica. Quienes necesitan conocer con enorme precisión la orientación del planeta podrán continuar utilizando UT1, que seguirá midiendo el giro efectivo de la Tierra.
La diferencia está en que la hora civil internacional ya no tendrá que corregirse continuamente para mantenerse pegada a esa referencia. Es una separación de funciones: el tiempo atómico hace de regla estable; el tiempo astronómico observa cómo gira realmente el planeta.
Durante décadas ambos caminaron unidos por pequeños tirones de un segundo. Desde 2027 podrán seguir caminos ligeramente diferentes sin que ello impida a observatorios, sistemas de navegación o científicos conocer con precisión la orientación de la Tierra.
Los móviles y relojes no cambiarán de funcionamiento
Para el ciudadano, el efecto inmediato será prácticamente invisible. No cambia la duración del segundo, tampoco desaparecen los husos horarios ni esta decisión tiene relación directa con el cambio entre horario de invierno y verano. Las 12 seguirán siendo las 12.
Tampoco se modifica por esta decisión la definición física actual del segundo, basada en una transición del átomo de cesio 133. El debate sobre una futura redefinición mediante relojes ópticos mucho más precisos pertenece a otro proceso científico distinto.
El cambio de 2027 afecta a cómo se mantiene la escala horaria mundial, no a cuánto dura exactamente un segundo. Para móviles, ordenadores y relojes domésticos, la transición debería pasar prácticamente inadvertida.
El beneficio estará detrás de las pantallas. Sistemas informáticos, operadores de telecomunicaciones y grandes infraestructuras podrán trabajar con una escala UTC continua sin prepararse para esos excepcionales minutos de 61 segundos que aparecían cuando se introducía una corrección.
Algo menos de poesía astronómica, quizá. Bastante más tranquilidad para los servidores y las redes digitales.
Cuando la precisión importa más que seguir al Sol
La desaparición del segundo intercalar cuenta también una historia mayor. Durante milenios, medir el tiempo significaba mirar al cielo: amaneceres, sombras, estrellas. Después llegaron los péndulos, los cronómetros y finalmente los átomos.
Desde el 20 de mayo de 2027, la hora internacional dejará de corregirse segundo a segundo para acompañar las irregularidades de nuestro planeta. Los relojes atómicos continuarán avanzando con una precisión extraordinaria; la Tierra seguirá acelerando y frenando ligeramente como lleva haciendo desde mucho antes de que alguien inventara un reloj.
Durante décadas intentamos que ambos marchasen al mismo compás. La tecnología moderna ha decidido que ya no hace falta obligarlos.
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