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El gas de Alaska entra de lleno en la batalla por el Senado de EEUU

Alaska LNG vuelve al centro político: un proyecto de hasta 54.500 millones de dólares que promete empleo, exportaciones y una batalla electoral.

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Gasducto en Alaska en 2026

Imagen: Luca Galuzzi / www.galuzzi.it / CC BY-SA 2.5.

Resumen

  • Alaska LNG vuelve a la campaña con hasta 54.500 millones en juego
  • Sullivan y Peltola apoyan el proyecto y compiten por capitalizarlo
  • Taiwán avanza, pero aún faltan contratos firmes y financiación

El gigantesco proyecto Alaska LNG, concebido para llevar gas natural desde el extremo norte del estado hasta la costa del Pacífico y exportarlo después hacia Asia, se ha convertido en uno de los asuntos económicos de la disputada elección al Senado de Estados Unidos en Alaska. Sobre la mesa hay una infraestructura valorada entre 44.500 y 54.500 millones de dólares, más de 1.300 kilómetros de gasoducto y una promesa que lleva décadas resistiéndose a salir del papel.

La batalla política tiene, además, una peculiaridad: el senador republicano Dan Sullivan y su principal rival, la demócrata Mary Peltola, respaldan el proyecto. La diferencia está menos en el sí o el no al gasoducto que en quién puede presentarse ante los votantes como capaz de hacerlo realidad, atraer inversión extranjera y transformar las enormes reservas gasísticas de Alaska en empleo, suministro energético e ingresos. Con las elecciones legislativas del 3 de noviembre a la vuelta de la esquina, aquel viejo proyecto energético ha terminado convertido también en munición electoral.

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Un gasoducto de 1.300 kilómetros desde el Ártico hasta el Pacífico

Alaska LNG pretende transportar gas natural desde North Slope, la vasta región productora situada en el norte de Alaska, hasta Nikiski, en la costa meridional. El diseño contempla un gasoducto de 807 millas, cerca de 1.300 kilómetros, una planta de tratamiento y una terminal capaz de producir alrededor de 20 millones de toneladas de gas natural licuado al año. Glenfarne Group controla el 75 % del proyecto y el estado de Alaska conserva el 25 % restante.

La escala ayuda a entender por qué la iniciativa impresiona tanto como inquieta. Solo la primera fase, centrada en el gasoducto, está valorada entre 13.200 y 16.900 millones de dólares. Después llegarían la terminal de licuefacción y la planta de tratamiento, hasta elevar la inversión total por encima de los 44.000 millones y, en el escenario más caro, acercarla a los 55.000 millones. Un pequeño detalle contable de varias decenas de miles de millones.

El objetivo comercial está principalmente al otro lado del Pacífico. Desde Alaska, los metaneros pueden alcanzar los mercados asiáticos mediante rutas considerablemente más cortas que las que parten de las terminales estadounidenses del golfo de México. Japón, Corea del Sur y Taiwán aparecen así como compradores naturales de una infraestructura que pretende convertir una desventaja geográfica —extraer gas en uno de los rincones más remotos de Estados Unidos— en una ventaja marítima.

Trump convierte Alaska LNG en bandera de campaña

Donald Trump ha colocado personalmente el proyecto en el escaparate político. El presidente ha respaldado a Sullivan y presenta los avances de Alaska LNG como una muestra de su política energética: aumentar la producción estadounidense, ampliar las exportaciones y atraer capital de países aliados. El gas, en ese relato, es negocio, influencia exterior y empleo. Todo empaquetado en una tubería monumental.

La cuestión importa especialmente porque los republicanos intentan mantener su posición en el Senado y Alaska, pese a su tradicional inclinación conservadora, ofrece una carrera menos cómoda de lo habitual. Peltola, antigua congresista demócrata, ha demostrado capacidad para competir en un territorio difícil para su partido. En las primarias de agosto obtuvo un 49,5 % de los votos, frente al 41,4 % de Sullivan.

Alaska LNG ofrece a Sullivan un argumento bastante tangible: inversión, construcción y puestos de trabajo. Los promotores calculan que el proyecto podría generar unos 12.000 empleos durante las obras y alrededor de 1.000 puestos permanentes cuando la infraestructura esté funcionando. Peltola, sin embargo, tampoco abandona ese terreno a su rival y defiende el aprovechamiento del gas dentro de una política energética que combina hidrocarburos, modernización de la red y fuentes renovables.

El resultado es poco habitual para una campaña estadounidense cada vez más polarizada. El gasoducto no divide frontalmente a los dos principales candidatos; les obliga a competir por su paternidad política, por los empleos prometidos y por el derecho a presentarse como la persona capaz de sacar adelante algo que Alaska lleva esperando medio siglo.

Taiwán da oxígeno al proyecto, pero aún faltan contratos

El movimiento que ha dado nuevo impulso a Alaska LNG procede de Taiwán. Su empresa energética estatal CPC prevé adquirir seis millones de toneladas de GNL al año, aproximadamente el 30 % de la producción proyectada, y contempla una inversión que podría alcanzar los 4.400 millones de dólares. Washington ha celebrado el avance con entusiasmo; Taipei, algo más prudente, todavía debe cerrar aspectos comerciales y financieros esenciales.

La distinción no es menor. Construir Alaska LNG exige algo más que declaraciones políticas y cartas de intención. Los promotores han reunido compromisos comerciales por alrededor de 13 millones de toneladas anuales, procedentes de posibles compradores de Japón, Corea del Sur, Taiwán, Tailandia y Europa. Para apuntalar la financiación necesitan elevar ese volumen y, sobre todo, transformar suficientes acuerdos preliminares en contratos vinculantes.

Ese verbo, vincular, vale casi tanto como el propio gas. Los bancos y grandes inversores que deben aportar decenas de miles de millones de dólares necesitan clientes comprometidos durante años. El interés diplomático queda estupendo en una fotografía; la financiación de una obra de esta dimensión exige firmas, garantías y números capaces de sobrevivir a una hoja de cálculo menos entusiasta que un mitin.

Corea del Sur enfría las grandes cifras de Washington

Algo parecido ocurre con Corea del Sur. Desde Estados Unidos se ha presentado el proyecto como beneficiario potencial de enormes inversiones surcoreanas, una inyección que podría transformar sus perspectivas financieras. Seúl ha utilizado un lenguaje bastante más cauteloso y mantiene el proyecto bajo estudio, condicionado a que demuestre rentabilidad comercial y cumpla los procedimientos internos.

Entre un anuncio político y un cheque firmado hay, pues, bastante tundra. La participación de grandes compradores asiáticos continúa siendo decisiva porque Alaska LNG necesita demostrar que tendrá demanda suficiente durante décadas. Sin esos contratos a largo plazo, el atractivo estratégico de vender gas estadounidense directamente hacia Asia no basta por sí solo para justificar una inversión de semejante tamaño.

El problema que persigue al gas de Alaska desde hace medio siglo

Las reservas existen. North Slope dispone de alrededor de 35 billones de pies cúbicos de gas natural probado y de recursos potenciales mucho mayores. El obstáculo nunca ha sido encontrar gas bajo Alaska, sino conseguir transportarlo de forma rentable desde una región remota hasta consumidores situados a miles de kilómetros.

Propuestas para sacar ese gas hacia los mercados nacionales o internacionales circulan desde hace más de 50 años. Cambian los presidentes, los promotores, los precios de la energía y hasta el mapa geopolítico; el gran gasoducto sigue esperando. Las dudas sobre los posibles sobrecostes y la necesidad de contratos suficientemente sólidos continúan pesando sobre la viabilidad comercial.

Y existe competencia. Estados Unidos dispone de terminales de GNL en el golfo de México con infraestructuras mucho más accesibles, mientras Canadá aumenta su capacidad para exportar directamente hacia Asia. Alaska puede presumir de una ruta marítima especialmente atractiva, pero antes necesita levantar una tubería gigantesca a través de uno de los territorios más complicados del continente norteamericano.

Un calendario que lleva las primeras exportaciones a la próxima década

El calendario tampoco deja demasiado espacio para celebraciones prematuras. Los responsables del proyecto aspiran a adoptar las decisiones definitivas de inversión por fases y completar posteriormente la terminal exportadora. Si el desarrollo avanza como está previsto, las primeras exportaciones de GNL llegarían en torno a 2031 o 2032. Y ahí está otro recordatorio incómodo: Alaska LNG ya ha conocido antes calendarios optimistas que terminaron desplazándose.

La construcción tendría que atravesar cientos de kilómetros de terreno complejo, enlazar las reservas del norte con la costa sur y levantar instalaciones industriales capaces de tratar y licuar enormes volúmenes de gas. Hablamos, literalmente, de una infraestructura que cruza Alaska. El riesgo de sobrecostes no es una nota al pie, sino una de las grandes cuestiones que determinarán si los inversores terminan entrando.

El coste ambiental también entra en la factura

La discusión no termina en los balances. Organizaciones ecologistas llevan años denunciando el impacto potencial del gasoducto y de las instalaciones asociadas. La infraestructura podría afectar a miles de acres de humedales, atravesar ecosistemas especialmente sensibles y aumentar la presión sobre áreas vinculadas a especies vulnerables.

A ello se suma el debate sobre las emisiones de gases de efecto invernadero. Un proyecto concebido para extraer, transportar, licuar y exportar enormes cantidades de gas durante décadas choca directamente con quienes reclaman acelerar la retirada de los combustibles fósiles. Sus defensores replican que el gas seguirá desempeñando un papel relevante en el suministro energético internacional y que Alaska puede ofrecer a los aliados de Estados Unidos una fuente estable fuera de regiones geopolíticamente más expuestas.

Es una discusión conocida, aunque aquí adquiere proporciones gigantescas. Seguridad energética, empleo, clima y geopolítica discurren por la misma tubería. Para Alaska, además, existe una dimensión doméstica: aprovechar recursos que durante décadas han permanecido parcialmente encerrados en el norte del estado mientras buena parte de su economía depende de los hidrocarburos.

La prueba definitiva llegará después de las urnas

Alaska LNG entra en las elecciones convertido en un símbolo casi perfecto de la política estadounidense: suficientemente grande para subirlo a un escenario, suficientemente complejo para que nadie pueda garantizar todavía su construcción. Trump y Sullivan lo presentan como una oportunidad histórica; Peltola también respalda el aprovechamiento del gas de Alaska e intenta disputarle al republicano el terreno económico. Los posibles socios asiáticos avanzan, mientras tanto, con bastante más cautela que algunos discursos en Washington.

El proyecto cuenta con reservas, permisos avanzados, un promotor privado, compradores interesados y una lógica geográfica evidente para abastecer Asia. También carga con más de medio siglo de intentos frustrados, un presupuesto que puede superar los 50.000 millones de dólares y contratos esenciales que todavía deben quedar definitivamente cerrados.

Hasta las elecciones del 3 de noviembre, todo eso sirve para alimentar la batalla por el Senado. Después volverá la prueba que ningún mitin puede sustituir: conseguir capital, compradores comprometidos y números que permitan construir unos 1.300 kilómetros de tubería a través de Alaska. Ahí, lejos de los focos de campaña, se decidirá si esta vez el gas empieza realmente a moverse.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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