Naturaleza
Arabia Saudí: el trigo del desierto que consumió agua de 30.000 años
Arabia Saudí logró exportar trigo cultivado con agua fósil de más de 30.000 años. El descenso de los acuíferos forzó un cambio de estrategia agrícola.
Resumen
- Arabia Saudí exportó trigo cultivado con agua fósil del desierto
- En algunas zonas, el nivel del agua bajó hasta seis metros al año
- En 2026 prevé cosechar 1,1 millones de toneladas e importar 4 millones
Arabia Saudí consiguió convertir grandes extensiones de desierto en campos de trigo gracias a un ambicioso programa agrícola que terminó acelerando el agotamiento de sus reservas de agua subterránea. Durante décadas, el país extrajo enormes cantidades de agua acumulada bajo tierra desde tiempos remotos para cultivar cereales en uno de los territorios más áridos del planeta.
El resultado fue tan espectacular como insostenible. A comienzos de los años noventa, el reino producía más de cuatro millones de toneladas de trigo anuales y había pasado de depender de las importaciones a convertirse en exportador. Pero aquella transformación tenía un coste difícil de recuperar: estaba consumiendo acuíferos fósiles cuya recarga natural era extraordinariamente lenta.
El problema no era únicamente la cantidad de agua utilizada, sino su origen. En determinadas regiones saudíes, las explotaciones agrícolas bombeaban reservas acumuladas hace más de 30.000 años, cuando las condiciones climáticas de la península arábiga eran diferentes. A diferencia de los recursos hídricos renovables, estas aguas no podían reponerse al ritmo de las extracciones.
La experiencia obligó a Arabia Saudí a modificar profundamente su estrategia alimentaria. Primero redujo los incentivos al cultivo y después impulsó una retirada progresiva de la producción de trigo. Sin embargo, la agricultura no desapareció del desierto. En 2026, el país continúa cultivando este cereal bajo un sistema de cuotas condicionado por la disponibilidad de agua subterránea.
Cómo Arabia Saudí convirtió el desierto en un granero
La transformación comenzó durante los años setenta y se aceleró en la década siguiente. Los ingresos procedentes del petróleo permitieron al Gobierno saudí financiar una política de autosuficiencia alimentaria basada en subvenciones, créditos favorables, maquinaria agrícola y precios garantizados para los productores.
El objetivo era reducir la dependencia de las importaciones de alimentos. En un territorio sin grandes ríos permanentes y con precipitaciones muy escasas, la solución consistió en aprovechar las reservas de agua almacenadas bajo el desierto.
Se perforaron pozos profundos y se instalaron sistemas de riego por pivote central, capaces de distribuir agua sobre grandes superficies agrícolas mediante estructuras móviles que giran alrededor de un punto fijo.
Desde el aire, estas instalaciones producen una imagen característica: enormes círculos verdes sobre el terreno árido. Su geometría revela la extensión del riego, pero también la dependencia de los pozos que lo alimentan.
La producción creció rápidamente. Arabia Saudí alcanzó la autosuficiencia en trigo a finales de los ochenta y, en 1992, llegó a producir aproximadamente 4,1 millones de toneladas. Aquel año, las exportaciones netas superaron los dos millones de toneladas.
El éxito agrícola tenía una particularidad bastante incómoda: el trigo se producía con fuertes ayudas públicas y utilizando un recurso natural que no podía regenerarse en plazos humanos. El país estaba convirtiendo agua milenaria en cosechas anuales.
El agua fósil que tardó miles de años en acumularse
Para comprender la dimensión del problema hay que distinguir entre los acuíferos que reciben aportaciones relativamente frecuentes de lluvia y aquellos que conservan grandes cantidades de agua procedentes de periodos climáticos antiguos.
Estos últimos contienen lo que los especialistas denominan agua fósil o paleoagua. Se trata de recursos subterráneos almacenados durante miles de años, cuya renovación actual puede ser mínima en comparación con el volumen extraído.
En algunas zonas de Arabia Saudí, los análisis realizados mediante carbono 14 han permitido determinar que el agua utilizada para la agricultura tiene más de 30.000 años de antigüedad.
La cuestión es importante porque un acuífero no funciona como un depósito que vuelve a llenarse automáticamente después de vaciarse. Su comportamiento depende de las características de las rocas, la infiltración de las precipitaciones, las conexiones subterráneas y las extracciones. La recarga natural puede resultar insuficiente para compensar el bombeo intensivo.
Cuando el bombeo supera de manera sostenida esa recarga, el nivel del agua subterránea desciende. Los agricultores necesitan extraerla desde mayores profundidades, aumentan los costes energéticos y puede reducirse el rendimiento de los pozos.
La tecnología permite alcanzar reservas cada vez más profundas, pero no fabrica agua subterránea. Una bomba más potente puede prolongar la explotación de un acuífero; no garantiza su recuperación.
El caso de Wadi ad-Dawasir y el descenso de seis metros anuales
Una de las regiones que mejor refleja las consecuencias de este modelo es Wadi ad-Dawasir, situada en el centro-sur de Arabia Saudí.
Allí, el desarrollo agrícola transformó amplias superficies desérticas mediante la extracción de agua subterránea. Las explotaciones cultivaron trigo, alfalfa y hortalizas en terrenos que reciben menos de 200 milímetros de lluvia al año.
Los estudios históricos documentaron que, desde los años ochenta, el nivel del agua subterránea llegó a descender hasta seis metros anuales en determinadas zonas. No se trata de una tasa uniforme para todo el país ni de una medición que pueda extrapolarse automáticamente a 2026, pero ilustra la intensidad alcanzada por las extracciones.
Las observaciones por satélite también permitieron estudiar la expansión de las superficies agrícolas y el deterioro de las reservas subterráneas. El problema no se limitaba a un cultivo concreto: el trigo había desempeñado un papel destacado, pero la producción de forrajes y otros productos agrícolas también requería importantes volúmenes de agua.
La paradoja era evidente. Cuanto mayor era la superficie cultivada en el desierto, más presión soportaba el recurso que hacía posible mantenerla.
Arabia Saudí tuvo que reducir su producción de trigo
Las autoridades comenzaron a reconocer los límites del modelo mucho antes de que terminara la expansión agrícola. Durante los años noventa se introdujeron cambios destinados a reducir los incentivos económicos que habían impulsado el cultivo. El objetivo era contener el consumo de agua y evitar que la producción siguiera creciendo sin tener en cuenta la disponibilidad de los acuíferos.
La decisión más significativa llegó en 2008, cuando el Gobierno estableció un proceso de reducción gradual de la producción nacional de trigo con el horizonte de eliminar las compras públicas a los agricultores en 2016.
La estrategia suponía abandonar uno de los grandes símbolos de la política alimentaria saudí: producir suficiente trigo dentro de sus fronteras, aunque hacerlo exigiera un enorme esfuerzo económico e hídrico.
El cambio tampoco resolvió inmediatamente el problema. Parte de las explotaciones sustituyó el cereal por alfalfa y otros cultivos forrajeros, destinados principalmente a alimentar al ganado.
Esta sustitución podía mantener una presión considerable sobre los acuíferos. La alfalfa necesita riegos frecuentes y, dependiendo de las condiciones de cultivo, puede consumir incluso más agua que el trigo.
Arabia Saudí terminó endureciendo las restricciones a la producción de forrajes verdes en determinadas regiones. La experiencia demostró que reducir un cultivo no garantiza un ahorro real si el agua termina destinándose a otro de necesidades similares o superiores.
Arabia Saudí sigue cultivando trigo en 2026
La retirada de las subvenciones y de las compras públicas no significó el abandono definitivo del trigo. El país recuperó progresivamente la producción nacional, pero bajo un sistema regulado que intenta compatibilizar la seguridad alimentaria con la protección de los recursos hídricos.
Las estimaciones agrícolas publicadas en julio de 2026 sitúan la cosecha saudí de trigo de este año en aproximadamente 1,1 millones de toneladas, una cantidad cercana al 8 % por encima de la media y ligeramente inferior a la producción de 2025.
La cifra está lejos de los máximos alcanzados a principios de los noventa, aunque confirma que el cereal continúa teniendo un papel relevante en la agricultura nacional.
El sistema actual establece cuotas de producción y precios de compra fijados por el Gobierno. Las cantidades autorizadas tienen en cuenta, entre otros factores, la disponibilidad de agua subterránea.
Las previsiones también contemplan unas necesidades de importación de aproximadamente cuatro millones de toneladas de trigo para la campaña comercial 2026-2027.
Es decir, Arabia Saudí sigue produciendo parte del cereal que consume, pero depende ampliamente del mercado internacional para completar sus necesidades y mantener sus reservas estratégicas.
El Gobierno también ha aprobado normas para regular el cultivo de trigo y forrajes, incluyendo restricciones sobre la perforación de pozos. El desafío consiste en evitar que los incentivos económicos vuelvan a fomentar extracciones incompatibles con la conservación de los acuíferos.
La continuidad de la producción muestra que el debate no se reduce a cultivar o importar. También importa qué se cultiva, dónde, con qué agua y en qué cantidad.
El verdadero coste de producir alimentos en el desierto
La experiencia saudí plantea una cuestión que afecta a otros países con escasez de agua: la diferencia entre conseguir una cosecha abundante y mantener un sistema agrícola viable durante décadas.
El trigo puede cultivarse en regiones áridas si dispone de agua suficiente. Eso es técnicamente posible y Arabia Saudí lo demostró a gran escala. El problema aparece cuando el recurso empleado es prácticamente no renovable y las extracciones superan ampliamente su capacidad de recuperación.
La desalinización del agua marina ofrece una alternativa importante para el abastecimiento urbano e industrial, pero utilizar grandes volúmenes de agua desalinizada para regar cereales supone desafíos económicos, energéticos y de transporte mucho mayores.
La modernización de los sistemas de riego puede reducir pérdidas y mejorar la eficiencia. Sin embargo, tampoco garantiza por sí sola la conservación de las reservas si el agua ahorrada se utiliza para ampliar las superficies cultivadas.
En términos económicos, importar trigo puede resultar menos costoso que producirlo mediante la extracción intensiva de agua fósil. Desde una perspectiva estratégica, mantener cierta capacidad agrícola nacional también tiene valor para un país preocupado por las interrupciones del comercio internacional.
Ambos intereses deben equilibrarse. Y ese equilibrio resulta especialmente delicado cuando el agua es más difícil de reponer que los alimentos que permite producir.
Arabia Saudí consiguió algo que parecía extraordinario: exportar trigo cultivado en pleno desierto. Pero aquellas cosechas dependían, en parte, de reservas acumuladas durante decenas de miles de años.
La producción agrícola puede recuperarse de una mala temporada. Un acuífero fósil sometido a décadas de sobreexplotación, no necesariamente. Esa diferencia explica por qué la protección del agua subterránea se ha convertido en una condición fundamental para el futuro agrícola del reino.
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