Naturaleza
Doña Juana, la montaña de basura que cubre el horizonte de Bogotá
Doña Juana crece al sur de Bogotá: recibe miles de toneladas diarias de residuos y agrava la presión ambiental sobre las comunidades cercanas.
Doña Juana, la montaña de basura que cubre el horizonte de Bogotá
Resumen
- Doña Juana recibe una media de 6.769 toneladas de residuos cada día
- El relleno condiciona la vida de Mochuelo Alto con olores, moscas y camiones
- Bogotá intenta reducir el vertido mediante reciclaje y aprovechamiento
Al sur de Bogotá hay una montaña que no estaba allí hace cuatro décadas. No es geológica ni figura en las postales de la capital colombiana: está hecha de residuos. El relleno sanitario Doña Juana, abierto en 1988, ocupa alrededor de 600 hectáreas y recibe cada jornada miles de toneladas de basura procedentes de Bogotá y varios municipios cercanos. En el primer trimestre de 2026 entraron una media de 6.769 toneladas diarias.
La cifra ayuda a entender lo que ocurre en Mochuelo Alto, en la localidad de Ciudad Bolívar. Allí, campos de cultivo y viviendas comparten paisaje con una enorme masa de residuos que ha ido creciendo hasta ocultar parte del horizonte que antes permitía contemplar Bogotá y sus cerros orientales. Los vecinos la llaman, con una familiaridad poco cariñosa, la «mala vecina». Y no es difícil comprender el apodo: olores, moscas, polvo, roedores y el tránsito continuo de camiones forman parte de la vida cotidiana junto al complejo.
Una montaña alimentada día y noche por la basura de Bogotá
Doña Juana no es técnicamente un simple vertedero. Se trata de un relleno sanitario, una infraestructura diseñada para recibir los residuos, extenderlos por sectores, compactarlos y cubrirlos posteriormente con materiales como arcilla. Bajo las capas de desperdicios funcionan sistemas destinados a recoger gases y lixiviados, esos líquidos oscuros producidos cuando el agua atraviesa la basura y arrastra sustancias procedentes de su descomposición.
Los lixiviados son conducidos hasta instalaciones de tratamiento antes de su vertido controlado al sistema hídrico asociado al río Tunjuelo. Sobre el terreno, mientras tanto, los camiones siguen llegando. Doña Juana trabaja las 24 horas porque la ciudad tampoco deja de producir residuos cuando cae la noche.
La dimensión del problema, de hecho, sigue aumentando. Durante los tres primeros meses de 2026 se registraron unas 608.100 toneladas de residuos correspondientes al servicio ordinario de aseo y a la atención de puntos críticos y vertidos clandestinos. El volumen diario aumentó alrededor de un 5 % frente al mismo periodo de 2025 y la evolución entre 2024 y 2026 muestra un incremento aproximado del 5,5 %. La montaña no solo permanece. Está engordando.
Mochuelo Alto vive entre cultivos, camiones, olores y moscas
La imagen resulta especialmente áspera porque Doña Juana no se levantó en mitad de un paisaje deshabitado. Alrededor continúan existiendo cultivos, animales, pequeñas explotaciones agrícolas, viviendas y proyectos de turismo comunitario. En Mochuelo Alto, la frontera entre el campo y la basura puede ser cuestión de unos cuantos metros.
Algunos residentes recuerdan los terrenos del actual relleno como espacios abiertos donde había aves, serpientes y vegetación. El cambio ha sido radical. Ahora una de las estampas habituales es la de los cultivos con la masa del relleno detrás, una especie de cordillera artificial levantada capa sobre capa por los desperdicios de una metrópoli de millones de habitantes.
Las moscas son uno de los problemas más visibles. En la escuela de Mochuelo Alto, docentes han descrito cómo los insectos pueden concentrarse precisamente cuando llega la comida caliente de los alumnos. En viviendas y negocios cercanos se utilizan trampas y cintas adhesivas, mientras el operador aplica tratamientos para intentar contener los olores y las plagas. El problema aparece y desaparece en intensidad según las condiciones atmosféricas y la operación del relleno, pero no es una queja nueva.
En mayo de 2025, tras protestas vecinales relacionadas con los malos olores y las posibles afecciones ambientales, la Procuraduría General de Colombia reclamó información detallada sobre las actuaciones de control y seguimiento en Doña Juana. El episodio volvió a colocar sobre la mesa tanto el derecho a un ambiente sano como las condiciones de salubridad de las comunidades próximas.
La larga herida de Doña Juana
La relación entre Bogotá y su gran depósito de residuos arrastra episodios mucho más graves que un mal olor. El 27 de septiembre de 1997 se produjo uno de los accidentes ambientales más recordados de la historia de la ciudad. Una gigantesca masa de residuos perdió estabilidad y se desplazó en el interior del relleno.
Los expedientes judiciales posteriores situaron la magnitud del deslizamiento en torno a 1,2 millones de toneladas de desechos, después de que el día anterior aparecieran grietas y afloramientos de lixiviados. No hubo víctimas mortales en el propio relleno porque la zona pudo ser evacuada, pero el episodio afectó a las comunidades del sur de Bogotá y convirtió Doña Juana en algo más que una infraestructura incómoda: desde entonces es también un símbolo de los riesgos asociados a la gestión masiva de residuos.
Décadas después, la memoria sigue pesando. En 2020 se produjo otro deslizamiento, de dimensiones muy inferiores al de 1997, que volvió a poner sobre la mesa las condiciones de operación y las molestias soportadas por los barrios y comunidades vecinas.
Una infraestructura imprescindible que nadie quiere al lado
Ahí está la contradicción de Doña Juana. Bogotá necesita un destino para los residuos que genera cada día y, al mismo tiempo, ese servicio básico concentra sus costes ambientales y sociales en una zona concreta de la ciudad. La basura desaparece de las aceras del centro y de los barrios residenciales, sí, pero no desaparece realmente. Viaja hacia el sur.
Incluso esa basura sostiene empleos. Algunos habitantes de Mochuelo trabajan dentro del propio relleno y vuelven después a sus cultivos y hogares vecinos. La instalación es, a la vez, fuente de ingresos y origen de buena parte de las molestias que soporta la zona. Una convivencia extraña, casi una economía de frontera entre la ciudad que consume y el territorio que recibe lo descartado.
Buena parte de lo que llega a Doña Juana podría aprovecharse
El volumen enterrado tiene otra lectura especialmente incómoda: una parte considerable de esos residuos podría no acabar bajo tierra. La materia orgánica supone más de la mitad de los desperdicios que llegan al complejo y algunas estimaciones sitúan su peso por encima del 60 %. Restos de comida, poda y otros materiales biodegradables podrían utilizarse para producir compost, biogás u otros productos mediante sistemas adecuados de tratamiento.
También llegan materiales potencialmente reciclables. Eso convierte el problema de Doña Juana en algo bastante más amplio que la gestión del propio relleno: empieza en las casas, comercios y empresas donde los residuos se mezclan y continúa en los sistemas de recogida, clasificación y aprovechamiento.
Bogotá intenta reducir esa dependencia. Durante 2026, por ejemplo, la ciudad ha impulsado procesos para recuperar residuos de construcción y demolición procedentes de puntos críticos y transformarlos en agregados reciclados que puedan regresar a obras e infraestructuras. Solo hasta mayo se habían valorizado 41.892 toneladas de estos materiales, evitando que una parte terminara ocupando espacio de disposición final.
De relleno sanitario a Parque de Innovación Doña Juana
La propia denominación oficial anticipa el modelo que Bogotá quiere construir. El antiguo relleno aparece progresivamente integrado en el denominado Parque de Innovación Doña Juana, concebido para que el territorio deje de funcionar únicamente como destino final de basura y avance hacia el tratamiento, transformación y aprovechamiento de los residuos.
No es un cambio cosmético. Una ciudad que entierra miles de toneladas cada día depende, inevitablemente, de disponer de nuevas superficies donde colocarlas. Separar materiales, reciclarlos y compostar la fracción orgánica reduce esa presión y prolonga la capacidad disponible.
La operadora citada en la información más reciente estima que Doña Juana podría disponer de unos 17 años adicionales de vida útil, aunque el horizonte efectivo depende de las zonas autorizadas, de las licencias ambientales, del ritmo de entrada de residuos y de cuánto material consiga Bogotá desviar hacia sistemas de aprovechamiento.
Y ahí está el verdadero examen. Cambiar un cartel resulta fácil; cambiar una ciudad acostumbrada a producir, embolsar, recoger y enterrar millones de kilos de residuos es bastante más complicado.
El paisaje que Bogotá no puede seguir escondiendo
Doña Juana cuenta una historia que se repite en muchas grandes ciudades: la basura se vuelve invisible para quien la produce y extremadamente visible para quien vive junto a ella. Una bolsa sale de una cocina, entra en un camión y desaparece. Al otro extremo de esa cadena, miles de bolsas van formando una montaña.
En Mochuelo Alto esa montaña ha terminado ocupando parte del horizonte. Los viejos campos siguen allí, también los tomates, las flores y las viviendas; detrás crece una geografía nueva hecha con los restos de la capital. Doña Juana recibe alrededor de 6.700 toneladas cada día y Bogotá todavía genera más residuos que hace pocos años. Mientras esa tendencia no cambie, el debate no será únicamente cuánto espacio queda para enterrarlos, sino cuánto de todo aquello que la ciudad llama basura necesitaba realmente terminar allí.
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