Cultura
Eduardo Mendoza reclama una nueva Transición y otro rumbo para España
Eduardo Mendoza reclama una nueva Transición para España y repasa con ironía la memoria, la vejez, el humor y más de medio siglo de literatura.
Por Cristina Cifuentes - Flickr, CC BY 2.0, Wikimedia Commons
Resumen
- Mendoza cree que España necesita una nueva Transición y un cambio de rumbo
- El escritor sostiene que el país es mejor de lo que parece
- También reflexiona sobre humor, memoria, vejez y su oficio literario
Eduardo Mendoza ha vuelto a mirar a España con esa mezcla tan suya de distancia, ironía y aparente ligereza que suele esconder bastante más de lo que parece. El escritor considera que el país necesita una nueva Transición, una idea que lanzó durante su entrevista en Plano General, el programa de La 2 presentado por Jenaro Castro. No habló de nostalgia ni de repetir 1978 como quien desempolva un álbum familiar: planteó, más bien, la necesidad de cambiar de dirección.
La frase que ha encendido el interés alrededor de Eduardo Mendoza fue rotunda: ha llegado el momento de una segunda Transición. El novelista añadió un matiz peculiar —y muy mendoziano— al señalar que esa transformación debería producirse “al revés” del rumbo actual. No desarrolló un programa político ni detalló reformas constitucionales. Su intervención fue la reflexión de un escritor que lleva medio siglo observando cómo España cambia de traje, de lenguaje y de certezas, pero conserva algunas viejas costuras.
Mendoza pide otra Transición para una España distinta
Hablar de Transición en España nunca es inocente. La palabra arrastra el peso de la salida de la dictadura, la Constitución de 1978, los grandes consensos políticos y también las discusiones posteriores sobre aquello que quedó bien resuelto y aquello que simplemente se dejó para otro día. Mendoza, nacido en Barcelona en 1943, pertenece además a una generación que vivió directamente aquel cambio histórico, no a través de documentales ni de debates retrospectivos.
Su planteamiento, sin embargo, no parece una reivindicación literal de aquel proceso. Cuando sostiene que hace falta otra Transición, el escritor introduce la idea de corregir el rumbo, no de regresar al pasado. Es una diferencia importante. La Transición española fue una respuesta política a unas circunstancias concretas; Mendoza utiliza el término como imagen de una sociedad que necesitaría reconstruir ciertos consensos.
Hay algo muy propio de su literatura en esa manera de lanzar una afirmación enorme sin envolverla en solemnidad. España ha pasado tantas veces por épocas que se anuncian como históricas que hasta la palabra “histórico” parece necesitar vacaciones. Mendoza evita ese tono. Sugiere que algo se ha torcido y deja la frase encima de la mesa.
Una España «mejor de lo que parece»
La crítica tampoco desemboca en un retrato apocalíptico. En la misma conversación, Mendoza sostuvo que España es mejor de lo que muchas veces aparenta. Esa combinación resulta más interesante que el exabrupto fácil: reclama cambios profundos, pero no presenta el país como un territorio condenado ni como una ruina política y moral.
Ahí aparece uno de los rasgos constantes de su obra. Mendoza lleva décadas describiendo una sociedad en la que conviven progreso, absurdo, ambición y chapuza, junto a una extraordinaria capacidad para seguir adelante. Barcelona ha sido muchas veces el laboratorio de esa mirada, desde La verdad sobre el caso Savolta hasta La ciudad de los prodigios. No idealiza demasiado a nadie; tampoco parece disfrutar enterrándolo todo.
Su trayectoria explica parte de esa perspectiva. Estudió Derecho, trabajó como abogado y en 1973 se trasladó a Nueva York, donde ejerció como traductor de Naciones Unidas hasta 1982. Su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, apareció en 1975, justo cuando España entraba en uno de los periodos decisivos de su historia contemporánea.
La ironía como forma de mirar el país
Mendoza rara vez separa del todo el análisis del humor. Durante años ha defendido la ironía como una manera de enfrentarse a la realidad sin negar su gravedad. En distintas reflexiones ha definido el humor como la cara oculta de los miedos, una válvula que permite observar situaciones difíciles desde un ángulo menos rígido.
No es sólo una teoría. Sin noticias de Gurb convirtió una Barcelona preolímpica en territorio extraterrestre; su detective sin nombre lleva décadas atravesando conspiraciones, instituciones, delincuentes y personajes que parecen haber salido de una oficina pública cinco minutos antes del cierre. El mecanismo funciona porque debajo del disparate existe una observación muy precisa de la sociedad.
Su literatura ha construido precisamente esa combinación entre innovación, alcance popular, humor y una marcada visión humanista. Mendoza recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2025 y anteriormente había sido distinguido, entre otros reconocimientos, con el Premio Cervantes en 2016 y el Planeta en 2010 por Riña de gatos. Madrid 1936.
Memoria, edad y la escasa preocupación por la posteridad
La conversación en Plano General no quedó reducida a la política. Mendoza habló también de memoria, envejecimiento y posteridad, tres asuntos que a los 83 años tienen inevitablemente otra textura. Su idea sobre la memoria resulta especialmente significativa: la relacionó con aquello que somos, mientras que la desmemoria ocuparía el espacio de lo que dejamos de ser.
Sobre el paso del tiempo aplicó menos dramatismo. Explicó que la vejez ayuda a restar importancia a ciertos demonios y a aprovechar mejor aquello que merece la pena. También aseguró que no siente una especial preocupación por ser recordado. Una declaración casi provocadora en una época obsesionada con dejar rastro digital hasta del desayuno.
La paradoja es evidente. Pocos escritores españoles contemporáneos tienen una obra tan asentada en varias generaciones de lectores. El misterio de la cripta embrujada, La ciudad de los prodigios o Sin noticias de Gurb siguen circulando décadas después de su publicación, mientras nuevos títulos mantienen vivo a un autor con más de medio siglo de trayectoria.
Un escritor que todavía trabaja a mano y de pie
Mendoza contó además una de esas rarezas que retratan mejor a un escritor que veinte teorías literarias: escribe a mano y de pie. La entrevista fue grabada en la Biblioteca Pública Eugenio Trías de Madrid y sirvió también para presentar su libro más reciente, La intriga del funeral inconveniente.
Publicada en abril de 2026 por Seix Barral, la novela recupera después de once años al detective sin nombre de El misterio de la cripta embrujada. Todo comienza con una pequeña crónica sobre un funeral y acaba creciendo hasta convertirse en una trama financiera y criminal, siguiendo esa vieja receta de Mendoza: tomar algo aparentemente insignificante y descubrir debajo un mecanismo social bastante menos inocente.
La nueva obra aparece más de medio siglo después de su debut literario. Entre una novela y otra ha cambiado España, ha cambiado Barcelona, ha cambiado la forma de leer y hasta el significado social de la palabra Transición. Mendoza permanece reconocible: prosa clara, sátira, cultura y absurdo, combinados sin necesidad de levantar demasiado la voz.
Medio siglo contando una España que nunca termina de ordenarse
Eduardo Mendoza publicó La verdad sobre el caso Savolta en 1975. La coincidencia histórica resulta casi demasiado perfecta: su carrera literaria nació mientras terminaba el franquismo y comenzaba precisamente aquella Transición española que ahora utiliza como referencia para reclamar otro movimiento de fondo. Más de cincuenta años después continúa observando el país desde el mismo lugar incómodo y fértil: suficientemente cerca para conocer sus manías, suficientemente lejos para reírse de ellas.
Su diagnóstico no ofrece una receta cerrada. No ha presentado un modelo institucional alternativo, ni un catálogo de reformas, ni una reedición política de los pactos de los años setenta. La frase funciona de otro modo. Señala cansancio con la dirección presente y reivindica la posibilidad de corregirla sin dar por perdido el país.
Quizá ahí esté lo más significativo de sus palabras. Mendoza no describe una España acabada, sino una España que todavía puede modificarse. Después de tantos personajes suyos persiguiendo soluciones imposibles por calles, despachos y laberintos administrativos, tampoco sorprende demasiado. En su universo las cosas suelen estar mal organizadas, sí. Pero casi nunca están completamente perdidas.
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